Amor al primer susto 17
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L a mano de Ellis envolvió la de Rosemary, y ella pudo sentir los callos de su palma contra la suya, tibios y secos.

Estaban tomados de la mano; las personas que tenían simplemente una relación laboral no se tomaban de la mano.

Él la guiaba por esas escaleras angostas y sinuosas que habían subido durante la visita a Hallowvale, solo que esta vez, al llegar a una muesca en los escalones, Ellis la condujo por una puerta de madera que ella no había notado antes.

Otro tramo de escaleras de piedra ascendía en espiral hacia la oscuridad.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, y oyó el eco de su voz contra las paredes.

—No muy lejos. Estuve explorando después de rodar aquí arriba el otro día y encontré esta habitación. Supongo que la señora Fairfax no quiso mostrarla en la visita porque no la estamos usando para ninguna escena.

Ellis empujó una puerta que chirrió al abrirse en lo alto de la escalera y dejó al descubierto una segunda habitación en la torre. Era un espacio circular pequeño, con un techo abovedado de cristal y, más arriba, las estrellas brillantes de la noche invernal.

—Qué hermoso —susurró Rosemary.

—Cuando tengo rodajes de noche, para no dormirme, a veces investigo qué constelaciones podría ver si el cielo está despejado. Esta noche tenemos suerte: deberían verse las Oriónidas.

—De chica miraba estrellas fugaces todo el tiempo.

—Rosemary sonrió y se acercó a las ventanas altas y arqueadas para mirar hacia afuera.

Abajo se extendían los bosques de Hallowvale, teñidos de lavanda en la penumbra; la luz de la luna se reflejaba en las hojas vueltas hacia arriba, bañando las ramas de un brillo plateado.

—Gracias por traerme aquí. Sabía que me iba a costar no quedarme dormida esta noche.

Él se acercó y la rodeó entre sus brazos contra el cristal frío. Rosemary sintió que el deseo le nublaba la vista en los bordes; todo su campo visual era Ellis.

—Las constelaciones están allá afuera, ¿viste?

—bromeó él, tomándole las caderas y haciéndola girar.

Se quedaron mirando en silencio un momento y, aunque en la habitación no había luces encendidas, Rosemary alcanzó a ver su propio reflejo en la ventana: su aliento empañaba el cristal, y aún tenía el caramelo que se había puesto en la boca mientras escribía.

A pesar de que no había calefacción, sintió calor, y la recorrió un leve sudor; se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla.

—Mira, allá arriba. —Los dedos de Ellis le levantaron el mentón hacia arriba y a la izquierda, y Rosemary vio una estrella fugaz surcar el cielo.

—Increíble —murmuró.

Por instinto, se giró hacia él. Estaba justo ahí, su aliento cálido le rozaba el rostro; si se lo permitía, sus dedos podrían rozar ese pecho ancho.

—¿Qué estás comiendo? —le susurró él al oído, casi con un gruñido.

—Un caramelo.

—¿De qué?

—De pera.

Rosemary le mostró la lengua con el dulce encima y vio cómo las pupilas de Ellis se dilataban.

—Déjame probarlo.

Rosemary se sacó el caramelo de la boca y, con más valentía de la que sentía, lo llevó a los labios de Ellis. Él lo chupó, y ella percibió el calor de su lengua al rozarle el dedo.

—Delicioso —dijo—. Tiene gusto a ti.

Sin apartar los ojos de ella, hizo girar el caramelo en la boca y dejó escapar un gemido suave que Rosemary supo que era solo para ella. Luego se lo sacó y lo sostuvo entre dos dedos.

—Abre la boca —le ordenó Ellis. Y ella obedeció, sin pensarlo, y permitió que él volviera a posar el dulce sobre su lengua.

Luego, le pasó el pulgar por debajo del mentón y le cerró la boca con cuidado.

El otro dedo le rozó los labios; fue un roce mínimo, pero bastó para hacerla tambalear.

Quería más que un roce, quería quedar marcada.

—Tan buena —lo oyó murmurar, y si hubiera querido poseerla contra esa ventana, ella lo habría dejado.

La mano de Ellis descendió por su cuello, y con los dedos la retuvo allí. Estaba desesperada, necesitada; se arqueó hacia su contacto.

—Ellis —susurró.

—No debería estar haciendo esto —dijo él, pero al mismo tiempo acomodó el cuerpo contra el de ella y, sin pensar, Rosemary separó las piernas, invitándolo a colocarse entre sus muslos. Lo único que quería era sentirlo más cerca.

—Mierda —masculló Ellis, y con la otra mano la aferró de la cintura. Se apretó contra ella y la sensación de su dureza, justo ahí, contra ella, le envió un pulso directo al centro de su deseo. Rosemary se frotó contra él y se tragó los restos del caramelo.

Ellis inclinó la cabeza y sus labios apenas rozaron los de ella.

—Dime que pare. —Le dio un beso en una comisura, en la mejilla, en el cuello. Su barba le raspó la piel y un escalofrío delicioso le recorrió la columna.

—No —susurró ella—. No pares.

—Dime que no quieres esto y paro —dijo, deslizando una mano bajo su camiseta, acariciando su piel, sujetándole la cintura con fuerza—. Eres demasiado para mí, Rosemary. Dios, si supieras las cosas que quiero hacerte...

Rosemary no lo dejó terminar. Estaba cansada de no tomar lo que quería. Quería a Ellis, ¿para qué esperar? Giró el rostro y atrapó su boca con la suya.

Ellis gruñó contra sus labios y Rosemary se dejó llevar.

Su boca era fuego fervoroso sobre sus labios, lujurioso y suave, pero no delicado.

No hubo lentitud, ni cautela, ni vacilación en ese beso.

Su lengua, caliente y húmeda, reclamó su boca; el agarre en su cuello fue firme, innegociable. Era todo.

Volvió a acomodarse contra ella, rozándole su miembro y, aun a través de la tela de dos pantalones, Rosemary percibió su tamaño.

Ellis la besaba como un hombre hambriento, como si nunca fuera suficiente.

Su caricia la enloqueció de deseo y lo único que podía calmarla era más.

Buscó la hebilla de su cinturón, pero él le detuvo la mano.

—Pensé que querías... —dijo ella, con los labios hinchados de besos.

—Sí, sí —respondió él con voz grave—. Y sé cuánto lo necesitas tú también, ¿no, bonita?

El agarre en la nuca y en las caderas se volvió más posesivo. Rosemary sintió que el deseo le incendiaba cada centímetro de la piel.

—Muchísimo —gimió.

—Si vamos a hacer esto, vamos a necesitar reglas, límites. Para asegurarnos de no hacer nada que no quieras.

Mientras hablaba, Ellis le repartía besos por el cuello, siguiendo la línea de los tatuajes con la lengua.

—Nadie más mientras estés conmigo —dijo. No; ordenó .

Rosemary sintió a la sumisa en su interior casi gritar de felicidad. Esto era lo que anhelaba desde hacía tanto: ser de alguien.

—Nadie más —aceptó.

—Y yo decido cuándo acabas. —Ellis frotó su verga contra su centro, sabiendo exactamente lo que le hacía, consciente de que empezaban a gestarse las sensaciones de un orgasmo. Rosemary era un manojo de nervios, y estaba a punto de quebrarse. Ellis empujó con fuerza una sola vez.

—¡Mierda! —exclamó Rosemary, sintiendo el orgasmo tan, tan cerca.

Pero entonces él se apartó. Ella consideró suplicar.

—¿Te suena bien todo eso, bonita? —preguntó Ellis, con una expresión juvenil, traviesa y demasiado satisfecha.

Ella asintió, aún empapada de necesidad.

—Bien. —Ellis sonrió y acercó su boca a los labios de Rosemary una vez más.