24
L a tormenta azotaba con fuerza y, cuando por fin entraron en la cabaña, Rosemary tenía la ropa empapada. Mientras Ellis le cubría la nuca de besos furiosos, le fue arrancando la ropa; se quitó su propio abrigo y se sacudió el agua del pelo.
Rosemary pensó que nadie en su vida la había besado así, nadie le había mostrado con tanta franqueza y sin complejos cuánto la deseaba en la cama.
Era una sensación novedosa y estimulante.
Le hablaba a esa parte más silenciosa de Rosemary que tantas veces se había preguntado si era suficiente.
Incluso cuando alguien se lo decía de frente, esa parte no lo creía hasta que se lo demostraban. Ellis se lo estaba demostrando.
Al quitarse los pantalones, oyó el golpe seco de la piedra horadada al caer al suelo. Casi no podía creer que la hubiera encontrado en la colina. Dina lo habría llamado «destino».
Empezó a temblar en la cocina, oscurecida por la lluvia, y se quedó frente a Ellis vestida solo con la camiseta empapada y la ropa interior. Él la devoró con la mirada, se arremangó y pasó las manos por las curvas de su cuerpo.
—Si no subimos ya mismo, voy a doblarte sobre la encimera y penetrarte aquí.
Ella se giró, arqueó la espalda y presionó el culo contra su entrepierna.
—¿Así? —preguntó, con una inocencia provocadora.
—Dios.
Ellis le acarició el culo con las dos manos, casi deslizando una por el borde de su ropa interior, antes de hacerla girar para tenerla de frente otra vez y acorralarla contra la encimera.
—Sabes lo que me estás haciendo, ¿no? —le gruñó al oído—. Vas a subir, vas a quitarte el resto de la ropa y luego vas a arrodillarte en la cama para mí, bonita.
A Rosemary le hormigueaban las extremidades por la anticipación, y la necesidad de obedecer las órdenes de Ellis se convirtió en lo único en lo que podía pensar.
—Sé que me dijiste tu palabra de seguridad y puedes usarla en cualquier momento, pero también quiero que usemos un sistema de semáforo.
Dices «rojo» y paro de inmediato; dices «ámbar» o «naranja» y bajo la intensidad hasta que vuelvas a sentirte cómoda; y si te pregunto y dices «verde», sé que puedo seguir. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —asintió ella.
Quería recorrer con la lengua los músculos del abdomen duro de Ellis y hacerle todo tipo de cosas depravadas y eróticas. Menos mal que tenían la cabaña para ellos solos, porque no estaba segura de poder contener sus gemidos cuando las cosas se pusieran calientes.
—Buena chica —murmuró Ellis—. Subo enseguida.
Rosemary sintió su mirada mientras subía por la escalera estrecha y se quitó la camiseta al llegar arriba.
La habitación, con el repiqueteo de la lluvia en la ventana, se veía aún más acogedora.
La cama, con sus sábanas de algodón suave, estaba demasiado ordenada para lo que estaban a punto de hacer en ella.
Se deshizo del resto de la ropa y se quitó los lentes. Sin ellos apenas podría distinguir a Ellis, pero por experiencia sabía que a la gente no le gustaba que sus parejas usaran lentes durante el sexo.
Ya estaba empapada de deseo y ansiaba con desesperación tocarse para aliviarlo, pero Ellis le había dado una orden y quería cumplirla.
Se arrodilló en la cama, de espaldas a la puerta abierta, con las manos apoyadas en lo alto de los muslos. La anticipación dolía, pero la idea de tener a Ellis, de que la tocara, de que la llenara, hacía la espera más deliciosa.
Un minuto después oyó a Ellis subir la escalera y sintió que inhalaba con fuerza al entrar en la habitación.
Se estremeció al sentir el roce de sus dedos cuando le apartó el cabello a un costado, dejando al descubierto el tatuaje de jazmín y madreselva que le recorría la columna.
El dolor de hacerse el tatuaje había valido la pena por el placer que sentía ahora, mientras Ellis deslizaba un dedo por el centro de su espalda.
—¿Dónde están tus lentes, Rosemary? —preguntó, con la voz baja y sensual.
—En la mesita de noche.
—¿Por qué te las quitaste? ¿No quieres ver?
—Sí. Pero pensé que quizá te molestaran... A veces estorban durante el sexo.
Rosemary oyó que Ellis soltaba una risa breve y luego apareció a su izquierda para devolverle las lentes.
—Póntelas, bonita. Quiero que veas todo lo que voy a hacerte.
Ella obedeció, y Ellis volvió a salir de su campo de visión. Un segundo después, sintió su aliento en la nuca.
—Abre las piernas, Rosemary, y avanza hasta la cabecera.
Hizo lo que Ellis le había pedido, con cierto temor a perder el equilibrio, pero el colchón era lo bastante firme para sostenerla.
—¿Y ahora? —susurró.
El rostro de Ellis apareció entre sus piernas. Se las abrió aún más con las manos y la levantó un poco. Se había recostado sobre la almohada.
—Ahora —dijo, entre jadeos, con el calor de su aliento tan cerca de su sexo que casi la volvía loca— vas a montarme la cara hasta que acabes. —Le agarró la parte de atrás de los muslos y le apretó el culo con firmeza para acercarla a él.
—¿Y si te aplasto? —preguntó ella.
—No va a pasar. No hay ningún otro lugar donde prefiera estar en este momento, Rosemary.
—La miró desde el hueco que formaban sus piernas, con las pupilas dilatadas y una sonrisa en el rostro.
Luego la atrajo hacia él. El primer contacto con su boca le provocó una descarga de placer en todo el cuerpo.
— Ahhh —exclamó Rosemary, mientras Ellis la lamía y usaba las manos para moverla, mostrándole cómo frotarse contra él.
Al principio sintió timidez, pero se desvaneció pronto, con cada lamida enérgica en su sexo, con cada beso que Ellis le plantaba en el clítoris.
Él parecía disfrutarlo tanto como ella, gimiendo mientras ella se retorcía contra sus labios.
Le encantaba verlo perder el control; quería ser ella quien le provocara esa reacción.
Se dejó llevar, frotándose sin parar contra el calor de la boca de Ellis, hasta ver estrellas de colores cuando el orgasmo la sacudió. Fue tan repentino que el éxtasis se desvaneció demasiado rápido.
—Aún no terminamos —gruñó Ellis, y la levantó para girarla sobre la cama, dejándola de espaldas.
—Eso estuvo increíble.
—Lo sé, bonita. Pero apenas estamos empezando.
Con la mano abierta en el centro de su espalda, Ellis la empujó con suavidad hasta ponerla en cuatro patas.
—Mira lo que eres —murmuró detrás de ella, y ella se movió hacia atrás para sentir su contacto, para encontrar su cuerpo con el suyo.
Percibiendo su necesidad, Ellis le apretó el culo con las manos, amasándole la carne con rudeza. Era perfecto.
—Por favor, tócame —susurró ella.
Esta vez, Ellis deslizó dos dedos desde su clítoris, curvándolos hacia atrás hasta el pliegue de sus labios.
—¿Aquí te toco? —preguntó, con un tono travieso, mientras llevaba los dedos aún más atrás, rozando la entrada de su culo—. ¿O aquí?
Rosemary sabía lo que le gustaba, y lo que Ellis le estaba haciendo le encantaba . La volvía loca.
— Sí —susurró, dándole la aprobación que necesitaba. Ellis empezó a hacerle caricias en el trasero, y de pronto volvió a prenderse a su sexo con la boca, arrancándole un gemido agudo. Estaba llena por todas partes, pero necesitaba más. Lo necesitaba a él.
—Ellis, estoy... Estoy a punto —gimió y, justo cuando volvía a alcanzar el orgasmo, con la presión deliciosa de los dedos de Ellis masturbándola por delante y por detrás, él se apartó.
— Nooo —se quejó—. ¿Por qué paraste?
—Te lo dije. Quiero que me supliques. —Se rio y se movió para quedar frente a ella—. Me gusta cuando te pones así, sonrojada por mí.
Ella lo observó con ojos llenos de deseo mientras él se desnudaba, admirando el vello salpicado de canas de su pecho y antebrazos, la profunda V de músculos que bajaba hasta sus muslos fuertes.
No había nada de Hollywood, nada pulcro ni refinado en el hombre semidesnudo que tenía delante.
Tenía el cuerpo de un jugador de rugby, alto y sólido.
Ellis la levantó hasta ponerla de rodillas y la besó.
Esos besos eran un derroche de sensualidad, y no era algo muy frecuente.
El sexo con hombres solía seguir una trayectoria fija: besos, un poco de preliminares y, enseguida, penetración.
Los buenos amantes se aseguraban de que ella llegara al orgasmo primero, pero una vez en marcha no había pausas para besarse y acariciarse así.
El sexo con Ellis, por intenso que fuera, también era juguetón.
Ella le mordisqueó el labio inferior, le recorrió el pecho con la punta de los dedos hasta llegar al borde de su pantalón y le abrió la bragueta.
—¿Ya podemos, por favor? —susurró, mirándolo con una inocencia descarada.
—Sí, carajo. Ahora —ordenó Ellis, y Rosemary sacó su verga gruesa. No pudo resistirse a juguetear un poco: le dio una chupada a la punta, mientras tarareaba una melodía, y se apartó justo cuando Ellis empujó las caderas para meterse más en su boca.
—Te necesito, Rosemary. Necesito estar dentro de ti, bonita —dijo con un hilo de voz, y la recostó sobre la cama hasta dejarla tumbada, con las piernas abiertas para él.
Por fin, Rosemary sintió el peso del cuerpo de Ellis al tenderse sobre ella, envolviéndola por completo, y le clavó las uñas en la espalda.
Ellis se retorció y gimió. Le tomó uno de los pezones con la boca y jugueteó con la lengua mientras la acariciaba con la otra mano.
—¿Verde? —preguntó, besándole la comisura de la boca.
—Verde —susurró ella. Ellis se tomó la verga y la llevó hasta su entrada.
—No sé cuánto voy a durar; si te siento tan bien y todavía no estoy adentro —gruñó—, pero te voy a compensar. —Y se hundió en ella hasta el fondo. Rosemary gritó; el placer de sentir cada centímetro, llena por el miembro enorme de Ellis, fue casi demasiado.
—Tremendo —susurró él, y volvió a empujar con fuerza, mientras que con la mano libre dibujaba círculos en su clítoris—.
Me recibes tan bien... —la elogió, y la penetró cada vez más profundo, haciéndola estremecerse de placer hasta que Rosemary empezó a temblar, a retorcerse, sin control de su cuerpo ni de su voz, gritando mientras se tensaba y se dejaba invadir por el orgasmo.
Enseguida, oyó a Ellis susurrarle:
—Así, buena chica, acaba para mí. —Sintió el roce áspero de su barba mientras él le cubría los pechos de besos calientes, con la boca abierta, y se dejó arrastrar a un éxtasis total.
—Eres tan hermosa... —dijo Ellis, mirándola. A Rosemary se le nubló la mente al pensar en cómo estaba diciéndole algo tan hermoso, tan tierno y romántico, mientras seguía embistiéndola con las caderas, con la verga clavada dentro de ella.
—Tú también. —Alargó una mano para pasarle un dedo por el cabello oscuro. Recorrió despacio la cicatriz plateada de su frente. Estaba aprendiendo lo que le gustaba a Ellis y, cuando le rozó la nuca con las uñas, él se estremeció de pronto y la penetró más rápido.
—Perfecta, tan perfecta —susurró, casi cantándolo, mientras embestía y la besaba con un beso ardiente. Rosemary oyó cómo su voz se quebraba, cómo perdía el control.
Quería darle lo que necesitaba. Sintió las extremidades flojas cuando Ellis la giró sobre la cama y le pasó los muslos por encima de los de él para que pudiera montarlo.
—Buena chica, quiero que me montes. Súbete a esta verga —gruñó, empujando las caderas para encontrarse con las de ella.
Rosemary le rodeó el cuello con los brazos y acercó sus cuerpos todo lo posible; sus jadeos se mezclaron.
La única vez que Ellis se separó de sus labios fue para chuparle los pezones, enrollando la lengua en ellos hasta que Rosemary volvió a sentir que un nuevo ardor se encendía en su interior.
No podía evitarla, esa avalancha de placer.
Todos sus pensamientos se disiparon, y ya no sabía si gemía, susurraba o gritaba el nombre de Ellis.
Cada caricia se convertía en una ola de placer; cada sacudida brutal de su miembro dentro de ella y cada movimiento de sus dedos en su clítoris la hacían flotar.
Era embriagador, vertiginoso. Se dejó ir, sabiendo que estaba a salvo.
Sabiendo que, cuando terminara, él la traería de vuelta a tierra.
Ellis gimió y le sujetó las caderas para moverla más y más rápido.
Ya no había nada suave en eso. Se miraron: el mundo se desvaneció por completo, y Ellis no se detuvo, y tampoco Rosemary.
La presión de su cuerpo, la forma en que la miraba y susurraba su nombre como una plegaria, era demasiado perfecta, demasiado intensa.
Rosemary sintió otra vez una tensión arrasadora en su interior y un nuevo orgasmo la arrasó.
—Aquí voy, bonita. Te acabo —rugió Ellis, y se descargó dentro de ella; todo el calor de su orgasmo se extendió sobre su cuerpo y prolongó el de ella, una y otra vez.