Amor al primer susto 30
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R osemary era de sueño pesado. Cenaron y, en cuanto el reloj marcó las diez de la noche, ya se estaba quedando dormida sobre el hombro de Ellis en el sofá.

La llevó en brazos arriba, con Fig, igual de somnolienta, siguiéndole los pasos, y los dejó a ambos en la habitación: Rosemary bien arropada bajo el edredón y Fig hecha un ovillo sobre la alfombra.

Apostaba a que, cuando él por fin se acostara, encontraría a Fig ocupando su lado de la cama junto a Rosemary.

Pero Ellis no podía dormir. Todavía no. El sexo había logrado frenar sus ansiedades por un rato, pero ya habían vuelto con fuerza.

Así que regresó a trabajar en la habitación secreta, procurando hacer el menor ruido posible, mientras armaba el escritorio para Rosemary y sacaba el puf de su empaque.

Ella le había dicho que era lo más cómodo para escribir, y él había rastreado internet hasta dar con uno que le pareció adecuado.

Las horas se le escurrieron de las manos mientras preparaba el espacio para Rosemary. En cierto momento, se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra una de las estanterías recién montadas. Solo iba a cerrar los ojos un instante; no estaba realmente cansado.

Cuando se despertó, el cielo ya se teñía del color púrpura del amanecer. Mierda . Le dolía todo el cuerpo por haber dormido en el piso. Al menos, la habitación estaba terminada.

Contempló su trabajo. No había querido decorarla demasiado, para que Rosemary pudiera darle su propio toque, pero había colgado una hilera de luces pequeñas a lo largo de los estantes para darle una sensación acogedora.

Esperaba que fuera suficiente para que ella quisiera quedarse, para que lo eligiera, cuando le contara toda la verdad sobre sí mismo.

Fue a la cocina y se preparó un café, y dejó salir a Fig al jardín cubierto de rocío helado para que gastara un poco de energía.

Media hora después, un poco antes de las nueve, Rosemary bajó las escaleras.

Llevaba calcetines que no hacían juego, la larga trenza pelirroja revuelta por el sueño y una de las camisetas de Ellis del día anterior.

Cuando la vio entrar en la cocina medio adormilada, Ellis pensó que nunca la había visto tan hermosa.

—¿Café? —preguntó.

—Por favor —respondió con voz ronca—. Me desperté y no estabas en la cama.

—Perdón. Tenía que terminar algo pendiente.

Ella le echó un vistazo de arriba abajo: la ropa arrugada, las motas de pintura en el pantalón deportivo, las ojeras marcadas bajo los ojos.

—¿En la habitación secreta?

Él asintió. Bebieron el café en silencio, y Ellis tuvo que obligarse a dejar de mostrarse inquieto. Las palabras de Juliet le daban vueltas sin parar en la cabeza. Entonces tomó la decisión: le diría la verdad a Rosemary.

Cuando ella terminó su café, la tomó de la mano.

—Cierra los ojos.

—¿Vamos a la habitación secreta que definitivamente no es una mazmorra sexual?

—Sí —dijo él, dejando escapar una carcajada breve.

Se colocó detrás de Rosemary y la condujo hasta la habitación, empujando la puerta para abrirla. Encendió la luz.

—Ahora abre los ojos.

Sintió cómo Rosemary contenía el aliento, y vio cómo se le levantaban de golpe los hombros y se llevaba las manos a la boca.

—Ellis... ¿Qué es esto?

—Es para ti. Sé que estás estresada por la fecha de entrega de tu manuscrito y dijiste que extrañabas tener tu propio espacio de trabajo, así que pensé que deberías tener uno.

Ella se secó las lágrimas y se volvió hacia él.

—¿Hiciste todo esto por mí?

Ellis la rodeó con los brazos, le levantó el mentón para mirarla a los ojos y le secó las lágrimas con el pulgar.

—Haría cualquier cosa por ti.

—Me encanta. Muchísimo. —Sorbió por la nariz y se puso de puntillas para besarlo. Dios, cómo amaba a esta mujer—. Pero solo voy a quedarme un mes —agregó Rosemary.

Ellis sintió que la sonrisa se le borraba del rostro.

—Tal vez estoy esperando que te quedes —dijo—. Ayer tuve mucho tiempo para pensar. Leí el diario de Juliet.

—Ah, ¿sí?

Ellis asintió.

—Escribió algo nuevo, ¿sabías? Y me hizo darme cuenta de algo. —Ellis tomó aire—. No he sido honesto contigo.

Rosemary se apartó un poco para mirarlo.

—Bueno. ¿Tiene que ver con lo de fingir que salías con Jenna?

—En parte. —Se quedó en silencio un momento. Las palabras estaban claras en su mente, pero le costaba llevarlas a los labios. Rosemary se sentó en el puf.

—Tómate tu tiempo —lo tranquilizó, con una expresión suave y pensativa en los ojos—. No me voy a ir a ninguna parte.

No hay nada como la eternidad para hacerte entender lo precioso que es el tiempo.

Era la mujer que amaba. Y estaba cansado de reprimir lo que sentía.

—Soy bisexual —dijo Ellis—. Me atraen los hombres y las mujeres y... Todos los géneros, en realidad.

La idea de decirlo en voz alta siempre le había parecido imposible, pero acababa de hacerlo. Tan natural como respirar. Y Rosemary no estaba llorando, gritando ni había salido corriendo. De hecho, sonreía y se acercaba a él.

—No me lo imaginé. Normalmente tengo bastante buen radar para estas cosas, pero contigo no tuve ni idea. —Sonrió con picardía—. ¿Crees que nos detectamos lo gay mutuamente?

—¿Qué? —El cerebro de Ellis se quedó en blanco.

—Yo también soy bisexual.

—¿En serio?

—Ajá. —Rosemary pasó los brazos alrededor de su cuello y lo atrajo hacia ella—. Gracias por decírmelo y por confiar en mí. Supongo que no lo has hecho público, ¿verdad?

Ellis negó con la cabeza.

—Al comienzo de mi carrera estaba más «afuera» que ahora.

Salí con algunos hombres, con un par de personas no binarias, pero Brody se enteró.

Creo que una de ellas intentó vender la noticia a la prensa y así fue como Brody lo supo.

Algo como «Nueva estrella de Hollywood disfruta dominar miembros masculinos».

Basura de mal gusto. Fue justo en la época en que mi carrera despegó con la primera película de Soldado de la justicia , así que tenía que ser la gran estrella masculina, ruda y viril.

No podía ser bisexual; habría arruinado mi carrera antes de que empezara.

—Mientras hablaba, Ellis se dio cuenta de que estaba repitiendo las mismas frases que Brody le había dicho años atrás, aunque ya no estuviera seguro de creerlas.

También notó cómo el rostro de Rosemary se enrojecía y sus cejas se fruncían con enojo—.

Así que dejé que Brody mantuviera la noticia lejos de la prensa y volví al clóset.

Después de eso, tuve que andar con cuidado.

En público, solo salía con mujeres. Algunos encuentros ocasionales con el tiempo, pero nada más.

—Ellis —dijo Rosemary muy despacio—. Voy a matarlo. Esta vez lo digo en serio. Lo voy a asesinar. ¿Dónde vive? Dame su dirección, tengo un crimen que cometer.

Él soltó una risa apagada, sin alegría.

—¿Por qué no estás más furioso con él, Ellis? Este imbécil te obligó a esconderte durante décadas, ¿y para qué? ¿Para seguir cobrando comisiones?

—Sé que lo hizo por eso. Pero tampoco es que yo no tuviera parte de culpa. Podría haber salido del clóset si de verdad lo hubiera querido, pero vi cómo eran las cosas.

»No tienes idea de lo horrible que era ese ambiente de Hollywood. Cuando todavía estás subiendo la escalera de la fama, no puedes darte el lujo de hacer lo que te da la gana y pasar por encima de todo. No. Tienes que estar en las fiestas. En los estrenos. En las celebraciones posteriores.

Había sido tan joven y tan ingenuo. Se había dejado deslumbrar por el brillo de todo eso. Las noches interminables, la música a todo volumen, forzándose a encajar en un molde y ahogándose en alcohol cuando el vacío se volvía insoportable.

—Escuché cómo todo el mundo hablaba de quienes habían salido del clóset.

Decían cosas realmente asquerosas, incluso de actores como Lance, que era tan famoso que parecía intocable.

Cuando Lance y Arthur se juntaron, los comentarios daban náuseas.

Y luego empezabas a notarlo en las decisiones de reparto.

De pronto, la actriz que decía ser lesbiana solo conseguía unos pocos papeles, ninguno protagónico ni romántico.

Siempre secundario. Y si era un hombre el que salía del clóset, entonces quedaba encasillado como el mejor amigo gay, siempre y cuando fuera bajo y delicado.

Pero si tenías un estilo como el mío, te descartaban por completo.

No puedes tener el aspecto que tengo yo y además ser queer ; para ellos, no encaja.

En cada película de acción, en cada sesión de entrenamiento personal, me convirtieron en este hombre ultrahétero que otros hombres hetero quieren imitar. Lo odiaba.

—¿Por qué te quedaste?

Buena pregunta. ¿Por qué? ¿Había valido la pena? Décadas de soledad, de ocultarse. ¿Y todo para qué? ¿El dinero, la fama? ¿Cómo había permitido que se prolongara tanto?

—Me encantaba el trabajo. Actuar... Todavía amo hacer esto.

Quería sacar a mis padres de su apartamento diminuto y llevarlos a una casa grande, y ayudar a Annie a que terminara su doctorado.

Con el tiempo, lo bueno pesó más que lo malo.

Y luego, cuando ya era lo bastante famoso, no tenía que hacer tanto teatro social, y salvo algún montaje de citas falsas que Brody armaba de vez en cuando, podía quedarme al margen.

Sin darme cuenta, habían pasado quince años y seguía escondido.

Durante un rato, se quedaron callados tratando de asimilar todo.

Rosemary apoyó la cabeza en su pecho; su corazón volvía poco a poco a un ritmo más tranquilo.

Ellis no se había dado cuenta de lo agobiado que había estado con todo aquello, de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se lo había contado a alguien.

Se inclinó hacia Rosemary y le besó la coronilla.

—¿Quieres salir del clóset? Más públicamente, digo —preguntó Rosemary.

Si le hubieran hecho esa pregunta una hora antes, habría respondido con un «no» rotundo. Pero ahora, con Rosemary entre sus brazos, la idea de que el mundo supiera quién era le resultaba un poco menos aterradora.

—Tal vez. Creo que podría. Con el tiempo.