Amor al primer susto 22
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—¿Q ué quieren de mí, malditos demonios? —gritó Ellis, mientras Ben, uno de los actores fantasma, lo inmovilizaba contra el suelo y le torcía el rostro en una mueca horrorosa, casi espectral.

— Paaaarloooow —aulló Ben a modo de respuesta.

—¡Corten! —gritó Vincent—. ¡Buen trabajo esta mañana, equipo!

Ben ayudó a Ellis a ponerse de pie y charlaron un minuto sobre planes para el fin de semana.

No estaba previsto que rodaran esa mañana; de hecho, Ellis no había dormido casi nada.

Su asistente fue a despertarlo a las ocho, cuando llevaba apenas tres horas de sueño.

Pero, al parecer, Jeremy había hablado con el estudio y querían lanzar el tráiler un poco antes de lo planeado inicialmente.

Y Vincent insistía con que esta toma tenía que entrar sí o sí.

Decía, con su acento francés, que era el «corazón de la película».

Ellis había puesto los ojos en blanco y, de mala gana, se levantó de la cama para ir a rodar.

Le habría costado mucho más levantarse si no hubiera sabido que volvería a ver a Rosemary.

Ya había pasado otro día y otra noche de trabajo desde que por fin la había tenido en la biblioteca, y el recuerdo de esos gemiditos necesitados que había soltado mientras le chupaba el clítoris y de cómo le había cubierto los pechos con su semen lo tuvo toda la mañana luchando contra erecciones inoportunas.

Habían salido a observar aves hasta media mañana.

Rosemary le había señalado todas las especies autóctonas con su acento dulce, todavía con el rubor del orgasmo en las mejillas.

Él la había hecho detenerse varias veces solo para acorralarla contra un árbol y volver a besarla hasta dejarla sin sentido.

Hacía unos ruiditos mínimos cuando separaba los labios para él; no sabía si ella era consciente de eso, pero daría lo que fuera por oírla hacer esos sonidos una vez más.

Cuando Ellis terminó de filmar, Rosemary ya había llegado al set . Estaba envuelta en su abrigo de invierno y tenía la nariz rosada por el frío. Mientras Vincent revisaba el material para decidir si quería otra toma, Ellis le preparó un café y se tomó un momento para llevárselo.

—Buen día —la saludó sonriendo, y le rozó los dedos con los suyos al entregarle el vaso.

A su lado, Ellis oyó a Lyn murmurar por lo bajo: —Ya era hora, carajo.

La sonrisa que Rosemary le devolvió, suave y rosada, hizo que algo se agitara en su interior; algo liviano, alegre, a lo que Ellis no estaba acostumbrado.

—Buen día.

—¿Cómo te sientes con la escena? —preguntó ella.

—Bien, creo que se notó el miedo de Alfred. ¿Tú qué piensas?

—Coincido. Estabas asustado, pero también curioso, que es exactamente lo que él habría sentido en ese momento.

Saber que a ella le gustaba cómo estaba interpretando al personaje que había escrito lo hizo vibrar de emoción.

Cuando se giró para hablar con el equipo de vestuario, pensó en lo fácil que sería acostumbrarse a esto: verla todos los días, prepararle el café.

Hacerle el desayuno en su cocina, con hierbas frescas del jardín, y después doblarla sobre la encimera y hacerla acabar al menos dos veces antes de seguir con el día.

Tal vez podría armarle una oficina en casa, con vistas al jardín, para que pudiera ver los pájaros mientras escribía.

No te adelantes , se dijo. Quizá para ella sea solo una fase .

Él era actor, y ella quería vivir la experiencia de salir con una celebridad.

Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que no era cierto.

Rosemary no era ese tipo de persona. Pero ¿qué quería ella en realidad?

¿Seguir con él después de que esta burbuja estallara y volvieran al mundo real?

¿Y cómo reaccionaría si le contaba que era bisexual?

Brody siempre se burlaba diciendo que las mujeres veían a los hombres bisexuales como menos masculinos.

¿Eso pensaría Rosemary cuando se lo dijera?

Se quitó el chaleco del vestuario y se lo devolvió a Aaron.

—Perdón, creo que lo manché al caer sobre la hierba —dijo.

—No pasa nada, para eso está mi fiel bolígrafo quitamanchas —señaló Aaron con una sonrisa, y le entregó su ropa moderna y cómoda para que se cambiara.

Mientras se vestía en uno de los salones laterales cerrados, justo en la entrada de la mansión, le llegó un mensaje al teléfono.

«Sorpresa», había escrito Brody. «Jenna va a pasar a verte esta mañana. Llévala a pasear a algún lugar bonito. Mandé el descapotable».

—La puta madre —maldijo Ellis, y respondió—: «Yo no acepté esto».

«Mala suerte», contestó Brody. «Cuatro oportunidades para fotos. Aceptaste, y ahora las cobro».

Lo último que quería en ese momento era tener que lidiar con paparazis y con Jenna. Por supuesto que Brody había mandado un descapotable; ¿qué mejor forma de maximizar el tiempo en que los fotógrafos podían captarlos juntos?

Su primer impulso fue salir corriendo, pero no podía. Al mirar a su alrededor, notó su presencia y se reprochó no haberlos visto antes: fotógrafos, camarógrafos del detrás de escena, todos expectantes, aguardando la llegada de Jenna.

Empezó a caminar hacia Rosemary para avisarle, pero justo en ese momento oyó el ruido de neumáticos chirriando sobre la grava del camino de entrada. El imbécil de Brody había esperado a que Jenna ya estuviera ahí para avisarle, sin darle margen para escapar. Y sin tiempo para advertirle a Rosemary.

Un descapotable gris, elegante, avanzaba hacia él. Ya era tarde.

Por el rabillo del ojo percibió cómo un enjambre de paparazis se abalanzaba hacia ellos y, cuando Jenna tocó el claxon, Ellis levantó la mano en un saludo desganado. Hora de actuar para las cámaras; cada clic lo perforaba como si fueran los ojos de Brody mirándolo desde Los Ángeles.

Justo cuando Jenna bajó del auto, vestida con un traje entallado de tres piezas, Ellis vio a Rosemary de pie junto a Lyn, apenas detrás de la fila de fotógrafos que se había formado.

Ojalá hubiera tenido tiempo de prepararla para esto, de prepararse él mismo para lo que iba a sentir al verla ahí.

Era imposible no notar la expresión de desconcierto en su rostro, ni la forma en que se transformó en dolor cuando reconoció a quien estaba saliendo del auto.

—Bueno, pero mira si no eres el señor del castillo —dijo Jenna, riendo y acomodándose bajo el brazo de Ellis—. Deberías darme un beso en la mejilla, Ellis, o al menos parecer contento de verme.

—Claro, perdón —respondió con una sonrisa forzada, y le dio un beso rápido en la mejilla—. ¿Así que el descapotable?

—Brody lo mandó.

—Sí, me dijo. Ojalá me hubiera avisado antes.

—Perdón —respondió Jenna con sinceridad—. A mí me contó hace dos horas. No esperaba que me escribiera; allá es plena madrugada.

—¿En el infierno?

—¡Ja! De todos modos, perdón. Tuve que salir corriendo para prepararme y no había forma de mandarte un mensaje desde el auto.

Ellis olvidaba que la generación más joven le tenía un terror existencial a las llamadas telefónicas.

—Está bien, Jenna. —Se inclinó un poco más hacia ella para que los buitres tomaran sus fotos y después los dejaran en paz.

—¿Entonces puedes venir a dar una vuelta? Traje algo de comida. ¿Qué comen los viejos de ahora? —bromeó.

—¿Seguro que no quieres dedicarte a la comedia?

—¿Con esta cara? Jamás. —Miró alrededor y abrió los ojos—. ¿Quién es?

Ellis se volvió. Jenna estaba mirando directo a Rosemary.

—Es Rosemary, ¿te acuerdas? La conociste en la cena.

—No, no Rosemary. La persona que está al lado —susurró Jenna, completamente anonadada.

—¿Te refieres a Lyn? Es su asistente.

—Lyn. Ok. Genial. Muy genial.

Ellis soltó una risa breve.

—Sí, genial. ¿Por qué no te presento? Ya que viniste hasta aquí y, con suerte, les dimos a los fotógrafos lo que querían.

Jenna se acomodó el saco y se apartó el pelo hacia un costado. Ellis se dio cuenta de que era la primera vez que la veía nerviosa.

—Claro.

La llevó hasta donde estaban Rosemary y Lyn.

Había muchas cosas que quería decirle a Rosemary en ese momento, pero sería mejor hacerlo cuando estuvieran solos.

Se le ocurrió de golpe proponerle escaparse el fin de semana, alquilar una cabaña en algún lado y tenerla solo para él, lejos de las miradas ajenas.

Cuando Ellis presentó a Lyn y a Jenna, quedó claro en cuestión de segundos que a Lyn le había interesado Jenna tanto como a Jenna le había interesado Lyn.

Hacían una bonita pareja, y si algo bueno podía salir de todo ese arreglo, eso al menos haría que Ellis se sintiera un poco menos mal con la situación.

—Eso fue... sorpresivo —dijo Rosemary, cuando Ellis la llevó a un pequeño recoveco silencioso dentro de la mansión.

—Tendría que habértelo dicho —admitió él.

—Habría estado bien. Lo entiendo, Ellis. Sé que no es real, es solo que...

—De verdad tendría que habértelo dicho. No fue una linda sorpresa.

—Para nada —señaló ella, con una exhalación profunda.

—Por si sirve de algo, pensaba decírtelo, pero Brody me avisó apenas unos minutos antes. La emboscada es una de sus tácticas favoritas.

—Lo haces sonar como un estratega militar.

—Lo es —subrayó Ellis con una mueca.

—¿La próxima vez me avisas si Brody va a hacer algo así? —preguntó ella, entrando en el círculo de sus brazos.

—Por supuesto. —Le dio un beso en la coronilla y sintió el aroma de su champú: lavanda y menta—. Espero que no tenga que haber una próxima vez.

—Yo también —susurró Rosemary—. Ojalá me contaras por qué te obliga a hacer esto.

Ellis no respondió; no podía, así que envolvió los labios de Rosemary en los suyos y la besó hasta que tuvieron que separarse para respirar.

—Solo quiero protegerte, bonita, de toda la mierda con la que tengo que lidiar a diario, tanto por Brody como por el resto de la industria.

—Lo entiendo, Ellis. Pero no quiero estar escondida. Si quieres esto... —Hizo un gesto entre los dos—. Necesito que lo entiendas.