32 #2
—Eh... De nada —balbuceó Rosemary y, antes de que pudiera decir algo más, volvió a sonar el timbre.
—Deben de ser mis amigos —dijo, y se puso de pie.
Hacía varios días que no veía a Dina ni a Immy y, aunque hablaban seguido por el chat grupal, nada la preparó para la explosión de amor que sintió cuando sus dos amigas más cercanas la envolvieron en un abrazo de tres.
—¡Te extrañamos!
—¡Qué bien se te ve! —chillaron las dos junto a su oído mientras la abrazaban.
—Las extrañé tanto...
—No puedo creer que estés saliendo con una celebridad, y encima está tan bueno ... —dijo Immy, y Rosemary oyó la risa de Eric, el esposo de su amiga, detrás de ellas.
—¡Qué gusto verlos! —dijo Rosemary, abrazando a Eric y luego a Scott, la pareja de Dina. Había un patrón evidente entre las tres amigas: Eric, Scott y Ellis les sacaban al menos una cabeza de altura. Las tres tenían el mismo tipo, y ese tipo era alto.
Rosemary sintió la presencia de Ellis detrás de ella.
—Chicos, les presento a Ellis y a su hermana, Annie —dijo.
Mientras se hacía a un lado del pasillo y veía a sus personas favoritas interactuar por primera vez, Rosemary fue muy consciente de que ese era uno de sus Grandes Momentos de la Vida ® . ¿Cuándo fue que Ellis pasó a ser parte de ellos? Mejor aún; ¿cuándo se había convertido en su persona favorita?
Después de las presentaciones, se sentaron a almorzar.
Ellis cortó y sirvió la pata de cordero, y Rosemary llenó los platos de todos con las verduras asadas y las papas Parmentier que habían preparado.
Annie y Scott debatían animadamente sobre los métodos de extracción de una excavación egipcia reciente, aunque Rosemary notó que Scott tenía la mano entrelazada con la de Dina y le acariciaba con los dedos el anillo de compromiso.
Immy y Eric le contaban a Ellis una anécdota sobre sus gemelos, y era evidente cuánto disfrutaban ser padres.
Rosemary les había advertido a sus amigos para que no hicieran preguntas incómodas sobre la fama de Ellis ni sobre cómo era trabajar con otros actores.
Quería que se sintiera simplemente Ellis, no una estrella de cine. Y hasta ahora, todo iba perfecto.
—¿En qué vas a trabajar después de esta película, Ellis? —preguntó Immy.
Ellis, que dibujaba círculos en el muslo de Rosemary bajo la mesa, lo que le dificultaba un poco concentrarse en la charla general, respondió: —Aún no lo tengo claro. Depende de varias cosas.
—¿Como cuáles? —preguntó Dina.
—Como dónde va a estar Rosemary. —Rosemary sintió un saltito en el corazón. ¿A qué se refería? Lo miró, intentando leer su expresión, pero él miraba a sus amigos—. Si se vuelve a Estados Unidos, buscaré trabajo allá. Si quiere quedarse en el Reino Unido, lo mismo.
Por fin, la miró.
—¿Harías eso por mí? —susurró ella.
—Claro.
—Es una decisión enorme, Ellis.
—Tú la haces bastante fácil, amor.
De pronto, le pareció que el comedor estaba demasiado lleno de gente para una conversación tan íntima. Ellis debió notar el rubor que le subía por las mejillas, porque le apretó la pierna como diciendo «lo hablamos después» y se volvió para preguntarle a Dina sobre su panadería.
La tarta de caqui de Rosemary fue un éxito rotundo; Dina, sentada en la punta de la mesa, casi gimió al probarla, lo que provocó que Scott le murmurara algo sin duda muy subido de tono al oído. Annie incluso le pidió la receta para sumarla a su colección.
—¿Cocinas? —preguntó Rosemary.
—Para nada. Me gusta coleccionar cosas. Te sorprendería saber cuántas recetas son solo orales y se pierden de una generación a otra si no se escriben.
Después del almuerzo, Eric, Ellis y Scott se encargaron de levantar los platos, y Ellis les prometió un recorrido por el jardín.
Mientras ellos salían al frío, Rosemary llevó a Dina e Immy al estudio que Ellis había acondicionado para ella.
Annie, que parecía un poco cansada de tanta socialización, dijo que quería echar un vistazo a los libros de Ellis para llevarse algunos prestados.
—¿Pueden creer esto? ¿No es increíble? —dijo Rosemary, señalando los pósteres enmarcados de sus películas de terror favoritas que Ellis había colgado en las paredes—. Incluso puso un comedero para pájaros afuera para que pueda observarlos mientras trabajo.
Dina e Immy se miraron con complicidad.
—¿Qué? —preguntó Rosemary.
—Ese hombre está enamorado de ti.
Rosemary se dejó caer en el puf.
—No, es muy pronto. No puede ser.
—Créeme —dijo Immy—, reconozco las señales. Las vi el año pasado con Scott. Ellis Finch está loco por ti.
—Pero él sabe que me voy a volver.
—¿No lo escuchaste? —replicó Immy—. Te seguiría a cualquier parte del mundo. Si le dijeras que quieres mudarte con él, apuesto a que en una hora ya habría contratado un servicio para hacer traer el resto de tus cosas.
—Están exagerando —dijo Rosemary sin mucha convicción—. El amor no se da tan rápido, ¿o sí?
—Por supuesto que sí —respondió Dina—. Yo me enamoré de Scott a los pocos días de conocerlo, aunque tardé más en darme cuenta.
Immy se recostó contra el escritorio, con aire satisfecho.
—Saben que con esto ya voy dos de dos.
—¿De qué estás hablando?
—De mi talento para emparejar gente. Junté a Dina con Scott y ahora a Ellis con Rosemary.
Dina puso los ojos en blanco.
—Explícame cómo fuiste responsable de que Ellis y Rosemary terminaran juntos si ni siquiera estuviste en el set .
—¿No recuerdas que mandé al grupo ese video de él besando a un montón de actrices en películas?
—¿Y a eso le llamas hacer de Cupido? Sinceramente, estás mal de la cabeza —repuso Dina con una carcajada, lo que le valió un golpe en el brazo por parte de Immy.
Dina se volvió hacia Rosemary.
—¿Cómo se tomó lo de los fantasmas? ¿Se puso raro?
—Le surgieron muchas preguntas, pero lo tomó mejor de lo que esperaba. De hecho, aquí hay una impronta. La casa antes era una panadería, y he visto al espíritu muy viejo de un panadero.
—Esta casa no podía ser más genial, pero ahora dices que hay un fantasma panadero. Estoy maravillada —dijo Immy.
—Es una casa preciosa. Creo que me gusta estar aquí —admitió Rosemary con cautela. No era que le diera miedo hablar de estas cosas con sus amigas; era solo que solían centrarse en la vida sentimental de ellas, y Rosemary no había tenido nada demasiado serio hasta ahora.
—¿Quieres volver? A Inglaterra, quiero decir —preguntó Dina—. Anoche te leí las cartas y me salió el Loco al derecho.
—Buena señal —dijo Rosemary con ironía.
—Es algo bueno, en realidad. Igual que la Muerte o el Diablo, el Loco tiene mala fama, pero representa nuevos comienzos, aventura, un potencial ilimitado.
No es algo de lo que haya que asustarse.
Y me hizo pensar en ti. Espero que no te moleste que te lo diga, sabes que lo hago con cariño: claramente no eres feliz en Nueva York.
Siempre que hablamos, mencionas los ruidos de tu vecindario y lo difícil que es estar lejos de nosotras y de tu papá.
—No me había dado cuenta de que me quejaba tanto, pero tienes razón. Y es verdad. Solo pienso en lo mucho más lejos que quedaría de mi papá, de Blossom Ridge. Y él está cada vez más grande. Pero siento que estar aquí es lo más indicado —dijo Rosemary, soltando el aire.
—¿Y qué le digo a Ellis? ¿Me encanta vivir contigo, estar contigo, y creo que siento algo muy fuerte por ti? No hay forma de decirle que quiero mudarme sin que piense que voy en serio. No quiero asustarlo; todo ha sido tan vertiginoso. ¿Y si cree que lo hago por la fama?
Dina le tomó una mano entre las suyas.
—No va a pensar eso. Te lo digo yo: ese hombre también siente algo muy fuerte por ti, como tú misma has dicho. Si no salió corriendo cuando le contaste que ves fantasmas, no hay nada que vayas a hacer que lo espante.
***
Las palabras de Dina quedaron resonando en los oídos de Rosemary durante el resto de la tarde, incluso después de que todos se hubieran ido. Rosemary estaba en la habitación poniéndose ropa más cómoda cuando Ellis la llamó desde abajo, en un susurro teatral.
—Amor, ven rápido. Pero sé lo más silenciosa que puedas.
Rosemary no tenía idea de qué pasaba, pero hizo lo que Ellis le pidió y bajó de puntillas.
Él estaba de pie en la cocina, mirando algo a través de las puertas que daban al jardín. Le hizo una seña para que se acercara, con un dedo sobre los labios.
Cuando Rosemary llegó a su lado, Ellis la tomó de los brazos y la giró para colocarla entre él y el cristal.
—Mira el bebedero de pájaros a la izquierda, ¿lo ves?
Rosemary miró y se quedó sin aliento al comprender lo que Ellis le estaba mostrando. Allí estaba, con su cuerpito redondeado, las plumas moteadas de marrón y blanco y un gorrito negro tiznado: un carbonero palustre.
Rosemary casi vibró de emoción.
—No lo puedo creer —susurró, apoyando la frente en el cristal para ver mejor. No era el ave de jardín más llamativa, pero hacía años que la buscaba para completar su colección de carboneros.
—He estado dejando semillas de girasol en el comedero con la esperanza de que viniera —susurró Ellis.
Se quedaron allí, observando al carbonero palustre mientras se bañaba, y Rosemary se dio cuenta de algo: estaba enamorada de Ellis Finch.
Había llevado ese amor consigo día tras día, sin ponerle nombre, dejándolo crecer.
Cada gesto, cada palabra de él lo había ido profundizando y moldeando.
Y bastó la presencia de ese pequeño pájaro cantor para que lo entendiera.
El carbonero alzó vuelo, pero Rosemary apenas lo notó. ¿Podía decírselo? ¿Era una buena idea?
—Estuve pensando en lo que pasó ayer —dijo Ellis—.
Cuando dijiste que no entendías cómo alguien podía vivir así, con tanta atención encima.
Me preocupa, Rosemary, cómo sería para ti si lo hiciéramos público.
¿Y si algún día decido salir del clóset?
Todas las columnas de chismes, los tabloides. .. Sería demasiado.
Rosemary se volvió hacia él y fueron a sentarse en el sofá.
—¿Y si te das cuenta de que no vale la pena todo ese acoso? ¿Y si...? —La voz grave de Ellis empezó a quebrarse—. ¿Y si te das cuenta de que no valgo la pena?
Esto estaba mal. No podía seguir así. Rosemary le tomó el rostro entre las manos.
—Escúchame bien, Ellis. Aceptaría sin dudar que me arrastren por el lodo en todos los tabloides del país si eso significa poder estar contigo. Y me voy a enojar muchísimo si intentas hacerte el noble y alejarme por lo que crees que es «mi propio bien».
Ellis respiró hondo, y una sonrisa empezó a arrugarle los ojos.
—¿Estás segura?
—Más que segura —dijo Rosemary—. De hecho, espera aquí. Fue a buscar su computadora y la abrió en la página en la que había estado trabajando más temprano. Antes de que pudiera volver a sentarse, Ellis la atrajo hasta acomodarla sobre su regazo.
—¿Esto era lo que me estabas ocultando hoy?
—Sí. Son las primeras páginas de mi guion para Julia .
Pensé que no iba a poder con estos plazos.
Pero trabajar aquí, estar contigo... Todo se me hace más fácil.
Pude avanzar bastante, y quiero que estés.
Quiero que interpretes a David, el protagonista.
No puedes decir que no, porque ya no logro imaginármelo con otro rostro.
—¿En serio? —Ellis sonrió y le dio un beso en el hombro desnudo—. ¿No puedes imaginar a nadie más?
—No. Por tu culpa, no puedo pensar en nadie más. Espero que estés contento.
—Estoy muy contento con eso —respondió, y la apretó contra él.
Luego, agregó—: Léeme el guion, bonita. —Su voz firme y dominante la hizo arder de deseo al instante.
Rosemary tomó conciencia de cómo su trasero, cubierto apenas por unos leggings finos, descansaba justo sobre la verga de Ellis, que se endurecía rápido.
No pudo evitar frotarse contra él y trató de dejar la computadora a un lado, pero Ellis le detuvo la mano.
—Te dije que leas —le gruñó al oído.
—Está bien —susurró ella, y empezó a leer la descripción de la escena mientras Ellis le separaba las piernas con la mano izquierda. La otra mano la deslizó bajo su camiseta y le acarició uno de los pezones, que ya estaba erecto, lo que le provocó una descarga de deseo directo a su sexo.
—Exteriores. Submarino en las profundidades del océano. La luz del sol no llega... Mmm ... —A Rosemary ya le costaba continuar cuando Ellis metió una mano en su ropa interior y empezó a trazar círculos sobre su clítoris. Ya estaba empapada.
—Sigue. Sé buena. No dejes de leer.
Rosemary no pudo evitar que la voz le temblara en un gemido.
—La luz del sol no llega al agua. Nos acercamos a una de las ventanas del submarino donde.
.. Ay, por favor, Ellis —dijo con un hilo de voz, arqueándose contra su mano cuando él empujó los dedos hacia el calor de su cuerpo.
Estaba al borde, y la forma en que él frotaba su verga contra la costura de sus leggings la excitaba cada vez más.
—Quiero que todos sepan que estamos juntos —le dijo Ellis al oído—. Quiero decir que eres mía. Nada de secretos.
El deseo y el orgasmo que empezaba a apoderarse de su cuerpo la estremecieron.
—Yo también quiero eso. Muchísimo. —Ya no podía concentrarse en el guion y corrió la computadora a un lado. Giró sobre el regazo de Ellis hasta quedar frente a frente. Él la devoró con ojos oscurecidos.
—¿Qué más quieres, Rosemary? ¿Quieres volver?
—Sí. —Se arqueó contra él, sin romper el contacto visual. Era más que sexo; sentía que Ellis podía mirar dentro de su alma.
—¿Quieres estar con tus amigas, mudarte aquí? —Sus dedos se movían cada vez más rápido.
—Sí.
—¿Estar conmigo? —Su autocontrol se desmoronaba. Ella acercó el rostro al suyo.
— Sí, Ellis.
Con un sonido ronco, Ellis la colocó en cuatro patas sobre el sofá y le bajó los leggings de un tirón. Volvió a llevar las manos a sus caderas, y Rosemary oyó el sonido obsceno de él escupiendo en su sexo desde atrás, lo que le provocó una descarga aún mayor.
—¿Puedo, bonita? —preguntó con voz entrecortada.
—Sí. —Al instante, Ellis estaba adentro de ella, penetrándola sin piedad, con una mano enredada en su pelo.
Fue rápido, duro, brutalmente exquisito.
Rosemary gimió, alcanzando orgasmos sin parar, sin que la ola de placer cediera.
Él la penetró así hasta que le brotaron las lágrimas y los gemidos salvajes le rasgaron la garganta.
Era algo primario, la fuerza de él embistiéndola por atrás.
—Eres mía —rugió Ellis.
—Tuya, Ellis. —El orgasmo la arrasó con violencia y gritó de placer. Ellis acabó con ella, pronunciando su nombre mientras la llenaba. Incluso después de salir, siguió estimulándola con las manos.
—Me encanta cómo recibes mi semen. Es algo hermoso de ver —susurró contra su piel, besándole toda la espalda—. Mía —repitió, una y otra vez, hasta que el mundo de Rosemary se hizo añicos una vez más.