Amor al primer susto 19
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E llis despertó con un peso enorme sobre el pecho y algo cálido que le cubría el rostro.

Abrió los ojos de a poco y se encontró con el rostro de Fig apoyado sobre el suyo.

Sintió su aliento apestoso directo en la nariz.

Delicia pura. La perra se había acomodado en el hueco de su cuello, como cuando era cachorra, solo que ahora era tan grande que quedaba atravesada sobre todo su torso.

—Bueno, Fig. Arriba.

A diferencia de Ellis, Fig estaba lista para salir al instante: se irguió sobre las patas traseras y empezó a rasguñar la puerta.

Él se puso unos pantalones deportivos y una sudadera; era media tarde, pero en realidad contaba como si fuera la mañana, ya que estaban filmando de noche, y no esperaba cruzarse con nadie abajo.

Pero, cuando abrió la puerta y Fig se lanzó escaleras abajo delante de él, vio la puerta de Rosemary y la noche anterior volvió de golpe.

¿Se había apresurado al iniciar sexo telefónico cuando apenas se habían besado?

Pero Rosemary parecía tan entusiasmada, tan dispuesta.

Ellis no encontraba palabras para el alivio que sintió al darse cuenta de que Rosemary era una sumisa voluntaria.

Tenía la extraña sensación de que se entendían a la perfección.

Sacó a Fig al campo entre la casa de huéspedes y la mansión y empezó a lanzar un palo de un lado a otro para que descargara energía.

Momentos así le recordaban a Hank y al breve período en que había tenido a Fig y a Hank juntos.

Salían disparados detrás del mismo palo —Fig apenas más rápida que Hank, con sus patas cortas y su cuerpo redondeado de corgi —, pero Fig esperaba, y los dos volvían arrastrando las patas hacia él, cada uno con una punta del palo en la boca.

Cuando Hank murió, Fig también quedó devastada, pero se acompañaron para superar el dolor.

A su derecha, en la parte boscosa, había un par de ambientadores de set , y Ellis los saludó con la mano. Estaban preparando el lugar para una toma que se iba a rodar esa noche, en la que su personaje era perseguido por los fantasmas a través del bosque.

Ellos le devolvieron el saludo y Ellis oyó sus voces, que el viento arrastraba hacia él.

—Escuché que en el pub estuvo coqueteando con ella todo el tiempo —dijo uno. Ellis se detuvo para lanzarle otro palo a Fig. ¿De quién hablaban?

—Sí, no le quita los ojos de encima. Cada vez que miro, se están revolcando con la mirada.

—¿Él no estaba saliendo con esa modelo, Jenna algo?

Mierda. Hablaban de él y Rosemary.

—Los actores son todos iguales.

Casi pudo ver la mueca de desprecio en la voz del ambientador, y se alejó un poco para poder seguir escuchando sin que resultara obvio que estaba espiando.

—Tal cual. No pueden evitarlo cuando ven a alguien joven.

—Como DiCap...

— Shh , no digas el nombre —lo interrumpió el otro, riéndose—. Si lo dices tres veces frente al espejo, aparece y te pregunta si tienes menos de veinticinco.

Se rieron a carcajadas, y Ellis siguió caminando. ¿De verdad era como esos actores de primera línea que atravesaban la mediana edad cambiando mujeres jóvenes por otras todavía más jóvenes? «Rosemary tiene veintinueve», sintió ganas de gritarles. Solo era doce años menor que él. Solo doce.

—Por favor —gruñó, pasándose una mano por el rostro—.

¿En qué estaba pensando ? Era igual de horrible que ellos.

No, peor, porque pocas horas después de besarla por primera vez, le había ordenado por teléfono que se metiera un vibrador.

Un degenerado. Un pervertido. Todo lo que Brody siempre le había dicho que era.

Sabía que estaba cayendo en picada, pero la amargura le resultaba placentera: se la merecía.

Sus necesidades, sus deseos, no estaban bien.

Aunque con Rosemary se sintiera bien, perfecto incluso, no importaba.

Tarde o temprano le mostraría su verdadero yo, con todas sus perversiones, y ella saldría corriendo.

Mejor cortarlo de raíz ahora, antes de involucrarse emocionalmente.

¿A quién engañaba? Ya estaba involucrado.

De todos modos, no importaba; tenía que arrancar la venda de una vez.

La encontró en la cocina, trenzándose el pelo hacia un costado mientras esperaba que hirviera la tetera.

La luz del sol entraba por las ventanas y le prendía fuego el cabello.

Ella se dio la vuelta y lo miró, sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa, y lo único que pudo pensar fue: «Es demasiado buena para ti, siempre va a ser demasiado buena para ti», y la sensación de pérdida, todo eso que podrían haber tenido juntos, se le hundió en el alma como una semilla podrida.

—No podemos hacer esto —le dijo con un nudo en la garganta.

—¿Qué cosa?

—Estuve comportándome de forma muy poco profesional —dijo Ellis.

Rosemary resopló.

—Creo que ya dejamos atrás lo poco profesional.

—Soy mayor que tú, Rosemary, lo suficiente como para que importe. Y además eres la productora ejecutiva aquí, y yo soy el actor, y esto... No deberíamos.

—Ninguna de esas es una buena razón, Ellis.

Rosemary avanzó hacia él y Ellis dio un paso atrás. Estaba demasiado cerca de quebrarse, demasiado cerca de decir «Que se vaya todo a la mierda, hagámoslo igual».

—Sí que lo son. Yo... Yo no soy una buena persona, Rosemary.

—¿De qué estás hablando?

—De las cosas que me gustan, de lo que quiero de ti...

Esta vez, Rosemary cruzó la habitación tan rápido que Ellis no tuvo tiempo de apartarse.

—¿Es por lo de anoche? —susurró—. ¿Por la llamada? ¿Por el beso? Ellis, no hiciste nada que yo no quisiera también. Quiero todo lo que tú quieres darme.

Cada palabra que Rosemary pronunciaba hacía que doliera aún más.

—¿Podemos fingir que nunca pasó? Sería más fácil.

Un dolor agudo le punzó el pecho al decir esas palabras; el sabor ácido del arrepentimiento fue inmediato. Rosemary parpadeó, como si no lograra asimilar lo que había dicho.

—¿Más fácil? ¿Para quién?

—Para los dos.

Lo miró. No, lo atravesó con la mirada. Ellis sintió que cada una de sus partes más desagradables quedaba expuesta.

—Pensé que eras mejor que esto —dijo Rosemary, y se fue.