Amor al primer susto 31
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R osemary inhaló el aroma polvoriento y dulce de los libros viejos y del cuero gastado, y dio un sorbo a su té.

Recordaba haber leído en algún lugar que los libros antiguos huelen a vainilla por la lignina que contienen, que al parecer es similar a la vainillina, y se preguntó si sería esa la razón por la que a todo el mundo le gustaba tanto el olor de los libros.

Estaba sentada en la sala trasera, cerrada al público, de The Reader’s Rest, una de las librerías más antiguas de Londres, que además tenía una gran sección especializada en la ciencia ficción, fantasía y terror.

Intentaba prepararse mentalmente para el evento.

Aunque quizá «gran» no era la palabra más adecuada para describir la sala; era más bien «laberíntica».

La librería estaba en una casa típicamente londinense y se extendía hacia arriba desde la planta baja a través de una serie de pasillos estrechos y sinuosos, hasta llegar a una sala de lectura abovedada en el último piso.

En el tercer nivel, con vistas a las tranquilas calles traseras de Mayfair, Rosemary esperaba mientras los libreros organizaban la presentación y la firma de libros.

Había llegado un poco antes para aclimatarse y prepararse, algo que siempre la ayudaba con su ansiedad.

Su papá solía decir que ella afrontaba los eventos como si fueran una pelea: siempre sabía dónde estaban las salidas y siempre llegaba preparada con un plan.

Rosemary pensaba que, si consideraba todos los escenarios posibles, si anticipaba las preguntas que podían hacerle, no se quedaría paralizada en el momento.

A ella le parecía perfectamente razonable, aunque al parecer esa forma de actuar también significaba que era una persona ansiosa.

Sin embargo, había notado que su nivel de ansiedad había bajado en los últimos tiempos, y mentiría si dijera que no sabía por qué.

Con Ellis podía hablar de sus miedos. No era que no pudiera hacerlo con Dina, Immy o su papá, pero no quería estar cargándolos todo el tiempo con sus diversas preocupaciones.

Cuando diagnosticaron a su mamá, el miedo que invadió a Rosemary fue indescriptible, algo que jamás había sentido.

Su mente barajó todos los resultados posibles de cada tratamiento, y planificaba con antelación cada salida por si surgía algún imprevisto.

Ni siquiera las idas al supermercado del barrio escapaban a su necesidad de prever todo.

Ensayaba cómo hablar con los médicos y qué preguntas hacer, porque sabía que su papá estaría demasiado afectado en el momento.

Lo había planeado todo y, aun así, al final no había servido de nada.

Y no quiso sumar más angustia a la de sus padres dejando que vieran el caos que tenía en la cabeza.

Sus vidas estaban absorbidas por la enfermedad; y las de sus amigos, por sus propios problemas.

Y si bien Ellis también estaba ocupado, simplemente.

.. la entendía. Él sabía que a veces ella solo necesitaba decir las cosas en voz alta o que alguien le devolviera un poco de realidad.

Detectaba cuándo su mente iba a mil por hora y sabía qué hacer para calmarla.

No era solo el sexo, claro que no; su sola presencia se había vuelto un bálsamo.

Cuando él entraba en una habitación, el aire se volvía más respirable.

¿Cómo era posible que una sola persona lograra que se relajara y, al mismo tiempo, despertarle un deseo tan intenso?

Le había hablado de los fantasmas y se alegraba de que él también se sintiera con la libertad de ser honesto, de mostrarle todas sus facetas, incluida su sexualidad.

Desde que habían regresado del rodaje en Hallowvale, Rosemary había empezado a preguntarse qué estaba pasando realmente entre ellos.

Él le había instalado la oficina de sus sueños y le había dejado muy claro que quería que se quedara.

Esa mañana, se había despertado junto a él.

Incluso sin los lentes, podía ver cómo su rostro se suavizaba mientras dormía, con esas pestañas largas que proyectaban sombras sobre sus mejillas.

El cabello en sus sienes empezaba a encanecer y se estaba dejando crecer una barba salpicada de gris.

A Rosemary le parecía tremendamente atractivo de cualquier manera y no podía negar que le gustaba la aspereza de la barba cuando él estaba entre sus piernas.

En algún momento de la noche debió de girarse hacia él, porque ahora la rodeaba con un brazo sobre la cintura y los dedos le rozaban la espalda. Sentía su aliento cálido contra el rostro.

No faltaba mucho para que regresara a Blossom Ridge. Primero para visitar a su papá y después, en teoría, para volver a Nueva York y buscar un nuevo apartamento. Pero esa idea empezaba a parecerle cada vez más una farsa.

Sacó el teléfono y buscó lugares en alquiler.

Podía ir a Little Hathering, donde vivían Immy, Eric y los gemelos.

Dina y Scott también pasaban mucho tiempo allí, ya que sus padres vivían en esa zona.

O podía mirar algo en Putney, cerca del apartamento de Dina, o en Lower Foxleigh, la estación más cercana a la casa de Ellis.

También estaban Upper Foxleigh y Foxleigh, aunque en realidad no entendía por qué los ingleses necesitaban tres estaciones dentro de un radio de cinco kilómetros.

Miró las tres opciones. Uno de los apartamentos estaba bien: entraba mucha luz por la mañana y estaba dentro de su presupuesto, pero no había improntas de panaderos allí.

Hizo clic en la otra opción. Este estaba mejor: tenía un balcón con vistas a un parque del vecindario y no quedaba tan lejos de la estación, pero solo tenía una habitación.

Rosemary estaba cansada de vivir toda su vida en espacios diminutos.

Y, sobre todo, ese lugar no tenía su nuevo puf, ni el escritorio que Ellis le había construido frente al jardín, ni los pájaros que iban a comer y a bañarse en los comederos y bebederos que él había instalado.

Y no tenía a Ellis.

Él le había dicho que quería que se quedara. Pero ¿eso era por ahora o para siempre?

Bueno, tal vez ninguno de esos apartamentos era el indicado.

Ya encontraría uno que se ajustara a sus necesidades.

Todavía tenía tiempo. Mañana tenemos un almuerzo íntimo en casa , pensó.

Un momento. ¿En casa? ¿Cuándo había empezado a pensar en la casa de Ellis como suya?

Eso era nuevo. Irían Dina, Scott, Immy y Eric, y Ellis había invitado a su hermana Annie en cuanto logró comunicarse con ella.

Cuando Rosemary escribió en el grupo que tenía con Dina e Immy, recibió un aluvión de mensajes larguísimos, todos en mayúsculas.

Estaban claramente entusiasmadas. Dina dijo que estaba practicando la lectura de auras y que iba a intentar leer la de Ellis.

Rosemary todavía no le había contado a Ellis sobre la afición de Dina a la brujería; antes necesitaba el permiso de su amiga, aunque, si Ellis estaba bien con el tema de los fantasmas, no creía que un poco de magia fuera a asustarlo.

Su teléfono vibró cuando entró un mensaje de su papá.

«¿Qué tal la vista, cielo?», preguntó, como siempre. Rosemary tomó una foto de la vista desde la ventana y otra de las estanterías repletas de libros.

«Nada mal, en el evento de firma de libros en Londres».

«Vas a arrasar», respondió él. «Tengo muchas ganas de ver a mi hija favorita».

«Solo tienes una hija, papá».

«No se lo cuentes a ellos». Con eso, le mandó una foto de los gatitos de la granja.

Estaban creciendo tan rápido que a Rosemary no le sorprendería si ya hubieran dejado la leche y estuvieran comiendo sólido.

Tenía muchas ganas de ver a su papá y, quizá, de contarle sobre Ellis.

Bah, ¿a quién engañaba? Por supuesto que se lo iba a contar.

Rosemary respondió con otro mensaje. Justo en ese momento, alguien entró en la sala.

—Hola, Rosemary, ya estamos listas para ti.

Era Mona, la dueña de la librería. The Reader’s Rest era un negocio familiar, por lo visto, ya que el hermano de Mona, Ali, atendía la caja en la planta baja.

Para homenajear a Rosemary, todos se habían vestido con colores que combinaban con la portada de La posesión del mal : Ali de rojo y negro, y Mona con un hiyab estampado en rojo, negro y púrpura.

Rosemary estaba tan complacida que quiso tomarse una foto con ellos.

No usaba mucho las redes sociales, pero se la envió a su publicista en el Reino Unido, Warren.

En teoría, él debía estar allí ese día como apoyo general, pero una hora antes le había escrito para decirle que su gato estaba vomitando por toda la casa, así que no había podido salir.

No importaba; se había preparado mentalmente para un escenario en el que él no pudiera asistir, y Mona había sido muy amable y hospitalaria.

Al salir de la calma de la sala trasera, Rosemary se dio cuenta de que tal vez no se había preparado para todas las posibilidades; en concreto, para el hecho de que la planta de la librería que habían destinado como espacio para el evento estuviera repleta de gente.

Y toda esa gente había ido a verla a ella .

—Es muchísimo más de lo que imaginé, Mona —le dijo a la librera, y su voz apenas delató sus nervios.

Ya había hecho eventos en librerías antes; podía hacerlo otra vez.

Solo que hacía mucho tiempo que no hacía uno en el Reino Unido, más de un año, de hecho.

La última vez todavía no se había anunciado que La posesión del mal se convertiría en una película, así que suponía que su base de lectores había crecido tras ese anuncio.

Probablemente ayudaba que la historia estuviera ambientada en Inglaterra.