Amor al primer susto 26
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E sa tarde, Rosemary descubrió que tenía un fetiche nuevo: ver a Ellis cosechar patatas y chirivías en el huerto. Bueno, quizá lo que la encendía era verlo jugar a pelear con Fig por una zanahoria y limpiarse las manos llenas de barro en los muslos. Fuera lo que fuera, Rosemary estaba encantada.

El señor Tokes tenía razón: en el huerto había una abundancia de tubérculos listos para sacar de la tierra.

Una hilera de puerros largos y gruesos, las hojas redondeadas de las patatas, otra fila de chirivías con penachos verdes y una franja de hojas esponjosas de zanahoria.

Fig mordisqueaba una zanahoria con un deleite asombroso.

Hacía muchísimo que Rosemary no recogía nada de un huerto.

Sus padres tenían uno donde cultivaban frutas y verduras de temporada y, cuando su madre estuvo más enferma, su padre licuaba toda la cosecha para hacerle sopas que pudiera tomar.

Los recuerdos de esa época afloraron a la superficie, y Rosemary se quedó sentada contemplándolos, en silencio.

A última hora de la tarde volvió la lluvia y entraron a toda prisa.

Ya instalados en la cocina, se sentaron uno al lado del otro: Ellis lavaba y cortaba las verduras, y Rosemary troceaba las fresas para hacer mermelada.

Habían tenido que pasar por la tienda del pueblo para conseguirlas, pero valdría la pena.

—¿Esta receta de mermelada es tuya? —preguntó Ellis.

—Era de mi abuela. Tenemos suerte de que el señor Tokes tenga una despensa bien surtida; el ingrediente secreto es un chorrito de agua de rosas. Ya no la preparo tan seguido como antes.

Rosemary recordó la última vez que la hizo para su madre.

Para entonces, la paranoia ya se había apoderado de ella, un efecto secundario de la morfina y del tumor, y se negaba a comer, convencida de que todo estaba envenenado.

El recuerdo era doloroso; le arañaba el alma.

Sabía que esa no era ella, que eran el horror y el dolor los que hablaban.

Inspiró hondo y se dio cuenta de que quería contárselo a Ellis, compartirlo con él.

—Creo que es porque las últimas veces se la preparaba todo el tiempo a mi mamá y la asocio con ella. Y también las pavlovas , cubiertas con mermelada. Le encantaban, y necesitaba las calorías.

Ellis se inclinó y le dio un beso en la cabeza.

—¿Puedo preguntar qué pasó?

—Tenía cáncer. En realidad, estuvo enferma durante mucho tiempo, a rachas.

La gente imagina que el cáncer es algo que te diagnostican y tres meses después te mueres.

Y sé que eso pasa mucho cuando no lo detectan a tiempo, pero a ella se lo detectaron pronto, y al principio estaba en la fase dos.

Pasó por quimio y una mastectomía, y la enfermedad remitió.

Rosemary sintió que se le quebraba la voz, pero continuó.

—Después tuvimos unos cuantos años buenos.

La granja de flores iba bien, mamá y papá estaban felices.

Aunque, en realidad, siempre lo estaban.

La enfermedad volvió el verano justo antes de que empezara mi último año de secundaria, pero esta vez en el cerebro.

Estadio cuatro. En ese punto no había mucho que se pudiera hacer.

Los médicos fueron increíbles; la incluyeron en todo tipo de tratamientos nuevos, y algunos funcionaron durante ciertos períodos.

Pero al final solo estaban comprando tiempo.

Mes a mes se debilitaba más, y ya no podía ayudar en la granja.

Lo único que hacía era sentarse en el porche y darle órdenes a mi padre, aunque creo que a él no le importaba.

Un día, estábamos cenando al aire libre junto al cerezo del jardín y nos dijo que ya estaba lista, que estaba cansada.

Es la única vez que recuerdo que discutieran de verdad.

Rosemary recordó la discusión; las voces apagadas, su padre suplicando.

Ella quería que su mamá se quedara; habría dado cualquier cosa por eso, pero su mamá se mostró firme, convencida.

Y, detrás de todo, Rosemary también recordaba el alivio de saber que no tendría que verla sufrir mucho más.

No hay dolor mayor que ver sufrir a tus padres y no poder hacer nada.

—Después de eso, todo fue muy rápido. Pasó a cuidados paliativos y la atendimos en casa, con enfermeras que iban todos los días.

Al tiempo, casi no era ella; decía muchas cosas que no quería decir, no sabía dónde estaba.

Eso es lo que pasa con el cáncer cerebral y todos los analgésicos: se los van llevando de a poco.

Rosemary inhaló con dificultad; las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Al final, fue tranquilo. Se quedó dormida y ya no despertó. Pensé..., o una parte de mí pensó, que quizá volvería a verla, que tal vez... —Ya no pudo seguir hablando, y Ellis la estrechó contra su pecho.

Los sollozos la desbordaron y, aunque quería contarle las horas que pasó sentada junto al cuerpo de su madre, esperando a que apareciera para despedirse, no logró articular palabra.

—No pasa nada, estás bien —dijo él. Le besó la frente y la sostuvo, meciéndose despacio de un lado a otro hasta que la respiración de Rosemary se calmó.

—Perdón, no sé por qué me puse a llorar. Por lo general, puedo hablar de esto sin problema.

—Tienes derecho a llorar, Rosemary.

Se quitó los lentes y se secó los ojos; seguramente tenía la nariz y las mejillas manchadas y enrojecidas.

—Es que... ha pasado tiempo ya. Lo hablo con Immy y Dina, mis amigas, pero no mucho con nadie más.

—Bueno, a mí puedes contarme lo que sea.

¿Y si te dijera que veo personas muertas?

—¿Lo que sea? Tal vez te tome la palabra. —Estaba cansada; hablar y volver a esos recuerdos siempre le drenaba la energía, así que se apoyó en el pecho cálido de Ellis.

El horno hizo un sonido para avisar que había alcanzado la temperatura adecuada.

—Mejor metemos las verduras a asar, y luego me enseñas esa receta mágica de mermelada —propuso Ellis con una sonrisa, adivinando cómo animarla.

Pasaron las últimas horas de la tarde haciendo mermelada en una de las dos placas de la cocina.

Los cristales se empañaron cuando Rosemary vertió la mermelada en un par de tarros pequeños y Ellis se puso a sellar los filetes.

Como era de esperar, Fig apareció husmeando en cuanto olió la carne, y Ellis aprovechó para darle su ración de alimento.

—Voy a llevarle un tarro de mermelada al señor Tokes como agradecimiento —dijo Rosemary, y se puso el impermeable para salir.

—De acuerdo, la cena estará lista en un minuto.

Ella le sonrió y salió bajo la lluvia; volvió unos minutos después, completamente empapada.

—Está horrible afuera —dijo, colgando el abrigo en el perchero para que se secara.

Ellis estaba junto a la pequeña mesa del comedor, encendiendo una vela.

Una sensación de calor le recorrió el cuerpo desde el pecho hasta la punta de los dedos.

Se acercó a Rosemary y le besó las gotas de lluvia en la nariz y las mejillas.

—Vamos a comer.

***

Mientras Rosemary acurrucaba a Fig en su regazo, y la perrita dormitaba y perseguía conejos en sueños, Ellis se preguntó si era posible sentirse tan feliz.

Cosechar verduras del huerto, cocinar juntos y que Rosemary confiara en él lo suficiente como para contarle la pérdida de su madre y dejar que la consolara le dejaron una sensación maravillosa de satisfacción.

¿Existía algo así como un estado de plenitud dominante?

Esa sensación que nace de cuidar a una persona, reconfortarla, hacerla sentir mejor le producía una profunda felicidad.

Eso lo condujo a pensar cosas que probablemente —no, sin duda— era demasiado pronto para pensar. Como que sería buen momento para plantar habas y cosecharlas el año siguiente con Rosemary.

No dejaba de imaginar cómo sería verla todos los días; besarla hasta dejarla exhausta de besos, hacerla desfallecer de placer, acompañarla y apoyarla, hacerla feliz, amarla.

¿Se estaba adelantando mucho? Por supuesto, y lo sabía.

Rosemary había dejado claro que en ese momento se sentía desorientada, sin rumbo, pero, aunque tuviera amigas cercanas en Inglaterra, ¿no tenía toda una vida en Nueva York?

Tal vez alejarse por un tiempo solo estaba haciendo que se diera cuenta de que ese era su lugar en el mundo.

Y su familia estaba en Estados Unidos; no había forma de que quisiera vivir tan lejos. O con él.

Entonces pensó que podría aprovechar sus casas en el extranjero, la de Los Ángeles y el apartamento de Nueva York, que había comprado para los rodajes, pero era demasiado pronto para plantearle la idea a Rosemary.

¡Por favor, solo se habían acostado y estaban pasando el primer día juntos!

Pensaría que estaba loco si le sugería cruzar un océano para estar más cerca.

Ni siquiera habían definido qué era lo que había entre ellos.

—Se me acaba de ocurrir una idea nueva para mi libro —dijo Rosemary, mirándolo con una expresión de sorpresa y satisfacción en el rostro.

—Deberías escribirla.

Con cuidado, levantó a Fig, que seguía soñando, mientras Rosemary iba a buscar su computadora. Luego, se quedó observando el fuego de leña de manzano crepitar en la chimenea mientras ella tipeaba a su lado en el sofá.

Estuvieron un rato en ese silencio cómodo. Ellis siguió acariciándole la cabeza a Fig mientras dormía. Aunque estaba lleno por la cena, no veía la hora de volver a desnudar a Rosemary. Quería sentir sus muslos rodeándolo, ver sus pechos perfectos rebotar mientras ella se movía sentada sobre él.

Pero también había estado pensando en la conversación de antes, cuando le dijo que podía contarle cualquier cosa. Lo decía en serio. De nuevo se preguntó si para ella sería igual. Tenía muchísimas ganas de contarle que era bisexual.

Era una parte central de quien era, y estaba cansado de ocultarla.

Pero la idea de que ella se enterara y reaccionara mal le resultaba agobiante cada vez que aparecía.

Todas las cosas desagradables que había oído decir a Brody o a otros tipos del ambiente lo atormentaban, lo hacían sentir como si estuviera sumergido hasta la cintura en un lodazal y, cada vez que pensaba que estaba listo para vivir siendo fiel a sí mismo, el lodazal lo retenía.

Deseó haber tenido amigos con quienes hablar de todo eso cuando salió del clóset. Pero Hollywood era un lugar tan aislante, sobre todo cuando no sabes en quién confiar.

Rosemary dejó de escribir y cerró la computadora.

—No lo puedo creer. Escribí setecientas palabras. De una vez.

—Suena a mucho.

—Para mí, sí. Fue como si estuviera poseída —explicó con una risita— y las palabras no me dieran tregua.

Se recostó en el sofá y se quedó mirando la computadora cerrada como si fuera un milagro.

—Gracias —dijo.

—No tienes que darme las gracias. La que escribió todo eso fuiste tú.

Rosemary le sonrió, y Ellis sintió una ráfaga de calor en el pecho.

—Aun así. Gracias. Me ayudaste a reunir el valor para pedir más tiempo y me diste el espacio mental para volver a sentirme creativa.

—¿Quieres que nos vayamos a la cama? —preguntó él, sin dejar de notar el destello de deseo en sus ojos.

***

—Ellis, ¿estás despierto? —susurró Rosemary, y Ellis, aún adormecido, sintió un beso suave en el cuello. Luego otro, más abajo, hasta su pezón. Y un chispazo de placer sensible lo recorrió cuando Rosemary mordió con suavidad.

—¡Ahora sí! —gruñó, rodeándola de inmediato con los brazos para sentarla encima de él y acariciarle el trasero.

Aún era de noche; por la ventana circular solo se divisaba un azul marino profundo.

Lo único que se oía era el murmullo de la lluvia y la respiración entrecortada de Rosemary cuando él le lamió los pechos.

El cabello le hacía cosquillas en el rostro mientras se retorcía de placer, deslizándose con ansias sobre su verga, ya muy dura, y cubriéndolo con su calor.

—Ah, estás más que lista.

—Me desperté de un sueño contigo y aquí estás —le susurró Rosemary al oído, como un secreto.

Todo en ella era suave y cálido, y lo envolvía con su olor dulce a cereza.

Quería enterrarse en lo más profundo de ella.

Y lo hizo. Algo en esa hora de la noche, en esas horas lentas, blandas, antes del amanecer, hacía que nada fuera real y que cada caricia pareciera mágica.

Cada suspiro, cada beso. Era más que sexo, y ahora lo sabía.

Empezó a penetrarla muy despacio. Con una mano la mantuvo firme sobre su verga y con la otra jugueteaba con su clítoris, mientras empujaba las caderas hacia arriba, dándole a Rosemary lo que quería.

Verla arquear la espalda y gemir su nombre fue como una plegaria. Buscó su boca y rodó sobre ella, perdiéndose en el placer de su cuerpo, en lo bien que lo recibía. Había algo casi sagrado en todo ello.

A la luz de la luna, su piel parecía una pintura viva, y él quería darle todo el placer posible. La mente se le quedó en blanco al verla debajo, con el cabello revuelto, las mejillas sonrojadas, los labios hinchados de besos y esa necesidad absoluta en los ojos.

Era de esas cosas que recuerdas al final de todo: la prueba de que viviste una vida que valió la pena. Se hundió en ella hasta el fondo. Su cuerpo estaba hecho para eso, para ella.

—Lléname —le susurró Rosemary, estremeciéndose contra él, y Ellis se dejó llevar, descargando su semen dentro de ella, estallando de placer.

Incluso cuando su respiración empezó a acompasarse y el sudor en la piel comenzó a secarse, ninguno se movió.

Cuando Ellis se apartó de Rosemary, nada había terminado aún.

—Como dije que haría —gruñó, y con los dedos volvió a empujar su semen dentro de ella.

Necesitaba darle un orgasmo más; necesitaba oír la voz de Rosemary gritando su nombre, solo para después poder limpiar su piel bajo el vapor suave de la ducha y llevarla de nuevo a la cama.