22 #2
—Lo entiendo. Pero también tengo ganas de secuestrarte todo el fin de semana y no ver a nadie más. ¿Qué te parece? —Le mordisqueó la oreja y disfrutó del estremecimiento de Rosemary, de sentirla arquearse contra su cuerpo.
—Podría sumarme a esa idea —dijo, y le sonrió.
***
Dos horas después, iban en el Land Rover de Ellis, con las maletas de fin de semana listas y Fig en el asiento trasero.
Ellis había encontrado una casita de campo preciosa a poca distancia en auto, cerca de un pueblo de postal, y con la aprobación entusiasta de Rosemary, la había reservado.
Estaba ansioso por llegar, por pasar el fin de semana cerca de ella en todos los sentidos posibles.
Mientras el auto avanzaba por caminos rurales llenos de curvas, a Ellis le pareció notar que otra camioneta los seguía.
Tomó un par de desvíos y aun así les seguían el rastro, por lo que se metió en la autovía y se escabulló.
Tal vez era paranoia, o tal vez el recuerdo de la cantidad de fotógrafos que había en Hallowvale, pero se preguntó si Brody no habría mandado a alguno tras él. Ahora los había perdido; eran libres.
Fig todavía estaba ajustando su horario de sueño, después de pasar muchas noches despierta por la emoción de tanta gente alrededor, así que seguía dormitando en su sillita para perros.
—Tienes un auto muy bonito —dijo Rosemary.
—Pareces sorprendida.
—Supongo que pensaba que todos los actores de Hollywood tendrían autos deportivos. Algo ostentoso. Debería haberlo sabido —agregó, y soltó una risita—. Tú no eres un hombre ostentoso.
—Ja, ¿gracias? Supongo que no —admitió Ellis con una sonrisa.
—Ya casi llegamos —dijo, mirando el GPS—. La pareja que es dueña de la cabaña dijo que nos dejó el refrigerador lleno y que tienen un huerto con más verduras de las que pueden consumir, así que nos invitaron a cosechar y cocinar lo que queramos.
—Parece un sueño —comentó Rosemary, mirando por la ventanilla—. Me pregunto si veremos algún carbonero palustre por allí.
—¿Un carbonero palustre?
—Un ave del bosque rarísima. En los setenta había muchísimos, según los libros que leí, pero después disminuyeron mucho. Siempre quise ver uno. Tienen como una pequeña caperuza tiznada en la cabeza, pero son redondos como los petirrojos. Un poco más pequeños, eso sí.
—Voy a estar atento —dijo Ellis. Le encantaba la dualidad de esa mujer: un minuto hablaba con pasión sobre lo poco que la humanidad sabía sobre lo que vive en el fondo del océano y al siguiente se derretía por pajaritos adorables del bosque.
—¿Y qué quieres hacer en la cabaña, además de cocinar? —preguntó ella, con una inocencia demasiado estudiada.
—Creo que puedes imaginarlo. Pero no hay presión de mi parte, ¿sí? Si solo quieres que nos demos la mano y dormir en camas separadas, puedo vivir con eso. Aunque me gustaría mucho verte desnuda.
Por el rabillo del ojo, la vio moverse en el asiento.
—Esperaba que dijeras eso —susurró.
—Tenemos que hablar de límites, si vamos a hacerlo. No quiero empujarte a que hagas nada con lo que no te sientas del todo cómoda. ¿Quieres que sea dominante contigo?
—Sí. Pero solo durante el sexo, no fuera de eso.
—Para mí está bien —asintió él—. ¿Hay algún lugar donde no quieras que te toque?
—No —susurró ella, y Ellis sintió una especie de mareo de felicidad.
—¿Estás segura, preciosa?
—Muy segura.
—Carajo. ¿Y cómo te gusta acabar?
Rosemary se retorció en el asiento.
—Puedo acabar por el clítoris, pero... acabo más con penetración. Se siente más profundo. A veces, las dos cosas a la vez. Y hay algo más —dijo, nerviosa—. Nunca se lo conté a nadie.
—Ah, ¿no?
—Es difícil de explicar. No es un fetiche relacionado con la reproducción, ni siquiera sé si llamarlo «un fetiche», pero, cuando estoy con alguien que tiene pene, me gusta que me acabe adentro. La sensación que me produce siempre me hace llegar al orgasmo. Y tengo un DIU, así que es seguro —agregó.
Era absolutamente perfecta para él . Ellis aferró el volante.
—¿Te parece bien? —preguntó ella, y él se dio cuenta de que se había quedado callado.
—Rosemary, está más que bien. Es perfecto. Tú eres perfecta. —Deslizó una mano hasta su pierna y la apretó—. De hecho, creo que estás hecha para mí, bonita. Todo lo que quieres, quiero dártelo.
—¿De verdad? —exhaló ella.
—De verdad.
—¿Y a ti, Ellis? ¿Qué te gusta?
— Mmm , déjame pensar. —Su mano siguió los pequeños corazones bordados en los jeans de Rosemary y fue subiendo por la pierna—.
Me gusta ser dominante, como ya sabes. Me gusta darle placer a mi pareja, incluso cuando eso implica negarle el orgasmo a veces.
—Sus dedos subieron más, rozaron la cintura del jean y le desabrocharon un botón—.
Me gusta tu boca, Rosemary. Quiero verte de rodillas, tomándome.
Llevo días pensando en eso. Quiero que te montes en mi cara, quiero lamerte ese culo precioso mientras estás encima, y quiero acabar dentro de ti, sobre ti, donde se me antoje. ¿Qué opinas?
Rosemary dejó escapar un gemido cuando él deslizó la mano dentro de su ropa interior, que ya estaba empapada.
—Estás chorreando, bonita.
—Perdón.
—No te disculpes. Me encanta. Me encanta provocarte esto.
Ellis le rodeó el clítoris con los dedos, los ojos fijos en el camino y la mano derecha en el volante.
—Toda esta charla sobre fetiches te puso así de mojada, ¿no, preciosa? ¿Imaginando lo que voy a hacerte? —Sus dedos se hundieron en el calor de su centro mientras el pulgar seguía acariciándole el clítoris.
— Mmm , sí —murmuró ella, apoyando la cabeza contra el respaldo.
—¿Quieres acabar para mí, bonita?
—Por favor.
Ellis la masturbó, disfrutando de ese sonido obsceno y exquisito que Rosemary dejaba salir, hasta que su cuerpo empezó a tensarse. Entonces retiró la mano y se chupó los dedos, saboreándola como si fuera miel y sal marina.
—Ellis —gimió Rosemary—. ¿Por qué...?
—Todavía no, bonita. Vas a acabar cuando yo diga.
—Podría hacerlo sola —se quejó.
—Pero no lo vas a hacer. Eres tan buena conmigo, Rosemary... —dijo Ellis, frotándole el pulgar contra el labio inferior y dejándola saborear su propio jugo.
—Este viaje va a ser el más largo de mi vida —resopló ella.