31 #2
—Hola a todos, gracias por venir. —Sonrió mientras se abría paso entre la gente y seguía a Mona por un costado de la sala hasta la mesa de firmas.
Había pilas y más pilas de todos sus libros, incluso ejemplares de Julia , con su inquietante portada británica.
Miró al público y notó que muchos lectores habían traído sus propios ejemplares gastados.
Eso la reconfortó y calmó un poco su ansiedad.
Cuando Rosemary se sentó, Mona tomó un micrófono pequeño y lo colocó sobre la mesa, cerca de ella.
Antes de encenderlo, se inclinó y dijo en voz baja: —Hay cuarenta personas aquí adentro, pero debo decirte que hay unas treinta más afuera que no compraron entrada, pero igual quieren un libro firmado.
Diría que es nuestro evento más grande desde la primavera.
—Guau, me halaga que hayan venido todos por mí —dijo Rosemary.
—Te lo mereces —respondió Mona con sinceridad, y encendió el micrófono.
—Gracias por acompañarnos hoy en esta lectura y firma de la inimitable Rosemary Shaw, la reina del terror histórico.
El aplauso fue entusiasta. Rosemary respiró hondo y paseó la vista por la sala.
Muchos lectores sonrientes, pero Ellis no estaba.
Le había dicho que vendría, y ella sabía que lo haría.
Entonces, ¿dónde estaba? ¿Había logrado por fin un «disfraz de celebridad» tan bueno que ni ella podía reconocerlo desde allí?
Poco probable. Seguramente se había retrasado.
Tras la presentación, leyó un fragmento del tercer capítulo de La posesión del mal , cuando Alfred llega por primera vez a la mansión y contempla su fachada gótica.
Sin embargo, mientras leía, su mente se desvió hacia el set de filmación: aquel día bajo la lluvia, la figura de Ellis de pie frente a Hallowvale.
El personaje de Alfred empezó a transformarse en su imaginación: a medida que avanzaba en la lectura, cada vez se parecía más a Ellis.
En un momento, levantó la vista y volvió a mirar al público.
Allí estaba. En un rincón de la sala, apoyado contra una estantería, con una gorra baja sobre la frente.
Aunque llevaba lentes de sol en el interior, ella podía notar que la miraba fijamente.
El corazón se le aceleró de golpe y le regaló una sonrisa secreta, que él le devolvió. Ellis estaba allí.
Cuando terminó la lectura, comenzó la firma.
Esa parte siempre era más fácil. Solo tenía que charlar un poco con cada lector; lo más complicado era asegurarse de escribir bien los nombres.
Aun así, no dejaba de preguntarse cuándo Ellis se acercaría a saludarla, aunque seguramente se mantenía al margen para pasar desapercibido.
Pasado un rato, los rostros empezaron a desdibujarse y, en cuarenta y cinco minutos, ya iba por su segundo marcador. Quedaban muy pocas personas en la fila.
Una lectora adorable incluso le había llevado una ilustración enmarcada que había hecho de David, el protagonista de Julia .
Era curioso cómo un libro cobraba vida propia una vez publicado y en manos de los lectores.
Quizá, en su inconsciente, Rosemary había imaginado al personaje de David, el científico, como una persona queer , aunque no había sido el eje central de su construcción.
Sin embargo, al igual que con The Babadook , con los años Julia había convertido a David en una especie de ícono queer del terror en ciertos círculos literarios.
Algo en el hecho de tener una relación homoerótica con la voz de lo insondable parecía codificado de ese modo, si lo pensaba bien, así que tal vez no era tan extraño.
—Hola, soy un gran admirador —dijo una voz grave y familiar. Rosemary levantó la vista y se encontró con la mirada de Ellis, con los lentes de sol inclinados apenas sobre la nariz.
—Muy discreto —dijo ella, riendo—. No sabía si ibas a poder venir.
—No me lo perdería por nada —dijo él, apoyando las manos sobre la mesa—. Quedé atrapado en un embotellamiento, pero creo que llegué cuando solo llevabas unos minutos leyendo. —Se inclinó un poco más—. Me está matando no poder besarte en este instante.
Rosemary se sonrojó.
—¿Entonces por qué no me besas?
Ellis negó con la cabeza.
—No puedo, bonita. Intento pasar desapercibido, ¿recuerdas?
—Nadie sabe que estamos juntos y nadie sospecharía que eres tú —replicó ella en un susurro.
—Tal vez no, pero seguro que a alguien le daría curiosidad ver de cerca al tipo que se está besando con la reina del terror. Además, tienes que firmarme un libro. —Colocó un ejemplar de Julia frente a ella—. Dicen que la autora es bastante talentosa —agregó, con una sonrisa cómplice.
—Ah, ¿sí?
—Ajá. Y está muy buena, según dicen.
Rosemary sintió una corriente de calor que le subió por el cuello hasta las mejillas. Sus dedos ansiaban entrelazarse con las manos de Ellis, que descansaban sobre la mesa.
—¿Y a nombre de quién lo dedico? —preguntó, mirándolo desde debajo de las pestañas y disfrutando ver cómo se le tensaban las manos.
A Ellis le encantaba verla en su ambiente, tanto como a ella verlo a él en el suyo. La expresión de su rostro dejaba muy claro qué pensaba hacerle más tarde.
—A nombre de...
—Ey, estás tardando mucho, ¿sabías que hay más gente en la fila? —interrumpió el hombre que estaba detrás de Ellis, empujándose hacia delante.
—Me resultas familiar. Espera, ¿eres Ellis Finch? ¡Guau! ¡Chicos, es Ellis Finch, está aquí!
Rosemary no estaba preparada para lo que ocurrió a continuación.
Todos se abalanzaron de inmediato, formando una masa alrededor de Ellis.
Escuchó gritos de «¿Me firmas un autógrafo?
» y «¡Una foto conmigo, Ellis!», y por un instante lo perdió entre el tumulto.
Los flashes de los teléfonos estallaban desde todos los ángulos y cada vez entraba más gente en la sala.
—Lo siento, Mona, creo que voy a tener que irme —dijo Rosemary, y Mona asintió, aunque parecía distraída por la forma en que algunos clientes prácticamente saltaban sobre las sillas para acercarse a Ellis.
Era una locura. Era solo Ellis. Aunque, claro, era uno de los actores más famosos del mundo, algo que Rosemary parecía haber olvidado.
Ahora el tema del disfraz tenía mucho más sentido.
No eran paparazis, pero era igual de intenso.
Rosemary rodeó la mesa de firmas, se colgó la bolsa al hombro y se abrió paso entre la multitud.
No se molestó en llamar a Ellis; no habría podido oírla.
—¡Ellis, tómate una foto conmigo! —gritó alguien, y Rosemary escuchó un «Ahora no, disculpa» de parte de Ellis. Entonces lo vio. Un par de mujeres se habían aferrado a sus brazos, inmovilizándolo a menos que él se soltara a la fuerza. Y no lo haría, porque era demasiado educado.
—Disculpen, van a quitarle las manos de encima ahora mismo —dijo Rosemary en un tono de voz fuerte.
Toda la ansiedad que le había provocado la multitud desapareció al ver a Ellis atrapado.
Usó su acento sureño más firme y severo, la voz que había oído mil veces en boca de su mamá durante su infancia.
Ese tono hacía que la gente prestara atención y no admitía faltas de respeto.
El frenesí se detuvo. Rosemary cruzó la mirada con Ellis, visiblemente alterado, sin lentes y con la gorra torcida.
Reconoció esa expresión; la había visto antes cuando los fotógrafos invadían el set .
Era una pesadilla para él, pero estaba en sus manos sacarlo de allí.
Lo tomó de un brazo y lo liberó de una de las mujeres.
—Vámonos —dijo en voz baja.
Por suerte, la multitud se abrió para dejarlos pasar.
Aunque seguían tomando fotos, les dieron espacio para salir.
La gente realmente perdía la cabeza frente a una celebridad.
Rosemary se preguntó por qué no se había sentido así cuando conoció a Ellis, aunque tal vez, en cierto modo, le había pasado lo mismo; solo que su mal humor de los primeros encuentros lo había eclipsado.
Ali, que estaba pasando libros por el escáner en la caja de la planta baja, saludó a Rosemary con la mano y le agradeció la visita. Evidentemente, el caos del tercer piso aún no había llegado hasta allí.
—Gracias por este evento tan encantador —dijo ella con una sonrisa. Y con el brazo enlazado al de Ellis, salieron de la librería.
—¿Dónde está el auto? —preguntó. Ya afuera, entre la brisa y la fina llovizna de noviembre, Ellis se recuperó un poco. Se pasó una mano por el pelo antes de volver a ponerse la gorra.
—En esa calle lateral —respondió, tomándole la mano para guiarla.
—Eso fue brutal —dijo ella.
—Sí.
—¿Estás bien? ¿Alguien te hizo algo? Esas mujeres no deberían haberte tocado.
Ellis la miró.
—Lo sé. Gracias por defenderme. En momentos así, me quedo paralizado.
—Lo entiendo. Es una reacción bastante natural. ¿Siempre es así cuando sales en público? Ahora veo por qué no querías seguir viviendo en Londres.
—No siempre. Las alfombras rojas están mucho más controladas, y la mayor parte de la gente de mi vecindario no dice nada. Veo que me miran, pero suelen respetar mi espacio. A veces, sin embargo, basta con un par de personas para que se convierta en lo que pasó allí dentro.
Llegaron al auto. Ellis abrió primero la puerta del lado de Rosemary y luego rodeó el vehículo para sentarse. Cuando cerró con seguro, por fin lo escuchó soltar un suspiro profundo.
—Dios —dijo, y arrojó la gorra al asiento trasero—. Siento que hayas tenido que ver eso.
—¿Estás bromeando? Yo soy la que lo siente, Ellis. No sé cómo puedes vivir así. Yo no podría.
Él miró por el parabrisas. Rosemary notó que apretaba y soltaba la mandíbula. Parecía a punto de decir algo, y ella esperaba que se descargara, aunque no quiso presionarlo. Era evidente que sus emociones estaban a flor de piel después del asedio en la librería. ¿Habría dicho algo que lo incomodó?
Despacio, Ellis se volvió hacia ella.
—Fue maravilloso verte allí hoy —dijo, optando claramente por cambiar de tema. De acuerdo. Más tarde intentaría volver a hablarlo.
—¿De verdad crees eso? —preguntó ella, y se acercó para darle un beso.
—Sin dudas. Me sentí muy orgulloso viéndote leer. En tu salsa.
La besó, apartándole un mechón de pelo y recorriéndole el cuello con las yemas de los dedos hasta la clavícula.
—¿Les escribiste a tus amigas por el almuerzo de mañana? —preguntó. La semana había pasado volando, y en un par de días viajaba a Estados Unidos para ver a su papá. Aun así, no habían hablado en serio de lo que vendría después. No sabía cómo sacar el tema.
—Sí. Immy y Eric van a dejar a los gemelos con los padres de él para poder venir, y Dina y Scott también vienen. ¿Y tu hermana?
—Annie viene. Está muy emocionada por conocerte.
—Igual yo. —Apoyó una mano en la mejilla de Ellis y le dio otro beso, esta vez en la comisura de los labios—. Vamos a casa. Tengo que hacer las maletas antes de mañana. Si no, me voy a olvidar.
La expresión de Ellis se endureció.
—Claro. Tienes que hacer las maletas. Mejor vamos.