16
E llis estaba realmente furioso. Había mandado a Rosemary a tomar un baño, y ella había sido tan dócil, tan perfecta . Y mientras ella estaba arriba, haciendo exactamente lo que le había pedido, cuidándose, él se ocupó de prepararle té con galletas.
Rosemary tiritaba tanto que hasta el labio inferior se le había puesto pálido, azulado, y el cerebro de Ellis había regresado a un estado primitivo: lo único en lo que podía pensar era en calentarla .
Pero mientras Rosemary estaba aún en la bañadera, lo llamaron al set con urgencia para una reunión improvisada con Jeremy.
Alguna otra estupidez del estudio, sin duda.
Así que tuvo que dejar la taza de té, que a esas alturas ya se habría enfriado, y se perdió verla con la piel encendida, rosada por el calor del agua.
Desde luego, no se le había cruzado por la cabeza imaginar de qué color estarían sus pezones ni qué sensación le causarían al pasarles la lengua.
La reunión no duró más que cuatro horas, pero para Ellis fue una eternidad.
En cuanto Jeremy se levantó para irse, Ellis se retiró, sin importarle que pudiera parecer poco educado.
No veía otra cosa que a Rosemary: su culo redondeado cuando se inclinó hacia la ventana, la forma en que sus labios se entreabrieron cuando él dijo su nombre.
Y la sensación increíble de tenerla debajo.
Volvió casi corriendo a la casa de huéspedes, se duchó y se cambió a toda velocidad.
Había pensado mil formas de disculparse por lo que había pasado, pero cuando por fin la encontró, sentada en la sala junto al fuego, escribiendo en su computadora, lo único que le salió decir fue:
—Si estás escribiendo, puedo volver más tarde.
—Ellis, hola —susurró ella, y algo dentro de él se encendió. No parecía molesta. La observó: sus mejillas habían recuperado ese rubor color melocotón y los labios ya no estaban azulados. Bien.
—Las galletas —soltó de golpe. Tranquilo, Ellis —. Digo... ¿Encontraste las galletas en la cocina? ¿Y el té?
—Ah... —Rosemary sonrió—. Sí, gracias.
Ellis se quedó dudando en el umbral.
—¿Estabas escribiendo? —preguntó. ¿Desde cuándo era tan torpe con la gente que le gustaba?
—Estoy trabajando en un borrador, sí. Pero creo que por hoy ya está. Sé que mañana tengo que quedarme despierta hasta el rodaje nocturno, pero mi cerebro ya está hecho puré.
—Las grabaciones de noche y los días de rodaje sin descanso te dejan así —dijo—. Es como el desfase horario. —Se sentó frente a ella. Había sacado a Fig a pasear; la perra estaba tan cansada de perseguir palomas que dormía arriba, rendida.
—¿Te ayudó el baño? —preguntó—. Para entrar en calor, digo.
—Sí —respondió ella y, cuando se miraron, el deseo reflejado en los ojos de Ellis encontró eco en la mirada de Rosemary.
—Me alegro. —Dios, lo ponía tan nervioso—. ¿Y cómo va la escritura?
—Mejor. Todavía no me animé a avisarles a mis editores que voy a entregar tarde, pero estoy escribiendo otra vez. Y no es una porquería.
Ellis soltó una risa seca.
—Me cuesta creer que algo tuyo pueda ser una porquería.
—Me estás halagando.
Ellis se inclinó hacia delante.
—Mereces escuchar lo buena que eres, Rosemary. Mereces que te elogien. —Dejó que esas palabras quedaran en el aire, para que ella entendiera exactamente a qué se refería.
— Mmm ...
Las mejillas se le tiñeron del color de un melocotón perfecto, y se acomodó las lentes sobre la nariz. De inmediato se arremangó; el calor debía estar afectándola. Podía asegurar que a él también.
—Quería preguntarte algo —dijo Ellis—. ¿Por qué todos tus tatuajes son flores que se abren por la noche?
—¿Cómo...? ¿Cómo lo supiste?
—Tengo algunas en el invernadero.
Rosemary inclinó la cabeza hacia un lado, como si lo mirara por primera vez. Luego pasó un dedo desde el interior de la muñeca y fue subiendo por el antebrazo hasta el pliegue del codo. Ellis pensó que tal vez acababa de descubrir un nuevo fetiche.
—Esta es una onagra. Y desde el codo se transforma en dos plantas: un nardo y una flor de luna.
Mis padres tienen una granja de flores en Georgia.
Las que florecen de noche eran la especialidad de mi mamá.
Algunos de mis mejores recuerdos son con ella en el invernadero, después del atardecer, mirando cómo se abrían las flores.
Los tatuajes son mi forma de seguir cerca de ella, ahora que no está.
—Lo siento, bonita.
Notó que Rosemary parpadeaba para contener las lágrimas.
—Está bien. Fue hace mucho.
Ellis pensó en Hank un segundo y, aunque sabía que perder una mascota no era lo mismo que perder a un padre, ese dolor a veces lo sorprendía en los momentos menos pensados.
—Igual puede doler —dijo—. ¿Sigues viviendo en Georgia?
Rosemary negó con la cabeza.
—Vivo en Nueva York desde hace un par de años. Pero ahora estoy... entre lugares.
—¿Tu papá?
—Mi papá sigue en Blossom Ridge. Lo voy a ver en Navidad. Pero esa es mi casa de la infancia; es decir, ya no es mi hogar.
—Te entiendo. ¿Vas a volver a Nueva York cuando termine la película?
Rosemary frunció el ceño.
—No lo sé. Todos mis amigos están aquí, en Inglaterra. No sé qué me queda allí, pero mudarme definitivamente aquí me parece un paso enorme.
Quédate , pensó Ellis, aunque no tuviera derecho ni motivo. Quédate cerca .
—Quiero mostrarte algo —dijo en cambio. No lo había planeado, pero la idea se le ocurrió en ese instante.
—¿Qué cosa?
—Es una sorpresa.
— Mmm . No me gustan las sorpresas —dijo ella, llevándose un caramelo a la boca. ¿Por qué la idea de su lengua chupando un dulce lo tenía luchando contra una erección?
—Vamos, esta te va a gustar.
Ellis tomó la mano de Rosemary, tan suave y pequeña dentro de la suya, y la levantó del sillón. No la soltó mientras la conducía fuera de la habitación, y ella tampoco parecía tener intención de soltarlo.
—Tendrás que ponerte algo para el frío —le dijo, y la envolvió en un abrigo grueso.
Salieron a la noche y caminaron casi sin hablar bajo el cielo despejado, desde la casa de huéspedes hasta Hallowvale. La casa estaba oscura y vacía a esa hora; el equipo ya había vuelto a sus alojamientos.
La llevó por la escalera angosta rumbo al campanario, donde la había atrapado en brazos aquel primer día en la mansión, pero esta vez Ellis dejó que su mirada recorriera con avidez las curvas exuberantes de Rosemary, visibles incluso bajo el abrigo grueso.
¿Debía estar haciendo esto? Ni siquiera sabía cuál era el plan.
Solo sabía que, cuando Rosemary habló de no tener un hogar, había sentido un impulso instintivo de hacerla sonreír, de hacerla sentir bien. De hacerla suya .