6
—M alditos hombres —refunfuñó Rosemary, dejándose caer sobre la cama, recién bañada después de su caída en la piscina.
Todo iba tan bien... Tenía varias horas antes de la cena, se había recostado en el flotador, por fin relajada, y había abierto el libro justo en la parte en la que los exploradores de cuevas marinas se topaban con un nido de sirenas asesinas, hasta que el horrible Ellis Finch la había tirado al agua.
Ni siquiera había alcanzado a leer una sola página, y ahora el libro estaba arruinado.
Había intentado secarlo con el secador, pero el daño ya estaba hecho.
Lo único que quería era un poco de tranquilidad antes de la gran cena de esa noche, y Ellis tuvo que aparecer con ese rostro estúpido y precioso y ese cuerpo tan sexi que daba asco para arruinarlo todo.
Ningún hombre debía tener un aspecto así; no era justo.
Músculos marcados, hombros esculpidos, un cuerpo trabajado durante años de entrenamiento y algunas cicatrices (se preguntó de qué) que le cruzaban la parte superior del pecho.
Ese pecho, por supuesto, estaba salpicado de vello oscuro que descendía hasta una profunda «V» justo encima del traje de baño.
Tenía el pelo oscuro y muy corto y, cada vez que se pasaba la mano, a Rosemary se le iba la mirada al bíceps contraído.
La expresión habitual de su rostro era concentrada, seria, hasta que esbozaba una pequeña sonrisa y los ojos se le arrugaban con un encanto travieso. Incluso cuando tenía la sensación de que se estaba burlando de ella, Rosemary luchaba contra las ganas de devolverle la sonrisa: era contagiosa.
Ellis tenía exactamente el aspecto que debía tener un protagonista de una película de Hollywood, excepto —y eso era lo más irritante para Rosemary— que también parecía el tipo de hombre que podrías conocer en un pueblo chico, dueño de una granja o de un vivero.
No tenía dudas de que a Ellis Finch le quedaría de maravilla una camisa a cuadros.
Pero un cuerpo perfecto no compensaba una personalidad tan insoportable y odiosa. No sabía bien qué era lo que le molestaba tanto de Ellis, pero, fuera lo que fuera, la sacaba de quicio, y saber que iba a tener que aguantarlo durante el rodaje de su película solo empeoraba las cosas.
Rosemary se secó y se puso un vestido verde de líneas delicadas.
Realzaba la calidez de su pelo y hacía resaltar la tinta de sus tatuajes.
Se frotó un poco más de manteca de karité en los brazos, una crema que le había preparado Nour, la madre de Dina.
No estaba segura de que fuera mágica —aunque Nour también era bruja—, pero la hacía sentirse como una reina.
Y le daba un aroma a cacao y neroli. Se maquilló de nuevo, con un ahumado cálido que destacaba sus ojos café y un labial color vino tinto.
Se observó en el espejo. Ni Ellis ni nadie podrían hacerla sentirse pequeña esa noche. Estaban ahí solo por ella. Les iba a dejar muy claro quién era Rosemary Shaw.
El teléfono vibró y entró un mensaje de su papá.
«¿Qué tal la vista, cielo?», decía. Era una tradición desde que ella se había ido a la universidad. Rosemary tomó una foto del Támesis, con la gente paseando al atardecer y las farolas antiguas iluminando el río.
«Nada mal», respondió, enviándole la foto.
Su papá contestó con dos imágenes: una era una captura de la aplicación de sonidos de aves que había descargado, en la que se veían algunos pájaros que había grabado últimamente y que alimentaban la obsesión de su hija por la ornitología; la segunda era del granero, donde había una camada de tres gatitos blancos y negros y uno más pequeño, anaranjado, todos acurrucados sobre una manta térmica.
«¡Tú ganas!», respondió ella. «¿Dónde los encontraste? ¡Son hermosos!».
Llegó otra foto, esta vez de los gatitos tomando leche de mamaderas diminutas. «En el granero, pero no encontré a su madre. Me los voy a quedar, vienen bien para los ratones».
Rosemary sintió una punzada repentina de nostalgia por su papá y la casa de su infancia.
Sus padres se habían mudado a la granja poco después de la muerte de su abuela, para poner en marcha su plantación de flores y calabazas.
Ni siquiera cuando su mamá se enfermó accedieron a volver a la civilización; a los dos les gustaba demasiado el espacio abierto.
Su mamá estaba enterrada ahí ahora, bajo su cerezo favorito, para poder descansar bajo sus ramas al sol.
Se alegraba de que su papá tuviera a los gatitos para mantenerse ocupado hasta que ella fuera a visitarlo.
Aunque, en realidad, no es que le faltaran cosas para hacer, entre la granja y el club de lectura del pueblo.
A veces, Rosemary pensaba en volver a casa para estar más cerca de él, y una vez se lo había preguntado. Después de una larga pausa, Russell Shaw le había dicho a su hija que solo volviera si era por ella, no por él.
«¿Les vas a poner nombre?», escribió.
«Solo si se me ocurre alguno bueno. Si no, ya lo harás tú cuando vengas. ¿Sigues pensando en venir después del rodaje, para Navidad?».
Casi podía oír la preocupación en esas palabras.
«Sí, papá. Por supuesto».
«¿Viste algún fantasma?», preguntó su padre.
Su papá sabía que podía ver fantasmas. Cuando cumplió trece, decidió contárselo a sus padres, pero a ninguno de los dos le sorprendió.
Resultó que su mamá sabía que su propia madre podía ver a los muertos, y a Rosemary no le salía muy bien bajar la voz cuando charlaba con gente invisible.
Pero, tal como su abuela le había indicado, sus padres le dijeron que no se lo contara a nadie más que a las personas en quienes más confiara.
«Un par. Londres es una ciudad vieja».
«Cuídate».
«Sí. Nos vemos pronto. Te quiero, papá».
«Te quiero, cielo», respondió él para despedirse.
Con el corazón un poco más pleno, Rosemary salió de su habitación y cerró la puerta.
Bajó al comedor donde se reunirían el elenco y el equipo. No sabía qué esperar: ¿el ambiente sería parecido al de la reunión o habría un clima más distendido? ¿La gente llevaría a sus parejas, suponiendo que la mayoría estuviera en Londres?
—La cena es en la biblioteca, señora —dijo un mayordomo de traje impecable, indicándole que lo siguiera por el vestíbulo. Qué mundo tan extraño en el que había terminado; un mundo en el que había mayordomos que la llamaban «señora». Con ese vestido, sin duda se lo merecía.
La biblioteca era una de las salas más bonitas que había visto en su vida.
Principalmente por los libros. Estanterías que iban del piso al techo, todas talladas a mano en madera de cerezo oscuro, cubrían las paredes, y hasta había una escalera en un rincón para alcanzar los estantes más altos.
Todo en esa sala era elegante y acogedor: desde los lomos dorados de los libros hasta la larga mesa decorada con jarrones de porcelana llenos de dalias y ásteres, iluminada con velas en candelabros de bronce reluciente.
Sin el fuego que chisporroteaba a su derecha, la habitación habría resultado fría.
Había llegado un poco tarde a la fiesta, así que tendría que seguir admirando la sala desde su asiento.
Buscó a Lyn con la mirada, pero no estaba, lo cual no la sorprendió.
Si ni siquiera le habían permitido sentarse en la mesa durante la reunión, dudaba que estuviera en la cena.
El grupo era mucho más reducido, quizá diez o doce personas.
Jeremy estaba allí, con una mujer hermosa del brazo que le susurraba algo al oído.
Rosemary se preguntó qué podía verle a un hombre como Jeremy.
Encontró su nombre y tomó asiento, observando la variedad de tenedores y cuchillos.
Le envió un agradecimiento mental a Dina.
En la boda de Immy, el año anterior, Dina le había explicado a Rosemary (que nunca se había sentido tan pueblerina en su vida) el orden correcto en que debían usarse los cubiertos y para qué plato servía cada uno.
¿Quién iba a imaginar que los británicos habían inventado un tenedor que solo se podía usar para el queso?
—Hola de nuevo —dijo una voz profunda y grave.
Rosemary alzó la vista y vio a Ellis sentándose frente a ella. Llevaba un jersey de cuello alto azul oscuro, el pelo peinado hacia atrás, y sus ojos grises seguían fríos, casi reprobatorios.
—¿Tuviste una buena tarde?
¿A qué estaba jugando? ¿Fingía no recordar que la había empujado a la piscina apenas una hora antes?
—En general, sí —respondió Rosemary, sin mirarlo, concentrada en la carta de bebidas con una indiferencia fingida. Por dentro, estaba hecha un nudo.
—¿Qué tal las sirenas asesinas? —preguntó Ellis con una sonrisa burlona.
—Totalmente irrecuperables, gracias a ti.
—Me disculparía otra vez, pero dudo que me creas.
Rosemary lo miró por encima de la carta.
—Por fin coincidimos en algo.
—Igual necesito preguntar —dijo Ellis—: ¿por qué estabas leyendo sobre sirenas asesinas en una piscina?
—Es relajante —respondió Rosemary, encogiéndose de hombros.
—Por favor, ilumíname: ¿qué tiene de relajante leer terror acuático mientras estás en el agua?
¿Para qué pregunta?
—Es una forma de catarsis. Estás a salvo dentro de las páginas, aunque los personajes tengan un final horrible.
—Pensé que el terror estaba pensado para dar miedo, no seguridad.
Ella entornó los ojos.
—Eso pensarías tú, ¿no?
Justo entonces, antes de que Ellis pudiera soltarle una réplica maliciosa, una mujer se sentó a su lado.
Como era de esperarse, era hermosa. Y joven, poco más de veinte.
Rosemary supuso que eso también debía ser previsible para alguien en la posición de Ellis, pero igual sintió una extraña decepción.
La mujer tenía la piel bronceada y el pelo rubio de playa; parecía hecha de luz solar.
Algo se le tensó en el pecho. Está con alguien. No entendía por qué eso le molestaba.
—¿No vas a presentarnos? —preguntó la mujer, alzando una ceja hacia Ellis.
—Claro. Jenna, ella es Rosemary. Rosemary, Jenna.