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—No —dijo él, y la sonrisa se desvaneció—.
Estoy sorprendido. E impresionado. Tienes todo mucho más claro de lo que yo lo tenía a tu edad.
—Por Dios, decir eso lo hacía sentirse prácticamente decrépito—.
Y me hace preguntarme para qué necesitas a Brody.
¿Por qué dejar que te meta en este esquema suyo?
Jenna lo miró fijo por encima del menú.
—¿No se te ocurre que tal vez lo estoy usando yo por sus contactos? Mi hermano es abogado y me hizo el contrato. A Brody no le gustó nada, pero cuando quiera irme, puedo hacerlo. Es un medio para alcanzar un fin.
Ellis soltó un suspiro.
—Bueno, me alegra escuchar eso.
Pidieron bebidas y comida; una tabla de bocados diminutos que no calmó en lo más mínimo el hambre feroz de Ellis después del gimnasio.
—Entonces, ¿cuál es el plan maestro? —preguntó, completamente intrigado por el rumbo extraño que había tomado la cena.
—Quiero dedicarme a la dirección. Comedias románticas. Voy a ser la próxima Nancy Meyers.
***
El resto de la cena fue de maravilla. Jenna era rápida, ingeniosa y tenía los pies en la tierra, pero cuando Ellis le preguntó sobre comedias románticas, ya solo tuvo que ponerse cómodo en la silla y escuchar.
Era como asistir a una charla TED muy apasionante.
Ellis tuvo la sensación de que, si Jenna fuera veinte años mayor, habrían sido grandes amigos.
Sin embargo, su mente se apagó un poco cuando empezó a hablar de visualizaciones y hashtags .
Jenna era muy dulce, pero estaba claro que no tenían nada en común más allá de sus carreras.
Solo tenía que parecer una cita; no hacía falta que lo fuera de verdad .
Ellis ni siquiera había tenido una cita real en mucho tiempo.
No era que fuera exigente, sino que era difícil saber quién lo quería por quien era y quién solo buscaba fama por asociación.
Y con el sexo tenía que ser todavía más cuidadoso.
Lo que deseaba no se lo confiaba a cualquiera.
Un destello brillante hizo desviar su atención hacia una punta del restaurante, donde una mujer había tomado una foto de su «cita», sin disimular demasiado y sin darse cuenta de que tenía el flash activado.
Y aunque todavía no los veía, intuía la presencia de los paparazis, como víboras esperando para atacar, afuera del restaurante.
Efectivamente, cuando salieron juntos y de la mano —parte del trato era que él llevaría a Jenna a su casa para reforzar la idea de que estaban saliendo—, una horda de paparazis los estaba esperando.
Los destellos insoportables de las cámaras y los gritos desde todos los ángulos le recordaron la noche en que perdió a Hank, su último perro.
Enseguida apartó esos recuerdos de su mente.
—Una vez más a la carga —le dijo a Jenna, que le apretó la mano.
—Las cosas que hacemos por dinero —señaló Jenna, guiñándole un ojo y alzando el rostro hacia las cámaras.
Ellis se aisló del ruido y vació el rostro de toda emoción mientras caminaban rápido hacia el auto y Jenna les regalaba a los fotógrafos su sonrisa de aspirante a estrella.
Al hundirse en el mullido asiento de cuero, suspiró aliviado y agradeció a su yo del pasado por haber pagado extra por los vidrios polarizados. Arrancaron: los destellos de las cámaras desaparecieron entre las luces de Mayfair, bajo el aire helado.
—Tengo que invertir en más lentes de sol —dijo Jenna, haciendo una mueca mientras se abrochaba el cinturón—. Casi me quedo ciega ahí afuera. ¿Seguro que no te molesta llevarme a casa?
—Para nada. Es parte del trato.
—Ah, sí, el trato. Brody nunca dijo qué ganas tú con todo esto. No serás un pervertido, ¿no?
—Por Dios, no. No soy un pervertido. Es solo que Brody y yo tenemos algunas deudas pendientes, y así es como decide cobrarlas.
Ellis sintió su mirada sobre él.
—Entiendo. Y si fueras un ladrón de cunas, lamento decirte que no me interesa salir con un viejo.
—Ja. Bueno, entonces somos dos. Pero no hace falta que me digas «viejo», ¿sabes? Solo tengo cuarenta y un años.
—Está bien, abuelo. Es esta calle.
Ellis se detuvo frente a un edificio de apartamentos de estilo georgiano. Era una zona bonita de Londres.
—Guau, mira —dijo ella, agitándole el teléfono frente al rostro y mostrándole una nota sobre su cita.
—Esos desgraciados trabajan rápido.
—Cierto. Al menos nos sacaron nuestros perfiles buenos —agregó Jenna, bajando del auto—. Gracias otra vez, abuelo.
Ellis puso los ojos en blanco, pero sintió una extraña necesidad de protegerla. Le repugnaba que la industria viera como algo normal relaciones con una diferencia de edad así.
—Nos vemos en la cena previa al rodaje dentro de unos días, entonces. ¿Dónde era al final?
—En el hotel Cloverwood.
—Qué glamur.
—Ya estás viviendo una vida de glamur, chiquita.
Esta vez fue Jenna la que puso los ojos en blanco.
—No me digas así.
Ellis esperó hasta verla entrar en el edificio, y luego se fue a casa.
***
Una hora más tarde estaba en la cama, con la chimenea de su habitación encendida y crepitando con leña de manzano, mientras Fig roncaba sobre sus piernas como una manta peluda.
Luchando por conciliar el sueño, tomó La posesión del mal , que ya había leído completo tres veces.
Su ejemplar estaba lleno de pensamientos y anotaciones que había apuntado en lápiz en los márgenes, para contextualizar la historia que luego tendría que trasladar a la pantalla.
Buscó una de sus escenas favoritas, el gran clímax final, donde su personaje, Alfred Parlow, se da cuenta de que los fantasmas que infestan la mansión en ruinas de su familia no intentaban matarlo a él, sino a su tío.
Ellis estaba deseando interpretar esa escena bajo la lluvia torrencial; el momento en que uno de los fantasmas extendía un dedo huesudo, envuelto en niebla, y señalaba al Parlow anciano. La idea le producía escalofríos.
Era la primera vez en años que estaba realmente entusiasmado por actuar, sobre todo porque la historia era muy distinta de todas las películas de acción por las que era conocido.
Por fin iba a interpretar algo más que frases ingeniosas, cuerpos aceitados y bronceados artificiales, hablando con una pelota de tenis en un palo.
Solo un par de días más y estaría en el set .
Solo un par de días más y por fin podría conocer a Rosemary Shaw en persona y decirle todo lo que pensaba.