23
—Y por aquí está la cabaña —dijo el señor Tokes, un hombre ya mayor, mientras guiaba a Ellis, Rosemary y Fig por un sendero empedrado, oculto a la vista desde la casa principal, flanqueado por lilas tardías en flor a ambos lados.
—Ha estado helando por aquí estos últimos días, así que al principio puede que esté un poco fría, pero ya les he encendido la calefacción —agregó, sonriendo.
—Gracias —dijo Ellis, aliviado de no haberse molestado en ponerse su disfraz de celebridad con gorra y lentes de sol.
Ellis decidió aparcar junto a la casa del señor y la señora Tokes, una cabaña con techo de paja al final de una carretera estrecha y llena de baches, casi convencido de que era poco probable que aquella pareja mayor conociera alguna de las películas en las que había actuado. Y había acertado.
La casa de vacaciones se llamaba Los Álamos, un nombre perfecto por los árboles esbeltos de hojas amarillas plantados a su lado.
Parecía sacada de una postal: de ladrillo rojo cálido, con dos chimeneas a cada extremo del tejado de pizarra, una puerta pintada en color crema y bermellón y ventanas rodeadas de hiedra trepadora.
A Ellis se le aceleró el corazón cuando sintió que Rosemary le apretaba una mano.
— Es preciosa —dijo ella, solo moviendo los labios.
—¿Y qué hace una pareja tan encantadora como ustedes por estos lugares? —preguntó el señor Tokes mientras abría la puerta.
—Solo estamos tomándonos un descanso de la ciudad —respondió Rosemary, manteniendo la historia en términos vagos. Ellis se lo agradeció.
—Bueno, eligieron el sitio perfecto. Aquí no se oye nada más que la naturaleza.
Les recomiendo que sigan ese camino de allí —agregó, señalando con la cabeza hacia un sendero de tierra que serpenteaba por un bosquecillo de abetos al oeste de la casa—.
Toman ese camino por el bosque y suben la colina; es un paseo corto, fácil, y llegan a la cima de Chipping Hill.
Es un lugar muy bonito para pasear al perro.
Si fuera verano, les diría que prepararan un pícnic.
Les dejó las llaves y les dijo que miraran todo con calma y se sintieran como en casa.
—Llamen a la puerta si necesitan algo. Mi mujer está en el pueblo esta noche, en un concurso de preguntas y respuestas en el pub, así que estaré solo. Pueden escribir por la aplicación, supongo, pero no miro mucho el teléfono. Mejor llamen si me necesitan.
—Gracias —dijo Ellis, y el señor Tokes se retiró cerrando la puerta tras ellos.
Adentro hacía algo de frío, pero los techos de la cabaña, pintados de blanco, con vigas de madera a la vista, eran bajos y Ellis pensó que se calentaría pronto. Fig ya estaba olisqueando toda la casa y adueñándose del rincón más cómodo del sofá para echarse una siesta.
—¡Este lugar es una locura! —exclamó Rosemary, mirando la cocinita con sus azulejos de colores y el hogar abierto, junto al cual los esperaba un sofá acogedor. Ellis ya tenía planes para Rosemary en ese sofá.
Después de darse dos golpes en la cabeza con el techo bajo, siguió a Rosemary por la estrecha escalera.
Había un baño pequeño, con una bañadera profunda con patas —más planes para Rosemary— y un dormitorio.
Era justo lo que necesitaban. Desde el dormitorio, una ventana redonda daba al jardín trasero, con un huerto que parecía pedir a gritos que lo saquearan.
Desayunaron tarde en la cocina. Ellis preparó huevos con tostadas (huevos frescos de las gallinas del señor Tokes), mientras Rosemary cortaba fruta traída de una tienda local y luchaba con una cafetera de estufa para hacerles a ambos un café bien fuerte. Comieron de pie, apoyados en la encimera.
—¿Por qué tengo tanta hambre? —dijo Rosemary entre bocado y bocado—. Siento que podría comerme un caballo.
—Son los rodajes nocturnos. Los cambios de horario siempre son brutales: el cuerpo no sabe cuándo comer ni cuándo dormir, así que compensa haciéndote sentir hambre y cansancio todo el tiempo.
Ellis no pudo evitar reírse cuando Rosemary hizo el gesto de una pistola con los dedos y dijo: —Así es el mundo del espectáculo, querido.
Ellis había tenido cierto temor de que estar a solas con Rosemary le resultara extraño.
Al fin y al cabo, venían de mundos muy distintos y se habían conocido hacía poco.
No había tenido muchas relaciones, pero ¿no se suponía que no debían sentirse así de fáciles?
Justo en ese momento, como una tormenta inoportuna, sonó su teléfono.
En la pantalla apareció el nombre de Brody.
—Debería atender —dijo.
—Voy a deshacer la maleta —respondió Rosemary, y subió a la habitación para darle privacidad. Pero Ellis no quería privacidad; quería lanzar el teléfono por un acantilado.
—Eres un zorro muy listo, Ellis Finch —empezó Brody.
—Muy buenos días para ti también, Brody —respondió Ellis en tono seco.
—¿Dónde carajo te has metido, eh? Se suponía que ibas a dar una vuelta con Jenna. Ese descapotable iba a formar parte de un nuevo patrocinio para ella.
—Te debo fotos, no todo mi fin de semana, Brody.
Además , pensó, Jenna seguramente habría encontrado a alguien mucho más interesante con quien hacer un pícnic de invierno.
—¿Dónde estás? Dímelo y ya mismo mando a Jenna, a los paparazis y a todo el mundo, y todo esto queda perdonado.
—Ni lo sueñes. No necesito tu perdón, Brody. Solo quiero un puto fin de semana de paz y tranquilidad.
—¿Quieres paz? Lamento decírtelo, hermano, pero eres una estrella. Yo te hice una estrella. Y eso tiene consecuencias. ¿O necesitas que te recuerde qué puede pasar si no cooperas?
Y allí estaba, otra vez la vieja amenaza asomaba su cabeza espantosa. Siempre presente como un trasfondo en cada interacción con Brody, pero sin salir del todo a la superficie hasta que su agente decidía que estaban contra las cuerdas.
Ellis suspiró hondo.
—No. No hace falta.
—Cuando vuelvas a Londres, programaremos otra sesión de fotos, y hasta quizá podrías parecer un poco más entusiasmado, ¿eh? En la última, los dos parecen deprimidos.
—Está bien —dijo Ellis, derrotado. Solo quería que la llamada terminara.
—Buen chico. Muy bien, que tengas un fin de semana de puta madre, Ellis. Espero que sea quien sea con quien te estés acostando, y sí, no creas que no sé cómo eres, valga la pena todo este lío.
Ellis escuchó a Rosemary canturrear suavemente para sí mientras deshacía la maleta arriba.
—Vale la pena —dijo, y cortó.
Se quedó un momento en la cocina, inhalando el aroma del café y de las bayas cortadas del desayuno. Observó las motas de polvo bailar en la luz que entraba por la ventana. Hizo un esfuerzo por que las manos le dejaran de temblar.
Un rato después, subió la escalera, siguiendo la melodía del tarareo de Rosemary. Se apoyó en el marco de la puerta de la habitación y contempló la figura voluptuosa de Rosemary mientras colocaba sus cosas sobre una cómoda junto a la cama.
Entonces avanzó con decisión y le rodeó la cintura con los brazos, hundiendo el rostro en su cuello. Tenía un olor exquisito, a vainilla y cerezas dulces. Rosemary suspiró y se recostó contra él, pasando las manos por sus antebrazos en un gesto que lo reconfortó.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
— Mhm . Era mi agente.
—¿Tengo que contratar a un sicario?
Él soltó una risa baja, y se inclinó un poco más hasta apoyar la frente en el hueco de su cuello. Era una sensación cálida, suave.
—¿Y tú qué sabes de contratar sicarios?
—Te sorprenderías. El mundo editorial puede ponerse feo.
—¡Ja! Bueno, te aviso si en algún momento llegamos al punto en que haya que encargar un asesinato.
—Bien. Por lo pronto, ¿puedo darte un abrazo? —preguntó ella, girándose entre sus brazos para mirarlo de frente.
—Por favor —murmuró él. Aunque Rosemary era mucho más baja, lo abrazaba de una forma que parecía para envolverlo por completo.
¿Alguna vez se había sentido tan a salvo con alguien desde el primer momento?
Si en ese instante le dijera que se sentía como en casa, dentro del círculo de sus brazos, ¿cómo reaccionaría ella?
Pero no dijo nada. En cambio, la estrechó con fuerza, como si ella fuera su único anclaje, lo único que lo mantenía en pie.
El temblor de sus manos se desvaneció, el nudo de ansiedad que siempre se le formaba cuando hablaba con Brody empezó a aflojarse.
Rosemary lo sostuvo y todo volvió a ser manejable.
Ellis levantó la cabeza para ver cómo iba con la maleta.
—¿Trajiste una vela? —preguntó.
—Eh... Sí. —dijo con aire avergonzado—. Es una vela para ahuyentar fantasmas. Por si acaso hay alguno que quiera molestarnos.
—Pensaba que no creías en los fantasmas.
—Eh... Es un regalo de mi amiga Dina; ella es... Bueno, a veces hace velas. Y pensé que sería mejor prevenir que curar.
—Sin duda —asintió Ellis. Cualquier cosa que ella necesitara para sentirse cómoda le parecía bien—. ¿Tienes ganas de salir a caminar? —le preguntó—. Siento que extraño el sol en la cara.
Rosemary suspiró y asintió.
—Sí, por favor.
***
Siguieron las indicaciones que les había dado el señor Tokes y llegaron a la cima de Chipping Hill para disfrutar de las vistas.
Si tenía que ser sincero, una vez que se había recuperado de la llamada con Brody, la mente de Ellis se había volcado directamente al lado sucio de las cosas, porque la única vista que le interesaba era la de las caderas de Rosemary balanceándose delante de él mientras subían por el sendero.