Amor al primer susto 27 #2
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27 #2

—Creo —empezó, sentándose en el borde de la cama mientras Juliet caminaba de un lado a otro en silencio— que muchísimas personas viven y trabajan muy cerca unas de otras todos los días, y no por eso se enamoran.

La cercanía es circunstancial. Alguien puede enamorarse de una persona que está al otro lado del mundo y con la que solo se ha comunicado por carta.

O puede enamorarse de quien mejor conoce, de su amistad más cercana.

Puedes querer a alguien de forma platónica, pero no te enamoras de todo el mundo.

Juliet se acercó a la ventana y se quedó mirando hacia afuera, con los bordes de su figura difuminándose como un espejismo contra la luz del amanecer. Permaneció allí un buen rato, en silencio.

—No creo que podamos volver a como era antes.

—No.

Juliet apoyó una mano en el cristal, cubriéndolo de escarcha.

—Y no creo que eso sea lo que quiero.

—¿Y qué quieres, Juliet?

La fantasma se volvió hacia Rosemary; lágrimas plateadas resbalaban por sus mejillas.

—Quiero dejar de odiarme por lo que soy. Quiero dejar de imaginar qué dirían mi padre y mi madre si lo supieran. La quiero a Cecilia. Quiero que sepa lo que siento.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, en un gesto casi poco refinado.

—¿Me ayudarás?

***

¿Cuántas velas se podían robar del almacén de utilería en un solo día sin causar un escándalo?

Veintitrés por su cuenta, pero con una cómplice fantasma, unas cuarenta y cinco en total.

Juliet había estado revoloteando junto a Rosemary durante toda la jornada, desesperada por poner en marcha su gran gesto.

Le habló al oído durante toda la filmación de la mañana, verbalizando cada una de sus ansiedades sobre el plan y contándole, además, lo preciosa que se vería Cecilia a la luz de las velas.

Parecía que, ahora que había salido del clóset fantasmal, quería vivir su amor con libertad.

Cuando el día de rodaje llegó a su fin, Juliet y Rosemary llevaron las velas que habían ido escondiendo hasta el bosque.

Bueno, Rosemary hizo todo el trabajo de transporte; de lo contrario, para cualquier observador habría parecido que una bolsa o un manojo de velas flotaba a su lado, lo cual no habría sido precisamente discreto.

El sol se había puesto hacía rato y la noche estaba despejada y fría.

Colocaron velas en las ventanas arqueadas, en los candelabros desnudos y sobre el altar cubierto de musgo de la capilla.

El aire olía a fósforos encendidos y a la humedad verde del bosque.

Era placentero y sereno moverse en silencio por la capilla, mientras encendían una vela tras otra.

El único sonido era el roce de los fósforos y el leve aleteo de una urraca que había hecho su nido en las vigas.

La luna llena flotaba sobre ellas, ya en fase menguante.

Rosemary pensó en mostrarle a Ellis cómo había quedado la capilla; al fin y al cabo, él la había llevado a ese lugar.

Pero ¿podía explicarle por qué estaba allí y por qué estaba encendiendo todas esas velas?

«Estoy ayudando a una fantasma a llevar a cabo un gran gesto romántico» sonaba a algo que haría que Ellis saliera corriendo.

Aun así, una parte de ella se sentía mal por mantenerlo todo en secreto. El tiempo también corría para contarle a Ellis lo de Hank, pero no encontraba la forma de sacar el tema. Lo que había entre ellos era frágil, y esta habilidad de Rosemary podía romperlo.

—¿Qué hora es? —se inquietó Juliet, paseándose por la nave.

—Las seis.

—¿Crees que habrá encontrado mi nota?

—Sí.

Rosemary apagó el último fósforo y dio un paso atrás para admirar su obra.

La capilla ya no tenía el mismo aire gótico y lúgubre.

El musgo y la hiedra, iluminados por las velas, parecían esmeraldas incrustadas en los muros, y la magia espectral que envolvía a Juliet la bañaba con una luz casi angelical.

—¿Y si no viene? Esto fue un error, Rosemary. No va a venir y me va a odiar para siempre.

—Dale tiempo, todavía no llega tarde.

—¿Y si no quiere volver conmigo? Después de todo esto, no creo que pueda pasar al otro plano si ella no sabe cuánto la amo.

Rosemary oyó una inspiración brusca detrás de ella. Cecilia estaba de pie en el umbral, y parecía una novia el día de su boda.

—¿Me amas?

Una sonrisa iluminó el rostro de Juliet y, por un segundo, Rosemary creyó vislumbrar a la mujer que había sido en vida.

—Tan profundamente que nada más importa, mi amor —dijo Juliet, llorando, mientras se precipitaba en brazos de Cecilia—. ¿Me aceptas por el tiempo que nos quede? ¿Para lo que venga después?

—¡Sí, sí! ¡Por fin! Qué mujer insensata —respondió Cecilia.

Se abrazaron, primero con besos vacilantes, pero cuando Juliet atrajo los labios de Cecilia hacia los suyos con fervor, el beso se volvió más intenso.

Rosemary, momentáneamente muda ante lo que estaba presenciando, reaccionó y se escabulló.

Afuera, como si hubiera seguido a Cecilia para hacerle compañía, estaba Hank. Rosemary se inclinó y sintió su pelaje leve como una pluma bajo la palma.

—Buen chico. Creo que ayudamos, ¿verdad?

—le dijo—. No más candelabros que estallan contra el suelo.

—Pero era más que eso, y lo sabía. Durante toda su vida había podido ver fantasmas, pero nunca, nunca había podido ayudar a uno.

No se había dado cuenta hasta ese momento de cuán impotente se había sentido, observando a tantos de ellos atrapados en ciclos que los mantenían allí.

—Si te lanzo un palo, ¿me lo traes? —Hank ladeó la cabeza, moviendo las orejas.

—¿Con quién estás hablando?

Ellis estaba frente a ella. Hank corrió hacia él, saltando con excitación.

—¿Qué haces aquí?

—Te vi internarte en el bosque con una bolsa llena de velas hace como una hora. Solo quería comprobar que estabas bien.

—Qué mal, pensé que estaba siendo discreta. —Rosemary sonrió, pero supo que su sonrisa no se reflejaba en sus ojos. Ahora que había llegado el momento, no se sentía preparada. ¿Y si su relación era demasiado frágil para esto? ¿Y si la piedra bruja no funcionaba y él pensaba que estaba loca?

—Estaba colocando velas en las ruinas —dijo.

—Qué bien. ¿Para qué? —Ellis se acercó y la envolvió en sus brazos como si fuera lo más natural del mundo.

—Vas a pensar que estoy loca.

—Sorpréndeme —la alentó, sonriendo.

Rosemary bajó la mirada hacia Hank, advirtió la forma en que la cola ya se le había desvanecido en parte.

Era ahora o nunca.

—Puedo ver fantasmas.

—Fantasmas. —Se quedó callado un largo rato—. ¿Y las velas?

—Es una historia larga, pero tuve que ayudar a dos fantasmas de la época de la Regencia a reconciliarse; eran las que estaban causando todos los accidentes en el set . Las velas formaban parte de un... gran gesto.

Ellis negó con la cabeza, como si intentara despertarse.

— Fantasmas .

—Sí.

—¿Y los fantasmas están... aquí en este momento?

—¿Juliet y Cecilia? No, creo que siguen en la capilla.

Él asintió despacio.

—¿Cómo puedo...? Quiero creerte, de verdad, pero ¿cómo? ¿Cómo puede ser posible?

Rosemary alzó la vista hacia la luna llena y, cuando sacó la piedra bruja del bolsillo, le pareció más pesada, casi palpitante y un poco tibia. El velo era delgado; había llegado el momento de decírselo, aunque le costara todo.

—Creo que tengo una forma de demostrártelo, pero... puede ser difícil.

Ellis se sentó en una banca de piedra justo afuera de las puertas de la capilla y se ajustó el abrigo. Bajo la luz de la luna y las velas, lo único que Rosemary podía ver era la confusión que le nublaba el rostro.

Con cierta vacilación, Ellis dio unas palmaditas a su lado en la banca.

—Si hay una forma, quiero saberla. Arranca la venda de una vez.

Rosemary se sentó y le tomó una mano. Hank estaba sentado a los pies de Ellis, con la cabeza plateada apoyada sobre su zapato.

—Cuando me contaste por primera vez cómo era Hank, no me sorprendió porque... —Le sostuvo la mirada—. Ya lo había visto. Hank..., el fantasma de Hank... Está contigo.

Ellis exhaló despacio, negando con la cabeza.

—¿Cómo que conmigo?

—Creo que, cuando alguien muere, tiene la oportunidad de seguir adelante hacia lo que venga después.

Algunas personas pasan a ese otro plano, otras no, y algunas quedan atrapadas aquí un tiempo hasta que lo entienden.

Con los animales no tengo tan claras las reglas.

Hablé con Cecilia, una de las fantasmas, y me dijo que a veces los animales que fueron mascotas no se van.

Eligen quedarse junto a su dueño, aunque este no pueda verlos, hasta que se desvanecen.

Y eso es lo que está haciendo Hank, creo. Ha estado a tu lado todo este tiempo.

Ellis negó con más fuerza y se llevó las manos al rostro para secarse las lágrimas que le caían por las mejillas.

—¿Todo este tiempo? ¿Quieres decir que está aquí ahora?

Rosemary asintió y le tendió la piedra bruja.

—Sostén esto frente a tu ojo derecho y mira hacia abajo.

Ellis inspiró con dificultad y tomó la piedra con manos temblorosas. Cuando se la llevó al ojo, su voz se quebró en un sollozo suave. Con cuidado, con angustia dibujada en el rostro, bajó una mano.

—Hola, mi chico dulce.

Hank agitó la cola con entusiasmo al oír a Ellis hablarle. Le lamió las manos y dio un salto para apoyar las patas delanteras en sus piernas. Ellis se recostó, se dio unas palmaditas en los muslos y Hank saltó hasta su regazo.

—Dios mío, cómo te extrañé. —Ellis inclinó la cabeza y enterró el rostro en el pelaje de Hank, aunque no pudiera sentirlo. Hank se movía sin parar, saltando contra él, presionando las patas contra el pecho de su dueño—. Eres tan bueno, te extrañé tanto... Mi mejor compañero.

Ellis lloró en voz baja. Hank ladró, y Rosemary creyó oír un eco lejano.

—Siempre me lo imaginé corriendo por campos soleados con huesos infinitos o algo así —dijo Ellis, pasando las manos por el lomo de Hank.

—Corría por los campos, contigo y con Fig.

—¿Fig puede... verlo?

—Estoy casi segura de que sí.

—Eso explica muchas cosas, en realidad. —Ellis se secó el rostro—. ¿Y cómo es que puedo verlo? ¿Qué es esto?

—La piedra bruja te permite ver fantasmas, pero solo durante la luna llena.

—¿Después de esto no podré verlo otra vez?

Ellis miró a Hank, que se acurrucaba entre sus brazos.

—Ellis, creo que Hank necesita seguir adelante. Se está desvaneciendo, y no sé qué viene después, si es lo mismo para los animales que para el resto de nosotros, pero Hank necesita que lo dejes ir.

Bajo la luz de la luna, en el aire inmóvil y frío, Ellis se despidió de Hank frente a Rosemary.

—¿Me perdonas, compañero? ¿Por aquella noche?

Hank ladeó la cabeza y pareció responder dándole un lametón torpe en la mano.

—Gracias, Hank. Sé que no puedes entenderme, pero me salvaste. Una y mil veces, solo por estar ahí. Mi vida fue más plena gracias a ti. Lo siento mucho, lo siento. Y te quiero tanto... —dijo Ellis, y acarició el aire con suavidad—. Ya puedes irte, amiguito.

Hank se quedó inmóvil, como si las palabras de Ellis fueran cayendo sobre él. Rosemary sintió que el aire a su alrededor se hinchaba y, por un segundo, el mundo se volvió blando y permeable. Oyó un ladrido ronco, como si viniera desde muy lejos, y Hank se disolvió en la luz de la luna.

Ellis se inclinó hacia delante y enterró el rostro en el cuello de Rosemary, y ella le acarició el cabello.

—¿Te quedas conmigo esta noche? —Le preguntó él, con la voz ronca.

—Me encantaría.

Regresaron juntos a la casa de huéspedes.

No tiene miedo, no está huyendo , se dijo a sí misma para tranquilizarse, pero no lo creyó del todo hasta que le tocó la puerta y lo encontró sentado en la cama, con Fig roncando a sus pies.

—Te la estaba calentando —dijo Ellis cuando Rosemary se metió en la cama. Solo habían pasado un fin de semana juntos, pero meterse en la cama junto a él ya le parecía lo más natural del mundo. Se sentía como estar en casa.

—Entonces eres clarividente. ¿O médium? ¿Susurradora de fantasmas? ¿Cuál es el término técnico?

—Nunca elegí un nombre para esto. Siempre lo he visto como una rareza extraña de mi familia, o al menos del lado de mi madre.

—No puedo creer que los fantasmas sean reales. Dijiste que había dos en la casa, ¿Juliet y Emilia?

—Cecilia. Estaban peleadas, pero resultó que una de ellas llevaba un par de siglos atrapada en el clóset.

—¿Ayudaste a una fantasma a salir del clóset?

—Ajá. ¿Te imaginas estar atrapada ahí tanto tiempo? No me extraña que Juliet estuviera tan resentida.

Por un instante, Rosemary advirtió en el rostro de Ellis una expresión de dolor, pero la ocultó enseguida.

—Sí. Debe de ser horrible.