10
R osemary estaba a punto de encender su vela para ahuyentar fantasmas y meterse en la cama cuando oyó un crujido en el pasillo.
Un viento fuerte sacudía las ventanas y una corriente infló las cortinas con un soplo.
No tenía miedo. Un relámpago destelló y, por un segundo, su habitación quedó bañada de blanco.
Bueno, tal vez sí estaba un poquito asustada.
No todos los días se duerme en una casa embrujada por fantasmas y, además, convertida en escenario de una historia de terror nacida de los rincones más oscuros de tu mente.
De pronto, a Rosemary le pareció de suma importancia esparcir una estela de sal frente a la puerta.
Revolvió en la maleta y sacó también una bolsita de lavanda seca para ponerla debajo de la almohada.
Solo llevaba los shorts del pijama y una camisa enorme con el póster de la película La profecía .
Pero ya eran más de las diez de la noche, así que era muy poco probable que quedara alguien abajo.
Rosemary se puso unos calcetines gruesos y bajó las escaleras.
Otro relámpago iluminó el pasillo y la hizo estremecerse.
Por un instante creyó oír a alguien llorar, pero pensó que debía de ser su cabeza jugando sucio.
La magia de los muffins de Dina ya se había disipado, y sin duda estaba sintiendo los efectos del cambio de huso horario.
Encendió la luz de la cocina y se dirigió a la despensa, un armario pequeño lleno de especias, hierbas secas, encurtidos y frascos de mermelada.
Imaginó que la mayoría los habría preparado la señora Fairfax.
Vio un envase de sal fina en uno de los estantes más altos y estiró un brazo para alcanzarlo cuando oyó el clic de la puerta de la despensa que se cerraba a su espalda.
Fue un clic siniestro. Giró la cerradura. No cedió. Bien, no pasa nada. Dejó la sal y probó la cerradura con las dos manos. Al ver que tampoco funcionaba, inhaló hondo y se lanzó contra la puerta con todo su peso. Dolió como la mierda .
No podía llamar a nadie; su teléfono estaba arriba. Y era una casa antigua: las puertas como esa debían estar oxidadas y eran propensas a fallar. Podía gritar, pensó, pero ¿alguien la oiría con la tormenta?
Retrocedió y examinó la despensa. Tal vez hubiera un destornillador, con suerte, y podría forzar la cerradura. Antes de que pudiera perderse demasiado pensando en planes de fuga, oyó el inconfundible sonido de pasos sobre las baldosas de mármol del pasillo. Alguien bajaba.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Necesito ayuda.
Los pasos se aceleraron.
—¿Rosemary?
Mierda.
—Hola, Ellis.
—¿Te lastimaste?
Sonaba un poco agitado.
—No, solo estoy atrapada. La puerta se cerró con llave cuando estaba adentro y no puedo salir.
—Ya veo.
Lo oyó sacudir la manija, pero la puerta siguió firme.
—¿Puedo atreverme a preguntar por qué estabas en la despensa a estas horas? —dijo. Se le notaba la sonrisa en la voz.
—¿Me creerías si te dijera que estaba buscando ingredientes para preparar margaritas a medianoche?
—¿Un intento más?
—¿Sal para esparcir en las puertas y que no entren los fantasmas?
—¡Ja! Bien pensado. —Ellis se rio y volvió a hurgar en la cerradura—. No se mueve, así que vas a tener que apartarte, ¿sí, bonita?
Rosemary no entendía muy bien por qué todo el cuerpo se le encendió, los nervios a flor de piel, cuando le dijo «bonita».
Era ese maldito encanto británico otra vez; no significaba nada.
Alguien debería avisarle a su cuerpo. Se alejó hasta el fondo de la despensa y, con un único golpe seco y contundente, la puerta cedió hacia adentro y chocó contra la pared interior.
Ellis permanecía en el umbral, iluminado apenas por la luz tenue de la cocina, con el pecho agitado por el esfuerzo.
Estaba sin camisa. Sabía que no era la primera vez que lo veía así, entre sus películas y la piscina, pero esa noche había algo distinto.
Era otro Ellis; uno sin pulir para la pantalla.
Llevaba un pantalón deportivo verde oscuro, y a Rosemary se le escaparon los ojos por los músculos marcados del pecho y el ancho de los hombros.
Una gota de sudor le resbaló por la clavícula hasta el pectoral y, qué terrible, tuvo ganas de lamerla.
—Gracias.
—Cuando quieras, Rosemary. Qué suerte, ¿no? Justo bajaba a prepararme un té de regaliz —dijo, y sonrió con expresión pícara.
—Bueno, me alegro de que al fin puedas usar esos músculos escénicos para algo útil —replicó ella, aunque sin la menor malicia.
Ellis alzó una ceja. Rosemary tenía plena conciencia de que solo llevaba unos shorts de pijama y de que la camiseta, por más grande que fuera, no ocultaba que los pezones se le habían endurecido.
—Para que sepas, una vez levanté un auto falso de fibra de vidrio en un rodaje. Es muy duro fingir tanto esfuerzo.
Rosemary no pudo contener una carcajada.
—Por fin se ríe —dijo Ellis.
Cuando la miraba de esa forma, era difícil no imaginar cosas imposibles.
—Buenas noches, Ellis. Gracias de nuevo.
—Buenas noches, bonita.
Rosemary lo dejó en la despensa, muy consciente de cómo los shorts se le subían por los muslos. Estuvo a punto de bajárselos, pero se dio cuenta de que eso solo llamaría la atención. Salió rápido de la cocina y del campo de visión de Ellis.
Mientras subía con la sal por la escalera, oyó a una mujer llorar.
Esta vez estaba segura de que no era su imaginación.
Venía de la sala donde Lance había hecho su reunión unas horas antes.
Con cuidado, Rosemary se asomó por la puerta entreabierta.
Adentro, sentada a la luz plateada de la luna, estaba una de las mujeres fantasma de la Regencia: la morena.
Sostenía una carta; lágrimas fantasmales caían sobre el papel sin dejar marca.
Una tristeza invadió a Rosemary de golpe.
Durante un segundo inexplicable, sintió lo que sentía la fantasma: un dolor profundo e interminable en el corazón.
La pulsación de la pérdida. Y luego se esfumó.
¿Había venido de la fantasma? ¿Era posible que pasara algo así?
Apretó el paquete de sal y, al trazar la línea sobre el umbral de su habitación, hizo que fuera una estela bien gruesa.