Amor al primer susto 15
43%

15

D espués de ese encuentro tan estresante con Juliet, Rosemary necesitaba con urgencia una taza de té.

Se estaba volviendo toda una inglesa en su afición al té.

Sin que lo llamara, se le vino a la mente un recuerdo de su madre.

Rosemary era chica y quería organizar una auténtica merienda inglesa.

Pero en Blossom Ridge hacía tanto calor y había tanta humedad que, en vez de té negro, su mamá preparó té dulce, y se sentaron en el piso de la sala, sobre la manta de pícnic más elegante que tenían, a tomar té dulce en tacitas de porcelana y a comer sándwiches cortados en triángulos.

Rosemary deseó poder hablar con su mamá sobre todo esto.

Como siempre ocurre con el duelo, la persona que más quería que la consolara era la misma cuya ausencia había causado esa tristeza.

No podía dejar que el dolor la consumiera, no en ese momento. Empujó las puertas principales de Hallowvale para escaparse un rato a la casa de huéspedes y se encontró con una cortina espesa de lluvia. Genial. Buscó en el vestíbulo algún paraguas olvidado, pero nada. Iba a tener que correr.

Salió disparada bajo la lluvia, chapoteando en los charcos, que le mojaron los tobillos.

En cuestión de segundos tenía el pelo pegado al cuello y a la cara, la ropa empapada y adherida al cuerpo.

Y hacía un frío espantoso; incluso corriendo, empezó a sentir que la sacudían fuertes escalofríos.

Al menos el frío ayudó a borrar ese rastro de pena que persistía en su corazón.

Era difícil que la tristeza aflorara cuando estabas concentrada en entrar en calor y secarte lo antes posible.

Llegó a la casa y empujó la puerta para abrirla. Estaba cerrada con llave. ¿Por qué estaba cerrada? Golpeó, aun sabiendo que no había nadie. Mierda. ¿Tal vez la puerta trasera de la cocina estaría abierta?

Mientras rodeaba la casa, secándose la lluvia de los ojos, vio una alternativa.

La ventana guillotina de la sala había quedado entreabierta.

Si lograba abrirla más, podría entrar. Un trueno partió el cielo y, si era posible, la lluvia arreció todavía más, golpeándole la piel helada. Necesitaba entrar ya.

Rosemary pensó que no era técnicamente un allanamiento si se estaba alojando allí. Y si nadie la veía, no pasaría nada.

Empujó la ventana todo lo que pudo y empezó a subirse al alféizar. Ya estaba a medio camino, con las piernas colgando afuera y los jeans empapados, cuando oyó que alguien se acercaba.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Ellis por encima del ruido de la tormenta.

—¿Qué te parece que estoy haciendo?

—¿Por qué no usaste la puerta?

—No tengo llave y está cerrada. ¿Tú la tienes?

—No —refunfuñó él—. Qué mierda.

—Exacto. —Rosemary intentó meterse del todo, pero no había nada de donde sujetarse para impulsarse. Forcejeó un momento, mortificada ante la idea de que Ellis la viera retorcerse.

—¿Me ayudas? Estoy atascada.

Giró la cabeza y vio a Ellis observándola con detenimiento.

—¿Qué quieres que haga?

—¿Puedes empujarme? ¿O sostener la ventana?

—De acuerdo. —Cuando Ellis se acercó, Rosemary notó que él estaba igual de empapado, con ropa deportiva ajustada que se le pegaba a los músculos. Ya vas a poder babear por él cuando estés seca , se regañó en silencio.

Con una mano, Ellis sostuvo la ventana abierta y, con la otra, le tomó un brazo para que pudiera impulsarse un poco más. Rosemary se aferró a su brazo para equilibrarse, pero el piso estaba demasiado lejos y, antes de poder reaccionar, estaba cayendo... y arrastrándolo con ella.

Cayó de espaldas, con un golpe que la dejó sin aire.

Ellis quedó encima de ella, de cuerpo entero.

Gotas de agua caían del pelo de Ellis sobre el rostro mojado de Rosemary, y él seguía sujetándole la muñeca.

El tiempo parecía haberse detenido. El cuerpo de Ellis parecía fundirse con su cuerpo, y cada punto de contacto enviaba descargas eléctricas que le recorrían la piel.

Los músculos de Ellis se tensaron al darse cuenta de la posición en la que se encontraban, pero no se movió. Todavía no.

Ellis desprendía una mezcla de olor a cedro, sudor y lluvia. Exhaló con fuerza, y Rosemary sintió todo el calor de su cuerpo sobre el suyo. De más de una manera.

Tenía el rostro tan cerca que Rosemary podía ver las motas azul oscuro de sus ojos, la barba incipiente, salpicada de canas, que no se había afeitado.

—Rosemary —dijo Ellis, en un murmullo grave.

A Rosemary se le entreabrieron los labios, sorprendida por ese tono tan íntimo y seductor.

Los ojos de Ellis bajaron de inmediato a su boca.

Si tan solo se acercara un poco más... Espera, ¿qué estaba pasando?

No deberían estar haciendo esto. Como si fuera una señal, su cuerpo empezó a tiritar por el frío y la humedad, aunque por dentro estuviera en llamas.

—Estás temblando —dijo él, y en un instante salió de encima de ella y la ayudó a ponerse de pie.

—Es por la lluvia —respondió ella. Le castañeteaban los dientes.

Ellis le frotó los brazos con energía para darle calor.

—Esto es lo que vas a hacer: vas a subir, llenar la bañadera, sacarte toda esta ropa mojada y te vas a quedar en el agua hasta que estés bien rosada y sientas calor en todo el cuerpo otra vez, ¿entendiste?

Ella asintió, con el pulso desbocado. Su tono serio, autoritario. Era... era todo lo que quería. La neblina del deseo sumiso invadió su ser y trató con desesperación de concentrarse en sus palabras y no en la necesidad que afloraba en su vientre.

—Y cuando termines, vas a bajar y te voy a preparar una taza de té, ¿sí, bonita? No quiero que te enfermes antes del rodaje nocturno.

Ella asintió otra vez, temblando, y Ellis le dio un leve empujón en dirección a su habitación.

Rosemary llenó la bañadera y el vapor caliente empezó a aflojarle los músculos tensos incluso antes de entrar en el agua. Apiló la ropa mojada en el piso y resopló al sumergirse en el agua.

Las palabras de Ellis se repetían una y otra vez en su cabeza.

Le había indicado cómo cuidarse, la había ayudado cuando lo necesitó.

Era todo lo que deseaba: esa vía de escape del ruido constante de su mente.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había podido soltarse de verdad con alguien?

Las personas con las que se acostaba solían esperar cierta dominancia de su parte; suponía que los tatuajes daban esa impresión.

Y siempre terminaba sintiéndose un poco incómoda después del sexo, cuando quedaba claro que ninguno de los dos estaba del todo satisfecho con su actuación.

Sintió que la invadía una oleada de deseo, un vacío profundo en el centro que ansiaba ser llenado una y otra vez.

Ser usada, elogiada, cuidada. Que alguien se ocupara de su placer y la usara para el suyo.

¿Podría Ellis ser esa persona? ¿Era posible que la deseara?

Abajo, la forma en que la había sostenido, cómo la había mirado, había sido algo.

.. Algo que no harías con una colega ni con una amiga.

La mano de Rosemary se detuvo en su clítoris y empezó a rodearlo con los dedos.

Ya estaba muy mojada, muy sensible. ¿Y si Ellis hubiera subido con ella a su habitación, hubiera entrado con ella en la bañadera?

Ella había hecho lo que él le dijo; se había metido en el agua y había dejado que su piel se pusiera rosada y tersa para él.

Él le diría cosas bonitas por eso. Le tomaría el mentón y le diría que era una buena chica.

La recompensaría con las manos y la recorrería con la lengua.

Si tenía suerte, Ellis la haría ponerse de rodillas.

Por favor, cómo ansiaba la sumisión que le producía el dolor de estar de rodillas en el suelo, con los ojos llorosos mientras subía y bajaba la lengua por la verga de Ellis.

Después él la iba a penetrar con fuerza, rápido, sin piedad.

Como a ella le gustaba. Su mente quedaría en silencio.

Él la llevaría hasta ahí, pensó Rosemary justo cuando alcanzaba el orgasmo, con la cabeza hacia atrás, gimiendo.

Gracias a eso, después se sintió un poco mejor. Menos alterada.

Y, sin dudas, más calentita. Solo que ahora tenía que bajar y enfrentarse a Ellis en la cocina, sabiendo que acababa de tener un orgasmo pensando en tener sexo con él. Pero, cuando bajó, Ellis no estaba.