Amor al primer susto 20
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H abía pasado medio día y toda la tarde desde su humillante conversación con Ellis, y Rosemary avanzaba a paso pesado, linterna en mano, entre matorrales cubiertos de musgo y el bosque iluminado por la luna, rumbo al claro donde habían montado el set para la filmación de esa noche.

¿Poco profesional? Qué imbécil. Tendría que haber sabido que era demasiado bueno para ser verdad.

¿De verdad no podía simplemente encontrarse con alguien atractivo (muy atractivo), que estuviera soltero y se interesara en ella, que además fuera dominante en la cama y que todo saliera bien?

Claro que no. Eso habría sido demasiado fácil.

Quería gritarle, quizá tirarle uno de los paños de cocina, pero cuando miró de nuevo hacia la cocina después de salir a toda prisa, Ellis estaba hundido en una silla, con el perro fantasma apoyándole las patas en las piernas, tratando de consolar a su dueño.

Rosemary sintió un impulso repentino de volver y consolarlo también, pero él había dejado en claro que no la quería allí.

Al llegar al set , oyó a Jeremy riéndose de forma un poco exagerada por una broma de quien fuera que tenía al teléfono.

Seguramente el estudio. Parecía ser lo único que hacía.

Después de la charla con Ellis, de intentar resolver qué hacer con el perro fantasma y de todo el lío de necesitar terminar el borrador de su libro, Rosemary no estaba para nada de humor para aguantar las tonterías de Jeremy.

Estaban preparando una toma. Vincent le daba indicaciones a Ellis mientras él saltaba en el lugar, sacudiéndose el frío.

Rosemary se aseguró de no mirar a Ellis; ni siquiera giró la cabeza en su dirección.

Iba a tener que hablar con él en algún momento, pero volver a verlo con esa camisa victoriana holgada la sumió en una especie de mezcla vergonzosa de confusión y excitación.

Jeremy dio una palmada para llamar la atención.

—Acabo de cortar con el estudio, y sugirieron que podría quedar bien si agregamos un momento en el que Ellis lucha con uno de los fantasmas.

Vincent frunció el ceño y se golpeó el labio inferior con un bolígrafo.

—Podría funcionar... Sin duda, añadiría acción.

Pero no tenía sentido. No solo iba en contra de la esencia de su libro, sino también de la que ya habían construido en la película.

Cualquier otra noche, Rosemary se habría quedado callada.

Esa noche, no.

—No va a funcionar —dijo—. En las escenas que ya filmamos quedó establecido que el poder de los fantasmas se debilita cuanto más lejos están de la casa. A esta distancia, no podrían luchar.

Jeremy se volvió hacia ella, con una mirada de desprecio evidente en el rostro. Juntó las manos como un modelo de catálogo, haciéndole un gesto para que se calmara. Eso la hizo hervir.

—Escucha, cielo, todos apreciamos tu entusiasmo. Pero sabemos que esto te queda grande, así que deja la dirección en manos de los profesionales.

Rosemary pensó en pegarle o en gritar, pero sabía qué les pasaba a las mujeres «difíciles» en el trabajo: no las volvían a invitar. En cambio, respiró hondo por la nariz para calmarse y se recordó a sí misma exactamente quién era.

—Jeremy, corazón —dijo, con todo el falso encanto sureño que pudo reunir—.

Tal vez olvidaste que no solo escribí el libro, sino también el guion.

Aprecio que tengas llamadas importantes y que transmitas la información.

Está bien que los ejecutivos del estudio tengan un mensajero como tú, pero no eres el único con contactos.

Yo también podría llamar a mis agentes. Y estoy segura de que les interesaría mucho saber de qué manera estuviste comunicando sus devoluciones.

—Quizá yo también llame a Lucinda. Es tu jefa directa, si no recuerdo mal. —Ellis dio un paso al frente. No necesitaba su ayuda, pero, de una forma perversa, la complacía sentirlo a su lado, respaldándola.

Jeremy levantó las manos.

—No hace falta molestar a Lucinda con esto.

—Ya veremos. Y coincido con Rosemary: no tiene sentido incluir una escena de pelea aquí. Deberíamos seguir con la escena tal como estaba planeada. ¿No te parece, Vincent?

Vincent, que había estado escribiendo con furia en el teléfono, levantó la vista.

—¿Qué? Ah, sí, claro. Seguimos como estaba previsto, gracias. —Al instante, su teléfono personal vibró, y continuó en un tono de voz elevado—. ¡Cinco minutos mientras atiendo esto! Es mi pareja.

Ellis dio una palmada.

—Bueno, asunto resuelto.

Rosemary vio a Jeremy alejarse dando zancadas y sacando un vapeador del bolsillo. Sintió que le temblaban las manos. Pero se había defendido, y estaba orgullosa.

No había necesitado la ayuda de Ellis, pero él había ayudado igual. A pesar de lo que le había dicho esa mañana.

—Rosemary, ¿podemos hablar? —dijo Ellis, muy cerca, a su espalda.

Ella se dio la vuelta, y la expresión en el rostro de Ellis la dejó inmóvil y la prendió fuego al mismo tiempo.

Este no era el mismo hombre que la había despachado en la cocina horas antes.

Este era ese Ellis, el verdadero, el que la había devorado con su beso, el que la había llevado a un orgasmo por teléfono.

Con solo mirarlo así, sintió un vuelco en el estómago.

—¿Qué quieres, Ellis? —tartamudeó.

—Quiero hablar contigo.

—Bueno, habla —respondió con brusquedad.

Rosemary no era una sumisa desafiante. A excepción de esa noche. Esa noche quería que Ellis pagara por haberla lastimado, por haberla rechazado, por todo. No podía decirle que lo suyo había sido poco profesional y después seguir queriendo más. Actuar así lo iba a volver loco.

—En privado —dijo él en voz baja.

—Somos profesionales, Ellis. ¿Recuerdas?

—Dame dos minutos, Rosemary.

Ella puso los ojos en blanco, pero asintió. Ellis la tomó de la muñeca y la llevó hacia la oscuridad del bosque. Algo así no debería haberla excitado tanto, pero el contacto con su piel la desestabilizó.

—¿A dónde vamos?

—A un lugar tranquilo —dijo sin más.

Avanzaron pisando raíces y esquivando ramas bajas, hasta que el ruido del set se volvió lejano y solo los iluminaba la luz de la luna que se filtraba entre los árboles.

—Vi un lugar hoy más temprano; es por aquí cerca —dijo Ellis.

La condujo hasta un claro y allí, cubiertas de musgo y abandonadas por el tiempo, estaban las ruinas de la capilla de la que Cecilia le había hablado.

El techo se había reducido a tres vigas desgastadas; el interior estaba desnudo, salvo por un altar de piedra y algunos bancos también de piedra.

Una única ventana arqueada, que alguna vez habría tenido vitrales, le permitió a Rosemary ver el interior: estaba vacío.

—Pensé que te podría gustar este lugar. Tiene un aire inquietante —dijo Ellis y deslizó la mano, que aún le sujetaba la muñeca, para entrelazar sus dedos con los de ella. Rosemary pensó que debería haberse soltado, pero no lo hizo.

—¿Todo esto es un juego para ti? —preguntó—. ¿Desestimarme esta mañana, decirme que no quieres nada de esto, que no quieres estar conmigo , y después traerme aquí y mostrarme este lugar?

Él le sostuvo el rostro entre las manos.

—No, Rosemary. Nada de esto fue un juego.

—Entonces, ¿qué? ¿Por qué lo dijiste?

—Porque me dio vergüenza.

Rosemary sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿De mí?

—No, nunca de ti. Nunca. De mí. De lo que quiero.

—Pero ya te dije, Ellis. Yo también lo quiero.

—Hay cosas de mí, Rosemary, de las que no estoy orgulloso.

—¿Alguna vez lastimaste a alguien?

—No.

—¿Mataste, extorsionaste, explotaste a alguien, robaste?

—No. —La más mínima sonrisa asomó en las comisuras de su boca.

—¿Entonces qué?

Ellis dudó.

—No puedo decírtelo. Pero quiero pedirte perdón por lo que pasó hoy. Nunca debí decir esas cosas y herirte. Me arrepentí en el mismo momento en que las dije.

Había sido la forma en que las dijo. No puedo .

Rosemary entendió que decía la verdad. Había algo ahí, algo que había hecho o que sentía sobre sí mismo, pero no tenía que ver con ella, en realidad.

Fuera lo que fuera, lo había dejado muy mal.

Y ella quería saberlo, quería ayudar, pero era demasiado pronto.

—Entonces, ¿no quieres comportarte de forma profesional conmigo? —susurró Rosemary, apoyando las manos en su pecho. Al instante sintió que el corazón le empezaba a latir más rápido. Dio un paso atrás y Ellis avanzó, arrinconándola contra la pared fría de piedra.

—Todo lo contrario.

—Bueno, tal vez haya cambiado de opinión —dijo ella, con voz pausada, tratando de zafarse de su abrazo. Al final, quizá sí le gustaba ser un poco desafiante, porque la forma en que Ellis la sujetó con las manos, empujándola otra vez contra el muro de la capilla, la dejó ardiendo de deseo.

Él gruñó con voz grave y apoyó una mano en la pared junto a su cabeza para bloquearle la salida.

—¿Quieres saber qué hice anoche, después de que cortamos? —Ellis recorrió con los dedos la curva de su cuello y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Era tan suave que casi no podía soportarlo.

—¿Qué hiciste? —preguntó Rosemary, temblando.

—Me masturbé en la ducha, bonita. Pensé en los sonidos que hacías cuando tenías metido ese juguete y quería que hicieras esos sonidos por mí. No puedo dejar de pensar en ti, y no quiero hacerlo. Quiero esto. Te quiero a ti. A nosotros.

Rosemary soltó un suspiro entrecortado. Estaba en llamas.

Ellis la miraba como si quisiera devorarla, y ella quería ser devorada.

Con cautela, Rosemary se desabrochó el abrigo y se subió un poco la falda.

Esa mañana, antes de esa conversación espantosa con Ellis, se había puesto unos pantis que le llegaban a los muslos.

Ahora le agradecía a su yo del pasado por haber elegido ese atuendo.

—¿Estás tratando de matarme, bonita? —dijo Ellis, inclinándose hasta apoyar la frente contra la de ella.

—Dime qué quieres que haga, Ellis.