6 #2
—Un gusto conocerte, Rosemary. ¿Eres uno de los fantasmas? Si no te molesta que te lo diga, pareces salida de una pintura.
—Oh. Eh, gracias —balbuceó Rosemary, que no estaba acostumbrada a que la elogiaran de forma tan directa cuando conocía a alguien—. Pero no actúo en la película; yo la escribí.
—Qué increíble. Yo estoy escribiendo mi propio guion ahora, así que voy a tener que aprovechar tus conocimientos.
Había algo en Jenna que resultaba genuino; era tan rápida, inteligente y cautivadora que Rosemary no pudo evitar sonreír. A pesar de la diferencia de edad, podía entender qué veía Ellis en ella.
—¿Qué tipo de guion? —preguntó Rosemary, justo cuando los meseros pasaban con una bandeja de copas de prosecco y dejaban una frente a ella.
—Una comedia romántica. Gira en torno a un dominante que está abriendo un calabozo sexual y la inspectora de seguridad e higiene que contrata para asegurarse de que todo cumpla las normas. El título provisorio es Peligro de asfixia .
Ellis tosió dentro de su copa y su mirada se cruzó con la de Rosemary por un instante. Había algo indescifrable en sus ojos.
—Bueno, con ese título ya empezaste fuerte. —Rosemary le dedicó una sonrisa a Jenna, que se recostó en la silla, visiblemente satisfecha consigo misma.
Sirvieron la entrada: un cuenco pequeño de sopa de calabaza e hinojo y una rodaja fina de pan de nuez y centeno. Mientras comían, Rosemary esperaba que alguien más se sumara a la conversación, pero todos a su alrededor estaban absortos en sus propias charlas.
—¿Y hace cuánto están juntos? —preguntó Rosemary, buscando cualquier cosa que rompiera ese silencio incómodo.
—Dos días —murmuró Ellis, al mismo tiempo que Jenna decía: —Unas semanas.
—Entiendo —respondió Rosemary, con todo el tacto que pudo reunir.
¿Por qué Ellis había dicho eso? ¿Era una broma? Y si la relación era tan nueva, ¿no deberían estar en la fase de adorarse sin parar? Si ella estuviera con alguien como Ellis —y en esa fantasía realmente le gustara su personalidad—, no se habría puesto ropa durante al menos las primeras dos semanas.
—Es algo reciente —dijo Jenna al final, aunque Rosemary notó el codazo que le dio a Ellis—. Nos conocimos por un amigo en común y conectamos enseguida.
—Qué lindo.
—¿Y tú, Rosemary? Me cuesta creer que estés soltera —dijo Jenna, dando un sorbo delicado a la sopa.
—Es muy amable de tu parte, pero sí, estoy soltera. Ya sabes cómo es el dicho: las únicas personas buenas son las de ficción.
Jenna asintió con gravedad, y Rosemary deseó que Ellis dejara de mirarla de esa forma. ¿Qué significaba esa expresión? ¿Lástima? No necesitaba su lástima. Estar soltera era una elección, y lo seguiría siendo hasta encontrar a alguien con quien realmente disfrutara pasar el tiempo. Así de simple.
—Igual, no me imagino que alguno de los personajes de ficción que escribes dé en el blanco —dijo Ellis, claramente decidido a no soltar ese tema incómodo.
—¿Por qué? —preguntó Jenna.
—Porque solo escribo historias de terror. Al final, todos están poseídos, mueren de forma espantosa o se transforman en algún tipo de monstruosidad impía. No es precisamente material romántico.
—No sé. ¿Nunca oíste hablar del romance con monstruos? —dijo Jenna.
En ese momento, Rosemary llegó a la conclusión de que ella y Jenna se iban a llevar de maravilla.
Por suerte, la mujer que estaba sentada junto a Rosemary, una empleada del estudio llamada Cathy, empezó a conversar sobre la adaptación de novelas al cine, y así no tuvo que hablar con Ellis durante el siguiente plato.
Por fortuna, las porciones no eran muy grandes; Rosemary necesitaba espacio para el postre: una tarta deliciosa de chocolate amargo y caramelo salado, decorada con piel de naranja.
Estaba en el paraíso de los postres y no quería irse jamás. Puede que incluso haya dejado escapar un pequeño gemido de placer con el primer bocado; esperaba que hubiera sido lo bastante bajo como para que nadie lo oyera.
Poco después de que un pequeño ejército de meseros retirara los platos del postre, los invitados se dispersaron hacia el bar del hotel, y Rosemary decidió que ya había tenido suficiente trato social por esa noche.
Jenna había terminado en una enérgica discusión con Vincent sobre por qué Nora Ephron era la mejor directora de la historia del cine, y entre los apuros de despedirse de varias personas, Rosemary perdió de vista a Ellis.
Gracias a Dios; no tenía ganas de lidiar con él otra vez esa noche.
Pensó en volver a su habitación, pero al salir al vestíbulo vio un cartel de bronce que indicaba una sala privada, con una flecha que apuntaba a un pasillo iluminado con lámparas.
Las risas de Jeremy y el golpeteo torpe de sus pasos resonaron detrás de ella, y Rosemary se apresuró a entrar en la sala; la noche sería mejor si no tenía que interactuar con él.
Entró y cerró la puerta tras de sí, respirando agitada por haber escapado de Jeremy. La sala era pequeña y acogedora, y estaba iluminada solo por un par de lámparas de mesa y un fuego crepitante de madera de manzano.
Por un momento, al fin sola, soltó un suspiro de cansancio.
—¿Escapando de la fiesta en el bar? —dijo una voz grave a su derecha, que le hizo dar un salto.
Ellis Finch, con un vaso de whisky en la mano, estaba recostado en un sillón profundo frente al fuego, con expresión sombría. Seguramente porque ella le había arruinado su momento de melancolía y alcohol.
Ellis parecía el típico dueño taciturno de una mansión, siempre listo para seducir doncellas ingenuas. Por suerte, Rosemary no era ninguna doncella.
—No me estaba escapando.
—Ah, ¿no? ¿Entonces entras en las habitaciones y suspiras con fuerza contra el marco de la puerta todo el tiempo?
—No suspiré.
Él dio un sorbo lento a su trago.
—Claro.
—Escuché a Jeremy y a sus seguidores en el pasillo —admitió ella, señalando hacia el vestíbulo—. No tengo ganas de lidiar con él esta noche. Ni de existir en ese mundo.
—Pero ya estás en ese mundo. O lo estarás cuando se estrene la película.
Ellis se había levantado del sillón y avanzaba despacio hacia ella. Rosemary sintió que las burbujas del prosecco que había bebido hacía un rato le bailaban en el estómago.
—Tal vez un poco más, pero nunca voy a ser como tú. Y me parece perfecto.
—A algunos les sirve. Disfruta tus momentos de privacidad mientras duren —dijo Ellis con una media sonrisa, y tomó un trago largo.
—¿Y tú por qué no estás allí afuera? ¿Cuál es tu excusa? No es muy caballeroso dejar sola a tu novia en una fiesta.
Ellis le lanzó una mirada fulminante por encima del borde del vaso.
—Tal vez no soy un caballero. Tal vez a mí también me gusta la privacidad, o al menos la poca que consigo. Además, Jenna no necesita a un viejo como yo.
¿Viejo? ¿A quién quería engañar?
Rosemary soltó una carcajada.
—Por favor, apenas rozas los cuarenta. Dime qué otro viejo pasa la mitad del tiempo sin camisa y embadurnado en aceite para bebés frente a una cámara.
Por la sonrisa satisfecha que se dibujó en el rostro de Ellis, Rosemary cayó en la cuenta de que acababa de hacerle un cumplido.
—Viste mis películas. —Ellis se acercó un poco más y, por alguna extraña fuerza gravitatoria, Rosemary no retrocedió.
—No intencionalmente. Están en todos lados, es ósmosis cultural. No te creas tan importante.
—Muy tarde. Me siento sumamente halagado. Me estoy desmoronando bajo el peso de tu halago.
Ahora, Rosemary sintió cómo se le dibujaba una sonrisa. Ellis terminó su trago y dejó el vaso sobre la mesa.
—La costa debe de estar despejada ya, si quieres volver a tu habitación, Rosemary.
Tenía que dejar de decir su nombre así, con esa voz grave y aterciopelada.
—En realidad, pensaba quedarme aquí y tal vez leer alguno de los periódicos.
—¿Y no te molestaría si me quedo y hago lo mismo? Podemos comparar opiniones sobre las secciones de críticas.
—Ningún problema —respondió Rosemary, apretando los dientes.
Ellis soltó una risita y apoyó la mano en la manija de la puerta, detrás de ella, rozándole el antebrazo. Sintió la calidez de su piel.
—De verdad no te caigo bien, ¿no? —preguntó.
—¿Por qué dices eso?
—Tengo ojos. Y oídos.
—No es algo personal, Ellis.
—Parece bastante personal, Rosemary —replicó él.
—Simplemente no eres como imaginé que sería Alfred.
—¿Qué tiene de malo cómo soy?
—No tienes la... forma adecuada —dijo ella, sin mucha convicción.
—¿Forma? ¿Qué forma debería tener?
Menos cuerpo de galán , estuvo a punto de decir.
—Deberías ser más delgado. Eres demasiado... alto. Se supone que Alfred es un victoriano frágil.
—No soy tan alto —bufó él, acercándose más—. Te falta imaginación. Tendrás que conformarte conmigo te guste o no.
—Está bien.
—Bueno.
Rosemary tenía la vaga impresión de que estaba pegada contra la puerta y de que Ellis estaba tan cerca que podía sentir su aliento en el rostro cuando le hablaba.
Su aroma a madera inundaba todos sus sentidos.
Su cuerpo bloqueaba la luz del fuego. La penumbra, el calor que desprendía.
.. Eran suficientes para hacerle pensar a una mujer cosas que no debía.
Esperaba que no pudiera oír su corazón, que parecía querer salirse del pecho.
—Me gustaría irme a dormir ahora, Rosemary —dijo Ellis, inclinando la cabeza para encontrarse con sus ojos.
Rosemary sintió que el sudor le brotaba por la nuca y le humedecía las manos. Lo último que necesitaba en ese momento era imaginar a Ellis Finch en la cama.
—Ve a dormir entonces.
Él se rio: una carcajada grave, profunda, inquietantemente seductora.
—Me estás bloqueando el paso.
Mierda. Estaba apoyada contra la puerta y lo único que Ellis quería era salir de allí, estar lejos de ella. Incluso había tenido la mano en la manija todo ese tiempo. Rosemary se apartó de golpe hacia un costado, muerta de vergüenza.
—Claro, perdón. Vas a querer ir a encontrarte con Jenna.
Ellis parpadeó.
—Jenna, sí. Bueno, buenas noches, Rosemary. Espero que las sirenas asesinas no te den pesadillas.
Cuando salió de la habitación, Rosemary notó un perrito pequeño que se apresuraba detrás de él y al que no había visto hasta ese momento. Tenía un pelaje plateado brillante y, al reflejar la luz del fuego, Rosemary se dio cuenta de que era translúcido.
Debajo de todo su rechazo, sintió una punzada breve de tristeza por Ellis.
No solía ver fantasmas de animales y, cuando los veía, casi siempre eran perros o gatos que habían sido separados demasiado pronto de sus dueños y que no estaban listos para dejarlos.
El amor entre una mascota y su humano perduraba.
Rosemary pasó la noche dando vueltas en la cama, y no fue por el desfase horario ni por las sirenas asesinas.
Poco antes del amanecer, se despertó de un sueño en el que Ellis le susurraba órdenes suaves al oído; órdenes que ella estaba más que dispuesta a cumplir.
Se despertó con una sensación de humedad entre los muslos y completamente descolocada.
Hizo las maletas a toda prisa —su taxi a la mansión Hallowvale pasaría en menos de una hora— y, al salir de la habitación, casi se tropieza con un ejemplar nuevo de su libro de sirenas asesinas, en el suelo junto a su puerta. Interesante.