Amor al primer susto 14
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C uando Lyn le respondió mal por unas galletas en la cocina —Rosemary había confundido unas galletas Hobnobs con las Digestives de chocolate— y, menos de cinco minutos después, vio a Lance discutiendo con Vincent en el jardín de rosas, supo que algo raro estaba pasando.

La situación venía empeorando de manera sostenida desde hacía un par de días: todo el elenco y el equipo estaba de mal humor e irritable, y Rosemary estaba casi segura de que era obra de las fantasmas.

No dejaba de verlas por la mansión, alternando entre el abatimiento, el llanto y las peleas a los gritos entre ellas.

Rosemary empezó a llevar lavanda seca en los bolsillos y le deslizó un poco en el abrigo a Lyn sin que se diera cuenta.

En cuanto a Ellis... Bueno, quizá le había dado una taza de té de ortiga, un remedio antiguo para ahuyentar espíritus indeseados.

Por suerte, el pequeño perro fantasma de Ellis parecía funcionar como su propio amuleto protector, y Ellis parecía inmune al mal humor.

O, al menos, eso pensaba Rosemary que pasaba, porque en realidad no habían vuelto a hablar formalmente desde la noche del pub, dos días atrás.

Nunca aparecía el momento adecuado; y la verdad era que tampoco sabía qué decir, de todos modos.

¿No lo sabes? , había dicho él, como si eso aclarara algo.

Y enterarse de que no estaba saliendo con Jenna.

.. Bueno, le producía alegría y furia en partes iguales.

¿Qué carajo estaba haciendo su agente, obligándolo a hacer eso?

Y, más importante todavía, ¿qué tenía ese agente sobre Ellis para que aceptara el plan en primer lugar?

Rosemary se sopló los dedos enrojecidos por el frío y se envolvió un poco más en la bufanda y el abrigo enorme que llevaba, aunque no sirviera de mucho.

Su cuerpo estaba hecho para el sol de primavera y los veranos húmedos, no para este frío inglés que calaba hasta los huesos.

Incluso con calefactores portátiles y todas las puertas cerradas, en el interior de Hallowvale hacía un frío horroroso.

No le habría sorprendido encontrar el agua congelada al intentar abrir un grifo.

Esa mañana filmaban una escena clave: el personaje de Lance, el viejo Parlow, por fin vería a los fantasmas que habitaban su casa, de pie ante él en la escalera circular de la entrada de la mansión.

Un elenco de unas treinta figuras fantasmales ocupaba los escalones, tiritando dentro de vestuarios raídos.

Mientras a Lance le daban los últimos retoques de maquillaje, repasaba algo con Vincent, al pie de la escalera. Mientras esperaba a que armaran el plano, Rosemary sacó el teléfono.

«Dina, ¿sabés si los fantasmas pueden afectar el ánimo de un lugar?».

Su amiga abrió el mensaje al instante: «¿Como zonas frías?».

«Toda la casa es una zona fría. Los fantasmas son dos mujeres que están peleadas entre ellas, y creo que eso está contagiando al equipo», comentó Rosemary.

«Mierda», respondió Dina. «¿Probaste con lavanda?».

«Ya usé todo lo que tenía».

«Mmm. Y supongo que no puedes poner sal en todos los umbrales...».

«No sin que me miren raro. Además, esta es su casa, no quiero echarlas».

Los tres puntitos de la respuesta de Dina quedaron flotando.

«Creo que tienes que hablar con ellas. Mediar».

«No soy buena para esas cosas, necesitamos a Immy para eso».

«¿Me invocaron?», respondió Immy al instante.

«¿Tienes ganas de venir al campo a ayudarme a mediar en una pelea entre fantasmas?», escribió Rosemary. Agregó el emoji de las manitos en oración para reforzar.

«OJALÁ. Pero hoy los gemelos están con los padres de Eric y vamos a tener una cita. Y con “cita” quiero decir que nos vamos a quedar en la cama toda la noche y usar el Fluffinator 3000 que acabamos de comprar».

«¿Quiero saber qué es eso?», preguntó Rosemary.

«Igual nos lo va a contar», respondió Dina.

«Es el vibrador para parejas más potente del mercado».

«Bueno, me alegro mucho por ustedes», dijo Rosemary.

«¡Suerte con tus fantasmas! Si dudas, haz lo que yo haría», escribió Immy.

«¿Qué sería eso?».

«Emparejarlos».

Rosemary estaba a punto de responder que no le parecía una buena idea cuando Cecilia y Juliet irrumpieron por una de las puertas del rellano del entrepiso. Resultaba casi gracioso, aunque de una forma un poco morbosa, verlas zigzaguear entre los actores que interpretaban a los fantasmas.

Pero esta era, por lejos, la peor pelea a gritos que habían tenido hasta ahora. Rosemary vio cómo los actores se apartaban, aun sin saber exactamente de qué huían. Los vivos tenían el suficiente sexto sentido como para saber qué cosas no les convenían.

—¡Me mentiste! ¡Después de todo este tiempo! —le gritó Juliet a Cecilia, que parecía haber recibido una bofetada.

Como si algo así fuera posible, la sala se oscureció: la luz invernal que salpicaba las baldosas se escondió tras una nube.

Rosemary pudo ver su propio aliento y sintió un hormigueo en la nuca.

Como si toda la ira y la frustración de las fantasmas se hubieran filtrado en el mundo de los vivos.

Una sensación punzante y amarga le atravesó el pecho, y tuvo la impresión de que estaban al borde de algo.

Lo sintió antes de oírlo. Un chasquido leve.

Un sonido suave como el de una tela al rasgarse.

—¡Vincent, Lance, salgan de ahí! —gritó Rosemary.

Todo ocurrió demasiado rápido. Vincent lo vio primero y empujó a Lance hacia atrás, contra la escalera, mientras él mismo se apartaba de un salto. La gran araña, la corona del vestíbulo de entrada de Hallowvale, se hizo añicos contra las baldosas, no muy lejos de los pies de Rosemary.

Los cristales y la cerámica estallaron, y Rosemary giró sobre sí misma, alzando un brazo para protegerse el rostro. En los segundos siguientes, nadie dijo nada. Lo único que Rosemary podía oír era la sangre martillándole los oídos y el tintinear de los cristales rotos al asentarse en el suelo.

—¿Están todos bien? —gritó Vincent, recuperando la compostura antes que nadie.

Rosemary escuchó algunas maldiciones murmuradas, pero por suerte nadie parecía necesitar atención médica.

—Casa embrujada por donde la mires —oyó decir a alguien del equipo cuando se acercó a Lance, que seguía sentado en la escalera, donde Vincent lo había empujado para sacarlo del peligro.

—¿Estás bien?

—Mejor que nunca —dijo, con una sonrisa enorme, aunque dejó que Rosemary lo ayudara a ponerse de pie.

—Gracias por salvarme la vida, tesoro.

—No seas dramático —respondió Rosemary entre risas.

—Soy actor. Es exactamente lo que hago.

***

Una vez que retiraron los restos de la araña y Rosemary se aseguró de que nadie estuviera herido, salió del salón en busca de Juliet o Cecilia.

Esto tenía que parar. Sus peleas no solo arruinaban el ambiente: se estaban transformando en un fenómeno poltergeist y ponían en peligro a todos los que trabajaban en Hallowvale.

Rosemary era la única persona que podía hacer algo al respecto.

Deambuló por las salas de Hallowvale guiándose por el instinto.

Cuanto más se acercaba, más frío se volvía el ambiente, como si estuviera jugando al juego de frío y caliente, pero al revés.

Finalmente, encontró a Juliet en un pequeño salón de día ubicado en el ala oeste.

Al principio, la fantasma no advirtió su presencia, y Rosemary se tomó un momento para observar la habitación.

Había dos sillones profundos junto a la chimenea, un pianoforte antiguo y estanterías que cubrían una pared entera.

En las paredes colgaban acuarelas enmarcadas del caserón, pero una en particular captó la atención de Rosemary.

Era, sin duda, Juliet, sentada en esa misma habitación con empapelado azul damasco, leyendo un libro.

El pintor la había retratado con una expresión suave y pensativa, tan distinta de la angustia que mostraba ahora.

En la esquina inferior derecha de la acuarela había una sola letra, una «C» escrita a lápiz.

—¿La privacidad es un concepto extraño para ti? —le preguntó Juliet, soltando un bufido, tras reparar al fin en la presencia de Rosemary.

—¿Hablas en serio? Eres tú la que está armando un escándalo tremendo y alterando a todo el mundo. ¿Te das cuenta de que podrías haber matado a alguien con tu numerito de poltergeist ? ¿Te importa siquiera?

— Mmm ... Eres muy atrevida.

Rosemary sintió que, aunque Juliet estaba sentada y ella de pie, la miraba con desprecio.

—Sí, bueno, bienvenida al siglo veintiuno.

Rosemary se quedó callada un momento. Tienes que mediar .

Las palabras de Dina regresaron a su mente.

Se sentó junto a Juliet y observó cómo la luz la volvía casi translúcida desde ciertos ángulos; el delicado colgante con una cruz de ámbar que llevaba brillaba suavemente.

Si quería ganarse su confianza, tenía que mostrarse más conciliadora.

—El otro día no pareciste sorprendida de que pudiera verte.

Juliet se encogió de hombros.

—Tuve una doncella que también podía hacer contacto con los espíritus.

—¿Podrías contarme qué pasa entre Cecilia y tú?

—Arruinó nuestra amistad, y ya nada volverá a ser igual.

—¿Cómo la arruinó? —preguntó Rosemary.

Juliet permaneció inmóvil durante un rato largo. Rosemary empezó a preguntarse si había decidido ignorarla, como a una estadounidense impertinente más, pero entonces habló.

—Aceptó una propuesta de matrimonio.

—¿Y eso es algo malo?

—Sí —dijo Juliet entre dientes—. Siempre dijimos que no nos casaríamos hasta el último momento, cuando ya fuéramos casi solteronas.

—¿Eso a qué edad sería? ¿A los veinticinco, más o menos?

—No seas ridícula. Veintidós.

—Ah, claro. —Rosemary intentó ocultar una sonrisa—. Entonces, solteronas.

—Buscaríamos dos vejestorios y nos casaríamos con ellos, y cuando murieran podríamos viajar por Europa. Ceci... Cecilia, quiero decir, quería ser artista.

Rosemary reparó en otra acuarela colgada en la pared. También era de Juliet. Estaba sentada al pianoforte, con el cabello peinado en rizos rubios, mirando directo a Rosemary. O, mejor dicho, al pintor. ¿Habría sido Cecilia quien hizo esas pinturas?

—¿Y tú? —preguntó Rosemary.

—Yo habría recorrido el mundo con mi amiga más querida. Pero tuvo que ir a comprometerse con un lord. Uno joven.

—Seguro tendría sus motivos, Juliet.

—No presumas que sabes nada sobre nosotras —replicó Juliet con aspereza—.

Lo prometimos. O nos casaríamos viejas, o entraríamos juntas en un convento remoto y viviríamos allí como viejas cascarrabias.

Ni siquiera habría descubierto su traición si no hubiera encontrado la carta escondida entre unos papeles la semana pasada.

—¿La carta?

—Del hermano de Cecilia, dirigida a lord Davenport, su prometido, detallando la dote. Y me la ocultó todo este tiempo.

Rosemary comprendió que Juliet solo estaba desquitándose, y sospechó por qué.

Todas las pinturas de esa habitación eran de Juliet, o de Juliet y Cecilia juntas, y todas estaban firmadas con una «C».

Cada una era como un mensaje cargado de sentido.

En cada pincelada había una ternura que hablaba de algo más que amistad.

Tenían que ser obra de Cecilia, si su teoría era correcta.

—Me gustaría hacerte una sugerencia —dijo.

—Bueno, no creo poder impedírtelo —refunfuñó Juliet, aunque se giró para mirarla.

—¿Es posible que tú y Cecilia no fueran solo amigas?

—¿Cómo dices? Era mi amiga más querida en el mundo, en vida y... después de ese horrible accidente en el carruaje.

—No, me refiero a si crees que es posible que lo que sentían la una por la otra fuera más que amistad. Y quizá por eso te dolió tanto que Cecilia aceptara una propuesta antes de que murieras.

Juliet apretó el collar de la cruz con el puño y se puso de pie de golpe.

—¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a insinuar algo así?

Rosemary sintió que un frío helado le recorría las venas.

—Vete —dijo Juliet con voz firme.

—Está bien, Juliet —dijo Rosemary en voz baja—. Me voy. Pero aléjate del equipo, por favor. No quiero que nadie más salga lastimado. Y piensa en lo que te dije. Estoy aquí si quieres hablar.