Amor al primer susto 12
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—E ntonces, ¿quieres las buenas noticias o las malas? —preguntó Tania, la maquilladora de Ellis, mirándolo desde el espejo ancho, con una bolsa de pelo postizo en la mano.

—Empieza por las buenas.

—Bueno, no vas a tener que seguir afeitándote; puedes dejarte crecer toda esa barba plateada —dijo, coqueteando con Ellis sin pudor, como si no tuviera la edad de su madre—.

Pero la mala es que vas a tener que usar estas bellezas.

—Tania levantó un par de patillas postizas, espesas, castaño oscuro, con adhesivo. Ellis hizo una mueca.

—¿Quieres escuchar la peor parte?

—Tengo la sensación de que estás a punto de decírmela.

—Ni siquiera sé de qué pelo están hechas. Pero seguro es natural.

—Yo apuesto por crin de caballo —intervino Aaron desde un rincón de la habitación, donde estaban planchando al vapor al vestuario de Ellis.

—En ese caso, después del rodaje las mandamos al laboratorio para que las analicen —dijo Ellis con una sonrisa, e inclinó la cabeza para recostarse en la silla de maquillaje y permitirle a Tania pegarle en la cara las patillas de origen desconocido.

No era agradable, pero al menos podía comer y beber durante el día sin quitárselas.

El teléfono le vibró en el bolsillo: un mensaje de Brody.

Debía de ser pasada la medianoche en Los Ángeles, pero a esas alturas Ellis sabía que su agente consideraba que dormir era cosa de débiles.

Si pudiera conectarse a una vía para mantenerse despierto de forma permanente, lo haría.

Al fin y al cabo, dormido no se ganaba dinero.

«¿Cómo anda mi protagonista? ¿Cómo va la vida en las ligas menores?».

Ah, claro. Para Brody, todo lo que no le dejara una comisión de seis cifras altas era «menor».

Ellis se tomó una foto en la silla, con una de las patillas ya pegada en la mejilla.

«Las ligas menores me quedan de maravilla», respondió.

Incluso un mensaje de Brody bastaba para bajarle el ánimo, que venía alto después de su encuentro con Rosemary en el bosque esa mañana. Observaba pájaros. Era la cosa más adorable.

Brody contestó al instante: «Te ves hecho mierda; diles que te pongan corrector debajo de los ojos».

Ellis se miró en el espejo. Se veía... de su edad.

¿Cansado? Sí. ¿Con arrugas? Muchas. Pero al menos no estaba embadurnado en crema bronceadora, y eso era una bendición.

No se dignó a responderle a Brody. Algún día reuniría el valor para dejar de trabajar con esa basura y buscarse un representante que no fuera un pedazo de mierda chantajista. Algún día.

Cuando terminaron con el maquillaje, Ellis se puso el vestuario por primera vez.

Tenían sus medidas y Aaron era un genio con la máquina de coser, así que no le sorprendió que le quedara perfecto.

Ellis se miró en el espejo. La primera escena que filmarían ese día mostraba a su personaje, Alfred, llegando a la mansión donde su tío enfermo agonizaba.

Debía rodarse de día, para infundir en el público una falsa sensación de calma justo antes de que se desatara todo el terror.

Así que se puso la camisa blanca, amplia, la metió dentro de los pantalones bien planchados y se colocó el chaleco, confeccionado con una tela apenas gastada que insinuaba la precariedad económica del personaje.

No había vuelto a ver a Rosemary desde esa mañana, pero la encontró al instante entre la gente que se preparaba para rodar afuera de la casa principal.

A diferencia de la mayoría del equipo, no iba vestida de negro, sino con un jersey celeste pálido que le marcaba la figura.

Su mirada descendió por sus muslos llenos, que parecían moldeados para esos jeans, hasta las botas altas.

Tenía el pelo recogido hacia atrás y estaba concentrada escribiendo algo en los márgenes del guion que tenía en la mano.

Dios, esa mujer claramente lo tenía en la mira; ¿cómo se suponía que iba a concentrarse en el trabajo en condiciones tan atractivas?

—¿Todo listo? —preguntó Jeremy, acercándose a Ellis.

—Tan listo como se puede estar.

Jeremy levantó una mano y le dio una palmada en el hombro.

—Claro, claro. Ahora, el acento.

—Ya hablamos de esto. ¿De verdad piensas que no soy capaz de hacer un buen acento de Mánchester? Mi mamá es de ahí.

—No, no es eso. Sabes que no es ese el problema, Ellis. Los estudios...

—Los estudios estarán bien cuando vean el material. Lo voy a suavizar lo suficiente para que no resulte abrumador.

—¿O podrías bajarlo a cero? —propuso Jeremy, regalándole su más luminosa.

—No lo creo.

La sonrisa se le borró del rostro.

—A Brody no le va a gustar escuchar esto —dijo, como si fuera una advertencia para mantenerlo a raya.

—Siéntete libre de contarle todos los detalles, entonces.

Ellis se alejó, dando por terminada la conversación.

La única opinión final que necesitaba sobre el acento era la de Vincent, y ya lo habían hablado aparte.

El acento de Mánchester se quedaba, tal como Rosemary lo había escrito en el guion y en la novela.

Y si eso hacía feliz a Rosemary, bueno, era un efecto secundario bastante positivo.

***

Llegó el primer día de rodaje en la mansión Hallowvale y, a los quince minutos de empezar, el cielo se vino abajo.

—Sigan, sigan —gritó Vincent por encima del aguacero—. ¡Le suma atmósfera!

Las primeras tomas salieron bien, dentro de lo que cabía esperar con la lluvia: planos de Ellis bajando del carruaje que su personaje había alquilado y contemplando por primera vez la fachada gótica y amenazante de la mansión de su tío.

Ellis apenas llegó a decir su primera línea, «Ojalá el viejo se muera rápido», antes de oír a Vincent gritar: «¡Corten!».

Le dieron poco menos de diez minutos de descanso antes de preparar otra escena, la primera con Lance.

Ellis vio a Rosemary soplándose los dedos dentro de una tienda.

Tenía frío. Alguna parte animal de su cerebro reaccionó con la necesidad urgente de solucionarlo y, antes de que pudiera preguntarse qué carajo le pasaba, ya iba camino a la tienda de comidas y bebidas.

Allí vio a Lyn, la asistente personal de Rosemary durante el rodaje.

—Lyn, ¿tienes un segundo?

—Exactamente veinte —le respondió, sonriendo. A Ellis le alegró volver a coincidir con ella en un rodaje.

—¿Puedes decirme cómo toma el café Rosemary? ¿O el té?

Lyn entrecerró los ojos.

—¿Y para qué quieres saberlo?

—No. Por nada. Curiosidad.

—Ajá. ¿Curiosidad? —Lyn se inclinó un poco más cerca—. Es muy linda, ¿no? Y muy inteligente.

—No, no es eso... Yo...

—¿Y qué pasa con Jenna? ¿O es otra de esas situaciones?

Ellis no tenía idea de cómo carajo Lyn sabía del plan de Brody, pero claramente a eso se estaba refiriendo.

—¿Cómo sabes...?

Lyn le lanzó una mirada afilada, un recordatorio de que sabía todo lo que pasaba en el set .

—Le gusta el té con leche y dos cucharaditas de azúcar, y el café igual. Sé amable con ella, no está acostumbrada al mundo del cine.

—Lo sé —respondió él con sinceridad.

Llegó a la tienda de comidas, que por suerte estaba casi vacía en ese momento, y revisó las cajas de distintas variedades de té en busca de algo decente.

Un English Breakfast estaba bien, pero si aparecía un Assam, oscuro, maltoso y delicioso.

.. Bueno, no se iba a quejar. Y tuvo suerte: encontró algunas bolsitas. Perfecto.

Tomó dos tazas reutilizables y encendió la tetera eléctrica.

Metió las bolsitas adentro: dos de azúcar para Rosemary y una para él.

Antes tomaba el té sin azúcar, pero algo cambió cuando cumplió treinta y nueve.

Una mañana se despertó, bajó a la cocina con Hank pegado a los talones y, mientras miraba el jardín, tuvo una revelación tan simple como sorprendente: merecía hacer cosas que lo hicieran feliz.

No más dietas forzadas por películas, no más deshidratarse para verse más marcado frente a cámara.

Nunca iba a estar en mal estado físico: amaba el deporte y le encantaba levantar pesas, pero eso no significaba que no pudiera disfrutar de los pequeños placeres.

Desde entonces, nunca volvió a sentirse culpable por una taza de té con azúcar.

La tetera terminó de hervir y Ellis sirvió el agua. Llevó las tazas a la tienda donde Rosemary esperaba a que pasara la lluvia.

—Pensé que te vendría bien un té —dijo, alcanzándole una—. Hace frío aquí afuera.

Lyn estaba al lado de Rosemary, claramente presente para ver a Ellis hacer el ridículo.

—¿Cómo? ¿Y para mí no hay té? —dijo, llevándose una mano al pecho como si se le rompiera el corazón.

—Ja, ja.

—No sabía que se conocían —dijo Rosemary.

—Fui asistente en la última de Soldado de la justicia —explicó Lyn, acomodándose uno de los auriculares—. Una vez le di un codazo a Ellis en el ojo por accidente. El set era en un lago espantoso y me resbalé en una plataforma improvisada.

—Es todo mentira —dijo Ellis, guiñándole un ojo a Rosemary—. Lyn me tiene bronca desde el primer día.

—Está clarísimo. Mejor revisa ese té por si tiene veneno —replicó Lyn, pero justo en ese momento recibió una llamada por radio y tuvo que salir corriendo.

—Lyn es la mejor —dijo Rosemary. Dio un sorbo al té y suspiró de una forma tan profunda y deliciosa que Ellis sintió una oleada parecida al deseo que le erizó la piel de la nuca—. Gracias, Ellis. Me hacía falta.

—Con gusto —respondió él. Se sentó a su lado en una silla plegable y miró el set empapado por la lluvia.

—Una vez pedí té en una cafetería de Brooklyn y el mesero me trajo una taza de agua calentada en microondas con la bolsita aparte —contó Rosemary.

—Sacrilegio. Traición —dijo Ellis.

—Nunca lo hubiera pensado antes, pero Dina, una de mis amigas, de las que te hablé, ahora tiene un café en Bloomsbury. Me prepara mezclas especiales y me las manda a Nueva York.

—¿Qué tipo de mezclas? —preguntó Ellis, viéndola dar otro sorbo con aire pensativo.

—Las típicas. Mezclas para el éxito profesional, mezclas para cuando me cuesta dormir...

—¿Te cuesta dormir, Rosemary?