9 #2
—No me adules así, no se me da bien recibir halagos tan directos —bromeó Rosemary.
—Vas a tener que acostumbrarte, querida. —Arthur le dio unas palmaditas en la mano, como si fueran amigos de toda la vida—. Cuando esta película se estrene, todos van a querer un pedazo del pastel Rosemary. Vamos, Ellis, dile algo bonito a nuestra chica para que se sienta más cómoda.
—Ay, no, no hace falta... —Rosemary se giró hacia Ellis—. No tienes que...
—Me gusta tu vestido —dijo Ellis en un susurro apurado, casi como si no quisiera admitirlo.
—¡Y esos tatuajes! Madre mía —agregó Arthur—. Quiero hacerme uno con Lance, pero él se niega.
—¿Qué te harías?
Arthur sonrió con dulzura.
—Un par de gorriones.
—¿Por qué gorriones? —preguntó Ellis.
—Porque se emparejan de por vida —respondió Rosemary, apretándole la mano a Arthur—. Me parece una idea preciosa.
—Entonces, tendrás que convencer a Lance; dice que tiene menos tolerancia al dolor que un bebé.
Al oír su nombre, Lance hizo un trino dramático en el piano para llamar la atención.
—Ahora que los tengo a todos reunidos, espero que consientan las excentricidades de un viejo y que nos regalemos un pequeño baile.
Yo, por supuesto, seré la orquesta de esta noche.
Arthur, amor mío, ¿pasas las páginas por mí?
—Le dedicó a Rosemary una sonrisa de disculpa—. Mis reflejos ya no son los de antes.
Mientras Lance y Arthur elegían una canción y Ellis charlaba con Vincent y su pareja, que miraban uno de los mapas antiguos de la finca, Rosemary se entretuvo acercándose al bar.
O, mejor dicho, al globo terráqueo. El globo se abría a la mitad: arriba había botellas de distintas bebidas alcohólicas y, abajo, un refrigerador pequeño para bebidas frías.
Rosemary no era de beber mucho, pero un poco de coraje líquido no le vendría mal esa noche.
—¿Ya te instalaste en tu habitación? —Ellis se acercó y se colocó a su lado, en un ángulo que le impedía a Rosemary ver a nadie más en la sala; solo podía sentir el calor del cuerpo que estaba junto a ella.
—La habitación es preciosa, sobre todo el escritorio grande para escribir. Solo le falta la silla perfecta.
—¿Y cuál sería la silla perfecta para escribir? —Ellis ladeó la cabeza y una sonrisa divertida se dibujó en sus labios.
—Un puf. ¿Alguna vez te sentaste en uno?
—Suena más a algo para dormir la siesta que para escribir.
—Tendrás que confiar en mí, Ellis: el puf envuelve el cuerpo de una forma perfecta.
—Anotado —murmuró él, aclarándose la garganta.
—¿Y tú ya te acomodaste bien? —preguntó Rosemary.
—Ahora sí, pero Fig armó un escándalo tremendo en las habitaciones de arriba: gruñía al aire como loca, así que nos cambiamos. Ahora estoy al lado de tu habitación.
¿Ellis dormía en la habitación contigua a la suya? ¿Y si Jenna iba a quedarse? Dios, todo resultaba un poco mortificante. Rosemary sintió cómo se le encendían las mejillas.
—¿Me perdonas por fin por arruinar tu libro si te preparo un trago? —dijo Ellis. Se inclinó hacia ella al hacer la pregunta, y su aliento tibio le rozó el cuello y le erizó la piel.
—Depende de si me gusta el trago.
Una sonrisa enorme brotó de sus labios.
—Te va a gustar. ¿Suave o fuerte?
La mente de Rosemary se fue directo al abismo.
—Fuerte, por favor.
Ellis sacó una botella de ron oscuro especiado, jugo de limón y una botellita redondeada de jarabe de arce.
Midió las cantidades, llenó la coctelera con hielo y, con un golpe seco, encajó el vaso y la coctelera.
Rosemary observó, casi hipnotizada, cómo sacudía la coctelera de un lado a otro, con los antebrazos tensos, hasta que separó las piezas y sirvió el cóctel en una copa elegante, que puso delante de ella.
—Dime qué te parece.
El líquido tenía un tono dorado profundo. Rosemary dio un sorbo pequeño; primero sintió el sabor picante del ron, un ardor exquisito que le recorrió la garganta. Después llegó el dulzor ahumado del jarabe de arce. Casi se le fueron los ojos hacia atrás porque, guau , estaba riquísimo.
— Uff ... —susurró en un gemido, y enseguida se dio cuenta de que había sonado mucho peor de lo que pretendía. Se preguntó en qué punto de la conversación sería apropiado hacerse un ovillo y morir.
—Lo tomo como que te gustó —respondió Ellis con picardía.
—¿Dónde aprendiste a hacer cócteles? ¿O este es el único que sabes preparar?
—Tengo cinco recetas en la manga. Las fui aprendiendo en distintos lugares. Este me lo enseñó un operador de cámara durante el rodaje de Locura y guerra hace unos años. Es el mejor para el otoño.
Mientras hablaba, Ellis sacó una botella de whisky del globo, se sirvió un dedo, dejó la botella en su sitio y se llevó el vaso a los labios. Rosemary lo miró beber el líquido ámbar, e incluso cuando apoyó el vaso en la barra le costó apartar la vista del ángulo de su boca.
—Creo que deberíamos hacer una tregua —dijo ella, soltando las palabras sin pensarlas del todo—. Acordemos no molestarnos más y va a estar todo bien.
Los ojos de Ellis cobraron un matiz oscuro; su rostro tenía de nuevo esa expresión severa que la deleitaba.
—Tú no me molestas, Rosemary. Para nada.
Desde el piano, Lance se aclaró la garganta, y Rosemary entendió, sin saber cómo no se había dado cuenta hasta ese momento, que iba a tener que bailar un lento con Ellis. En una sala pequeña. Delante de sus nuevos colegas.
Vincent y su pareja se pusieron de pie y se dirigieron a la pista improvisada, que no era más que el espacio ocupado por la alfombra entre la chimenea y el piano.
—Ya que me he ganado tu perdón, ¿me concedes este baile? —Ellis hizo un gesto teatral con la mano y se inclinó en una reverencia exagerada.
—Ay, no lo sé... —respondió Rosemary. Tenía una sensación extraña: si bailaban juntos, habría algo entre ellos; algo que llenaba con delicadeza el espacio donde la cálida mano de Ellis se unía a la de ella y sujetaba con cuidado; algo que los envolvía en una conversación sin palabras; algo que le hacía latir el corazón como un colibrí cuando Ellis la miraba desde el abanico oscuro de sus pestañas.
No lo pensó más y tomó su mano.
Apenas podía oír la música.
Solo era consciente del brazo de Ellis alrededor de su cintura, de su mano apoyada en la curva baja de su espalda, de cómo sus dedos se entrelazaban con los de ella, del calor de su hombro bajo su mano y de cuánta fuerza había concentrada ahí.
Ellis la guio en un vals lento, de otro tiempo, alrededor de la sala.
—¿Dónde aprendiste a bailar así?
—Para mi primer trabajo como actor. Tenía quince años y era extra en un drama de época. No había necesitado recordar los pasos hasta ahora. —Se rio, y su aliento le hizo cosquillas en el cuello. Rosemary inhaló su aroma a madera.
—A Jenna debe de encantarle que la lleves a bailar. —Las palabras se le escaparon sin pensar. Aun así, no pudo evitar preguntarse cómo funcionaban juntos como pareja.
Ellis se puso rígido.
—Claro. Sí.
—Es muy dulce. ¿Cómo se conocieron?
—Por medio de nuestro agente.
Mientras bailaban, Rosemary vio a las dos fantasmas de la Regencia al otro lado de la ventana, iluminadas solo por la luna creciente que brillaba bajo en el cielo y el resplandor plateado que las envolvía como una bruma suave.
Estaba claro que no habían cumplido su promesa de mantenerse alejadas: discutían y gesticulaban con vehemencia. A Rosemary le pareció oír un trueno lejano, aunque la noche parecía despejada.
La canción llegó a su fin y, por suerte, Lance los libró a todos de otra interpretación.
Por más hermoso que tocara, Rosemary no creía soportar otro baile con Ellis.
Al volver a ponerse el cárdigan, notó que el perro fantasma había abandonado por un rato su puesto a los pies de Ellis y había atravesado la pared hacia la noche, donde yacía panza arriba mientras una de las fantasmas lo mimaba y le daba besos en las patas.
—Gracias por esta noche, Lance, pero siento decirte que me voy a la cama —dijo Rosemary, aprovechando la pausa en la música para escapar.
—Como prefieras, querida. —Lance le sonrió, mirándola por encima de los lentes de lectura mientras hojeaba las partituras—. Para mí, la noche recién empieza.
Rosemary avanzó por el pasillo, prestando atención a cómo resonaban sus zapatos sobre el suelo de piedra.
Debía recordarlo para su próxima novela de terror; sumaría mucho a la atmósfera.
Para su sorpresa, no sentía la aprensión habitual después de una velada social; ese cansancio profundo que le producía interpretar una versión normal, segura y equilibrada de sí misma.
—Rosemary, espera. —Sintió una mano tibia cerrarse en torno a su muñeca y se giró para encontrarse con Ellis justo detrás de ella.
—¿Ya te vas a dormir?
—Sí, todavía me afecta el desfase horario —mintió. Él aún no la había soltado, y no sabía bien por qué ella no se apartaba.
—Entiendo. Bueno, me debes una lista.
—¿Sí?
—De películas de terror, ¿recuerdas? Dejaste muy claro lo vergonzoso que era que no hubiera visto ninguna —agregó Ellis sonriendo. Por fin bajó la mirada, notó que seguía sujetándole la mano y la soltó. No había razón alguna para que a ella le importara que la soltara.
—Entonces te doy mi número —propuso Rosemary. Dos colegas que intercambiaban contactos con fines de investigación, nada más. Un instante después de devolverle el teléfono, sintió una vibración en el bolsillo.
—Sé amable con las recomendaciones, ¿sí? No quiero tener pesadillas —pidió con su sonrisa enorme. Era puro encanto británico, totalmente arrollador, y no iba a poder soportarlo mucho más. Sus defensas estaban cayendo, y no le gustaba.
—Buenas noches, Ellis —dijo.
—Buenas noches, Rosemary.
Rompió el contacto visual, subió a su habitación y le envió una lista de películas. Una mezcla de clásicos con sus favoritas.
Una hora más tarde, su teléfono vibró. Al principio lo ignoró: estaba inmersa en una investigación sobre la Necrópolis Vaticana para una idea que tenía sobre una monja poseída; una idea que todavía estaba muy verde, pero el teléfono vibró dos veces más. Seguramente eran Dina e Immy en el grupo.
Pero no. En la pantalla apareció Ellis Finch, con la palabra «foto» debajo. ¿Le había enviado una foto? Demasiado rápido, Rosemary abrió el mensaje.
«Fig no está muy convencida de esto», decía, adjuntando una foto de la perra mirando con desconfianza una imagen congelada de La cosa del otro mundo .
«Cúbrele los ojos cuando llegues a la próxima escena», respondió Rosemary, para que no tenga pesadillas perrunas.
«Imposible. Voy a necesitar las dos manos para taparme los míos».
«¡La cosa... ni siquiera da tanto miedo!».
«Lo dice la mujer que estaba leyendo un libro de sirenas asesinas dentro de un cuerpo de agua», replicó Ellis.
«El terror me relaja, ya te lo dije».
«Necesitas encontrar otras formas de relajarte, Rosemary».
Vaya si lo necesitaba.