Amor al primer susto 29 #2
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29 #2

—¿Por qué? Ya has hecho firmas en Londres antes. Esta no puede ser tan distinta.

—No, no lo es. Es solo que... Bueno, no tengo una razón concreta para estar nerviosa, supongo. Pero me siento así.

Ellis la abrazó con más fuerza.

—Está bien. No necesitas un motivo. Hacer un evento ya de por sí da miedo. Yo tengo que estar en el set por la mañana, pero por la tarde solo hay trabajo con la segunda unidad, así que debería llegar a tiempo.

Rosemary soltó el aire.

—Qué bueno. Gracias. Normalmente Immy o Dina están entre el público, pero Immy tiene a los gemelos y Dina está capacitando a nuevos baristas en su café, así que no pueden ir.

Creo que me gusta saber que hay alguien que no es solo un admirador, sino alguien que de verdad me conoce.

Seguro le estoy dando demasiadas vueltas. Son solo nervios. Perdón.

Ellis hubiera dado cualquier cosa por evitarle el nerviosismo.

Quería tomar todas las preocupaciones de Rosemary y lanzarlas bien lejos.

Tal vez era puro egoísmo, pero tampoco quería pensar más en sí mismo.

Tenía que encontrar la manera de contarle todo —que era bisexual, que la amaba, que quería que se quedara con él—, pero en ese momento le parecía un obstáculo imposible de superar.

En cambio, podía tomar el control de la situación, aquietar su propia mente concentrándose en darle placer a Rosemary.

—Te entiendo —le dijo, deslizando las manos por la parte posterior de los brazos de Rosemary—. Ahora, quítate la ropa.

—¿Ahora?

—Sí. Todo menos la ropa interior —le ordenó con suavidad.

Rosemary estaba allí, en su casa, con él.

Era todo lo que Ellis podía pedir en ese momento.

Casi todo , le susurró su mente. Aún no se lo contaste; ¿y si después no te quiere?

Hizo a un lado esos pensamientos desagradables y se concentró en las curvas de Rosemary, en sus tatuajes sinuosos, en su cabello rojo intenso que le caía en ondas por la espalda.

Apartó la ropa con el pie y la sujetó de las caderas, guiando su cuerpo para que quedara sentada a horcajadas sobre él en la cama.

Nunca se cansaría de verla, con las mejillas encendidas y los ojos entornados por el deseo.

Ellis le tomó los pechos con las manos y pasó los pulgares por sus pezones duros.

Cuando ella arqueó la espalda, él subió una mano y le rozó los labios, siempre suaves y carnosos, mientras cerraba la otra con delicadeza alrededor de su garganta.

Por su respiración entrecortada y la forma en que sus ojos se oscurecieron tras los lentes, dilatándose por completo, supo que eso le gustaba. Quería saber todo lo que le daba placer.

Rosemary gimió cuando la mano de Ellis bajó y la acarició por encima de la tela, trazando círculos sobre el algodón empapado de su ropa interior.

—Ya estás tan mojada... —murmuró—. Quiero verte tocarte, bonita.

Los dedos de Rosemary bajaron y apartaron hacia un lado el material fino de su ropa interior.

—Así no —dijo Ellis con firmeza—. Sobre la tela.

Rosemary dejó escapar un gemido leve y se tocó a través del algodón.

—Necesito más —le susurró.

—Sigue así —le indicó Ellis, y miró complacido cómo ella se dibujaba círculos sobre el clítoris, con las piernas abiertas sobre sus caderas.

Ellis se recostó hacia atrás sobre las manos para dejar en claro cuánto le gustaba mirarla.

Sentía el cuerpo en llamas; quería estar adentro de ella, pero sabía que debía ir despacio, asegurarse de que estuviera lista.

Ser dominante era más que penetrar con fuerza.

Era lograr que su sumisa estuviera relajada y entregada, para poder darle el placer que necesitaba.

Aun así, su verga presionaba de forma dolorosa contra el pantalón.

Cuando Rosemary cerró los ojos y empezó a respirar a bocanadas, mordiéndose el labio, supo que estaba cerca. En el último segundo, le tomó la muñeca con firmeza y le apartó la mano del clítoris.

—Por favor —gimió Rosemary—. Estaba a punto.

Ellis recorrió todo su cuerpo con una mano y presionó dos dedos en la hendidura de su labio inferior.

—Chúpalos —ordenó.

Rosemary abrió la boca y le pasó la lengua por los dedos.

—Muy bien —la elogió Ellis—. Haces justo lo que te digo. Ahora voy a meterte estos dedos, así que mójamelos bien.

Los llevó de nuevo hacia abajo, despacio, por el hueco entre sus pechos y el suave relieve de su vientre.

Ella gimió cuando corrió la tela de su ropa interior de algodón y hundió los dedos en su interior, mientras le frotaba el clítoris con el pulgar.

Era la puta perfección. Siguió moviendo los dedos dentro de su vagina, colmándola de elogios. Cuando llevó los dedos un poco más hacia atrás, preguntó: —¿Verde?

—Verde —respondió ella.

Entonces, con la otra mano, Ellis rodeó con lentitud la entrada apretada de su trasero, saboreando las palabrotas que Rosemary soltó cuando por fin entró en ella y la penetró de ambos lados.

—Ay, por Dios —dijo entre jadeos—. Qué bien se siente esto, Ellis.

—Así te voy a hacer llegar, bonita, y cuando estés a punto, y solo en ese momento, te voy a meter esta verga.

—¡Sí! —gritó ella, levantando más las caderas hacia él. Ellis sintió el calor de su propio deseo, casi sofocante. Cuando habló, su tono de voz sonó bajo y tembloroso.

—Un día de estos voy a comprar un consolador y te voy a dar por ese trasero tan bonito mientras te la meto. ¿Te gustaría?

—Muchísimo —dijo Rosemary—. Iba a pedírtelo.

—Lo sé —respondió él, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a tensarse alrededor de sus dedos, cada vez más cerca—. Sé lo que necesitas.

Se detuvo un momento para desabrocharse los jeans con una mano y sacar la verga. Luego se colocó en su entrada y le bajó un poco el cuerpo.

—¿Te mereces mi verga, bonita? —le preguntó con dulzura—. ¿Te portaste bien?

—Muy bien.

No hizo falta responder. Se la metió de lleno hasta el fondo.

La sensación de su cuerpo recibiéndolo, todo calor y humedad, y el sonido erótico del choque de sus cuerpos fue casi demasiado.

Rosemary acabó al instante, gritando mientras Ellis la embestía con más fuerza, más rápido, sin dejar de estimularle el trasero con la otra mano.

Cuando su orgasmo se fue apagando, Ellis la levantó hasta dejarla de rodillas y la atrajo hacia atrás, con la espalda apoyada en su pecho, mientras él quedaba al borde de la cama.

Extendió una mano y le rodeó el clítoris, empujando hacia arriba con la verga. Ver su ropa interior fina, que ella sostenía a un lado para él, era una delicia erótica.

—¿Crees que puedes volver a acabar para mí? —le susurró contra el cuello, lamiéndole una gota de sudor que le bajaba por la clavícula.

—Sí, Ellis.

Él empujó con más fuerza, disfrutando cómo ella se estiraba y sintiendo su cabello rozarle el rostro.

—Te voy a hacer entrar toda mi leche, ¿sabes?

—Sí. Me encanta.

Ellis sintió su propio orgasmo alcanzar el clímax y sincronizó los círculos en el clítoris de Rosemary con sus embestidas, con las caderas tensas contra su trasero.

—Voy a... voy a... —gritó Rosemary, echando la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Ellis cuando el orgasmo la sacudió. Él lo acompañó con el suyo, derramándose dentro del calor de su cuerpo, cubriendo su cuello de besos húmedos y apasionados.

—Perfecta —volvió a decirle Ellis al oído, mientras sus respiraciones y cuerpos se aquietaban. Otra frase le llegó a los labios y casi se le escapó. Una que necesitaba decirle. Rosemary se merecía saber toda la verdad sobre él. Solo debía tener la valentía para revelársela.