7
A los veinte años, Ellis podía dormirse en cualquier parte. Una vez, durante el rodaje de una película de acción mediocre sobre un pirata temerario, se había echado una siesta en una de las hamacas viejas y malolientes de la galera.
Pero ya no le resultaba tan fácil conciliar el sueño, sobre todo cuando terminaba un día lleno de tensiones.
La mañana anterior ni siquiera conocía a Rosemary y, en el transcurso de un solo día, había logrado sacarla por completo de quicio y arruinarle un libro.
A su sensibilidad británica le resultaba doloroso.
Aunque, pensándolo bien, tampoco estaba libre de culpa: la había provocado.
Había dado vueltas en la cama durante lo que le pareció una eternidad, repasando sus conversaciones.
O discusiones, según cómo se mirara. Por momentos, su mente se desviaba hacia el recuerdo de cómo ella se había sonrojado en la piscina después de que él le ordenara, con suavidad, que volviera al flotador.
Le había parecido... receptiva. No. Mejor no entrar en eso.
Solo pensar en ella de ese modo era peligroso.
No importaba que, en teoría, fuera exactamente su tipo.
Esas curvas, ese pelo... Lo iban a perseguir.
Pero aun si a ella le interesara, cosa que claramente no era así, él no debería ni siquiera considerarlo.
Le llevaba unos diez años, tal vez más, y estaba «saliendo» con Jenna, por lo menos durante ese mes.
Había demasiadas razones en contra, incluso si una parte diminuta, infinitesimal, de Ellis se preguntaba qué sonido haría ella si le pasara el pulgar por uno de los pezones y le mordiera, apenas, ese carnoso labio inferior.
Probablemente el mismo sonido que había hecho en la cena al probar el postre: un sonido que (no podía ignorarlo) le había ido directo a la verga.
Esa mañana se había despertado todavía perturbado por sueños raros en los que unas piernas tatuadas se enroscaban alrededor de su cintura.
Solo dejó de sentirse así cuando el chofer salió de la autopista y tomó el camino ancho, bordeado de robles, que llevaba a la mansión Hallowvale.
En algún lugar cercano, Fig estaría correteando detrás de su asistente personal, Eva, a quien había llevado para que lo acompañara durante la estadía en el set .
Eso era lo bueno de ser famoso: podía llevar a Fig a donde quisiera. Probablemente fuera lo más parecido a ser una diva que había alcanzado: garantizar que su mascota pudiera viajar con él cada vez que filmaba lejos de casa.
La mansión Hallowvale era aún más impresionante que en las fotos que había visto en internet, y el día acompañaba: corría una brisa fresca y limpia, y no había una sola nube en el cielo.
Estaba completamente rodeada por colinas suaves y onduladas, y la piedra caliza amarillo arena de sus muros capturaba la luz del mediodía.
La mansión, con sus torrecillas, ventanas góticas en arco y una enorme puerta de hierro forjado, parecía más un castillo; solo le faltaba el puente levadizo.
Glicinas y hiedra trepaban por las paredes, y a un costado divisó un rosedal.
La construcción tenía cientos de años: había sido levantada a mediados del siglo XVII y, a medida que avanzaban por el camino de grava que serpenteaba alrededor de una fuente con querubines, Ellis contempló con asombro las ventanas delanteras, con delicados vitrales.
Era la elección perfecta para la película: de día tenía una calidez abierta y acogedora, pero a la luz de la luna la decoración gótica resultaría francamente espeluznante.
No era habitual que parte del elenco y del equipo se alojara en el set , pero Hallowvale tenía una casa de huéspedes muy bonita en los límites de la propiedad, donde Ellis se alojaría.
El resto del equipo dormiría en hoteles cercanos.
El viaje desde Londres era bastante largo, y habría muchas tomas nocturnas, así que lo más seguro para todos era quedarse cerca.
Ellis se preguntó dónde se alojaría Rosemary, teniendo en cuenta su rol de productora ejecutiva y guionista.
Los otros autos, en uno de los cuales viajaban Rosemary y Lyn, su asistente, a quien Ellis ya había conocido en rodajes anteriores, se detuvieron a su lado.
Observó a Rosemary mientras contemplaba la mansión.
Vio en sus ojos un brillo de emoción y una sonrisa reservada se dibujó en sus labios.
Quiso saber qué estaba pensando. ¿Hallowvale era todo lo que había esperado?
Ni una sola vez reparó en cómo los jeans que llevaba puestos le ceñían los muslos y el trasero de una forma encantadora.
De hecho, ni sabía qué llevaba puesto: tan poca atención le había prestado.
Oyó ladrar a un perro y, de repente, Fig estaba a sus pies, moviendo la cola con entusiasmo y saltándole encima.
—Hola, preciosa, te extrañé —dijo Ellis, inclinándose para llenarla de mimos, mientras ella se daba vuelta de inmediato para que le rascaran la barriga.
—Espero que no te haya dado muchos problemas —dijo cuando Eva le pasó la correa. Con Fig ahí, se sentía un poco más tranquilo.
—Para nada, siempre es un encanto. Se cansó persiguiendo palomas torcaces en el campo de allá —le contó Eva con una sonrisa, mirando a la perrita.
—Vaya, vaya, si es Ellis Finch —exclamó una voz elegante y potente.
Lance Lilitree, joya de la corona de los actores clásicos británicos, se acercó con paso despreocupado, con su bastón decorativo en la mano.
Si Ellis no lo hubiera conocido bien, habría pensado que Lance ya llevaba puesto el traje de lord victoriano de la mansión.
—Lance, qué gusto verte —dijo Ellis, sonriendo mientras se abrazaban—. Tanto tiempo sin vernos.
—Es verdad. Ahora tienes unas cuantas canas más, pero a mí todavía no me salió ni una. —Lance rio, consciente de la broma recurrente de los tabloides sobre su afición a teñirse el pelo.
—No todos nacemos bendecidos —dijo Ellis—. Lamento que no hayas podido acompañarnos anoche.
—Yo también —respondió Lance, compungido—, pero mi querido Arthur actuaba en el Sam Wanamaker y no me lo quería perder por nada del mundo. Hace un Yago tan perverso que es una maravilla.
—No me cuesta creerlo.
Lance se inclinó hacia Ellis y le susurró al oído en un gesto conspirador: —¿Ya la conociste?
—¿A quién? —preguntó Ellis, frunciendo el ceño.
—A nuestra talentosa autora, nuestra guionista extraordinaria. Rosemary Shaw.
—Ah..., sí. Estuvo anoche.
—¿Y? —Los ojos de Lance se agrandaron—. Hablé con ella por teléfono hace unos meses, para resolver algunas dudas que tenía sobre lord Parlow, y me pareció un encanto.
Si yo jugara para el otro equipo y tuviera cuarenta años menos, sin duda le habría anotado mi nombre en su tarjeta de baile.
Para ser tan joven, es sumamente audaz y brillante, ¿no es cierto?
Como Rosemary no estaba cerca para oírlo, Ellis admitió la verdad.
—Sin duda. Es muy perspicaz.
***
No pudo seguir charlando con Lance mucho más porque todo el elenco principal y el equipo de rodaje —entre ellos Vincent, Jeremy, Cathy, Lance, Marissa y Rosemary— fue llevado a una visita guiada de reconocimiento por la mansión.
Vincent y Jeremy ya habían estado en la casa, así que el objetivo de la visita era familiarizar a Ellis y a Lance con su distribución y con algunos lugares clave donde filmarían. Vincent se involucraba de una forma muy práctica con el trabajo de dirección, algo que Ellis valoraba muchísimo.
La visita la encabezaba una mujer blanca, ya mayor y de porte distinguido: la señora Fairfax, administradora de la finca. A Ellis le recordó a una maestra severa de primaria.
Al principio del recorrido, alrededor de la fachada principal, Vincent se acercó a Ellis para hablar sobre algunas tomas importantes que quería hacer y cómo quería que las abordara.
Aunque estaba concentrado en «modo trabajo», Ellis no podía evitar sentir la presencia de Rosemary detrás de él, conversando animada con Lance.
De tanto en tanto, oía destellos de su acento sureño o alguna carcajada.
Cuando estaba con él casi no sonreía, y jamás se reía.
¿Qué hacía Lance que él no? Ah, claro: Lance no se empeñaba en sacarla de quicio.
Hicieron una pausa junto a la base técnica, a la derecha de la entrada principal, donde había camiones y tiendas de campaña de las distintas secciones y un enjambre de gente descargaba y armaba el equipo para el rodaje del día siguiente.
Mientras Vincent y Jeremy se detenían a hablar con uno de los asistentes de dirección, Ellis sintió que Fig tensaba la correa y, antes de poder sujetarla, salió disparada.
Por suerte, no se alejó demasiado. Por desgracia, parecía haberle tomado cariño a Rosemary y movía la cola con frenesí mientras restregaba el hocico en su mano.
—Eres una cosa preciosa —le oyó decir cuando se acercó. Sus miradas se cruzaron; Ellis notó cómo la expresión de ella se oscurecía casi al instante, como una repentina tormenta de abril.
—Supongo que debería agradecerte por el libro —dijo ella, sin sonar agradecida en lo más mínimo.
—No, no tienes por qué. Primero y principal, fue culpa mía que se haya estropeado.
—Bueno. De todos modos, gracias.
—Aunque sí deberías disculparte —soltó Ellis, un poco en contra de su voluntad. ¿Estaba coqueteando con ella? Mierda .
Rosemary alzó una ceja y se puso de pie. En ese momento, sopló una de esas frías ráfagas de octubre que le levantó el pelo hacia él. Aroma a lavanda y menta.
—¿Por qué sería eso? —preguntó.
—Me quedé leyendo un rato el libro sobre las sirenas asesinas. Da miedo. Me tuvo despierto toda la noche.
—¿O sea que soy la culpable de que no hayas dormido bien?
Sí, me persigues hasta en sueños , pensó.
—Tu elección de lectura.
—No es mi culpa que seas un miedoso.
Ellis soltó una carcajada tan fuerte que Lance giró la cabeza en su dirección.
—No soy un miedoso.
—Ah, ¿no? —dijo Rosemary, inclinando la cabeza a un lado—. Demuéstralo. Dime qué otras cosas de terror leíste o viste. Acepto películas y libros por esta vez.
—Qué generosa. La posesión del mal .
—Eso no cuenta, y lo sabes.
Ella se acercó un paso más, y Ellis sintió una sacudida en la mano; por un instante desesperado, quiso tocarla.
—Me ganaste. —Se inclinó hacia ella, lo bastante cerca como para ver sus labios teñirse de un color cereza—. No veo mucho terror, Rosemary. Es mi secreto más oscuro y terrible.
Rosemary parecía estar conteniendo las ganas de darle un manotazo.
—No hablas en serio.
—Muy en serio, me temo. Nunca estoy de humor para eso. Soy más de las comedias románticas.
—¿Y El exorcista ?
—No.
—Pero es un clásico. —Rosemary parecía a punto de llorar—. ¿ La nave del terror ? ¿ La cosa del otro mundo ? ¿ El resplandor ?
—Perdón, soy un novato en el género de terror.
—Si vas a interpretar a Alfred, tienes que haber visto los clásicos. Te voy a hacer una lista. Considéralo investigación.
—¿Quieres que vea una pila de películas de terror mientras estamos en una casa gigante y antigua que bien podría estar embrujada?
—¿Tienes miedo?
—No, no creo en fantasmas ni nada de eso.
Rosemary se acercó un poco más, con una sonrisa casi imperceptible en los labios.
—Deberías.
—Y si las veo, ¿eso va a hacer que por fin creas que soy la elección correcta para tu película?
Ahí estaba otra vez, mirándolo con esos profundos ojos cafés. Tan profundos como para ahogarse en ellos.
—Lo voy a considerar.
***
La señora Fairfax los llevó luego a la casa de huéspedes, sobre todo porque Jeremy se quejaba del frío del campo y quería cambiarse antes de continuar el recorrido por la mansión antigua, que seguramente tendría muchas corrientes de aire.
Esta casa debía tener un cuarto del tamaño de la mansión, y a Ellis le gustó aún más por eso.
Estaba en un claro abierto y recibía el sol de lleno.
Allí se alojarían Ellis, Lance, Rosemary, Vincent, Jeremy y algunos miembros del equipo durante el rodaje.
Trató de no pensar en que Rosemary dormiría bajo el mismo techo ni en por qué eso le importaba.
Por una charla breve con Lance había sabido que la agente de Rosemary era muy astuta y había negociado que ella formara parte plena de la producción, lo que incluía la estadía con el elenco y el equipo principal.
—Es una belleza —exclamó Rosemary, y él asintió con total convicción.
Parecía casi una cabaña grande, con una puerta de madera roja brillante, piedra cálida y una fachada acogedora.
Dos altos árboles perennes flanqueaban la casa, y Ellis oyó el canto alegre de los pájaros.
Estaba deseando volver a despertarse con el canto de las aves después de haber pasado la noche en el hotel de Londres, donde no se oía.
—Pasen, pasen —dijo la señora Fairfax, sosteniendo la puerta principal. Antes de entrar con Fig, Ellis se inclinó para comprobar que no tuviera barro en las patas.
La entrada daba a una escalera curva, con una ventana alta que iluminaba el vestíbulo y sus baldosas blancas y negras con una luz dorada.
—Por allí está la cocina, a gas y equipada con un refrigerador bien provisto.
Avísennos si necesitan algo en particular y mandamos a alguien al pueblo a comprarlo.
Por ahora, compré una selección general —dijo la señora Fairfax.
Luego giró a la izquierda y los condujo a una sala de estar con paneles azul claro que daba al frente de la casa.
Una chimenea con leña apilada, apagada por el momento, era el centro de la habitación.
Sillones cómodos y un sofá donde entraban cinco personas ocupaban el resto del espacio en torno a la chimenea.
Del otro lado había estanterías con libros y un piano pequeño.
Las paredes estaban cubiertas de cuadros de paisajes desparejos y retratos en miniatura: era el paraíso del maximalismo.
—Esta es la sala principal. Siéntanse libres de usarla cuando quieran.
—¿Quién vivía aquí en su época? —preguntó Rosemary.
—Esta casa estuvo ocupada por la viuda lady Lightbourne, madre del duque de Lightbourne. Se decía que organizaba unas fiestas hermosas en esta sala —respondió la señora Fairfax, pasando la mano por la repisa de cerezo pulido.
—Como haremos nosotros —exclamó Lance, dando una palmada—. Ahora que vi que hay un piano, tenemos que organizar nuestra propia velada, ¿no les parece? Esta noche nos reuniremos aquí después de la cena para conocernos mejor.
Sonrió y asintió de un modo que no admitía objeciones.