25
R osemary nunca se había sentido tan relajada en toda su vida; estaba segura de eso. Debía de haberse quedado dormida, porque no recordaba que Ellis se hubiera levantado y, sin embargo, la bañadera estaba llena y echaba vapor.
—Qué bien huele —dijo con voz ronca.
—Había una bolsa de sales de eucalipto, así que eché un poco —le dijo Ellis al oído y la acomodó con cuidado en la bañadera. Rosemary pensó en decirle que habría podido entrar sola, pero todavía se sentía ligera, casi como si estuviera ebria, pero de la manera agradable.
La temperatura del agua era perfecta. El vapor se arremolinaba en el aire a su alrededor, y Rosemary apoyó la cabeza en el borde de la bañadera; su pelo rojizo caía hacia un costado.
Ellis entró en la bañadera y se acomodó detrás de ella, mientras tarareaba para sí una melodía que a Rosemary le sonó familiar.
Le movió la cabeza con suavidad para que quedara apoyada en su pecho.
La bañadera era enorme, así que podían estirarse; aun así, las piernas de Ellis llegaban mucho más lejos que las de ella.
—¿Estás bien? —murmuró él.
—Genial. Siento que floto. ¿Es posible?
Notó que él asentía.
—Creo que entraste en el subespacio mientras cogíamos.
Rosemary sintió que una parte de su mente celebraba aliviada: por fin .
Siempre había querido experimentar el subespacio, ese estado eufórico de ensoñación al que algunas personas sumisas podían llegar durante el sexo, pero nunca había logrado alcanzarlo.
Ni con Noah, el hombre con quien había vivido por primera vez la experiencia de la dominación suave, a pesar de que confiaba en él.
Con Ellis le pasaba algo distinto; no solo tenía la guardia baja, sino que se sentía muy segura al entregarle el control cuando estaban juntos.
Él sabía cómo llevarla hasta allí, y se lo había demostrado una y otra vez.
Ayudaba que fuera, sin discusión, el hombre más atractivo que había visto y tocado en toda su vida.
—Ya puedo morir feliz —respondió Rosemary, con las extremidades flojas y blandas contra él.
Ellis le pasó una mano por el pelo para apartarle unos mechones del rostro.
—En un rato, cuando salgamos de la bañadera, también te voy a preparar algo de comer. —Seguía cuidando de ella.
—¿Lo pasaste bien? —le preguntó Rosemary, en un tono algo vacilante.
—Fue el mejor sexo que tuve en la vida, Rosemary. Ya te lo dije, estás hecha para mí.
Se quedaron en silencio unos minutos, dejando que el agua calmara cualquier molestia en los músculos de Rosemary. Afuera, la lluvia parecía haber cesado y la luz que entraba por la ventana tenía ese brillo limpio que aparece después de una tormenta.
—Esto me recuerda a aquella vez en la piscina —dijo Ellis.
—¿La vez que me arruinaste el libro y me empujaste del flotador? —quiso saber Rosemary, arqueando una ceja.
—Te conseguí otro libro. Y ya desde ese momento, te deseaba, a decir verdad. Aunque me estuviera mintiendo. —Ella notó que él volvía a endurecerse bajo su cuerpo. Sus manos se deslizaron por la curva de sus caderas y sus muslos.
—Ya has compensado el tiempo perdido —dijo ella. Ellis le besó una mejilla, pero esta vez dejó el rostro apoyado contra el suyo.
Rosemary lo pensó un momento y luego dijo: —Cuando volvamos a Londres después de Hallowvale, ¿te gustaría ir a alguno de mis eventos de firma de libros? No es nada del otro mundo, pero me gustaría que fueras.
—Por supuesto que iré. Tengo muchas ganas de verte en tu propio ambiente.
Después de eso, dormitaron en la bañadera mientras Ellis trazaba con un dedo el recorrido sinuoso de sus tatuajes.
Rosemary sabía que nunca se había sentido tan cómoda con alguien en tan poco tiempo.
Si no le hubiera parecido lo más natural del mundo, lo habría encontrado extraño. Ellis la hacía sentir como en casa.
—¿Habrá fresas en el jardín? Podría hacer un poco de mermelada para acompañar el desayuno de mañana —dijo Rosemary.
—En esta época del año, seguramente no, pero podemos ir hasta el pueblo y comprar. ¿Quizá una buena botella de vino para la cena?
—Suena perfecto.