Amor al primer susto 29
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L legó el fin de semana, y Ellis acababa de dejar a Rosemary en la estación de tren cercana de Lower Foxleigh, tras mostrarle el trayecto para llegar a Londres y visitar a sus amigas.

Se había ofrecido a llevarla en auto todo el camino varias veces, pero Rosemary le explicó que quería acostumbrarse al viaje.

Aunque la fecha límite se le venía encima y él notaba cómo el estrés la iba consumiendo, sabía que ver a sus amigas era justo lo que Rosemary necesitaba ese día.

Además, no quería ganarse la antipatía de las mejores amigas de su novia acaparándola todo el tiempo.

Pero tenía un motivo oculto, por supuesto.

Quería seguir trabajando en la habitación secreta, algo que no podía hacer mientras Rosemary estuviera en la casa.

La idea se le había ocurrido el día en que ella se sentó a escribir con la computadora apoyada en las piernas en la cabaña, después de que él la invitara a quedarse con él durante el resto del rodaje.

En ese momento, de pie en la habitación, con el overol manchado de pintura y rodeado de las cajas que había mandado llevar a su casa —con las piezas que necesitaría para construirle a Rosemary un escritorio donde pudiera escribir bajo la ventana—, Ellis se dio cuenta de que estaba enamorado de ella.

Si no, ¿por qué otra razón estaría pintando las paredes de un rosa claro o colgando pósteres enmarcados de películas clásicas de terror que a Rosemary le gustaban?

¿Por qué habría instalado un comedero, una casita y una fuente para pájaros justo afuera de la ventana, con la esperanza de que Rosemary pudiera ver un carbonero palustre, el ave que llevaba tanto tiempo intentando avistar?

Ellis quería que ella se quedara con él, que viviera con él.

Quería casarse con ella, cuando por fin se lo pidiera y hubiera pasado el tiempo suficiente como para que no pensara que estaba loco.

Darse cuenta de que estaba enamorado no lo tomó del todo por sorpresa; sospechaba que había estado enamorándose desde hacía bastante, probablemente desde aquella discusión en el hotel Cloverwood.

La sensación era embriagadora, y tuvo que detenerse un momento para asimilar todo.

Rosemary tenía todo lo que Ellis había soñado en una pareja, y había confiado en él lo suficiente como para contarle sobre su habilidad para ver fantasmas.

También había una parte, bastante irracional, que la quería aún más porque ella había conocido a Hank, incluso como fantasma.

Como si hubiera recibido el visto bueno de Hank.

Aun así, no le había contado todo, ¿verdad? No, había mantenido una parte fundamental de sí mismo bien guardada. «¿Quién querría pasarse la eternidad en el clóset?», se había preguntado Rosemary, hablando de la pareja de fantasmas de Hallowvale. En serio, ¿quién?

Tenía tantas ganas de contarle que era bisexual que se le oprimía el pecho. Quería desnudar su alma frente a ella y saber si seguiría eligiéndolo.

Cuando las paredes estuvieron secas y los pósteres colgados, Ellis dejó entrar a Fig en la habitación y empezó el lento proceso de armar el escritorio y las estanterías. Logró montar una repisa y se detuvo, sin querer arriesgarse a que Rosemary regresara mientras aún estaba trabajando.

La tarde fue dando paso a la luz azulada del atardecer; los días se acortaban cada vez más con la cercanía del solsticio de invierno. Encendió las luces del jardín y le dio de comer a Fig.

¿Qué cosas debería comprar para la cocina?

¿Qué tés le gustaban, qué solía desayunar en la tranquilidad de los domingos por la mañana?

Había tantas cosas todavía que quería aprender de ella, y esperaba que se sintiera feliz viviendo allí, con él, como para que, después de ir a visitar a su papá a Georgia por la Navidad, regresara.

Ellis sabía que la vida de Rosemary estaba en otro país. Sí, había vaciado su apartamento y le había dicho que sus amigas más cercanas estaban en Inglaterra, pero una cosa era mudarse entre estados y otra muy distinta, cambiar de país.

Le sonó el teléfono: un mensaje de Brody. No podía seguir ignorando a su representante.

El mensaje decía: «Te conseguí una entrevista en el programa de Theo Drake, el viernes por la noche. Dile a Eva que lleve el traje verde de Armani».

A veces —solo a veces—, cuando Brody se ponía así, a Ellis no le molestaba.

Theo Drake siempre era un placer como entrevistador.

Su programa reunía a estrellas y celebridades de ámbitos muy distintos, y Ellis nunca rechazaba sus entrevistas.

Theo era un hombre trans, bajo y fibroso, que había alcanzado la fama rápidamente gracias a su ingenio afilado y a su estilo directo para entrevistar.

Nunca hacía preguntas para incomodar a sus invitados, nunca recurría a bromas hirientes y siempre tenía música en vivo excepcional de artistas emergentes.

Ver a alguien tan talentoso como Theo ascender tan rápido en el periodismo televisivo le daba a Ellis mucha alegría.

La suficiente como para responderle a Brody con un mínimo de cortesía.

«Gracias, allí estaré», respondió con un texto.

El trabajo lo había hecho sudar. Se duchó y luego se sentó en la cama y se quedó mirando la maleta de Rosemary, a medio deshacer, mientras reflexionaba sobre todo lo vivido en aquellas semanas. De algún modo, era más fácil pensar cuando estabas sentado desnudo en la cama.

Deseó otra vez tener más amigos con quienes hablar de esto, personas que supieran de su sexualidad y que pudieran darle algún consejo.

Su hermana Annie lo sabía, claro, pero no tendría señal en el teléfono hasta dentro de uno o dos días.

Al comienzo de su carrera había tenido amigos —o personas que creía que lo eran—, pero cuando intentó contarle a uno de ellos sobre el incidente, sobre las amenazas de Brody, se puso del lado de su agente.

Le dijo que era mejor que volviera al clóset si quería tener una carrera exitosa.

Eran amigos solo cuando convenía, en el mejor de los casos, y no personas con las que pudiera ser sincero.

Se vistió y, mientras se ponía un par de calcetines gruesos —ideales para mantener los pies calientes cuando trabajaba en el jardín en invierno—, reparó en el diario apoyado sobre la cómoda.

Rosemary se lo había mostrado por arriba cuando desempacaba sus artículos de tocador.

Si no recordaba mal, había pertenecido a una de las fantasmas, Juliet.

Ellis hojeó las cartas; eran de Cecilia.

Luego leyó las entradas del diario de Juliet.

Siguió el recorrido de su amor, las preocupaciones que la atormentaban.

Aunque no era religioso, entendía muy bien esa vergüenza venenosa nacida de creer que lo que eras, y a quién amabas, te volvía inferior.

Te convertía en algo digno de rechazo. Se detuvo al llegar a un pasaje breve, escrito con una caligrafía apresurada, casi ilegible.

La entrada estaba fechada el 11 de diciembre de 2024. El último día de rodaje. Empezaba así:

No sé si esto funcionará, ya que me cuesta sostener la pluma.

Cecilia lo sabe. Se lo dije. Por fin, después de todos estos siglos, es mía.

Tenemos nuestro propio cielo aquí, en Hallowvale, mientras esta existencia nos lo permita.

He sido una tonta. He pasado cientos de años atormentándome por estos sentimientos, por esta necesidad.

Todos estos años como amiga, cuando debería haber sido más.

Esperé demasiado, y no hay nada como la eternidad para hacerte entender lo precioso que es el tiempo.

Las palabras lo conmovieron profundamente.

Dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas y se permitió imaginar una vida en la que no hubiera cedido a la presión, en la que no hubiera vuelto a ocultarse.

Tal vez su carrera habría sufrido, sí, pero habría sido feliz.

Se habría sentido orgulloso de sí mismo por ser fiel a quien era.

Habría conocido gente, habría hecho amistades en las que pudiera confiar.

Quizá, con el tiempo, la industria habría dejado de encasillarlo, y a lo mejor igual habría podido interpretar al héroe.

Y cuando conoció a Rosemary, no habría tenido miedo de decírselo.

—¡Ya estoy en casa! —gritó Rosemary desde abajo. En casa. Mi mujer está en casa.

Se secó las lágrimas y se recompuso. Necesitaba pensar.

—Estoy arriba, bonita —respondió. Unos minutos después, Rosemary entró en la habitación, con la nariz y las mejillas sonrosadas por el frío. Cruzó la habitación de un salto directo hacia él, a sus brazos, donde debía estar. Todo parecía más sencillo ahora que ella estaba allí.

—¿Cómo estaban Dina e Immy? —preguntó él, después de tomarse su tiempo para besarla desde los labios hasta la curva de la oreja. No se le escapó que seguía sin camiseta, ni que Rosemary parecía disfrutar mucho calentándose las manos heladas en su pecho.

—Bien. Por supuesto que me hicieron un interrogatorio sobre ti.

—Por supuesto.

—Immy dijo que Eric, su esposo, y Scott, el prometido de Dina, quieren saber si alguna vez has remado. Al parecer necesitan una cuarta persona para su bote de cuatro, junto con un colega del museo de Scott. Creo que es una especie de rito secreto entre hombres.

—Ja. Bueno, soy partidario de los ritos secretos. Solo remé un par de veces, por una película, pero creo que podría aprender.

—¿Qué has estado haciendo? Hay olor a pintura fresca abajo.

—Nada.

Rosemary levantó una ceja y lo miró fijo con sus ojos cafés.

—No quiero arruinar la sorpresa —dijo él.

Ella soltó un bufido y sonrió.

—Está bien. —Se acurrucó más en sus brazos, aunque lo apretó un poco de más.

—Algo anda mal —dijo Ellis—. ¿Qué pasa? ¿Ocurrió algo en Londres?

Resuelve esto. Haz que se sienta mejor , le gritaba el cerebro.

—Estoy un poco nerviosa por la firma de libros que tengo en Londres la semana que viene —murmuró Rosemary contra el hueco de su cuello.