23 #2
Coronaron la colina y la luz de principios de noviembre atravesó las nubes, derramándose sobre el paisaje.
A lo lejos, Ellis distinguió bosquecillos interrumpidos por los campanarios de piedra de las iglesias de los pueblos y por carreteras rurales que serpenteaban entre la espesura.
Los campos eran un estallido de tonos naranjas intensos y verdes profundos, mientras el final del otoño cedía paso al invierno.
A su lado, Rosemary soltó un suspiro de vapor y se ajustó el abrigo.
Él soltó a Fig de la correa; siempre obedecía cuando la llamaba, así que no le preocupaba.
—Cómo extrañaba esto —dijo Rosemary—. La sensación de espacio. De cielo. En Nueva York es imposible; nunca ves el cielo sin que los rascacielos te bloqueen la vista.
Encontraron un banco que los protegía un poco del viento helado. Realmente era un lugar apartado; no había nadie más en los alrededores.
—Por eso me fui de Londres.
—¿No vives en Londres?
—Ya no. No estoy lejos, pero tuve que irme. Antes de tener perros vivía en un apartamento cerca de Soho, pero era muy ruidoso. No podía ni oír mis propios pensamientos. Ahora tengo un jardín.
—Siempre quise tener mi propio jardín —dijo Rosemary, con un tono soñador.
—Podrías ir a ver el mío. Tengo un invernadero pequeño y también un huerto de verduras y hierbas. Cuando Hank estaba vivo, me robaba todas las zanahorias.
—¿Hank es el perro que tenías antes de Fig?
Él asintió, sintiendo que las garras del dolor volvían a alcanzarlo.
—No hablo mucho de él. Murió hace como un año.
Rosemary le hizo una caricia suave en un brazo.
—No tienes que hablar de eso si no quieres.
—No, está bien. Quiero contártelo. —Allí, con ella, se sentía a salvo. Lo bastante a salvo como para revivir el recuerdo.
—Habíamos salido a dar un paseo de noche mientras yo me alojaba en un hotel por un rodaje.
Supongo que pensé que a esas horas no habría paparazis, pero estaban esperando; debían de saber que el hotel estaba lleno de actores del reparto.
Giré por una calle y empezaron a disparar fotos.
Me asusté, me tomaron por sorpresa. Y solté la correa de Hank.
Él también se asustó; los flashes eran muy brillantes y hacían un ruido tremendo, y salió corriendo hacia la carretera.
—Ellis inspiró con dificultad—. Debería haber sujetado la correa.
Si hubiera mantenido la calma, si no hubiera perdido el control, nunca la habría soltado y no lo habría atropellado un auto.
Se frotó los ojos con rabia, tragándose el nudo en la garganta.
—Ellis, lo siento muchísimo.
—Solo tenía cinco años. Era un perro buenísimo.
—Me imagino.
—Seguiría aquí si no fuera por mí.
Rosemary lo atrajo hacia ella e hizo que se detuvieran en mitad del camino.
—No deberías sentirte culpable. Tuviste una reacción completamente normal ante un susto, y fue un accidente horrible.
—Es muy amable de tu parte, pero sé que hice las cosas mal. Hank seguiría aquí si no fuera por mi error. Seguro que él también me echaría la culpa si pudiera hacerlo.
—Creo que los animales a los que amamos siempre nos devuelven ese amor sin condiciones. Para siempre.
Rosemary dijo esto mirándose los pies, con una sonrisa suave en el rostro.
—¿De verdad crees eso?
Ella alzó la vista y le sostuvo la mirada.
—Sí.
En ese momento, Rosemary se inclinó hacia el suelo y recogió una piedra lisa y plana con un agujero que la atravesaba de lado a lado.
—Ah.
Se la llevó al ojo.
—¿No me digas que tú también tienes una colección secreta de piedras? —dijo él, esbozando una sonrisa.
—No, solo estaba buscando una como esta. Me parece... providencial.
A Ellis empezaba a resultarle más fácil hablar de Hank. O quizá era simplemente que abrirse con Rosemary era fácil. Le pasó un brazo por los hombros. Siguieron caminando hasta la cima de la colina, contemplando unas vistas amplias y deslumbrantes.
Pasaron unos minutos mientras Ellis pensaba lo que quería decirle a Rosemary. Inspiró hondo.
—Podrías quedarte conmigo durante el resto del rodaje, si quieres.
—¿Estás seguro?
—Totalmente. No vuelvas al hotel que te reservó la producción. Quédate en mi casa conmigo, haz lo que tengas ganas de hacer en Londres, yo te llevo al set y todo eso. Solo tengo una regla en mi casa.
—¿Cuál?
—Que me dejes hacerte acabar todas las mañanas y todas las noches hasta que tengas que irte —precisó con una sonrisa traviesa.
Enseguida, le levantó el mentón con un dedo para acercar su rostro y la besó.
Nunca se cansaría de esa primera sensación de los labios de Rosemary contra los suyos.
Cada beso parecía el primero. Cada caricia era nueva.
Retrocedieron hasta chocar con una roca grande cubierta de musgo.
—Ay, Rosemary —murmuró cuando ella le arañó con suavidad la nuca con las uñas, provocándole escalofríos—. Ya estoy duro.
—¿Puedo hacerlo ahora? ¿Puedo chupártela? —susurró ella, mordisqueándole el labio inferior—. Me estuve portando tan bien.
—¿Crees que te lo ganaste, bonita?
—Ajá.
Ella deslizó las manos por su pecho hasta la bragueta de sus jeans, pero se detuvo allí, esperando paciente su orden. Ellis miró alrededor; no veía a nadie y no había casas ni edificios cercanos desde donde alguien pudiera estar observando.
—De rodillas —ordenó, y ella obedeció—. Carajo, mírate. Tócate las tetas, bonita. Qué suerte que no te pusiste sujetador.
Le costó reunir fuerza de voluntad para no empezar a masturbarse mientras veía a Rosemary levantarse la camiseta con un movimiento cauteloso y dejar al descubierto sus pechos. El frío le había puesto los pezones duros y erguidos, pero aun así gimió cuando los cubrió con las manos.
—Algún día, pronto, voy a hacerte acabar solo chupándolos.
—¿Me lo prometes? —rogó ella, alzando la vista hacia él, con las pupilas muy dilatadas.
—Te lo prometo. Ahora sácala, Rosemary.
Ella se la sacó y pasó el pulgar por el líquido que se había acumulado en la punta. Esa verga estaba lista; estaba lista desde que le había bañado los pechos con su semen dos días atrás.
Ellis se apoyó contra la roca, controlando la respiración. El más mínimo contacto de ella lo dejaba a punto de estallar. No se había sentido así desde la adolescencia.
—Abre la boca —gruñó—. Muéstrame la lengua.
Rosemary obedeció y abrió esos labios carnosos y rojos, preparados para él.
—Una lamida, Rosemary —dijo, empujándola hacia el calor de su boca abierta.
Ella lo chupó una sola vez, como él le había dicho, haciendo un sonido húmedo y marcado.
—Buena chica. ¿Puedes hacerlo otra vez?
Ella asintió con entusiasmo.
—¿Quieres que te penetre esa garganta tan bonita que tienes? ¿Quieres demostrarme lo bien que la aguantas?
Ella volvió a asentir, incapaz de hablar, mientras Ellis empujaba de nuevo dentro de su boca ansiosa.
—Vamos, bonita —ordenó.
Rosemary la chupó, rodeando la punta con la lengua, hundiendo las mejillas. La sensación era irreal; sabía exactamente lo que él necesitaba. Con la mano libre, le sostuvo los testículos, apretándolos en la base.
—Lo estás haciendo tan bien —gimió Ellis, intentando mantener algo de control en la voz. No iba a durar mucho. Le acarició la cabeza, manteniéndola fija alrededor de su verga—. Dame un golpecito en la pierna si se te hace demasiado.
Ella asintió; los ojos le empezaron a llorar por el tamaño de su longitud dentro de la boca. La imagen de la cabeza pelirroja de Rosemary sobre su verga, su lengua rosada rodeándole la punta, era una sensación increíble.
Entonces, Rosemary se apartó y lo miró.
—Puedes ser más brusco —dijo en voz baja, como si sus palabras no estuvieran ya haciendo añicos todo su mundo.
Ellis perdió cualquier atisbo de control y se hundió hasta el fondo de su garganta, tal como había estado soñando. Ella lo tomó a la perfección, y la vibración de sus gemidos lo empujó aún más cerca del borde.
—Ay, mierda, Rosemary. Qué bien. Eres tan buena conmigo.
.. Voy a acabar, bonita —susurró entre dientes, y sintió que el orgasmo le estallaba en el centro del cuerpo.
Pero Rosemary no se detuvo: siguió chupando, tragándose su semen.
Incluso cuando los últimos espasmos empezaron a apagarse, ella continuó, limpiándole la verga con la boca. Fue algo más allá de lo celestial.
Ellis la levantó en sus brazos y la besó, disfrutando del sabor erótico de su propio semen, que brillaba en los labios de Rosemary.
—Estuviste increíble —la elogió, mientras la apretaba contra él—. Te voy a hacer sentir tan bien, Rosemary... —Le bajó la camiseta y, al hacerlo, le rozó un pezón con el pulgar.
—Vamos a la cabaña —le susurró ella en el oído. Ellis estaba más que listo. La levantó en brazos, llamó a Fig para que los siguiera y se encaminó de regreso a la cabaña justo cuando empezó a caer la lluvia.