18
R osemary llevaba veinticuatro horas sumida en la frustración, y ya no estaba segura de cuánto más iba a aguantar. Al parecer, Ellis se tomaba muy en serio eso de ir despacio con ella, porque la noche anterior, en la habitación de la torrecilla, solo la había besado.
Desde el comienzo de los rodajes nocturnos, casi no habían tenido ni un segundo a solas.
Solo una vez, hacía alrededor de una hora, cuando se produjo una pausa momentánea en la filmación para que Vincent atendiera una llamada importante, Ellis la encontró en un bosquecito en sombras, lejos del set principal.
—Hola, bonita.
—Hola.
—¿Te portaste bien? —le susurró con voz grave y melosa.
—Sí.
Le hizo una caricia con una mano por la parte superior del muslo y lo apretó de forma posesiva, lo bastante arriba como para que cualquiera del equipo que los hubiera visto entendiera exactamente qué estaba pasando entre ellos.
—Bien —resopló; por un segundo Rosemary sintió que el autocontrol de Ellis se resquebrajaba. Estuvo a punto de mandar todo al carajo y besarlo allí mismo. Pero entonces se oyó el aviso para que Ellis volviera al set .
Rosemary no era una sumisa brat . Sabía que dentro de la comunidad kink había un montón de sumisas a las que les gustaba ese rol de «portarse mal», pero ella nunca había tenido ganas de probarlo.
Lo que anhelaba era el elogio. Trataba de no psicoanalizarse demasiado, pero si tenía que hacerlo, suponía que todo se remontaba a sus años de estudiante brillante en la escuela.
Aun así, dejando de lado esa cuestión, estaba desesperada por liberar su deseo. Si no fuera por las órdenes suaves que recibía de Ellis, ya se habría dado un orgasmo sola. Probablemente, varios.
Pero quería ser buena, portarse bien, sabiendo que la recompensa valdría la pena. Todo esto era tan nuevo, y llevaba tanto tiempo deseando vivir una dinámica así, que no iba a dejar que un orgasmo insignificante se interpusiera.
Aun así, ver a Ellis con esa camisa de algodón ondulante, tan atractivo y cautivador, no le facilitaba para nada las cosas. Decidió ir a ver qué estaba filmando la segunda unidad. Lyn le había dicho que se encargaban de tomas que no requerían al elenco principal.
Se internó en el bosque con una linterna en la mano.
Entonces, al pasar por encima de un tronco, oyó una risita suave a su derecha.
Se detuvo en seco. ¿Qué había sido eso? Volvió a oírlo: una risa entrecortada, casi un suspiro, seguida por el eco de un perro que ladraba.
Rosemary, a diferencia de todas las heroínas inteligentes y astutas que había escrito en sus novelas de terror, siguió los sonidos y se adentró más en el bosque.
Allí, en un claro bañado por la luna, encontró a Cecilia jugando con el perro fantasma de Ellis. El perrito estaba panza arriba sobre la hierba y Cecilia, en cuclillas, lo acariciaba y le decía que era un animalito dulce y bueno.
—Hola —dijo Rosemary, en voz baja para no asustar a la fantasma.
—Ah, hola.
—Soy Rosemary.
—Cecilia.
—Sí, lo sé. Parece que le caes muy bien —dijo Rosemary, señalando al perro fantasma.
Las otras veces que había visto a Cecilia, casi siempre estaba discutiendo con Juliet, pero ahora, al verla sola allí, algo en ella hizo que la asociara a una flor delicada, tan frágil que un viento fuerte podría volarla.
Cecilia alzó la vista y le sonrió con dulzura. Si eso era posible en un fantasma, Rosemary pensó que tenía las mejillas manchadas de lágrimas.
—Supongo que se alegra de que le presten atención. Para los animales es difícil cuando sus dueños ya no pueden verlos. No entienden por qué.
Rosemary se acuclilló y vio que el collar de cuero tenía un nombre grabado: Hank. Dejó que el perrito fantasma le oliera la mano. Lo único que sintió, cuando se acurrucó contra su palma, fue un roce frío y tenue.
—¿Ya viste espíritus de animales antes? —preguntó Rosemary.
Cecilia asintió y se sentó en el suelo helado, envolviéndose con un chal bordado con rosas azules, como si pudiera sentir el frío.
—Cuando morimos, mi caballo se quedó conmigo un tiempo. Él también murió en el accidente del carruaje —dijo. Dejó que Hank se subiera a su regazo y le rascó entre las orejas.
—Los animales fantasma no son como nosotros —continuó—. Necesitan permiso para irse. Tienen que saber que su dueño va a estar bien. Se quedan para protegerlos y consolarlos.
—Es su asunto pendiente.
—Sí, supongo que sí.
—¿Entonces no va a poder seguir adelante hasta que Ellis lo deje ir?
Cecilia asintió.
—Si se queda aquí demasiado, se va a desvanecer aún más, y ya no podrá pasar a lo que venga después.
Rosemary pensó en todo lo que le habían enseñado en la escuela dominical, en su abuela, en su mamá. Tenía que preguntar.
—Cuando moriste, ¿viste...?
—¿Lo que viene después? —Cecilia dejó caer la cabeza hacia un lado—.
Creo que por un segundo, tal vez. Fue una elección quedarme aquí.
Lo vas a entender. Juliet murió primero y, cuando la vi y me vi a mí misma tendida allí, sentí una paz absoluta.
Creo que, si me hubiera dejado llevar por esa paz, habría seguido adelante.
Pero vi a Juliet, y ella se quedaba, y..
. Aunque no lo admita, me necesita. Así que yo también me quedé.
Rosemary sintió el peso de esas palabras, lo que en verdad decían.
—Y ahora ni siquiera quiere hablarme.
Rosemary asintió.
—Tal vez yo pueda ayudarte. A veces sirve contárselo a alguien. Y me imagino que hace mucho que no hablas con nadie.
Cecilia se secó las lágrimas plateadas.
—Este es el lugar donde vivía Juliet, ¿sabes?
Su padre era el primogénito, heredero de la propiedad; se casó bien, y a Juliet nunca le faltó nada.
Para mí no fue tan sencillo. Mi familia vivía en una casa más modesta, en el pueblo; mi hermano mayor era el párroco y, cuando murieron mis padres, me llevó a vivir con él hasta que pudiera casarme.
Mi hermano no era un hombre amable. Pero no importaba, porque Juliet y yo éramos amigas.
Pasaba la mayor parte del tiempo aquí. Por suerte, a su padre no le molestaba.
»Pero cuando cumplí veintiún años y seguía siendo una chica tímida sin perspectivas de matrimonio, mi hermano me dio un ultimátum. O me casaba, o me enviaba al norte, a una parroquia que conocía en Yorkshire y en la que necesitaban una institutriz.
—Te habrían separado de Juliet.
—Sí. El cortejo fue en secreto y acepté una propuesta, pero era lo último que quería.
Aunque ella no supiera lo que yo... sentía por ella, no quería irme ni estar lejos.
Ese día iba a decírselo, a explicarle todo.
Pero morimos y, cuando elegí quedarme en lugar de seguir adelante, Juliet.
.. —Cecilia se llevó los dedos a la boca, atrapada en el recuerdo—.
Me besó. No creo que entendiera por qué lo hizo, y estuvo furiosa consigo misma durante mucho tiempo.
—Entonces, antes de morir, ninguna de las dos...
—No, para nada. Me hubiese encantado, por supuesto, pero a Juliet la habían educado según los principios de la Iglesia. Nunca habría cruzado esa línea. Creo que se dice a sí misma que solo me besó porque sintió alivio.
Se quedaron en silencio un momento. Rosemary recordó las acuarelas de la habitación donde había visto a Juliet la última vez, las que había pintado Cecilia.
Le hacían pensar en esos cuadros que se ven en las galerías de arte, de dos mujeres a todas luces queer , cuyos rótulos siempre dicen algo como «Lady X y lady Y, dos grandes amigas que nunca se casaron y vivieron juntas toda la vida».
Recordó la forma en que Juliet miraba esas pinturas.
—No creo que Juliet esté enojada contigo por no haberle contado lo de la propuesta. No de verdad.
—¿Entonces por qué?
—Creo que siente lo mismo. Creo que, cuando se enteró de que ibas a casarte con un hombre, aunque haya sido hace cientos de años, tuvo miedo.
—Juliet nunca va a admitir lo que siente. —Cecilia se encogió de hombros, pero enseguida se le hundieron—. Pero esperé todo este tiempo y voy a esperar lo que haga falta. Por ella.
Rosemary apretó la mano de la fantasma: era suave como una pluma y fría.
Entendió por fin por qué ambas seguían tan presentes, sin desvanecerse, después de tanto tiempo.
Juliet y Cecilia eran el asunto pendiente de la otra.
Y ahora dependía de Rosemary ayudarlas a resolverlo antes de que causaran más estragos en el set .
—Voy a hablar con ella —dijo Rosemary, tratando de tranquilizarla.
—Si quieres encontrarla, busca la capilla en ruinas, en el corazón del bosque. Va allí cuando quiere torturarse.
Rosemary dejó a la fantasma en el claro.
Sentía que mil pensamientos revoloteaban en su cabeza.
No tenía tiempo de buscar a Juliet de inmediato.
Ya casi era medianoche y el director de la segunda unidad la había invitado a ver lo que estaban haciendo, filmando en los bellos jardines de la mansión tomas exteriores.
Eso también significaba que no era probable que se cruzara con Ellis esa noche, pero necesitaba espacio para pensar.
Tenía que contarle lo de Hank. No quería que el espíritu del perrito se desvaneciera en la nada, pero para eso Ellis tendría que dejarlo ir. ¿Y cómo iba a hacerlo sin que Rosemary le confesara su secreto, que podía ver fantasmas?
Le envió otro mensaje a Dina: «Querida sabia y hermosa bruja».
«¿Qué se te ofrece?», respondió enseguida.
«¿Qué otras formas hay de hacer que alguien crea en fantasmas si no tengo una vela de Babilonia?».
Las velas de Babilonia solo funcionaban a medianoche en Halloween, y su llama ardía con un color azul y se extinguía rápido. No permitirían que Ellis viera a Hank, solo que percibiera su presencia. Ella necesitaba que lo viera.
«Le pregunté a mamá y dijo que buscaras una piedra bruja. No se pueden hacer; tienes que encontrar una».
«¿Qué es una piedra bruja?», preguntó Rosemary.