9
R osemary se sintió aliviada al enterarse de que Ellis, al igual que Lance, tenía habitaciones en otro piso de la casa de huéspedes, lejos de la suya. No hacía falta cruzárselo a primera hora de la mañana ni al final de la noche.
Cuando terminó el recorrido por la mansión, Vincent tuvo que acudir a una reunión con los asistentes de dirección, y Ellis se fue a su tráiler de peluquería y maquillaje para hacer nuevas pruebas de vestuario.
La presencia de Rosemary no era necesaria en el set en calidad oficial hasta el día siguiente —y tampoco tenía mucho que hacer más que observar cómo filmaban su película y dar algún consejo de vez en cuando—, así que volvió a su habitación y desarmó la maleta.
Bajo la ventana había un escritorio hermoso, con vistas al bosque supuestamente infestado de hadas.
Se sentó e intentó escribir. Logró una línea, luego otra.
Por primera vez en un par de semanas, Rosemary sintió que algo en su cerebro empezaba a palpitar, como si la puerta a la parte creativa de su mente se estuviera abriendo poco a poco, centímetro a centímetro.
Entonces apareció un correo en la pantalla, de su editora en Estados Unidos.
Solo quería saber cómo iba todo. ¿Creía que podría enviar el primer borrador completo el mes siguiente, tal como habían acordado?
Rosemary inspiró con un sobresalto, y la puerta en su mente se cerró de golpe.
Una sensación de ansiedad fría le invadió el cuerpo y volvió a aplastarla.
No, no está listo , quiso gritar. Necesitaba tiempo.
Tiempo para respirar y escribir a su ritmo, para crear una novela de la que pudiera sentirse orgullosa de verdad.
Pero, hasta ahora, siempre había cumplido con las fechas de entrega.
No quería que su editora pensara que algo andaba mal, ni con ella ni con el libro.
Sabía que trabajaba con otros autores más difíciles y no quería convertirse en una de esas personas.
Iba a tener que encontrar la forma de terminar el borrador en el próximo mes.
No había otra opción. Ese había sido su mantra durante un tiempo ya: si había que hacerlo, lo haría.
Sin importar cuántas noches sin dormir o ataques de pánico por estrés implicara.
Intentó continuar, pero después de eso le resultó imposible encontrar las palabras. Había camiones de comida en el set , así que fue a buscar algo rápido para cenar y se lo llevó de vuelta a la habitación para intentar escribir un poco más.
Cuando regresaba, la tarde iba dando paso a la noche, y el bosque a su alrededor cobró vida con una orquesta de cantos de pájaros: zorzales con sus trinos melodiosos, las grajillas con sus graznidos roncos y otras aves pequeñas con sus gorjeos encantadores.
Algo del peso que la agobiaba se le aflojó en los hombros.
Debería salir al bosque, tal vez la mañana siguiente, antes de que empezara el rodaje, y observar las aves.
En toda la locura de los últimos dos días, Rosemary había olvidado una de las cosas que más la habían entusiasmado de visitar la campiña inglesa.
Se alegró mucho de haber empacado los binoculares y su libro sobre aves de jardín británicas.
***
Una hora después, Rosemary oyó un golpecito suave en la puerta abierta.
—Hola, preciosa. Estoy organizando una pequeña velada abajo, como prometí. ¿Bajas o...? —Lance llevó la vista por encima del hombro de Rosemary hacia la computadora abierta, con el documento de Word a medio llenar—. ¿Necesitas trabajar un poco más?
Alejarse un rato del terror blanco de la pantalla seguramente le haría bien.
—Me cambio y bajo enseguida —respondió con una sonrisa, lo que le valió un gesto aprobatorio de Lance.
Se cambió y se observó en el espejo del baño en suite .
Se había puesto un vestido verde con lunares blancos que realzaba su escote de una forma muy atractiva, aunque dejaba algo de espacio para la imaginación con su falda suelta. En la casa hacía un poco de frío, así que se puso un cárdigan color crema.
Pensó que estaba bastante bonita, con su piel pálida sonrojada, los labios pintados de rojo y el pelo cobrizo.
Siempre había odiado usar lentes; creía que le tapaban el rostro, hasta que un día, en una boutique en Savannah, una óptica la ayudó a encontrar un armazón que se ajustara a la forma de su rostro.
Con dos pares de lentes estilo ojo de gato en su bolsa, se terminó el problema.
Ahora Rosemary usaba la ropa y los lentes como un arma contra el mundo. También los tatuajes, supuso. Si proyectaba seguridad, tal vez lograría engañar a su mente para que creyera que de verdad la tenía. Respiró hondo un par de veces, buscando afirmarse, mientras se miraba en el espejo.
—No hay nada por lo que ponerse ansiosa —se dijo—. Es solo una reunión íntima entre colegas. No hay presión. Sé tú misma.
Su reflejo no parecía tan convencido. Al menos Lance iba a estar ahí, y además podía simplemente evitar hablar con Ellis.
Lo curioso era que evitar a Ellis ya no tenía el atractivo que había imaginado.
Rosemary admitió que tal vez disfrutaba discutir con él.
El verdadero problema era si estaba en condiciones de sostener una conversación con el hombre más sexi de 2022, según la revista GQ , sin recordar el calor abrasador de su mano en la parte baja de su espalda.
Justo cuando estaba por salir, el teléfono vibró.
Era un mensaje de Immy en el chat grupal Las Raras.
«¿Cuántos fantasmas viste?», decía el texto.
«Dos mujeres de la época de la Regencia, pero ninguno más por ahora».
«¡Qué genial!», comentó Dina. «¿Vas a hablar con ellas?».
«No estoy segura todavía. Cuando las vi, estaban discutiendo. Y no quiero que nadie me vea y piense que estoy loca».
«De todos modos, van a pensarlo», replicó Immy, con varios emojis de corazones para que Rosemary entendiera que estaba bromeando. A veces, Rosemary admitía que le costaba captar el humor británico tan seco de sus amigas.
«¿Cómo es la casa?», preguntó Dina.
«Hermosa. Espeluznante. Exactamente como debería ser. Y ya me doy cuenta de que hay un montón de aves increíbles por aquí. Mañana voy a salir a observar pájaros».
«Estás completamente loca, te amo», dijo Dina. «¿Algún otro intercambio con ya sabes quién?».
La sensación de la mano de Ellis acariciándole la piel de la espalda volvió a golpear a Rosemary como un rayo.
«Nada fuera de lo normal. Está saliendo con Jenna Dunn».
No estaba segura de por qué no se lo había contado antes a sus amigas. Tal vez porque no quería pensar demasiado en eso; si lo hacía, terminaría hecha un manojo de excitación y emociones confusas.
Immy envió varios emojis de caritas furiosas, seguidos de: «¿¿¿Quién mierda es???».
«¿Estás segura?», escribió Dina. «Porque mi mamá le leyó las cartas y dijo que está soltero. Y las cartas no mienten».
«Si tú lo dices», respondió Rosemary. No quería decirle a Dina que su magia estaba equivocada, considerando cuántas veces se había demostrado lo contrario.
Pero ella los había visto juntos y había confirmado que estaban saliendo.
Tal vez las cartas no siempre aciertan , pensó Rosemary mientras bajaba las escaleras.
Escuchaba a Lance juguetear con las teclas del piano mientras avanzaba, y la risa grave de Ellis por algo que Lance debía de haber dicho.
¿Cómo encajaba ella en ese mundo? ¿Y cómo se suponía que iba a vivir todo eso —quedarse en ese lugar precioso, ver cómo su propio libro cobraba vida— y después volver a su vida de todos los días?
La idea de regresar a su pequeño apartamento siempre la había llenado de alegría, pero ahora le resultaba sofocante.
Extrañaba estar en el mismo país que sus amigas, saber que estaban a un viaje en auto o en tren de distancia (Inglaterra realmente era diminuta ).
Inspiró hondo y empujó la puerta de la sala.
El aire estaba más cálido adentro, seguramente porque en la chimenea crepitaba una hoguera de leña de roble que impregnaba la habitación con un aroma dulce a madera.
Lance tocaba un dúo con un hombre elegante y pequeño, que tenía la cabeza apoyada en el hombro de Lance mientras compartían el taburete del piano.
A Rosemary le tomó un segundo reconocerlo: era Arthur, el esposo de Lance, que meses atrás la había saludado desde el fondo de una llamada por Zoom, con un delantal que decía «Besos para el chef», cuando se reunió con Lance antes de que empezara el rodaje.
Ellis estaba sentado en el piso, recostado contra el brazo de un sofá.
Tenía pegada en el rostro una sonrisa boba mientras miraba a Fig forcejear con un juguete para morder.
Él no podía verlo, pero Fig intentaba arrancarle el juguete de la boca al perro fantasma, que le devolvía el juego con entusiasmo.
Así que los dos perros podían verse. Interesante.
Los animales, igual que los niños pequeños, tenían facilidad para detectar fantasmas, pero Rosemary se preguntó si Fig habría conocido a ese perro cuando aún estaba vivo.
—Rosemary, querida, ya casi pensaba que no vendrías.
Me preguntaba si el desfase horario no te habría ganado la pulseada —dijo Lance desde el piano, con una sonrisa radiante, y de inmediato se puso a cantar «Love Grows Where My Rosemary Goes», aparentemente en su honor.
Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa; su mamá solía cantarle esa canción cuando era chica.
—Perdón, solo necesitaba refrescarme un poco —dijo, y se acercó al sofá. Sintió la mirada de Ellis sobre ella, incluso mientras jugaba con Fig. Uf, con el fuego encendido hacía un calor tremendo. Se quitó el cárdigan y lo dejó a su lado, sobre el sofá.
Arthur dejó su lugar junto a Lance y fue a sentarse junto a ella.
—Es un placer conocerte por fin, nuestra guionista extraordinaria. ¿Qué se siente ser la mujer más importante de la habitación? —le preguntó Arthur, con una sonrisa que le arrugaba las comisuras de sus ojos azules.