Amor al primer susto 11
31%

11

A pesar de que tenía muchas ganas de quedarse en la cama, con Fig acurrucada en el hueco de su brazo, Ellis se obligó a salir al frío del amanecer.

Eran las siete menos cuarto de la mañana, y la luz empezaba a filtrarse entre los robles y los espinos que bordeaban la mansión Hallowvale.

Odiaba correr, lo detestaba con toda el alma, pero necesitaba algo que le pusiera la sangre en movimiento, y una caminata rápida no alcanzaba.

Y aunque Fig no era, ni de cerca, una perra madrugadora —si es que algo así existía—, tenía que cansarla un poco antes de dejarla con Eva para que la cuidara durante el día mientras él filmaba.

La escarcha crujía bajo sus pies y el aire helado en los pulmones terminó de barrer cualquier resto de sueño.

Los senderos que recorrían los bosques de la propiedad no estaban muy transitados, pero el frío de la mañana los había endurecido lo suficiente como para no resbalar.

Ellis se detenía de vez en cuando para que Fig olfateara algún punto interesante o recogiera el palo más grande que pudiera llevar en la boca.

Ellis sentía que iba despertándose con el bosque y la mente se le despejaba poco a poco de lo ocurrido la noche anterior.

Cuando abrió la puerta de la despensa y vio a Rosemary en esos shorts de pijama pecaminosos, la cabeza se le había ido directo a la mierda.

Estuvo a punto de confesarle allí mismo todo el asunto del falso noviazgo ideado por Brody, solo para poder.

.. ¿Qué? ¿Besarla? ¿Llevarla a la cama? De algún modo, ninguna de esas opciones parecía suficiente tratándose de Rosemary.

Si alguna vez se le daba la oportunidad —algo que no parecía nada probable, considerando que solo eran colegas—, necesitaría un fin de semana entero con ella para empezar a abarcar todas las formas en que se ocuparía de darle placer.

Casi había considerado darse alivio por su cuenta, pero al pasar junto a la sala camino a la escalera se sintió abrumado, por un instante, con una sensación de tristeza abrumadora.

Apareció y se fue en un segundo, pero se llevó consigo cualquier resto de deseo.

Cuando recuperó cierta lucidez, se dio cuenta de que se estaba metiendo en un terreno poco profesional en su relación con Rosemary y tenía que moderarse.

Reconocía que había algo en ella que despertaba esa parte suya que solía reprimir y ocultar, pero eso no cambiaba nada.

Había demasiadas razones que impedían algo así entre ellos.

La primera, y quizá la más importante, era que él le llevaba al menos diez años.

Ellis no tenía intenciones de convertirse en uno más de ese montón de actores hollywoodenses de mediana edad que tanto despreciaba.

Se abrió paso entre los árboles, con Fig siguiéndole el ritmo, mientras repasaba sus diálogos para las escenas de ese día.

El primer día de rodaje siempre le provocaba una leve inquietud; daba igual cuántos años llevara en el negocio.

Pero esta vez no era como en sus franquicias de acción, donde interpretaba al mismo personaje película tras película.

Aquí tenía que impresionar a Vincent, al estudio y, sobre todo, a Rosemary.

Oyó un crujido, seguido de un aleteo de pájaros y una voz de mujer que masculló una palabrota.

Ellis se detuvo en seco. No podían ser paparazis; no en una zona tan apartada. Era imposible. ¿De verdad no había ningún lugar donde estuviera a salvo de ellos? Ató a Fig de inmediato, aunque estuvieran en medio del bosque y no hubiera vehículos cerca. No quería volver a correr ese riesgo.

—¿Quién anda ahí? —gritó, escrutando los helechos y el claro de robles que tenía enfrente.

Una cabeza asomó por detrás de un arbusto. Una cabeza muy pelirroja.

—¿Rosemary?

—Hola.

—Estás llena de hojas.

Ella bajó la vista y se quitó un par de hojas secas del jersey. Ellis reparó en los binoculares que le colgaban del cuello.

—Los riesgos de esconderse en los arbustos —dijo ella, sonriendo. La luz de la mañana hacía que su pelo brillara como cobre, y Ellis sintió que una mezcla de deseo y culpa le inundaba los sentidos.

—¿Quiero saber por qué estabas escondida en un arbusto con binoculares al amanecer?

—Supongo que visto así parece bastante sospechoso, pero te juro que no es ninguna cosa rara. Soy aficionada a la ornitología —anunció con ese acento sureño tan suyo.

—Eres muy dulce —soltó Ellis, incapaz de contenerse. No debería haber dicho algo así, y sin embargo disfrutó ver cómo un rubor color melocotón le subía por las mejillas.

—¿Qué pájaro estabas buscando? ¿Gavilán? ¿Lavandera blanca? ¿Reyezuelo? ¿Acentor?

Ella dejó caer la cabeza a un lado y lo miró con expresión divertida.

—¿Estás nombrando todas las especies que conoces?

—Tal vez.

—Bueno, por mucho que me gustaría ver todos esos pájaros, no. Buscaba un bisbita. Son unas cositas preciosas. O eso creo, porque todavía no he visto ninguno desde que tú apareciste avanzando a los pisotones —dijo con las manos en la cintura.

—Disculpa, pero yo no doy pisotones . Soy un corredor muy elegante. Incluso ágil, dirían algunos.

Rosemary puso los ojos en blanco.

—De todos modos, perdón por haberte arruinado la observación del bispita .

—Bisbita —lo corrigió ella—. No pasa nada. Sería bastante raro ver uno aquí, pero quise probar suerte. No vamos a tener muchas mañanas para disfrutar al aire libre con todos los rodajes nocturnos que se vienen.

Un trino agudo resonó en el bosque y Rosemary giró de golpe la cabeza hacia la derecha, mientras recorría con la mirada los árboles bañados por el sol.

—Ven —susurró—. En silencio.

Ellis hizo todo lo posible por no pisar demasiadas hojas, absurdamente agradecido de que Fig no fuera una perra que ladrara mucho.

Se metió bajo el arbusto, por la pequeña abertura que Rosemary había hecho para sí misma.

Apenas alcanzaba para dos personas y una perrita pequeña.

Ellis se alegró de haberse lavado los dientes y haberse puesto desodorante antes de salir a correr.

Rosemary se llevó los binoculares a los ojos, y él la oyó inspirar emocionada cuando por fin divisó el ave que estaba buscando.

—Toma —dijo, tendiéndole los binoculares.

No se pasó la correa por la cabeza, por lo que Ellis tuvo que acercarse aún más a ella, tanto que sus brazos quedaron pegados.

Sus dedos se rozaron y una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo.

Así de cerca, con Rosemary apretada contra su costado y el recuerdo de su cintura bajo sus manos aquella vez en la escalera.

.. Bueno, era suficiente para poner a mil a cualquier hombre.

Ellis se inclinó un poco al alzar los binoculares.

—¿Qué tengo que mirar? —susurró.

En lugar de una respuesta, sintió los dedos de ella en la nuca, inclinándole la cabeza en la dirección en que debía mirar. A la mierda; ya estaba completamente duro.

—Ahí —susurró Rosemary—. ¿Lo ves? —Estaba tan cerca que podía sentir su aliento tibio en la mejilla. Si giraba la cabeza apenas un centímetro, podría atrapar los labios de Rosemary con los suyos.

Justo en ese momento, lo vio en el pino.

Un pajarito diminuto, de cuerpo redondeado y compacto.

Casi esférico. El plumaje era mayormente de un marrón grisáceo camuflado, pero en la cabeza, delineada en negro, tenía una franja brillante de amarillo intenso.

Lo reconoció como un reyezuelo listado, algo que sabía solo porque había buscado en Google las aves que comían en el comedero de su jardín.

Pero por la forma reverente en que Rosemary había inspirado al verlo, con los ojos vidriosos, Ellis decidió hacerse el tonto.

—¿Qué es?

—Un reyezuelo —dijo ella—. ¿No es adorable? Tan regordete...

Él le devolvió los binoculares para que le diera una última mirada.

—Muy adorable.

Rosemary bajó los binoculares y le sonrió.

—Lo voy a agregar a mi cuaderno.

Por un momento, Ellis se rindió. Dejó que sus ojos la recorrieran, deteniéndose en los hoyuelos de sus mejillas, el patrón de pecas sobre su nariz y el castaño dorado de sus ojos. Necesitaba una palabra nueva para describirla; «hermosa» no le hacía justicia.

—Tienes hojas en el pelo —dijo Ellis.

Rosemary se pasó una mano por la cabeza y se sacó una de las muchas.

—¿Ya está?

—No del todo. Date la vuelta y deja que me encargue.

Deja que me encargue de ti , pensó.

Rosemary giró sobre sí misma y se quedó quieta mientras él le pasaba las manos por el pelo, retirando todas las hojas sueltas. En un momento creyó oír que ella soltaba un gemido bajo cuando le rozó la nuca con los nudillos, pero seguro había sido su imaginación.

—¿Viste alguno más esta mañana, antes de que yo apareciera dando pisotones?

—Un par de petirrojos bien gorditos. Son mis favoritos —susurró, como si los pájaros que cantaban en los árboles que los rodeaban pudieran ofenderse si la oían—. Y un carbonero. No hay que confundirlo con el mito de cola larga, aunque se parecen bastante.

—Te tomo la palabra —dijo Ellis entre risas—. Te habrás puesto a investigar sobre aves inglesas antes de venir, ¿no?

—Un poco. Viví en el Reino Unido cuando estaba en la universidad. A veces sacaba a mis amigas Dina e Immy al parque Richmond a observar aves. La última vez que vine fue para la boda de Immy, y estábamos en una casa enorme en el campo. Vi muchos estorninos.

Ellis notó cómo se le iluminaba la voz al describir el murmullo en bandada de los estorninos, y volvió a tener la sensación de que nunca había conocido a nadie como Rosemary Shaw.

—¿Cómo llegaste a interesarte por la observación de aves?

—Mi abuela era una gran amante de las aves.

Siempre me llevaba por el vecindario a ver qué pájaros encontrábamos.

Y a mí... —Se mordió el labio—. A veces me pongo un poco ansiosa.

Por la vida en general, eventos sociales, cosas normales.

Supongo que mirar aves me devuelve a una época más simple, cuando lo único que tenía que hacer era caminar por el parque identificándolas.

—Te calma.

—Sí. Tienes que escuchar sus cantos y adivinar la subespecie por el plumaje, así que es bastante difícil pensar en todas esas cosas que te preocupan.

—Vaya, quizá debería empezar a observar aves. Supongo que lo mío es sacar a Fig a pasear u ocuparme del huerto. Como jardinero, tengo un ligero rencor contra las palomas —admitió.

—¡Con las palomas no! Todo el mundo es cruel con las palomas, pero ¿sabías que es culpa nuestra? Los humanos las domesticamos y ahora no saben volver a una vida normal de ave. Las convertimos en las carroñeras que son hoy.

—Nunca lo había pensado.

—¿Ves? Ya no puedes odiarlas. ¿Así que haces jardinería?

—Sí. Un poco —dijo Ellis, algo avergonzado. Casi nunca hablaba de eso—. Tengo un huerto y hierbas en macetas en el invernadero, y también un pequeño jardín para abejas.

—Qué hermoso, Ellis.

Rosemary se dio la vuelta para mirarlo de frente, y Ellis dejó caer las manos a los costados. Era eso o rodearla con los brazos.

En un acuerdo tácito, empezaron a caminar de regreso a la casa de huéspedes. Ellis soltó a Fig otra vez y lanzó un palo por el campo; ella salió disparada detrás.

—¿Siempre has tenido perros? —preguntó Rosemary.

El recuerdo de Hank lo inundó: aquella noche sobre el pavimento mojado y oscuro. La respiración trabajosa. El pelaje frío, enmarañado. Ellis tragó saliva.

—Sí. —Necesitaba cambiar de tema—. ¿Dijiste que te pones ansiosa?

Rosemary asintió, sin duda adivinando su intento de hablar de otra cosa.

—Probablemente no estés muy familiarizado con mi tipo de ansiedad.

—Inténtalo.

— Mmm . Bueno. Desde que salió mi primer libro y le fue bien, apareció esta necesidad de mantener el impulso.

Tienes que publicar un libro por año para afirmarte en la industria.

Y cuando ya llevas un tiempo, los lectores y las editoriales empiezan a esperarlo.

Pero no es tan simple. No solo estás escribiendo el libro; también investigas para el siguiente, haces las correcciones del que entregaste hace unos meses, te promocionas en redes, vas a eventos y paneles, publicas artículos, grabas pódcast. Es difícil no sentir que te estás ahogando.

Hasta ahora había podido manejarlo, pero con este último libro siento que estoy llegando a mi límite.

El día tiene una cantidad limitada de horas y mucha gente que necesita cosas de mí.

Y cuando me siento frente a la pantalla en blanco e intento crear, lo único que pienso es que las próximas palabras que escriba van a definir mi sueldo y mi valor personal durante los próximos años. Es... mucho.

Ellis soltó un suspiro largo. No creía que Rosemary hubiera planeado contarle todo eso; más bien se le había escapado.

—¿Hablas de esto con tus amigas?

—A veces. Pero están ocupadas con sus propias vidas, y sé que estoy viviendo el sueño de autora que tantas personas desean, así que no puedo quejarme. No quiero cargarles mis problemas tontos.

Ellis se detuvo y puso las manos sobre los hombros de Rosemary, deteniéndola.

—No son problemas tontos, bonita. Estás bajo una presión enorme.

Ella suspiró.

—Sí, es verdad.

—Cualquiera debería comprender si necesitaras más tiempo para entregar el próximo libro.

—Lo sé, lo sé, pero... me da mucha vergüenza decirlo.

—Dímelo. Por favor.

—Me gusta impresionarlos. Me gusta recibir elogios, la aprobación de la industria.

Aunque no era en lo más mínimo el momento adecuado, Ellis no pudo evitar imaginar todas las formas en que podría elogiar a Rosemary.

—Te entiendo —dijo, apretándole los hombros con suavidad. Los músculos tensos parecieron relajarse un poco con el contacto de sus manos—. Es más o menos como me siento con cada película. Toda mi carrera depende de mi último trabajo, y cada proyecto puede hacer que despegue o se hunda.

Rosemary soltó un resoplido.

—Me cuesta imaginarte nervioso.

—¡Ja! Entonces debo de ser mejor actor de lo que pensaba.

Mira, podrías probar algo que a mí me funcionó una vez.

Entro y me prometo que lo único que tengo que hacer es aparecer, hacerme presente.

Me presento y ya cumplí con lo que tenía que lograr ese día.

El resto es extra. De algún modo, me quita la presión.

El objetivo es alcanzable, y lo demás deja de parecer insuperable.

—Hacerme presente —repitió Rosemary, asintiendo para sí—. Prometo intentarlo.