Amor al primer susto 4
16%

4

—P uedes con esto, mereces estar aquí —se susurró a sí misma mientras entraba en la suite Ampleforth.

Ya estaba llena de gente, a pesar de que llegaba diez minutos antes, incluso después de apurarse para volver al hotel, cambiarse la ropa mojada y trenzarse el pelo, porque aún estaba un poco húmedo por el aguacero.

La suite donde se llevaba a cabo la reunión de producción era una sala bien iluminada con vistas al río, y con más de esos retratos de hombres blancos y viejos que la miraban con desconfianza desde las paredes revestidas en madera.

No sabía muy bien qué hacer, hasta que vio lo que parecía ser una estación de café y té de autoservicio, con tazas y platillos de porcelana fina.

Actúa con naturalidad, da la impresión de que sabes lo que estás haciendo , se dijo.

Deseaba que Josephine, su agente, estuviera con ella allí.

Esa mujer sabía cómo imponerse y hablarle a un grupo.

Rosemary se desenvolvía bien en el mundo editorial, sabía comportarse como autora, pero ¿rodeada de gente del cine?

Sospechaba que no era nadie, en comparación con la fama que tenían todos esos directores y productores del mundo del cine, por no hablar de las figuras de Hollywood.

Sin embargo, había algo en lo que sí era buena: disimular la ansiedad en situaciones grupales.

—¿Rosemary? ¡Ay, Dios mío, hola! ¿Cómo estás? —dijo una voz cantarina a su lado.

Rosemary sonrió al ver a la persona que tenía junto a ella, con su cabello negro impecable y una sonrisa deslumbrante.

—Soy Lyn, estuvimos escribiéndonos por correo electrónico, ¿te acuerdas? ¡Es increíble conocerte por fin! —dijo la mujer, extendiendo una mano llena de anillos para estrechar la de Rosemary.

—¡Claro! Lyn, qué gusto ponerle rostro al nombre —dijo Rosemary, invadida por una sensación de alivio.

Lyn era su asistente de producción, probablemente la persona del estudio con la que más había hablado desde que le dieron luz verde a la película. En sus correos electrónicos, Lyn parecía muy entusiasta y, al igual que Rosemary, tenía la costumbre de abusar de los signos de exclamación.

—¿Te gustó tu habitación? Vi en internet lo gótica que era y pensé: es escritora de terror, tengo que ponerla en la suite más inquietante —dijo Lyn, riéndose con simpatía—. Ven, siéntate, te traigo café. ¿O prefieres té?

—No hace falta, Lyn, de verdad —dijo Rosemary.

—Insisto.

—Entonces te pido un Earl Grey, por favor. Con azúcar y leche. Pero, de verdad, puedo prepararlo yo —agregó, sin querer parecer presumida ni comportarse como una diva.

—Por favor, es mi trabajo. Además, pensé que tal vez querrías sentarte y prepararte un poco.

—¿Prepararme para qué?

Lyn frunció el ceño.

—El productor ejecutivo, Jeremy, decidió venir. Normalmente no se aparece en estas reuniones y... Bueno, puede ser un poco... exigente. Y trato con gente de Hollywood, así que cuando digo «exigente», sabes a qué me refiero —dijo Lyn, guiñándole un ojo antes de ir a prepararle el té.

Las demás personas fueron ocupando sus asientos alrededor de la mesa, y Rosemary notó que, aparte de Lyn, nadie le había hablado, aunque todos parecían conocerse entre sí.

Bueno, tú tampoco fuiste presentándote una por una, ¿o sí? , pensó.

Lyn regresó con el té, acompañado de una galleta de mantequilla con limón, y se inclinó a su lado.

—Siéntate aquí —le dijo Rosemary, dando unas palmaditas en la silla junto a ella.

—Imposible, todavía no soy lo suficientemente importante como para sentarme en la mesa —respondió Lyn con una sonrisa, sin que eso pareciera importarle en lo más mínimo—.

Pero estaré allí atrás —agregó, señalando una fila de sillas contra la pared—, tomando notas.

Ah, no mires ahora, pero Jeremy acaba de entrar.

Rosemary miró de reojo. Jeremy era más bien bajo, pero lo que le faltaba de estatura lo compensaba en anchura.

Era evidente que hacía ejercicio, pero había algo en su aspecto que a Rosemary le resultaba desagradable.

Era musculoso, sí, y estaba bronceado, pero con ese tono artificial de cama solar.

El tipo de físico que los hombres creen que les gusta a las mujeres: todo abultado, lleno de venas, puro contenido para las redes sociales.

Sinceramente, parecía deshidratado. Y ser alguien que escuchaba pódcast sobre el equilibrio entre la vida laboral y personal de los CEO.

¿Cuándo entenderían los hombres que las mujeres querían a alguien que pudiera lanzarlas sobre la cama y practicar un deporte, pero también que pudiera decir que sí sin dudarlo a una rebanada de pastel?

Aunque quizá eso solo tenía que ver con lo que a ella le atraía de los hombres.

Jeremy le regaló a la sala una sonrisa barnizada y se sentó cerca de la cabecera de la mesa. Incluso desde tan lejos, Rosemary podía oler el aroma metálico y penetrante de su colonia.

Nadie se sentó al lado de Rosemary, y ahora Lyn se había sentado en una esquina, junto con los otros asistentes y coordinadores.

Unos cuantos hombres más entraron después de Jeremy, hablando de golf y de una fiesta en Soho House la semana anterior. Por un segundo, pensó que eso iba camino a ser un festín de testosterona, pero, por suerte, aparecieron algunas mujeres.

Estaba bastante segura de que una de ellas era Marissa, la actriz que iba a interpretar a algunos de los fantasmas de la mansión embrujada, pero cuando se dispuso a ir a saludarla, las voces se acallaron de golpe, como si hubiera entrado alguien importante. Incluso Jeremy se enderezó un poco más.

Rosemary se giró hacia la puerta y no pudo evitar fruncir el ceño.

El horrible Ellis Finch. El hombre más grosero de Londres. Se había cambiado el jersey color crema por una camisa azul marino; seguía teniendo el pelo húmedo, peinado hacia atrás.

—Espero no llegar tarde: quedé atrapado bajo la lluvia —dijo Ellis con su ronca voz británica. Era demasiado grave para ser la voz de Alfred. Un punto más para la lista de contras.

El resto empezó a ocupar sus asientos, y Rosemary advirtió horrorizada que solo quedaban dos sillas libres: una para Vincent, el director, y otra para Ellis. El detalle crucial era que una de esas sillas estaba justo a su lado.

Observó con disimulo cómo Ellis se dirigía a la estación de té y se servía una taza. Le puso azúcar, un detalle inesperado y sorprendente. La taza y el platillo parecían de juguete entre sus manos, aunque, por supuesto, Rosemary no había prestado atención a su tamaño.

—¿Cuál es la hora estimada de llegada de Vincent? —preguntó Jeremy.

—Ya estoy aquí, ya estoy aquí —respondió una voz con acento francés, seguida de la entrada de un hombre trans, delgado y arropado de tal forma contra el frío otoñal (a pesar de que en la sala la temperatura era agradable) que parecía estar compuesto en un setenta por ciento de bufandas.

Vincent se sentó en la silla libre que se encontraba al otro lado de la mesa y, cuando cruzó la mirada con Rosemary, le dedicó una sonrisa rápida.

No habían hablado mucho; al parecer, el estudio le había asignado el proyecto más tarde de lo habitual, pero en una breve llamada por Zoom Vincent le había explicado su visión y muchas de sus preocupaciones se habían disipado.

Era un director muy reconocido en Hollywood; había ganado su primer Oscar a los veinticinco años por una película autobiográfica sobre su proceso de transición, y que dirigiera su historia era algo digno de pellizcarse para creerlo.

Aun así, una inquietud seguía atormentándola, y se estaba sentando en la última silla vacía, justo a su lado.

Ellis no parecía haberla notado todavía. Era claro que estaba acostumbrado a salas grandes y llenas de gente, y había aprendido a prestar atención solo a quienes tenían autoridad, lo que, a pesar de que toda la película existía únicamente gracias a la imaginación de Rosemary, no parecía incluirla.

Mientras Vincent y Jeremy, en una punta de la mesa, murmuraban algo sobre el acto tres, Rosemary observó a Ellis sacar de su bolso un ejemplar maltrecho —no diría que muy querido— de La posesión del mal .

Ellis pasó las páginas y Rosemary notó que estaban cubiertas de anotaciones breves, hechas a lápiz con trazo rápido.

También tenía abierto el guion, y parecía compararlos.

Mientras hacía esto, Ellis se remangó el jersey y apoyó los antebrazos desnudos sobre la mesa.

En ese momento, Rosemary descubrió tres cosas sobre Ellis Finch.

Primero, que sus antebrazos eran a la vez delgados y musculosos, y estaban cubiertos de un vello oscuro.

Segundo, que tenía un olor delicioso. A jabón, algodón limpio y algo amaderado.

¿Cedro, tal vez? Y tercero, que una parte muy pequeña, infinitesimal, de ella se preguntó si no se habría equivocado al juzgarlo.

Había dado por sentado que, por el tipo de películas de acción en las que había participado, no le interesaban los papeles serios ni los personajes profundos.

Pero ahí estaba, comparando notas manuscritas tanto en el guion como en la novela que ella había escrito.

¿Era posible que le importara de verdad?

—Ah —se le escapó sin querer.

Unos ojos grises y serios se clavaron en los suyos y la examinaron de arriba abajo.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Ellis, en un tono de voz bajo y calmo, casi avergonzado por ella. ¿Acaso pensaba que lo había seguido como una acosadora? Ay, por favor .

—Estoy aquí para la reunión.

Ellis frunció el ceño.

—Bien, gracias a todos por venir. Podemos hacer esto rápido; solo hay un par de cosas que revisar ahora que estamos todos en la misma sala —comenzó Vincent, bebiendo de una enorme taza de café entre frase y frase.

Rosemary tuvo la sospecha de que gran parte del trabajo de su asistente personal consistía en asegurarse de que esa taza nunca estuviera vacía.

—Entonces, ¿estamos todos? ¿Podemos empezar? —preguntó Jeremy.

—¿Dónde está la autora, Rosemary Shaw? Figuraba en la lista de hoy —dijo alguien desde el otro lado de la mesa, aunque Rosemary no alcanzó a ver quién era. La ansiedad le dio un sacudón.

—Presente —dijo, esperando que sonara en broma, pero en realidad la voz le tembló un poco y terminó sonando como la chica nueva el primer día de secundaria. Todas las miradas se posaron en ella.

— Tú eres Rosemary Shaw —dijo Ellis. No parecía demasiado contento con la revelación.

—Hasta donde sé —replicó ella con aspereza.

—No eres como esperaba.

¿Quién se piensa que es?

—Bueno, tú tampoco —contestó Rosemary, con el tono más suave y amenazador que pudo, para dejarle en claro lo que pensaba de él. Le produjo una satisfacción inmediata ver cómo la boca seria de Ellis se tensaba hasta volverse una línea dura.

Rosemary se giró hacia la mesa y asintió mientras Vincent continuaba la reunión, lanzando términos que le resultaban extraños para el tema, como «calendario a toda máquina» y «la cuenta atrás de los días».

Rosemary estaba fuera de su ámbito y hacía lo posible por seguir el hilo, por lo que agradeció en silencio que Lyn estuviera en la esquina tomando notas.

Ellis no volvió a hablarle, pero cada tanto sentía su mirada sobre ella, evaluándola.