Amor al primer susto 5
17%

5

A sí que esa era Rosemary Shaw. La mujer que había intentado sacarlo de la película.

No se parecía en nada a lo que Ellis había imaginado cuando pensó en su encuentro.

No, al contrario de lo que esperaba, tenía delante a una estadounidense pequeña y altiva que parecía salida de una pintura prerrafaelita.

Tenía el pelo cobrizo, largo y ondulado, recogido en una trenza, que dejaba al descubierto la línea suave y pálida de su cuello, y su rostro estaba enmarcado por unos lentes de ojo de gato que acentuaban su mirada penetrante.

Era joven, más joven que muchos de los guionistas que él conocía, y había en ella una luminosidad que delataba a alguien que aún no estaba tan desencantada con la industria como él. Espléndida. Así la habría descrito.

Rosemary tenía unos labios carnosos de los que no lograba apartar la vista y, cuando le respondió con aspereza —seguramente se lo merecía por lo brusco que había sido con ella en el patio de la iglesia—, la nariz se le tiñó de rosa por el rechazo que le causaba.

Para Ellis, estaba claro que Rosemary Shaw lo detestaba.

Cuando la reunión de producción empezaba a llegar a su fin, sintió que ella se movía en la silla; el aroma a lavanda (no empolvado, sino fresco y herbal) y a algo mentolado lo envolvió y, casi sin darse cuenta, Ellis se volvió hacia ella.

Debería decirle un par de verdades, comentarle que sabía que ella no quería que interpretara a Alfred, pero, al girar en su asiento, su pierna rozó la de Rosemary; bajó la vista y vio un dibujo sobre sus muslos redondeados.

Asomando entre las medias oscuras, se entreveía la curva sinuosa de un tatuaje.

A Ellis se le secó la boca, y cualquier idea de discutir se desvaneció.

—¿Vas a la cena esta noche? —se le escapó.

Rosemary arqueó una ceja y lo miró con toda la dureza de sus ojos cafés.

—Eso tenía pensado. ¿Por qué?

—Porque vendría bien hablar un poco más. Tengo algunas preguntas sobre Alfred que me gustaría hacerte.

La expresión de Rosemary se suavizó. ¿Tal vez la aversión que le causaba no fuera tan intensa como parecía?

—Ah, ¿sí? Eh... Bueno, pensaba que...

—¿Qué pensabas?

—Que no te interesaría tener esa conversación conmigo —admitió Rosemary, bajando la voz casi hasta convertirla en casi un susurro.

—¿Porque no soy la «elección correcta» para Alfred, dices?

Rosemary vaciló por un momento ante sus palabras, pero logró recomponerse enseguida; al ponerse de pie, sus piernas se rozaron de nuevo. Ellis se levantó también, perversamente complacido de que ella apenas le llegara a la clavícula.

—Tengo derecho a mi propia opinión, Ellis.

—¿Y sigues sosteniéndola?

Rosemary hizo una mueca con el labio inferior. Mordible.

—Por ahora. Hasta que me demuestres lo contrario.

Antes de que él pudiera decir algo más, Rosemary se alejó, dejando tras de sí un rastro de lavanda.

***

Ellis se deslizó en la piscina climatizada; el vapor se elevaba a su alrededor mientras inhalaba hondo y se sumergía en el agua.

Cerró los ojos y dejó que el mundo se disipara a medida que su pulso se aquietaba y los músculos se aflojaban tras la tensión acumulada durante la reunión de la tarde.

Se impulsó desde el borde y, con soltura, empezó su rutina habitual de largos.

Cuantos más hacía, más se diluían los nervios del día.

Siempre se sentía un manojo de nervios en las reuniones preliminares, y hoy más aún porque no se trataba de una franquicia en la que ya hubiera trabajado.

Nunca había actuado en una película de terror, y sentía la necesidad de demostrar de qué estaba hecho.

Cuando entró en la sala, sintió las miradas de todos los peces gordos de la producción sobre él, evaluándolo, examinando su compra.

¿Les haría ganar suficiente dinero? ¿Atraería suficiente público a los cines?

¿Valdría el salario que Brody había negociado por él?

Tal vez se veía mayor de lo que imaginaban, o menos glamoroso sin el maquillaje de estudio y la iluminación perfecta. Además, había conocido a Rosemary.

Hasta que me demuestres lo contrario. Sus palabras lo atormentaban.

No sabía qué era peor: haber terminado en una discusión en susurros con la guionista, a quien probablemente le sacaba una década, o que lo único que pudiera pensar ahora fuera en impresionarla.

¿Por qué debía importarle si Rosemary Shaw creía o no que él merecía ser el protagonista de su película?

Ellis miró su reloj a prueba de agua para asegurarse de que aún tenía tiempo para algunos largos más antes de ir a prepararse para la cena.

Antes había recibido un mensaje de Jenna confirmando que asistiría como su «pareja».

No le sorprendería que lo tuviera agendado como «Abuelo» en el teléfono.

Suspiró para sus adentros. Cuando entrara con Jenna esa noche, Ellis estaría cumpliendo el estereotipo clásico del actor hollywoodense de mediana edad con una mujer mucho más joven.

¿Qué pensarían los demás? ¿Qué pensaría cierta estadounidense gruñona?

Se impulsó desde el otro extremo, esta vez hundiéndose más en el agua y avanzando con amplias brazadas de pecho.

Aguantó hasta el último segundo para salir a tomar aire, pero al hacerlo se topó con el techo de plástico de un resbaloso flotador de piscina.

Desesperado por respirar, lo apartó, y tuvo una vaga sensación de que algo caía al agua mientras aspiraba el aire con avidez.

Creía estar solo en la piscina, aunque alguien podría haber entrado mientras estaba sumergido.

Esperaba que no fuera nadie de la producción.

Había un flotador vacío en la superficie de la piscina y, chapoteando para mantenerse a flote mientras alzaba un libro empapado y arrugado, estaba la última persona que Ellis quería ver en ese momento: Rosemary.

Se había quitado los lentes y su cabello rojizo se veía más oscuro después de que él la hubiera empujado del flotador sin querer. Por la forma en que blandía el libro mojado como si fuera un arma, quedaba claro que estaba furiosa. Que te lanzaran a una piscina solía provocar ese efecto.

Ellis se pasó una mano por el pelo para quitárselo del rostro.

—Lo siento, no te vi.

Rosemary estampó el libro empapado sobre el flotador.

—Eso está más que claro.

—En mi defensa, tengo que decir que pensé que estaba solo.

—Esa no es una defensa.

—Bueno, me disculpo.

—Está bien —resopló Rosemary, y empezó a nadar hacia el borde. Ellis la siguió.

—¿Crees que no lo digo en serio? —Qué mujer impertinente. Solo estaba intentando disculparse, carajo.

Rosemary se volvió hacia él. Ellis se esforzó por no reparar en los mechones de pelo que se le habían soltado del moño y se le pegaban al costado del cuello ni en los tatuajes de flores y enredaderas que comenzaban en la muñeca, trepaban por sus brazos y se retorcían en delicados patrones hasta la clavícula antes de perderse bajo la tela de su traje de baño, bastante bien provisto.

—Estamos en medio de una piscina vacía y me parece que no hay forma de que no me hayas visto sobre un flotador rojo brillante.

—¿Qué va a hacer que me creas? ¿Que me ponga de rodillas? Puedo intentarlo, pero probablemente me ahogue. —Su intento de humor irónico no funcionó; las mejillas de Rosemary se encendieron aún más de la ira.

—Me voy. La piscina es toda tuya, Ellis.

Nadó hasta las escaleras y dejó caer el libro en el borde.

—Vamos, Rosemary. Lo siento. Déjame ayudarte a volver al flotador para que puedas relajarte un poco más y leer tu... —Miró el título—. ¿Libro de sirenas asesinas?

—No quiero tu ayuda.

Ya estaba casi afuera del agua, y Ellis se encontraba lo bastante cerca como para ver el vapor desprendiéndose de su piel y los remolinos de tinta que decoraban sus muslos y pantorrillas. Tragó saliva.

Salió de la piscina tras ella.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Rosemary.

—Te doy una toalla. Es lo mínimo que puedo hacer —dijo, sonriendo con suficiencia.

En ese momento, Ellis decidió que si convencer a Rosemary de que él era el indicado para el papel —o incluso de que podía llegar a caerle bien— estaba fuera de alcance, entonces al menos podía sacarla de quicio todo lo posible.

¿Era profesional? Por supuesto que no. Pero Rosemary tenía las mejillas sonrosadas, y a su parte malvada le encantaba discutir con ella.

A regañadientes, Rosemary tomó la toalla y se alejó furiosa.

¿Era posible que hubieran puesto a esta mujer en la Tierra solo para molestarlo? Ellis se sacudió el agua del pelo y se secó. No quedaba mucho tiempo antes de la cena y quería visitar una librería.