Amor al primer susto 13 #3
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13 #3

—Ya veo. No hay esperanza para ti, eres una romántica empedernida.

Y aunque yo también me considero un romántico, en este caso sigo creyendo que Northanger es la mejor novela, porque ninguno de ustedes logró convencerme de lo contrario.

—Respiró hondo y giró en su silla para responder una pregunta de Arthur, que ahora estaba enfrascado en una conversación con Vincent.

Rosemary levantó la vista hacia Ellis, que la observaba desde el otro lado de la mesa.

—¿Así que Sensatez y sentimientos ? —preguntó.

—El mejor libro.

—Discutible. Convénceme.

—Es difícil de explicar. La primera vez que lo leí, pensé que Marianne y Willoughby tenían un romance arrollador y nunca entendí a Elinor y Edward.

Luego, cuando lo volví a leer ya pasados los veinte años, lo entendí.

Tener a alguien así, una persona que puede ser tu mejor amigo, tu confidente y tu amante.

.. Esa es la relación ideal. Mucha gente que conozco, sobre todo hombres heterosexuales, trata a sus esposas o novias como una categoría aparte en sus vidas.

No son sus amigas. Yo quiero estar con alguien con quien, incluso si no hubiera nada romántico entre nosotros, de todos modos me encantaría pasar mi tiempo. ¿Tiene sentido?

Rosemary dio un sorbo a su bebida para disimular el leve temblor de sus manos. Nada grave: solo el hombre más atractivo que había visto en su vida hablándole de su relación ideal, basada en Jane Austen. Totalmente tranquila con eso, claro.

—Creo que te entiendo. Tal vez deba releerlo.

—Quizá yo también debería releer Persuasión , para ver por qué tanto alboroto.

—Jamás te habría imaginado como lector de novelas románticas —dijo Rosemary.

—Vas a descubrir que estoy lleno de sorpresas.

El deseo la encendió por dentro, y se terminó su copa de un solo trago.

—Creo que necesito otra.

—Yo te la traigo.

—No, está bien —dijo ella, haciendo un gesto con la mano, y se abrió paso hacia la barra.

Necesitaba un minuto para ordenar sus pensamientos, porque, por supuesto, no le alcanzaba con ser un hombre tremendamente atractivo: también le gustaba Jane Austen.

A Dina e Immy les iba a dar un ataque cuando les contara.

Esperó en la barra mientras el camarero atendía a otro cliente.

Miró las sidras locales de barril, pero enseguida optó por su bebida antiestrés preferida: ron con cola.

Normalmente habría pedido un trago a base de ron y cerveza de jengibre, pero ya había aprendido por las malas, y entre las burlas de Dina e Immy, que no se pedían cócteles en esos pubs ingleses pequeños.

—Una chica tan hermosa no debería pagarse sus propios tragos. —Un hombre apareció a su lado, apoyado en la barra—. Perdón, en cuanto lo dije me di cuenta de lo cliché que sonó. Empiezo de nuevo. Hola, soy Josh.

—Hola, Josh. Tu segunda impresión es mejor que la primera.

Josh sonrió con picardía y se pasó la mano por el pelo, de color rubio ceniza.

—Apuesto a que les dices lo mismo a todos.

—Solo a los que me van a invitar el próximo trago.

¿Quién era esta mujer y qué había hecho con la Rosemary insegura de siempre? Nunca le había resultado tan fácil coquetear, y Josh era... agradable a la vista. La mandíbula marcada, unos ojos cafés muy bonitos y una sonrisa traviesa. ¿Qué no podía gustarle de eso?

Tal vez era más fácil coquetear cuando estaba claro que la otra persona también lo hacía. Las cartas estaban sobre la mesa y, a decir verdad, necesitaba sexo. Quizá esto sirviera. Cualquier cosa con tal de borrar a Ellis de su mente.

Por cierto, casi podía sentir su mirada clavada en ella desde el otro lado del pub, evaluando cómo estaba a punto de hacer el ridículo con un local. Rosemary giró el cuerpo para darle la espalda a la mesa —y a Ellis— y quedar frente a Josh.

—¿A qué te dedicas, Josh?

—Directo al grano —dijo él, tomando un sorbo de cerveza—. Me gusta. Soy profesor de matemáticas en la primaria del pueblo. O, como dirían ustedes los estadounidenses, «matemática», en singular.

Rosemary comprendió que estaba tratando de hacer una broma y soltó una risita.

Josh pareció complacido.

—¿Y tú a qué te dedicas...?

—Rosemary.

—¿A qué te dedicas, Rosemary?

—Escribo libros de terror.

—Guau, qué increíble. Creo que eres la mujer de mis sueños.

—Estás exagerando un poco, Josh. —Le dio un empujoncito con el brazo. Era simpático. Todo parecía fácil. Entonces, ¿por qué no sentía nada cuando él le rozaba la mano con el brazo?

—Rosemary, aquí estás. —Ellis apareció a su lado, con cara de pocos amigos.

—¿Qué pasa? —dijo ella con brusquedad, con los ojos muy grandes; una señal universal que indicaba claramente que estaba ocupada.

Ellis decidió ignorarla.

—Te necesitan en la mesa. Lance quiere seguir hablando de libros contigo.

—Bueno, si es así, tendrá que esperar un poco —dijo entre dientes.

—Oye, ¿te conozco de algún lado? —preguntó Josh, inclinándose hacia Ellis.

—No creo —respondió Ellis, y se cruzó de brazos.

Josh asintió, miró a uno y a otro con lentitud y levantó las manos en señal de rendición.

—Mensaje recibido. —Se inclinó hacia Rosemary—. Si tu perro guardián en algún momento te deja en paz, búscame en aquella mesa. Creo que podríamos pasarla bien.

Josh se alejó.

Rosemary se volvió hacia Ellis.

—¿Qué carajo fue eso?

—¿Qué cosa?

— Lo sabes perfectamente . Ese tipo era atractivo, estaba coqueteando conmigo y podría haber tenido una noche divertida antes de que aparecieras.

—¿Atractivo? Vamos, Rosemary, puedes aspirar a algo mejor.

—Claramente bebiste demasiado, Ellis. No ves con claridad.

Él la encerró contra la barra, y Rosemary sintió su aliento caliente rozándole el rostro.

—Veo perfectamente bien, bonita.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué ves? —preguntó ella, cruzándose de brazos.

—Que te mereces algo mejor.

—Bueno, si ves a esa persona mejor , por favor, mándala a mi mesa. Ahora voy a pedir mi trago —respondió, evitando mirarlo a los ojos.

—Cuidado con los camareros de aquí. Hacen los tragos muy fuertes.

—De adolescente bebía whisky en los campos de maíz.

Voy a estar bien, Ellis. Y... —Se giró para mirarlo de frente y se le cortó la respiración al darse cuenta de lo cerca que estaba—.

No necesito que vengas a rescatarme como si fuera una damisela en apuros, porque lo único que soy es una mujer que necesita que la.

.. —Se frenó, consciente de lo que estaba a punto de admitir. A la mierda—. Que necesita un polvo.

¿Era su imaginación o los ojos se le habían oscurecido? ¿Su mirada se tornó ávida y bajó hasta sus labios?

—¿Qué acabas de decir? —gruñó Ellis, casi furioso.

—Dije que necesito un polvo, Ellis.

—No. Ibas a decir otra cosa. ¿Qué era? Dímelo, Rosemary.

La orden la recorrió de la cabeza a los pies, y sintió un nudo en el centro del cuerpo. Abrió la boca para decírselo, pero...

Está con Jenna Dunn. Ese pensamiento apagó de golpe su deseo de responder.

Se obligó a darle la espalda e ignorarlo.

Pidió su cóctel. Cuando se dio la vuelta, Ellis ya había regresado a la mesa y estaba dándole un trago largo a su vaso.

Bien. Que se mantuviera lejos. Pensó en buscar a Josh y retomar la charla, pero la idea ya no le resultaba tan atractiva.

Además, adentro hacía calor. Necesitaba aire. Pagó y salió al exterior.

***

Se apoyó en la barandilla de la pérgola y se dedicó a observar a los que pasaban, mientras su mente se aclaraba poco a poco.

Miró a través de las ventanas curvas del Thimble sintió el pulso acelerado justo en el lugar donde él la estaba tocando.

—Eh... ¿En qué contexto?

—Sabes a qué contexto me refiero —dijo él, mirándola con ojos hambrientos.

Rosemary apretó los muslos, aunque no sirvió de nada. Estaba perdida.

—Me gusta el juego de poder. Ser sumisa.

Ellis soltó el aire. Ella vio cómo sus manos se aferraban a la barandilla. Cuando levantó los ojos hacia su rostro, se encontró con unas pupilas dilatadas que parecían devorarla.

—No es tan raro, en serio —balbuceó ella—. Es bastante común que a la gente le guste ese tipo de cosas. Las dinámicas de poder. Y no significa que tenga una personalidad sumisa. Simplemente me gusta lo que me gusta, ¿sí? Y...

—Basta, bonita. No necesitas justificarte conmigo. Lo entiendo. Más de lo que te imaginas.

Allí, bajo la lluvia fría de octubre, las palabras no dichas de repente se hicieron demasiado grandes.

Rosemary lo deseaba. En ese espacio silencioso de la pérgola, lo insignificante cobró peso: la respiración de Ellis en su rostro, la pequeña cicatriz plateada sobre su ceja, las gotas de lluvia que formaban un halo en su pelo.

Él movió la mano para enmarcarle la mandíbula y deslizó el pulgar sobre sus labios.

Casi la desarmó por completo. Rosemary se inclinó un poco más hacia él.

—¿Por qué me has contado todo esto? —preguntó ella, con la voz temblorosa.

—¿No lo sabes?

Los ojos de Rosemary se ensancharon.

—Eh...

Un estruendo sonó desde la entrada del pub: la puerta se abrió de golpe, balanceándose en sus bisagras, mientras Lance, totalmente ebrio, brazo con brazo con Arthur y Vincent, salía tropezando y cantando una canción francesa plagada de obscenidades.

Se desplomaron en la calle, soltando improperios contra el pavimento por atreverse a hacerlos caer.

El instante secreto entre Ellis y Rosemary se esfumó, aunque a ella le hubiera encantado que durara un poco más.

—Será mejor que les consigamos un taxi —dijo Ellis.