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R osemary respiró hondo. Odiaba viajar en el metro: el sonido metálico de la música que salía de los auriculares de otros pasajeros, el olor a aceite y aire viciado y las axilas de demasiada gente.
Las luces la encandilaban, y escapó del andén para encontrarse con que el vagón estaba todavía más lleno.
Pero lo peor de todo eran las improntas, que no debían confundirse con fantasmas.
Una impronta era un recuerdo, o tal vez un momento, manifestado en forma espectral.
La población que no veía fantasmas estaba rodeada de improntas; cuando algo impactante le ocurría a un gran grupo de personas en un lugar, dejaba una cicatriz, y ciudades tan antiguas como Londres estaban plagadas de cicatrices.
Como un palimpsesto, improntas de distintos períodos se superponían por toda la ciudad y, cuando te metías en sus entrañas, como el metro, irrumpían.
Claro que esto solo era un problema si tenías la capacidad de verlas.
Mientras el tren se adentraba a toda velocidad por el túnel oscuro, Rosemary alcanzó a ver rostros flotando en la oscuridad, algunos con los ojos cerrados y otros marcados por el miedo.
Probablemente eran estaciones donde habían muerto civiles durante la Segunda Guerra Mundial.
Hizo lo posible por no mirarlos con demasiada atención, aunque no estuvieran realmente ahí y solo fueran ecos de un recuerdo desgarrador.
A la primera oportunidad, se bajó del tren y decidió caminar desde Holborn hasta el café de Dina, ubicado en pleno Bloomsbury, a minutos del Museo Británico. No pudo evitar sonreír al ver el café de su amiga, con su toldo morado y las ventanas levemente empañadas por el frío.
Octubre en Serendipity era un espectáculo.
La campanita tintineó cuando Rosemary entró, arrastrando las maletas (una para la ropa y otra más grande para los libros), y el aroma a canela, jengibre y un ligero toque de calabaza acaramelada la envolvió.
La cafetera rugía, y los sillones y las coloridas mesas de madera estaban llenos de gente estudiando, conversando o tomándose un respiro en medio del ajetreo londinense.
Había amuletos protectores contra el mal de ojo colgados de las paredes, junto a cuadros con los poemas favoritos de Dina.
Ramilletes atados con cordeles de lavanda y eucalipto seco estaban sujetos sobre las ventanas delanteras y desprendían un perfume floral delicado, además de cumplir la función mágica secundaria de purificar el espacio, si Rosemary recordaba bien lo que Dina le había contado.
Cada rincón de ese lugar tenía el sello de su amiga.
Las tres —Rosemary, Dina e Immy— se habían conocido cuando estaban en la universidad, una noche de películas con disfraces de Los locos Addams , y desde entonces habían sido inseparables.
Oyó un chillido y, de pronto, se vio envuelta en un abrazo; una masa de rizos castaños le hacía cosquillas en el rostro.
—¡Estás aquí! ¡Por fin estás aquí! —Dina soltó una risa y le dio un beso en la mejilla.
—Te extrañé tanto... —dijo Rosemary, devolviéndole el abrazo—. Extrañé mucho este lugar . Pero, primero, ¡déjame ver el anillo!
Dina sonrió, levantando la mano izquierda.
—Dios santo.
—Lo sé.
—Podrías sacarle un ojo a alguien con eso.
Dina soltó una carcajada.
—A veces me siento como una urraca; me quedo mirándolo y arrullándolo.
—¡Y con razón! ¿Cómo está Scott? —preguntó Rosemary, mirando a su alrededor.
Scott pasaba gran parte del tiempo trabajando desde el café en lugar de ir a su oficina en el museo, lo que a Rosemary le parecía más que una gran idea.
Cuando no estaban trabajando, la pareja dedicaba cada minuto libre a planear la boda.
Iba a ser una celebración íntima, pero sin duda creativa.
—Está bien, trabajando en su nueva exposición sobre tatuajes maoríes, pero ya lo vas a ver. Vamos a la cocina —dijo Dina, enlazando su brazo con el de Rosemary—. Immy me matará si seguimos poniéndonos al día antes de que la saludes.
Rosemary rodeó el mostrador y entró en la cocina de Dina.
Le encantaba ese lugar. Del techo iluminado por el sol colgaban cacerolas y sartenes, los hornos estaban llenos de pasteles y tartas con un aroma irresistible y sobre la encimera de madera lustrada la esperaba una tanda recién hecha de muffins de arándanos. Sus favoritos.
Immy estaba sentada en un rincón, usando un sacaleches. Estaba radiante, con el pelo rubio rapado y un labial rojo intenso.
—No me mires, soy un desastre.
—Un desastre hermoso —dijo Rosemary con una sonrisa, inclinándose por encima del sacaleches para abrazarla—. ¿Cómo estás? ¿Cómo vas con eso?
—Mis pechos están gigantes... A Eric le encanta —agregó, guiñándole un ojo—. Pero me duelen muchísimo. Te juro que mi cuerpo reconoce cuando estoy lejos de los gemelos; la maternidad es una cosa muy rara.
—Seguro da ideas geniales para escribir —dijo Rosemary.
—Totalmente. Ya empecé a trabajar en una idea sobre una especie alienígena parásita que invade el cuerpo de una mujer y simula un embarazo. Te mando el borrador cuando lo termine.
—¡Espeluznante a más no poder! Me encanta —respondió Rosemary, mientras se sentaba en un taburete y le daba un mordisco a un muffin .
El jugo azul de los arándanos se había filtrado en la miga, justo como le gustaba.
Al comerlo, sintió que se le despejaba la cabeza y que el jet lag del vuelo de madrugada se disipaba. Se sentía renovada, llena de energía.
—¿Un muffin mágico antidesfase horario? Dina, eres una genia —dijo, riendo, mientras la bruja se echaba el pelo hacia atrás.
—En realidad tengo algo para ti, y tengo que dártelo antes de que empecemos a chismear como viejas, porque, si no, me voy a olvidar —dijo Dina.
Entró en la despensa, revolvió un momento y luego apoyó frente a Rosemary una vela cilíndrica color crema pálido.
Rosemary se inclinó hacia delante e inhaló su aroma.
—¿Lavanda y albahaca?
—Tienes buen olfato —respondió Dina—. Estaba pensando en ti en esa vieja mansión y me preocupé.
¿Y si hay algún fantasma raro o improntas a las que no quieres llamar la atención?
Va a ser difícil evitarlos si duermes allí.
Así que busqué en mi libro de hechizos y encontré esta receta para una vela protectora.
Si la enciendes en la habitación donde duermes, va a mantener alejados a los espíritus no deseados.
—¿Y a los actores no deseados? —bromeó Rosemary.
—Ya lo tienes en la cabeza, ¿eh? —dijo Dina, al mismo tiempo que Immy agregaba: —Si está en tu habitación, tan no deseado no será, ¿no?
Debería haber sabido que mencionar a Ellis Finch delante de esas dos era mala idea: ya estaban tramando algo.
—¿Cómo sé que no es una vela para encontrar pareja que va a hacer que todos los solteros y solteras corran hacia mí como si fuera un GPS sexi?
—Vas a tener que confiar en mí... Aunque una vela sexi no es mala idea, tengo que anotarla.
Y así, tan fácilmente, las tres volvieron a la comodidad de siempre: entre risas tomaron chocolate caliente con muffins , Immy les mostró fotos de sus ahijadas, Sidney y Ellen, dos niñas adorables y regordetas llamadas así en honor a dos de las mejores final girls de la historia del terror, y Dina les pidió su opinión sobre los arreglos florales, aunque aún faltaban diez meses para el gran día. Se casaba a fines de agosto.
Rosemary casi había olvidado lo maravilloso que era estar con sus mejores amigas en persona, en lugar de ver sus rostros bajo el brillo de la pantalla del teléfono.
Ojalá pudiera verlas más seguido, pero no podía simplemente mudarse a Inglaterra, ¿o sí?
Al fin y al cabo, en ese momento era una nómada sin apartamento, y podía trabajar desde cualquier lugar donde enchufara la computadora. Quería disfrutarlo mientras durara.
—No vas a creer quién estuvo aquí el otro día —dijo Dina.
—¿Quién?
—Noah.
Rosemary dejó escapar un gruñido.
—Preguntó por ti —dijo Dina con una sonrisa maliciosa. Rosemary gruñó más fuerte.
—¿Quién era Noah? —preguntó Immy—. Mi cerebro privado de sueño no se acuerda.
—Ah, porque nunca decíamos su nombre, solo el apodo.
Immy pareció desconcertada un segundo y luego abrió los ojos de par en par.
—Ah, ¡sí, sí! El amo del calabozo.
Noah, también conocido como «el amo del calabozo», había sido el hombre que le había enseñado a Rosemary las reglas de juego en el mundo del BDSM, cuando ella había vivido en Inglaterra durante su semestre de intercambio.
Él no se hacía llamar así, pero, cuando Immy y Dina se enteraron de su afición por los juegos de rol, le quedó el apodo.
No habían sido una pareja; simplemente tenían un acuerdo y les funcionaba a los dos, o al menos eso pensaba Rosemary en aquel momento.
—¿Cómo lo viste? —se animó a preguntar por fin.
—Bien, creo. Le tomó un momento ubicarme, y después parecía un poco tímido.
—Bueno, ya sabes lo que dicen: siempre son los tímidos —señaló Immy riendo—. ¿Qué pasó entre ustedes? No recuerdo que fuera un mal tipo.
—No, no lo era —dijo Rosemary—. Tenía una vibra dulce y gentil, pero era dominante en la cama, que saben que me encanta, y teníamos esa confianza entre nosotros que era tan importante... Aprendí muchísimo sobre lo que quiero durante el tiempo que compartimos... —Se quedó en silencio.
—¿Pero...? —preguntó Immy.
—Pero creo que al final pensó que esa confianza era algo más de lo que realmente era.
Dina le apretó la mano.
—Nuestra amiguita y su fobia al compromiso.
—Solo necesito encontrar a la persona indicada. Tal vez podrías hacer otra de tus lecturas de hojas de té para mi vida amorosa y ver qué sale.
—Ya la hice —dijo Dina. Un brillo travieso, que a Rosemary no le gustó nada, apareció en sus ojos.
—¿Y?
La bruja malvada se tocó la punta de la nariz.
***