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E n menos de cinco minutos de haber puesto un pie en la mansión Hallowvale, Rosemary supo sin lugar a dudas que estaba embrujada.
Maira, una de las responsables de localizaciones, y la señora Fairfax les estaban dando a Ellis, Rosemary, Lance y Vincent un recorrido por la mansión, esta vez centrado solo en las habitaciones donde se filmaría.
Le envió un agradecimiento silencioso a Josephine, su agente, por haber negociado sin descanso para incluirla en todos los aspectos de la producción.
Había visto la sorpresa de Ellis al enterarse de que ella se quedaba en el lugar.
Probablemente esa fuera otra razón por la que no la soportaba: se metía demasiado.
¿Y qué sabía él? Su carrera no dependía enteramente del éxito de esta película.
En el gran salón de entrada, donde dos escaleras curvas ascendían hasta un rellano en el entrepiso, todo de madera cálida iluminada en un caleidoscopio de colores por los vitrales a su espalda, Rosemary vio a personas de distintas áreas del rodaje montando todo.
Los escenógrafos y el equipo de cámara iban y venían desde las puertas principales hacia las salas que se abrían desde el salón de entrada, cargando estuches rígidos, trípodes y otros equipos de filmación cuyos nombres Rosemary desconocía.
Un grupo apilaba los estuches unos sobre otros, formando una torre de cajas negras en un rincón, antes de salir a buscar más equipo.
Fue en ese momento cuando las vio. Dos mujeres vestidas de una forma totalmente diferente a la ropa negra, pulcra y deportiva del equipo técnico.
Tendrían alrededor de veinte años, pero su vestimenta pertenecía claramente a la época de la Regencia.
Llevaban vestidos de día sencillos, de algodón, teñidos en rosa pálido y crema, y el pelo recogido en moños bajos: una con rizos castaños oscuros, la otra rubia ceniza.
Aunque por un segundo Rosemary pensó que podían ser extras, ambas tenían ese brillo antinatural en los bordes.
Y además estaban discutiendo a los gritos, sin que nadie más pareciera notarlo.
—¡Cómo te atreves! —le gritó la fantasma morena a la otra—. Todo este tiempo y nunca me lo dijiste.
—No me mires así, nunca lo habrías entendido —le devolvió su compañera con un grito cargado de dolor.
Rosemary sintió el tumulto emocional que irradiaban en oleadas, y quizá no fuera solo cosa suya: la gente a su alrededor parecía un poco más irritable, más triste que un momento antes. Pero los fantasmas no podían contagiar sus emociones a los vivos, ¿o sí?
La mujer morena tomó algo que parecía un paquete con guiones, que estaba apoyado sobre uno de los estuches negros, y se lo arrojó a la otra.
Un par de personas parecieron darse cuenta, pero, con tanta gente moviéndose, seguramente pensaron que alguien más lo había tirado.
Por experiencia, Rosemary sabía que la mente de las personas no pensaba enseguida en fantasmas cuando veía algo raro.
El paquete no atravesó el cuerpo de la otra, como Rosemary había esperado, pero soltó un grito ahogado, más de frustración que de dolor, y se alejó furiosa, dejando a la morena hirviendo de rabia al otro lado del salón.
—¡No me vuelvas a hablar nunca más! —le gritó, y salió corriendo hacia una pared cercana y desapareció.
A Rosemary no le sorprendió demasiado que hubiera fantasmas en Hallowvale.
Al fin y al cabo, era una casa antigua. Lo que no esperaba era ver a un par de fantasmas que llevaban siglos allí y que aún conservaban la capacidad de manipular la materia.
¿Podían tomar cosas y arrojarlas, pero también atravesar paredes sólidas como si fueran aire?
Tendría que replantearse su definición de lo que un fantasma podía hacer.
Lo que más la perturbó fue cómo la ferocidad de la pelea parecía haberse filtrado, aunque fuera por un instante, hacia los vivos.
Tal vez solo lo había imaginado. De cualquier modo, tendría que mantenerse alerta y usar la vela repelente de fantasmas que Dina le había hecho.
Esa noche, y todas las noches hasta que se fuera de Hallowvale, iba a encenderla y a esparcir sal en la puerta de su habitación.
Al darse cuenta de que se había quedado atrás demasiado tiempo, Rosemary apresuró el paso para alcanzar al grupo, internándose en un pasillo en penumbras, con retratos de hombres de aspecto serio acompañados de sus perros de caza, que la observaban desde las paredes.
Oyó voces apagadas más adelante y se detuvo antes de entrar en una de las salas laterales. No estaba segura de qué la había detenido. Las voces se volvieron más claras.
—Quedaría mejor simplemente con pronunciación estándar —decía Jeremy—. Es lo que pidió el estudio.
—¿Mejor para quién? —replicó Vincent, en un susurro.
—Para el público estadounidense, sin duda. —Esa voz era la de Ellis.
—Bueno, si es algo por lo que van a hacer tanto escándalo, supongo que podemos hacerlo con pronunciación estándar. ¿Ellis? —preguntó Vincent.
Rosemary se acercó despacio, procurando no pisar una tabla que chirriara. Era raro escuchar a esos hombres tener lo que parecía ser una reunión secreta sin ella. No podía estar segura de que no la hubieran incluido si no se hubiera rezagado, pero el tono bajo le despertó sospechas.
—El público estadounidense no tuvo problemas con series como Peaky Blinders , así que pueden soportar un leve acento de Mánchester.
—¿De verdad importa tanto? —se quejó Jeremy.
—Sí, importa. El acento norteño de Alfred refuerza su personaje. Hace que su tío lo vea como de menor estatus social. Le va a dar más matices a la película —dijo Ellis. ¿Estaba defendiendo su libro?
—Sí, sí. Estoy de acuerdo con Ellis —respondió Vincent con vehemencia—. Lo siento, Jeremy, vas a tener que darle la mala noticia al estudio.
—No se van a poner contentos —aseguró Jeremy.
Rosemary retrocedió y se escabulló hacia un pequeño nicho con una ventana en arco.
Ellis había defendido su guion, había discutido a su favor para asegurarse de que la película fuera fiel al original, y ella ni siquiera estaba en la misma habitación cuando pasó.
¿Por qué lo haría? Recordó el libro y el guion llenos de anotaciones que Ellis había llevado a la reunión en el hotel Cloverwood.
Tal vez le importa , pensó. También había algo en la forma decidida en que había hablado.
No era una orden, no. Pero sí había un ligero tono de autoridad en su voz.
Eso significaba que lo que decía era definitivo.
Y eso, tuvo que admitir Rosemary, era muy excitante.
El intercambio que habían tenido la noche anterior volvió a su mente: la sensación del aliento cálido de Ellis en su clavícula cuando le dijo que estaba bloqueándole el paso.
Bueno, sí, era muy excitante. Había algo en él que la hacía pensar que sería así en la cama.
Dominante. Amable. No es que eso fuera a pasar, porque, por un lado, Rosemary, por más orgullosa que estuviera de su aspecto, no tenía el cuerpo que los hombres de este siglo consideraban atractivo, y, por otro, Ellis estaba saliendo con Jenna Dunn y, aunque un poco desparejos, parecían bastante felices.
Rosemary no era de romper parejas. Pero podía permitirse imaginar ciertas cosas, ¿no?
No había nada malo en eso. Quizá Ellis no fuera tan terrible para Alfred como ella había pensado.
—Parece que hubieras visto un fantasma. —La voz grave de Ellis sonó a su lado, y Rosemary se dio cuenta de que se había perdido tanto en su pequeño ensueño fantasioso que no lo oyó acercarse.
—¿Qué? —balbuceó. ¿Podía adivinar lo que estaba pensando? ¿Estaba escrito en sus pupilas dilatadas y en el rubor de sus mejillas?
—Dije que parece que hubieras visto un fantasma. —Dio un paso más hacia ella. El aroma familiar a cedro y jabón invadió sus sentidos. Mierda, ¿en qué momento el olor de Ellis se había vuelto familiar?
—Ah, sí; de hecho, vi dos. En el salón de entrada. —Guiñó un ojo, esperando que el humor disimulara el revoloteo de mariposas en su estómago. Ellis soltó una risa seca.
—Vamos. La señora Fairfax va a mostrarnos la torre embrujada.
Rosemary asintió y salieron del nicho. Pronto alcanzaron al grupo y, a medida que se internaban más en las entrañas de la mansión, el entusiasmo de Rosemary iba en aumento.
Podía imaginar con facilidad a sus personajes caminando por esas salas, sentados en sus escritorios a la luz de las velas. Podía ver a los espectros y demonios que había creado acechando en rincones helados, esperando atacar. Era perfecto.
—Y justo aquí arriba hay una habitación llamada el Campanario. Es el dormitorio más alto de la casa, y creemos que funcionó como laboratorio de un astrónomo aficionado.
—Esta será la habitación de Alfred —dijo Vincent por encima del hombro, mientras empezaban a subir por una escalera angosta y en espiral, tallada en piedra.
Solo cabía una persona a la vez en los escalones de losa, y Ellis le indicó a Rosemary que pasara primero.
Mientras subía, notó una serie de vitrales delgados que dejaban entrar la luz.
Pero no eran como los del salón principal.
Cada panel, unido al siguiente, mostraba un grupo de hadas danzando alrededor de hongos de sombrero rojo en un claro del bosque.
—¿Quién hizo estos vitrales? —preguntó, dirigiéndose a la señora Fairfax, que venía detrás de Ellis.
—¿Las ventanas? Curiosamente, no lo sabemos. Deben de haber sido encargadas cuando se construyó la casa, pero no hay rastro en los registros.
—Es raro ver hadas en un vitral así; uno esperaría algo religioso —agregó Ellis.
—En efecto. Aunque se dice que los bosques entre Hallowvale y Osprey House, la otra mansión georgiana más pequeña que hay cerca, estaban repletos de seres feéricos. Así que quizá no sea tan extraño —dijo la señora Fairfax con un tono nostálgico.
Rosemary dio un paso adelante para mirar el cristal más de cerca, pero el pie se le resbaló en una hendidura gastada del escalón.
Perdió el equilibrio al instante, cayó hacia atrás y se giró hacia un lado, esperando sentir la piedra fría contra la espalda.
En cambio, sintió dos manos cálidas aferrarse a su cintura de ambos lados, sosteniéndola con firmeza.
Ellis logró sujetarla antes de que cayera, así que solo giró sobre sí misma.
Quedó frente a él. Sus manos se apoyaron contra su pecho musculoso, y sintió el subir y bajar de su respiración.
El corazón de Ellis latía rápido bajo sus dedos.
Rosemary alzó la vista, lista para disculparse, para agradecerle, para decir cualquier cosa. ..
—Te tengo —resolló Ellis. Sus palabras le provocaron una oleada de calor que le recorrió la columna.
Al atraparla, las manos de Ellis debieron deslizarse sin querer entre el jersey y los jeans de ella. Sus dedos se hundieron en la curva baja de su espalda. En su piel desnuda.
Rosemary estuvo a punto de gemir al sentir esa intimidad tan absoluta, el contacto de su piel caliente contra la suya. Ellis debió de notarlo al mismo tiempo, pero no retiró las manos; la sostuvo hasta que ella recuperó el equilibrio. El mundo se desvaneció: solo estaban ellos dos.
—Las escaleras son viejas —susurró Rosemary.
—Sí.
—Me resbalé.
Ellis la miró desde arriba y ella hubiera jurado que, por una fracción de segundo, su pulgar le acarició la piel, de un lado a otro.
—Te atrapé.
—Gracias —dijo con voz entrecortada.
—De nada —respondió Ellis, y el gris de sus ojos se mostró más oscuro y profundo que antes.
Solo cuando la señora Fairfax se aclaró la garganta Rosemary se dio cuenta de que seguían detenidos en la escalera y que los demás ya estaban en el Campanario.
Se dio vuelta y subió el resto de los escalones de a dos, alejándose de Ellis lo más rápido posible.
Antes, al menos, lo odiaba. Era gruñón, grosero, insensible y había arruinado su libro.
Pero ahora... ¿qué? Ya no podía decir que Ellis Finch le resultara indiferente.
El lugar donde su mano le había tocado la cintura estaba ardiendo.