Amor al primer susto 21
57%

21

R osemary sintió la llegada del amanecer antes de verlo aparecer por la ventana: una luz rosada y pálida que ascendía despacio por el horizonte, filtrándose entre los árboles.

De madrugada, había dejado las novelas sáficas que le había conseguido Lyn en las ruinas, donde había encontrado las cartas, con la esperanza de que esos libros convencieran a Juliet de que no había nada malo en lo que sentía por Cecilia.

Como no la vio en el lugar, regresó a la casa de huéspedes, pero no consiguió dormir.

Había intentado descansar un poco, pero se le ocurrió revisar el correo electrónico.

Grave error. Había un mensaje de su editora: esta vez había resaltado en negrita la fecha en la que necesitaban el manuscrito completo.

Rosemary comparó la fecha con su planificación y sintió gusto a bilis en la garganta.

No había forma de cumplir con ese plazo.

Ni siquiera escribiendo sin parar durante las dos semanas siguientes.

Se hizo crujir los nudillos e hizo clic en «Responder». Escribió que necesitaba más tiempo, que este libro le estaba costando y que lamentaba decepcionarlos. No lo pensó dos veces: en cuanto terminó, lo envió. Ya no estaba en sus manos, y les había dicho la verdad.

Horas después, cuando se despertó con el amanecer, con la cabeza vencida sobre el escritorio, Rosemary notó que el pequeño ícono de «Mensaje nuevo» brillaba en la pantalla. Se apresuró a abrirlo.

¡No hay ningún problema, podemos cambiar la fecha de publicación. Hablo con el equipo y te paso una nueva fecha de entrega, pero por ahora no te estreses. Lo vamos a resolver.

¡Enviado desde mi iPhone.

Rosemary se recostó en la silla y observó cómo el sol se elevaba por encima de los árboles; escuchó el coro matutino de petirrojos, grajillas y herrerillos.

Se había torturado durante meses pensando en lo que le dirían y, al final, simplemente habían sabido comprender.

En retrospectiva, no podía imaginarlos de otra manera, aunque sí le preocupaba un poco el equilibrio entre trabajo y vida personal de su editora: nadie debería responder correos a las cuatro de la mañana.

El trabajo de Rosemary no había terminado; todavía tenía que escribir el dichoso libro. Pero la idea de abrir el documento de Word ya no parecía tan abrumadora. Tal vez incluso resultaba estimulante.

Aún faltaban horas para que empezara la jornada laboral —una tarde y una noche de trabajo completas—, pero ya no podía dormir. De pronto sintió muchas ganas de golpear la puerta de Ellis y contarle que le habían dado una prórroga, pero dudó. ¿Estaban ya en ese punto?

Con energía renovada, se duchó y se puso su ropa cómoda para escribir: shorts de pijama de algodón, unos calcetines mullidos y uno de los viejos jerséis universitarios de su papá.

No quería escribir en su habitación; necesitaba cambiar de ambiente, así que cargó su pesada computadora y la llevó a la sala.

La casa estaba sumida en el silencio; todos seguían en la cama.

La luz invernal entraba a raudales por los altos ventanales de la sala, y motas de polvo flotaban alrededor de Rosemary. Hacía un calor inesperado, incluso un poco sofocante, y se sentía olor a libros viejos, pergamino y un fuego reciente.

Se acomodó en uno de los sillones más grandes y recogió las piernas debajo del cuerpo.

—¿Rosemary?

Levantó la vista y encontró a Ellis allí, con la correa de Fig colgada del hombro.

A sus pies, Hank estaba sentado en actitud paciente.

Quiso hablarle de Hank, pero ni siquiera conocía el contexto.

¿Había muerto de viejo? ¿O había estado enfermo?

Y aunque lo supiera, ¿cómo iniciar la conversación sin tener una piedra bruja?

Si iba a decirle a Ellis que podía ver fantasmas, tenía que poder demostrarlo al mismo tiempo.

Rosemary sintió un nudo en el estómago, una mezcla de nostalgia y otra cosa. Algo que la inundaba de una sensación cálida, como si estuviera sentada al sol.

—¿Qué haces que no estás en la cama? —preguntó él.

No era justo que dijera la palabra «cama» y eso bastara para que ella sintiera un cosquilleo en su interior.

—Mi editora me dio una prórroga para entregar mi próxima novela. Ahora que tengo más tiempo, voy a...

—Querías volver a escribir a un ritmo más pausado —dijo él. Se acercó a ella y dejó la correa sobre el sillón de al lado.

—Exacto. —Sabía que él la entendería—. ¿Y tú? ¿No se supone que los actores de primera línea necesitan dormir para mantener su belleza?

—Por desgracia para mi ciclo de sueño, Fig no sabe lo que es un rodaje nocturno. Acabo de sacarla a pasear por el campo y ya salió disparada escaleras arriba; seguro que está durmiendo la siesta en mi cama.

—Algunos viven mejor que otros —señaló Rosemary, con una sonrisa en los labios.

Ellis se giró para cerrar la puerta y puso el cerrojo.

En silencio, cruzó la habitación hasta el sillón frente al de ella y se quitó el abrigo.

Aunque todo alrededor estaba en calma, el corazón de Rosemary latía tan fuerte que apenas oía otra cosa.

Entre ellos había demasiados cabos sueltos, y no creía poder concentrarse de nuevo hasta que pasara algo más.

—Ponte de pie, bonita —dijo Ellis, en un tono... bajo, provocador, irresistible.

Ella se levantó, con un dejo de pudor. La piel se le erizó al ver cómo Ellis la recorría con la mirada.

—Ven —dijo él.

Una abrumadora necesidad de él la invadió: sus elogios, sus caricias, su boca sobre la de ella. Avanzó hasta quedar justo delante de él.

El pecho de Ellis subía y bajaba con fuerza, como si para él también fuera una tortura ese instante previo a unirse, esa certeza deliciosa. La certeza de lo que harían. La certeza de que ya no había marcha atrás.

—¿Qué vamos a hacer contigo? —dijo con voz áspera—. Aquí, con esos pantalones diminutos. Podría haber entrado cualquiera.

—Son solo pantalones.

Ellis pasó el pulgar por la curva de su muslo y se detuvo apenas al rozar el borde de la tela. La caricia le hizo arder la piel.

—Son indecentes. —Sus ojos, oscuros de deseo, se encontraron. La excitación, el nerviosismo y el deseo se apoderaron del cuerpo de Rosemary, y se inclinó un poco hacia delante, arqueando una ceja.

—Ah, ¿sí?

—Me dan ganas de hacer cosas indecentes.

Ella entreabrió los labios y, despacio, muy despacio, Ellis deslizó la mano izquierda por la parte posterior de su otro muslo y la atrajo con cuidado hasta que quedó arrodillada frente a él.

Sus ojos parecían devorarla; sus manos se deslizaron por su clavícula hasta que la palma quedó sobre el latido acelerado de su garganta y le enredó los dedos en el pelo.

—¿Qué clase de cosas? —susurró Rosemary.

Fue todo lo que hizo falta. Ellis inclinó la boca sobre la suya y ella cayó rendida. La besó como si lo hiciera con rabia, y ella respondió con la misma urgencia.

Rosemary dejó escapar un gemido tenue, suplicante, desde el fondo de la garganta, mientras rodeaba el cuello de Ellis con los brazos y lo atraía hacia ella.

Le lamió el labio inferior, saboreando el roce de la barba contra su piel.

Cuando sus manos encontraron el pecho de Ellis, descendieron por los músculos y le arrancaron un gemido profundo.

Ellis le repartió besos calientes y húmedos a lo largo de la mandíbula y fue bajando por su cuello. La alzó hasta sentarla sobre su regazo, con los muslos abiertos a ambos lados.

—Quítate esto —le ordenó, y ella levantó los brazos para que le sacara el jersey, dejándola solo con una fina camiseta de algodón.

Se sintió casi desnuda bajo su mirada cargada de deseo, con los pezones duros y sensibles.

—Lo sabía —dijo él, casi para sí, inclinándose para lamer de lleno el botón de su pezón a través del algodón. Con la lengua, trazó el tatuaje floral de enredaderas que rodeaba su areola—. Sabía que tenías unas tetas perfectas, peligrosamente perfectas.

El calor de su boca sobre ella, incluso a través del algodón fino, era una delicia, pero necesitaba más.

Se quitó la camiseta, ofreciéndose sin reservas.

Le encantaba ese cosquilleo, la emoción de estar casi a la vista.

La puerta estaba cerrada con llave y faltaban horas para que alguien se levantara.

Aun así, nunca había hecho algo así fuera de un dormitorio, y eso la hacía sentirse intrépida.

Luego, enlazó los dedos en la hebilla de su cinturón y se arqueó contra su cuerpo, frotándose contra la presión dura de su erección.

—Maldición —gimió Ellis—. Ábreme el cinturón, bonita.

Ella obedeció, disfrutando la orden. Ellis apoyó la frente contra la de ella y ambos miraron hacia abajo, hambrientos, mientras Rosemary le desabrochaba el cinturón y le bajaba el cierre, liberándole la verga.

Era pesada y gruesa, y se estremeció de placer al hacerle un par de caricias cortas y firmes; Ellis hundió los dientes en su hombro y lanzó las caderas hacia delante por reflejo, buscando sus caricias.

—Eres muy buena, Rosemary —le susurró al oído—. ¿Palabra de seguridad?

—Sandía.

—Bien. —Ellis dejó salir un suspiro, y con la mano corrió la tela endeble y ya empapada de su ropa interior para acariciar su clítoris—.

Estás muy mojada —dijo, y le hundió los dedos en la vagina, rodeándole el clítoris con el pulgar.

Era una agonía deliciosa, y cuando sacó la mano, Rosemary lo vio untarse el glande con su humedad, tomando su mano y guiándola para mostrarle exactamente cómo le gustaba.

Cuando Rosemary aceleró el ritmo, Ellis volvió a embestir con las caderas, sin dejar de acariciarla con los dedos y besarla.

—Necesito probar tu sabor —dijo, y la levantó, apretándole los muslos con las manos, para sentarla en el sillón y arrodillarse frente a ella. Le dio besos húmedos en el vientre, bajando hasta el vértice de sus piernas.

Rosemary dejó escapar un sollozo necesitado cuando él sopló con suavidad sobre la hendidura húmeda de su sexo, haciéndola retorcerse.

La forma en que la miraba desde ahí abajo, con las piernas de ella enredadas a su alrededor, era casi suficiente para hacerla estallar.

Sin dejar de mirarla, succionó la perla de su clítoris y hundió la lengua en el calor de su sexo.

Rosemary gimió y enredó los dedos en el pelo de Ellis para retenerlo allí.

—Pórtate bien y acaba en mi lengua —le ordenó, y aumentó el ritmo, metiéndole también los dedos, curvándolos dentro de ella, presionando ese punto perfecto.

Rosemary dejó escapar un grito (esperaba que la puerta cerrada ahogara su voz) mientras se arqueaba, veía estrellas y cabalgaba sobre el rostro y la lengua de Ellis hasta que el orgasmo cesó.

Cuando recuperó la sensibilidad en las piernas, se unió a Ellis en la alfombra y lo empujó hacia atrás hasta que quedó recostado contra el frente del sillón. Lo besó porque aún no podía hablar, saboreándose a sí misma en su lengua.

Quería que Ellis se sintiera tan bien como ella. Se montó sobre sus muslos y le rodeó la verga con la mano.

—Tu turno —susurró. Necesitaba que él acabara también; necesitaba saber que podía darle placer en la misma medida.

—¿Ahora? —Ellis sonrió, recostándose para mirarla—. ¿Y si digo que no?

Rosemary hizo un puchero.

—Por favor, Ellis. Déjame. —Ese juego era lo que quería.

Era como un desafío, el cosquilleo erótico de esperar su reacción, de ver si iba a llamarle la atención por su costado provocador.

Cada vez más, Rosemary se daba cuenta de que le encantaba ser una sumisa desafiante, pero solo con Ellis.

Solo porque él podía igualarla y devolverle las provocaciones con órdenes suaves.

Se llevó la mano a la boca, se humedeció la palma de una pasada y volvió a él. Ellis gimió cuando Rosemary aumentó el ritmo, y con la otra mano buscó su escroto y jaló de él con suavidad.

—Mira lo que me estás haciendo —gruñó, cambió de postura y se puso de pie sobre ella. Verlo de pie ahí arriba, junto a la sensación de sus muslos musculosos bajo su mano, la hizo excitar una vez más.

—¿Recuerdas lo que te dije por teléfono, bonita? —preguntó Ellis, con esa expresión severa en el rostro que la deleitaba, y con una mano se aferró la verga, con una fuerza casi brutal; con la otra le acarició una mejilla.

—Acaba donde quieras. En mi boca, por favor, Ellis.

—Carajo... Oír eso basta para desarmar a cualquiera, Rosemary. Pero todavía no. Ahora quiero acabar sobre tus tetas perfectas. Abrázalas para mí.

Rosemary se tomó los pechos, pellizcándose los pezones con la fuerza justa para que el placer le doliera.

Echó la cabeza hacia atrás, mirando cómo él la miraba; le temblaban las pestañas y todo su cuerpo se estremeció, casi sin poder contenerse.

Estiró una mano hacia delante, sabiendo que después él podría castigarla por eso, sabiendo que no estaba obedeciendo al pie de la letra, y le frotó una sola vez con el pulgar la punta sensible de su verga.

Fue suficiente. Ellis jadeó diciendo su nombre, embistiendo con fuerza contra su puño, y su semen se derramó en hilos sobre los pechos, el cuello y el vientre de Rosemary.

La sensación caliente y húmeda sobre su piel casi la hizo delirar.

Era todo lo que deseaba como sumisa: esa sensación de quedar marcada, de ser usada para el placer.

Aunque ella estuviera de rodillas, él la adoraba; sabía que ella había provocado eso, que le había dado esa descarga, ese goce, y una alegría profunda echó raíces en su pecho.

Poco a poco empezaron a respirar con normalidad, y Ellis fue a buscar unos pañuelos a una caja que estaba sobre una mesa cercana.

—Casi no quiero limpiarte —dijo, ayudándola a ponerse de pie—. Estás increíble así, cubierta de mi semen.

Para provocarlo, Rosemary pasó un dedo por un rastro de semen y se lo llevó a la boca.

—Por Dios, Rosemary —dijo Ellis con voz ronca—. Vas a matarme.

La limpió y ella volvió a ponerse la camiseta.

—¿Crees que ahora vas a poder volver a dormir?

—Es poco probable —dijo ella, soltando una risita.

—¿Quieres... quieres venir a observar aves conmigo? Después de una ducha y eso —propuso Ellis, y se pasó una mano por el pelo—. Me parece que vi un busardo, o tal vez un milano, volando sobre los campos, pero no estoy seguro. Necesito una opinión experta.

—¿Quieres ir a observar aves conmigo?

—No se me ocurre nada mejor. Pero solo si traes esos binoculares que te quedaban tan sexis.