Amor al primer susto 20 #2
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20 #2

Él la besó, machacándole los labios con los suyos. Rosemary le rodeó el cuerpo con los brazos, encajándolo contra ella. Deseaba a ese hombre más que a nada en la vida. Necesitaba la aspereza de sus caricias, quería que la marcara, quedar envuelta en él. El deseo la estaba haciendo delirar.

Ellis le levantó la falda, frunciéndola con un puño.

—Dame los dedos —dijo, y se metió sus dedos en la boca y los chupó con su lengua caliente.

—Ahora tócate para mí —ordenó.

Rosemary estaba a punto de deslizar la mano por la costura de su ropa interior cuando el teléfono de Ellis empezó a vibrar.

—Mierda —murmuró. Atendió la llamada mientras con la mano libre le rozaba la parte alta de los muslos, provocándola.

—Está bien, ya voy. —Cortó con un gruñido.

—Todavía no —susurró ella.

—Tengo que ir. Están listos para filmar de nuevo. —La besó, sonriendo contra su boca.

—Además, me encanta la idea de que te quedes así, caliente y empapada por mí, bonita.

***

Rosemary se quedó en la capilla después de que Ellis se fue; necesitaba un momento para recuperar el aliento.

Todavía no entendía del todo por qué Ellis había reaccionado así esa mañana, pero parecía estar arrepentido de verdad.

Y ella se sentía más liviana a su lado, más feliz. No quería que se terminara.

Va a terminar cuando vuelvas a Estados Unidos , le susurró su mente traicionera.

Aún quedaba tiempo de rodaje: después de dejar Hallowvale, pasarían otro mes en los estudios del norte de Londres.

Y en ese lapso tenía que resolver dónde carajo iba a vivir, además de terminar y entregar el borrador de su nuevo libro.

El estrés la ahogaba. No podía pensar en eso esa noche.

Había encontrado —mejor dicho, Ellis había encontrado— la capilla en ruinas a donde, según Cecilia, le gustaba ir a Juliet.

No iba a perder la oportunidad de darle un vistazo.

Quizá incluso pudiera usarla como inspiración para escribir.

Una capilla desacralizada en medio del bosque era sin dudas algo espeluznante.

Ellis la conocía bien. Empezó a caminar por su interior; haces de luz lunar se colaban por las vigas rotas.

La hiedra se aferraba al altar vacío, y lo único que Rosemary podía oír era el roce de sus pasos sobre la tierra partida.

Entendía por qué Juliet venía aquí. Era un lugar sereno, propicio para pensar. Rosemary se sentó en el primer banco y alcanzó a ver algo que brillaba en un rincón, a la derecha del altar. Cubierto de hiedra y en parte oculto, había un pequeño nicho.

Metió una mano y tocó seda. Sacó el objeto y descubrió un pañuelo con un bonito bordado, con hilos de plata y oro que formaban un dibujo ondulante en los bordes.

Dentro del pañuelo parecía haber un fajo de cartas, colocadas a distintos intervalos dentro de un pequeño diario encuadernado en cuero. Rosemary miró más de cerca.

Eran cartas de Cecilia para Juliet. ¿Juliet las había reunido y guardado allí todo ese tiempo?

No estaban las respuestas de Juliet, pero también había un cuaderno de cuero, con el nombre «Juliet Hurst» escrito en una letra cursiva, ya descolorida, en la cubierta interior.

La primera carta no tenía fecha y decía:

Queridísima Juliet:

Sé que dijiste que preferirías arrojar todos tus bordados al lago antes que asistir a otra tarde de té en el pueblo, pero te ruego que no me dejes sola con esas víboras.

Sabes cuánto detesto los chismes. Nadie me deja olvidar aquel incidente del año pasado en los jardines, y si lo vuelven a mencionar, vas a tener que detenerme para que no les arroje un sándwich de pepino a la cara.

Rosemary tuvo que contener la risa. Esta era una faceta nueva de la Cecilia callada y algo reservada que había conocido.

Una faceta que, con toda probabilidad, solo Juliet llegaba a ver.

Se sintió mal por husmear, pero ¿cómo se suponía que iba a lograr que esas fantasmas se reconciliaran y se besaran (literalmente) si no tenía más información? La carta continuaba:

Mi hermano ha invitado a lord Davenport a cenar; qué tedio absoluto.

No lee novelas, Juliet, y ya sabes lo que pienso de la gente que no lee.

Por favor, ven. Esta es la tercera vez que te lo suplico, así que puedes imaginar lo desesperada que estoy.

No hay nada que me guste más que sentarme en un rincón de una habitación contigo, queridísima Juliet, y ver pasar el mundo.

Siempre tu afectuosa amiga,

Cecilia

P. D.: Duquesa dio a luz a una camada de tres cachorros.

Dos son de color arena, como ella y Duque, pero el tercero es blanco con manchas negras, así que sospecho que nuestra Duquesa ha sido bastante infiel.

Te cuento todo esto para recomendarte aún más el viaje y para que no tengas excusa alguna para negarte a venir.

Después de esta carta de Cecilia, había una nota en la letra arremolinada de Juliet, escrita en el diario.

No puedo creer que C. haya vuelto a sobornarme con los cachorros. Mientras escribo esto, está dormida sobre mi regazo. La bauticé Preciosa, porque eso es para mí. Voy a escribirle a C. y decirle que no vuelva a invitarme a una tarde de té en la casa parroquial.

El chal por fin está terminado. Sí, diario, ese mismo en el que llevo trabajando tres meses. Lo bordé con rosas azules para que hagan juego con los ojos de Ceci. Espero que le guste. No me importa si lo usa o no, porque es un regalo sencillo. Se lo daré después de la iglesia, el domingo.

La página siguiente contenía otra carta, en la caligrafía que Rosemary ya reconocía como la de Cecilia. Era difícil saber cuánto tiempo había pasado desde lo del chal.

Queridísima Juliet:

Perdona por haberte hecho bailar con lord D., pero prácticamente me obligó. Sé que es un poco cazafortunas, y concedo que toda su charla sobre caballos y sabuesos resulta algo burda, pero ¿acaso no hablo yo también de caballos y sabuesos contigo todo el tiempo?

Pero no es por eso por lo que te escribo: tengo buenas noticias.

Esta mañana estuve en la tienda de Hallowton y tenían la novela.

La que oímos mencionar a lady Marsh después de la iglesia.

La que escribió «una dama». La compré de inmediato.

Me pregunto si crees que se trate de alguien que conocemos.

Siempre tu amiga amorosa,

Cecilia

P. D.: Dime que vaya a visitarte pronto; cuando no estás cerca, te extraño enormemente.

El siguiente fragmento del diario de Juliet estaba manchado, casi como si lo hubiera escrito a toda prisa.

Esa mujer. Esa mujer insufrible. ¿Cómo puede decir que alguna vez me cansaría de oírla hablar de sus sabuesos o de los ponis? Le dije, sin lugar a duda, que puede hablarme de lo que quiera y que jamás me cansaré de escucharla.

Ayer, durante la misa, noté que mi atención se desviaba, como a veces me pasa. Debo tener cuidado: si papá nota siquiera un mínimo desliz, se pasa toda la tarde del domingo leyéndome los sermones de Fordyce.

Aun así, cuando nos pusimos de pie para cantar un himno, me quedé mirando la parte de atrás de la cabeza de C.

Puede que mis labios siguieran la letra, pero lo único en lo que pensaba era en aquel día del verano pasado, cuando nos sorprendió la tormenta mientras montábamos a Clover y a Tip.

Nos refugiamos durante horas en ese granero viejo y extraño.

Su cabello, siempre tan cuidado, se desarmó, y el vestido se le empapó por completo.

Lo confieso, diario: pienso en ese día con frecuencia.

Todavía no la he visto con el chal puesto, aunque supongo que no es una prenda apropiada ni para bailes ni para la iglesia, los únicos lugares donde nos hemos visto últimamente. ¿Crees que lo usa, diario? Sé que dije que no me importaba, pero parece que necesito saberlo.

La siguiente carta estaba fechada unos días después de la entrada anterior del diario.

Queridísima Juliet:

Como sin duda habrás notado, uso el chal todo el tiempo, tanto que temo que la querida Bridget deba sacarlo de debajo de mi almohada por las noches para remendarlo.

Ayer no pudimos hablar todo lo que me hubiera gustado, atrapadas como estábamos por la presencia de mi cuñada.

No te dije —aunque quizá habría sido descortés mencionarlo en compañía— que cuando bebes jerez tus labios se vuelven rosados como frambuesas.

No lo digo para ofenderte; es que te hace tan hermosa que no te conviene.

La semana que viene, en el baile de la duquesa, convenceré al mayordomo de que nos sirva un poco, y te robaré para llevarte a la biblioteca.

Siempre tuya,

C.

Después de eso, una última entrada en el diario.

He estado rezando mucho este último mes, pero todas mis oraciones están llenas de ella. ¿Estoy perdiendo la razón? Mi querida Ceci llevaba aquel vestido verde, el que la hace verse tan hermosa, en el baile de Summerton. Bailó con el vizconde y con lord D.

Esperé a que terminara el baile, la llevé al jardín y le pedí que bailara conmigo.

Nos hemos abrazado muchas veces, claro. Pero esta vez fue distinto.

Su contacto y sus manos entre las mías me parecieron blasfemos.

Sostuve su mano sin guante dentro de la mía y, con un dedo, recorrió mis labios rosados por el jerez.

¿Soy tan débil como para caer con tanta facilidad, o llevo cayendo desde hace mucho tiempo?

En ese instante, necesitaba sus labios sobre los míos más de lo que necesitaba el aire.

En estas noches largas y madrugadas, salgo a sentarme en la capilla del bosque.

Resulta más fácil pensar en esta oscuridad verde que en mis aposentos, donde el aroma de su perfume se queda prendido en mis vestidos.

Ya no encuentro paz en la oración; paso el tiempo preguntándome.

En otro tiempo, en otro mundo, ¿qué seríamos la una para la otra?

No había más entradas después de esa. Leerlas le dejó a Rosemary un dolor hondo en el pecho. Entendía ese sentimiento; lo había sentido una vez en la adolescencia y otra vez a los veinte: enamorarte de una mujer cuando crees que no es recíproco puede quebrar incluso el corazón más endurecido.

—Leíste mi diario. —Juliet estaba de pie, entre las sombras, junto al altar.

—¡La puta madre! —exclamó Rosemary dando un salto.

—Cerca. Esta era una capilla dedicada a María Magdalena —respondió Juliet con aire burlón, aunque parecía cansada y los rizos, que antes llevaba planchados, estaban totalmente revueltos.

—Perdona, no debería haberlo leído —dijo Rosemary, mientras devolvía todo a su sitio.

—No. No deberías. Ya te has entrometido demasiado. ¿No puedes simplemente dejarnos en paz? —Juliet suspiró y se dejó caer en un banco.

—Ojalá pudiera, pero si las dejo que sigan peleándose, quién sabe qué pasará la próxima vez. Ya te lo dije antes, Juliet: alguien casi muere. ¿De verdad quieres cargar con eso en la conciencia?

Juliet se quedó inmóvil.

—No, claro que no.

—Entonces, déjame ayudarte.

—¡No hay nada que puedas hacer! —exclamó, alzando las manos con desesperación—. Lo leíste, lo entiendes. Esos sentimientos que tenía eran anormales, impuros. Son la razón por la que sigo aquí. Son lo que arruinó todo.

Los ojos de Rosemary se agrandaron al oír sus palabras.

—¿Crees que por sentirte atraída por una mujer no pudiste pasar al otro plano?

Juliet se hundió en el banco y clavó la mirada en el altar vacío.

—Sí —susurró.

—No —respondió Rosemary con firmeza—. No es por eso. No tiene nada que ver con eso.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque a quién amas no es algo malo ni sacrílego en lo más mínimo.

—No es lo mismo para ti que lo fue para nosotras.

—Es otro tiempo, lo entiendo. Pero ahora eso no importa; ahora solo están ustedes dos. La razón por la que siguen aquí es la otra.

Juliet alzó la vista.

—Ojalá pudiera creerte. Pero sé lo que me enseñaron cada domingo, y sé que estar atrapada aquí, con ella, pero sin poder tenerla, es mi penitencia.

Y salió corriendo hacia el bosque, dejando a Rosemary sola en la capilla.

Quería ayudarla, pero ¿cómo se suponía que iba a desarmar años de homofobia internalizada y odio hacia sí misma en apenas unos días?

No podía. Rosemary nunca había tenido problemas para salir del clóset como bisexual.

Algunos de sus videos caseros más viejos la mostraban disfrazada de princesa, diciéndoles a su mamá y a su papá que quería casarse con otra princesa.

Se lo había contado a sus padres tres días después de ver La momia , lo cual, en retrospectiva, claramente no era una casualidad.

Ellos habían hecho lo que todos los padres deberían hacer: decirle que la amaban y luego bromear con que lo habían sabido desde siempre.

Había tenido tanta suerte como cualquiera podría desear.

Pero recordaba cómo había sido para Dina. Su mejor amiga había tardado muchísimo en decírselo a sus padres y, aunque la aceptaron de inmediato, el miedo que había construido alrededor de su corazón le había impedido dar ese paso durante años.

Rosemary pensó que podría intentar explicarle a Juliet que la diversidad sexual era natural, pero su único marco de referencia eran algunas especies de aves que solían formar parejas del mismo sexo. Dudaba que los datos sobre pájaros sirvieran en ese caso.

No. Necesitaba demostrarle a Juliet que podía tener un final feliz, incluso en el más allá, junto a Cecilia. Y, dado el poco tiempo que tenía, sospechaba que solo había una forma de hacerlo.

Regresó al set y buscó a Lyn.

—Tengo un pedido raro.

—¿Quieres que te consiga agua alcalina de manantial, la hierva, la enfríe, le agregue un gajo de lima perfectamente madura, una sola gota de aceto balsámico de treinta y cinco años y una cucharadita de miel de manuka? —preguntó Lyn.

—¿Qué?

—Eso es lo que me pedía mi jefa anterior. Era lo único que tomaba en el rodaje.

—Bueno, menos raro que eso.

—Entonces, dime —respondió Lyn.

—Necesito algunos libros de romance sáfico. Hice una lista. ¿Podrías encargarlos?

—¿Solo quieres que te consiga unos libros? ¿Eso es todo? Contrátame para siempre.

—¿Entonces no es un pedido tan descabellado? —preguntó Rosemary con una sonrisa.

—Para nada, los tendrás mañana. ¿Puedo preguntar para qué son?

—Para ayudarme a convencer a una amiga de algo.

—Perfecto —señaló Lyn, tocándose la nariz con un dedo.