Amor al primer susto 13
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L a camisa blanca y amplia de Ellis había sido enviada al mundo con el único propósito de torturarla.

Rosemary había ido a observar una escena en la que el personaje de Ellis estaba solo en sus aposentos por primera vez, y él acababa de arrojar la corbata al suelo, furioso por el desprecio de su tío.

¿Quién hubiera pensado que ver a un hombre con vestuario de época quitándose algo tan insignificante como una corbata podía ser tan excitante?

Era el tercer día de rodaje, y un amanecer ventoso había dado paso a una mañana luminosa; el césped frente a la mansión estaba ahora surcado de hilos de rocío.

El equipo había colocado un material opaco en las ventanas de una de las salas de la planta baja para que pareciera un dormitorio victoriano por la noche.

—¿Por qué no filman esto directamente por la noche? —le preguntó Rosemary a Lyn, cuando se encontraron en el camino de regreso al set .

—Están reservando los rodajes nocturnos para los planos exteriores y para la escena final de la explosión, porque eso lleva más planificación —respondió Lyn, y se detuvo para darle a Rosemary un caramelo de limón que sacó de una bolsa.

Rosemary no recordaba cuándo le había dicho que tenía debilidad por los clásicos caramelos duros británicos, pero su asistente lo sabía todo sobre ella—.

¿Cómo estuvo tu cita para tomar el té con Ellis Finch? —agregó Lyn, alzando una ceja.

—¿De qué hablas? Eso no fue... Él no... —balbuceó Rosemary.

—Tranquila, Rosemary. Estoy bromeando. Solo me preguntó cómo te gustaba el té.

—Él está con Jenna.

—¡Ah! ¿Sí? Qué raro que hayas sentido la necesidad de aclarármelo si no era una cita.

No había engañado a Lyn.

—Yo nunca haría algo así... No soy ese tipo de persona —dijo Rosemary con voz firme.

Lyn sonrió.

—Lo sé. Se nota. Y por si te sirve de algo, no creo que tengas de qué preocuparte con respecto a Jenna.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Rosemary frunciendo el ceño, pero Lyn simplemente le guiñó un ojo y se fue.

—Muy bien, gente, vamos armando. ¿Silencio en el set , por favor? —gritó el primer asistente de dirección. El segundo y el tercero repitieron la orden hacia el resto del equipo, como un eco, hasta que solo se oyeron murmullos que decían «Silencio en el set » y finalmente se hizo un silencio total.

—Acción —dijo Vincent, y Ellis cobró vida como Alfred Parlow.

Rosemary se había equivocado al pensar que Ellis no podía interpretar a su protagonista. Su postura, sus gestos... Todo en él se había vuelto ajeno. Una pequeña parte de ella se preguntó en qué momento los gestos reales de Ellis se le habían vuelto tan familiares.

Después de tirar la corbata al suelo, Ellis/Alfred se sirvió un brandi (una mezcla de jugo de manzana y té helado) y se lo tomó de un solo trago.

Luego empezó a hurgar entre unos papeles.

Esta era una de las escenas favoritas de Rosemary porque, por el rabillo del ojo del espectador, moviéndose con tanta lentitud que al principio casi no se notaba, aparecía el fantasma de una anciana.

Flotaba, borrosa en el fondo, observando a Alfred mientras leía los documentos de su tío.

El fantasma, interpretado por Marissa, envuelta en ropa gris con encajes y con un maquillaje francamente perturbador, se iba acercando poco a poco a Ellis.

En ese momento, mientras Rosemary miraba por encima del hombro de Vincent hacia una de las pantallas, solo se veía el brazo de Marissa, suspendido justo detrás de la cortina.

Era profundamente inquietante, tal como ella había esperado.

—¡Corte! —gritó Vincent—. Bien, traigan la bañadera y pónganla junto al fuego, y luego giramos para enfocar hacia allá.

¿La bañadera? Rosemary sacó el guion y volvió a leer la escena.

No había ninguna bañadera. Soltó un suspiro al darse cuenta de que habían cambiado algo más sin avisarle.

Quería hablar con Vincent, pero estaba enfrascado en una conversación con uno de los escenógrafos y el primer asistente de dirección, así que se conformó con ir a ver a Jeremy, que escribía en su teléfono en un rincón.

—Jeremy, ¿por qué hay una bañadera en esta escena?

—¿Eh? Ah, hola, Rosemary —dijo, sin apartar casi la vista del teléfono—. No te preocupes, es solo algo para los admiradores.

—Perdón, pero ¿qué admiradores?

—Ellis tiene una cláusula en todos sus contratos que exige un mínimo de una escena con el torso desnudo. Así que pusimos una.

—Alguien tendría que habérmelo dicho.

—Claro, perdón. —En su tono no había el menor rastro de disculpa.

Rosemary se dio la vuelta y vio a los escenógrafos dando los últimos retoques a la ancha bañadera de cobre y estaño junto al fuego.

En cuestión de minutos habían transformado el rincón izquierdo de la habitación para que pareciera una pequeña sala de baño, y si no hubiera estado tan molesta por la incorporación de la escena sin camisa, se habría quedado boquiabierta.

—Solo se queda el personal necesario. El resto, afuera —gritó el primer asistente de dirección, y la sala empezó a vaciarse. A ella nadie le dijo que debía irse, pero Lyn había salido antes del último plano, así que no pudo preguntarle si ella contaba como personal necesario.

Rosemary retrocedió hacia la penumbra de la habitación y apoyó la espalda contra una estantería.

Pasaron unos segundos antes de que cayera en la cuenta de que no estaba sola.

A su lado, observando la escena con un interés más bien tibio, estaba la fantasma morena de la Regencia.

La misma que Rosemary había visto llorar en el salón la otra noche.

Ahora podía mirarla mejor, sin que ella notara que la estaba observando.

Su rostro le recordó a un petirrojo: angelical, pero con rasgos afilados.

La fantasma parecía mostrar especial interés en Marissa, y Rosemary se preguntó si creía que ese era su aspecto real. El folclore decía que los vampiros no podían verse en los espejos, pero Rosemary se preguntó si a los fantasmas les pasaba lo mismo.

En ese momento, la otra fantasma se deslizó a través de una pared.

—¡Aquí estás, Juliet! Quería hablar contigo.

Juliet, la fantasma morena, se volvió hacia ella.

—Ya terminamos de hablar. No confío en nada de lo que sale de tu boca.

—Querida, por favor...

La otra negó con la cabeza con vehemencia.

—No me llames así. Te dije que no volvieras a este lado de la mansión. Cecilia, por favor, vete.

—¿Por qué no me dejas explicarte, Juliet?

—Su voz salió como un quejido, y Rosemary sintió cómo la frustración y la tristeza de las fantasmas se le metían bajo la piel.

Al otro lado de la habitación, dos asistentes de dirección empezaron a discutir, y Vincent les soltó una reprimenda. No era algo propio de él.

Las fantasmas siguieron discutiendo y, cuando Juliet dio un pisotón, un jarrón que estaba sobre la repisa de la chimenea se cayó y se hizo añicos. Un par de miembros del equipo dieron un salto hacia atrás y se miraron con recelo, tratando de averiguar quién había dañado el decorado.

—¡No tienes nada más que decir! —gritó Juliet, y Rosemary, rompiendo la regla que se había impuesto de no interactuar nunca con fantasmas en un lugar público, la hizo callar.

Dos pares de ojos espectrales se clavaron en ella desde las sombras de la habitación.

—¿Acabas de hacerme callar? —dijo Juliet.

—Sí.

—Puedes vernos.

—Sí —susurró Rosemary, entre dientes—. Y oírlas. Ahora vayan a discutir a otro lado, están causando un desastre aquí.

Las dos miraron a su alrededor y vieron al equipo limpiando los restos del jarrón roto y a los dos asistentes pidiéndose disculpas.

—Yo me voy —dijo Cecilia—. De todos modos, ella no me quiere aquí. —Se secó una lágrima fantasmal y desapareció a través de la ventana.

Juliet le dedicó a Rosemary una mirada incisiva, cargada de complicidad, y luego se desvaneció atravesando la pared por la que había entrado.

Rosemary suspiró, consciente de que acababa de complicar su estancia en Hallowvale de forma considerable.

A todo lo que pasaba entre ella y Ellis, y a su rol como productora, ahora se sumaba haberse involucrado en el embrollo de esas fantasmas. ¿Qué podía salir mal?

Al menos, ahora que se habían ido, tenía una vista despejada de Ellis junto al fuego.

Se preguntó por qué incluía escenas sin camisa en sus contratos. No parecía algo que él haría, pero, pensándolo bien, ¿cuánto se podía conocer a alguien a quien había visto por primera vez hacía unos días?

—Acción —dijo Vincent, y Rosemary observó, hipnotizada, cómo Ellis se desabrochaba el chaleco, lo doblaba sobre una silla junto al fuego y se quedaba con esa camisa blanca de lino, amplia y liviana, el vello oscuro del pecho al descubierto.

Una imagen que le quedaría grabada en la mente para siempre.

Luego Ellis se quitó la camisa, y Rosemary sintió que una oleada de calor le atravesaba el centro del cuerpo.

Iluminado por el resplandor del fuego, Ellis era todo músculos densos y compactos.

Mechones oscuros sobre los antebrazos marcados, el rastro de vello que le bajaba por el abdomen hasta la V de las caderas.

En la mente de Rosemary brotó una imagen de ella de rodillas frente a él, pasando los dedos por esa V perfecta mientras se metía su verga hasta el fondo de la garganta, dejándose usar.

Ser sumisa para él la haría sentir poderosa, por contradictorio que sonara en su cabeza.

Enseguida intentó frenar esa fantasía, pero se le fue de las manos, y su mente se llenó de escenas de Ellis ordenándole que lo montara hasta que las piernas le fallaran.

Con solo pensarlo, se le erizaron los pezones bajo la camiseta.

Un calor la empapó por dentro y la dejó palpitando.