Amor al primer susto 12 #2
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12 #2

—A veces. Me resulta difícil relajarme. —Ellis sintió como si una descarga eléctrica le recorriera las venas y una parte dormida de su cerebro empezó a reclamar atención.

Podrías darle eso. Podrías ayudarla a relajarse, quitarle el estrés.

Los músculos se le tensaron. Estaba hasta el cuello.

En ese momento, lo único que deseaba era aliviarle todo ese estrés y todas sus preocupaciones.

Y si podía hacerlo con la lengua, mejor todavía. ¿Cómo carajo iba a manejar esto?

—Qué bueno que tengas el té para eso —dijo—. Y la observación de aves.

—Exacto. Y ¿sabes qué? Después de lo que hablamos esta mañana, hice lo que dijiste.

—¿En serio?

—Sí. —Sonrió—. Me senté en mi escritorio antes de venir al set y me dije que solo iba a aparecer. Sin contar las palabras, sin planes. Y terminé escribiendo quinientas palabras.

Ellis le devolvió la sonrisa, fascinado por la alegría genuina que iluminaba el rostro de Rosemary.

—Es increíble. Me alegra mucho que haya funcionado. —Quiso decirle otras cosas, cosas que probablemente no eran apropiadas en un lugar de trabajo. La camisa de lana empezó a resultarle sofocante.

Se levantó de golpe y tomó las tazas vacías. Pronto tendría que volver al set .

—Las llevo a lavar —dijo, a modo de despedida torpe, y se encaminó hacia la tienda de comidas.

—Puedo lavarlas yo —dijo Rosemary. Cuando Ellis se giró, se dio cuenta de que Rosemary estaba casi pegada a él, tan cerca que podía ver los tatuajes que le bajaban por la clavícula y se perdían bajo la camiseta.

—Yo me encargo —insistió Ellis, arremangándose.

—Te vas a mojar el vestuario.

—Estuve bajo la lluvia toda la mañana, bonita. No pasa nada.

—¿Por qué me llamas así?

—¿Así cómo? ¿«Bonita»?

—Sí.

—Eh... Supongo que me pareces bonita. ¿Por qué lo preguntas?

Cuando Rosemary estiró la mano para tomar la esponja, rozó sin querer con la cadera la pierna de Ellis, y su cuerpo reaccionó como si lo prendieran fuego.

—Me sirve para investigar. Si ambientara otro libro en el Reino Unido, debería saber cómo llama un hombre a una mujer.

—Claro —dijo él, aferrando la taza enjabonada.

Ellis estuvo a punto de hacer una locura, como agarrarla de un brazo y atraerla hacia él. Quería sentir cómo esos labios suaves y carnosos se abrían para él, hundir los dedos en la seda de su pelo. Quería saber si podía hacerla suspirar de nuevo, arrancarle un gemido.

Pero se contuvo. Rosemary pensaría que le estaba siendo infiel a Jenna, y estaba seguro de que no querría ser una rompehogares, y menos aún meterse con un infiel.

Aquello era una tortura. Estuvo tentado de mandar todo a la mierda con Jenna, mandar al carajo a Brody y sus planes.

Pero sabía que no podía. Sabía lo que Brody tenía contra él, y también sabía que ese desgraciado no dudaría en filtrarlo todo a la prensa si Ellis se salía un milímetro del carril.

Entonces, su carrera se acabaría. Y todo por lo que había trabajado se esfumaría en un instante.

***

Hicieron una pausa para almorzar, y Ellis prácticamente salió corriendo hacia su habitación en la casa de huéspedes.

No debía estar haciendo eso, sabía que no, pero cada vez que se cruzaba con la mirada de Rosemary en el set o veía cómo esos jeans demasiado ajustados le marcaban el cuerpo, la curva de ese trasero que se moría por aferrar.

.. Bueno. Necesitaba algo que le bajara un cambio.

Gimiendo en voz baja, se bajó el pantalón deportivo y empezó a masturbarse.

Se permitió sumergirse en esa ensoñación conocida, esa en la que podía satisfacer todos y cada uno de sus deseos. Apretó su verga con más fuerza de lo habitual, deleitándose en su propia crudeza. Cualquier cosa con tal de aflojar la tensión.

Su pareja, una persona sumisa, confiaba lo suficiente como para entregarse; lo deseaba tanto como él, y eso era lo mejor de todo.

Donde la otra persona cedía, él tomaba el control.

En esa fantasía, la figura estaba de rodillas frente a él, y Ellis le apartaba el pelo y deslizaba la mano por la línea suave de su cuello.

Solo que, al cerrar los ojos, esa figura empezó a transformarse.

El pelo se volvió rojo; el cuello y las clavículas estaban cubiertos de patrones oscuros de tinta.

Tal vez había sido ver sus pezones marcados bajo la camiseta la otra noche, o el suspiro que se le escapó cuando le quitó las hojas del pelo, o cómo había sentido su piel al tocar su espalda en la escalera, las mejillas encendidas de un rosado melocotón.

La fachada que Ellis se había construido se resquebrajó, y fue demasiado tarde para dar marcha atrás.

Se rindió y se permitió imaginar a Rosemary.

Era todo poder, sumisión y calor. En su fantasía, Rosemary lo tomaba de una forma increíblemente perfecta.

Le abría esa boca preciosa y se tragaba su verga hasta la base, mientras él la penetraba hasta el fondo de la garganta.

Todo el tiempo lo miraba y hacía exactamente lo que él le decía, y lo hacía de maravilla.

Su chica buena. Después, Ellis se daba un festín con su clítoris: la tomaba con los dedos hasta hacerla acabar.

Le recorría con la lengua los tatuajes, le pasaba la boca por la raya caliente del culo.

Cada centímetro de Rosemary sería delicioso, y suyo.

Y cuando la tuvo gritando, le enredó ese pelo rojo y sedoso en un puño y se hundió de lleno en su sexo.

Ellis embestía con su propia mano, más rápido, más fuerte, hasta que gimió de placer al acabar.

La neblina del deseo se disipó y dejó paso a la vergüenza.

Se había imaginado a Rosemary chupándole la verga.

Qué mierda. Tenía cuarenta y un años; debía poder manejar mejor sus impulsos.

Lo peor era que el orgasmo no había servido de nada.

Seguía deseándola. Y no podía hacer nada al respecto.

Era la mujer más hermosa, inteligente y sexi que había conocido, y él estaba atrapado en ese plan retorcido de Brody.

Cuando era más joven, se acostaba con cualquiera que le despertara interés: mujeres, hombres, personas de género fluido.

Pero eso fue antes de conocer a Brody, antes de volver a meterse en el dichoso clóset.

Ya nadie creería que Ellis Finch era bisexual, y era mejor así.

Tal vez no «mejor», pero sí más seguro. Para su carrera. Para su imagen pública.

Y no era solo su sexualidad: eran sus deseos.

Anhelaba la descarga que le proporcionaban los juegos de poder, estar a cargo del disfrute de otra persona y ese placer supremo de darles lo que querían (a su tiempo).

Permitirles ese abandono. Era lo más excitante que podía imaginar.

Le encantaba ver cómo se desarmaban en sus brazos, confiando en que él las llevaría hasta ahí.

Pero era mucho pedirle a alguien si no sentía lo mismo o si no era sumiso por naturaleza.

Había un estigma alrededor de eso, lo sabía demasiado bien.

Así que se guardaba sus necesidades para sí mismo, las escondía en sueños y, por lo visto, en sesiones de masturbación a la hora del almuerzo en el baño de su habitación.

Nunca podría tener con Rosemary lo que deseaba. No solo porque no podía contarle sobre la farsa de las citas, ni hablarle de su sexualidad, sino porque ¿qué probabilidades había de que Rosemary justamente fuera la sumisa perfecta para él? Ellis no se hacía ilusiones.