Amor al primer susto 2
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—¿Q uién carajo se cree que es esta Rosemary Shaw? —Ellis se frotó la tiza líquida entre las manos, con el teléfono en altavoz, mientras se preparaba para otra serie de peso muerto—.

—¿Ves? Por esto no quería contarte. Sabía que te lo ibas a tomar como algo personal —dijo su agente, Brody, desde el parlante ubicado en una esquina del gimnasio que Ellis tenía en su casa.

—Es personal. Le dijo a su agente que no cree que yo sea la elección correcta para Alfred. ¿No debería haber sido más clara con eso durante las primeras audiciones?

—No importa, Ellis. Olvida que te lo dije.

Ellis descargó su frustración en la barra, hizo cinco repeticiones convencionales y fue hasta la colchoneta para estirar. Fig había babeado la colchoneta por completo, y ahora estaba tirada en una esquina con su juguete para masticar favorito, una zanahoria.

—Eres un peligro —gruñó, acariciándole la cabeza mientras se acostaba.

—¿Qué dijiste? —bufó la voz de Brody.

—No te hablaba a ti. ¿Para qué me llamaste, entonces, si no era para comunicarme la agradable noticia de que la guionista no aprueba que me hayan elegido para el papel?

—¿Te acuerdas de nuestro trato, Ellis? Es hora de otra ronda.

—Ah, chantaje, cómo te extrañaba —dijo Ellis—. ¿Quién es la desafortunada?

—Jenna Dunn. Seguro la conoces.

—¿No se te ocurre nadie más acorde con mi edad? —refunfuñó Ellis. Detestaba que lo hicieran parecer uno de esos tipos asquerosos que salen con mujeres mucho más jóvenes.

—Me debes una, hermano.

Dios, cómo odiaba que Brody le dijera «hermano».

—Tuve que rechazar la oferta para el papel en Soldado de la justicia: el juicio final , que habría sido mucho más lucrativa, y lo sabes.

Ellis puso los ojos en blanco. No había forma de discutir con Brody cuando empezaba a hablar de dinero; el tipo era ciego a todo lo que no tuviera una etiqueta de precio.

Así funcionaba su relación. Brody le conseguía papeles en películas de acción que Ellis no quería, pero que igual aceptaba, y cuando Ellis hacía una fortuna con esa franquicia, Brody se lo recordaba durante años.

O, como en este caso, porque Ellis había decidido no aceptar el papel más lucrativo, Brody usaba eso para obligarlo a hacer lo que él quería. Tal vez Brody pensaba que era sutil con sus maniobras, pero a esa altura Ellis estaba demasiado cansado como para resistirse.

Ellis era consciente de los trapos sucios que Brody guardaba sobre él; eran la base misma de su relación.

Nunca iba a enfrentarlo. Y, después de todo, Brody era su agente desde que él tenía diecinueve años; el tipo sabía un par de cosas sobre cómo fabricar una estrella, como se lo había repetido mil veces.

—Está bien. Salgo a un par de citas, pero nada más.

Jenna Dunn también era clienta de Brody, y era al menos veinte años menor que Ellis.

No le gustaba la imagen que daría ante la prensa salir con una mujer tan joven, pero era mejor que la alternativa.

Brody no dudaba en recurrir a amenazas cuando no conseguía lo que quería; ya lo había hecho antes, muchas veces.

Al menos, todo sería solo para las cámaras.

—Quiero seis semanas de citas, y posarán para fotos.

—Cuatro semanas —dijo Ellis—. Y no la vas a hacer pasar la noche en mi casa.

—¿Seguro? Jenna es una mujer muy hermosa.

—Brody, eres un asco —dijo Ellis, y cortó.

Un momento después, su teléfono vibró con un mensaje de Brody: «Mesa reservada en Omno, 20:00. 4 semanas».

Algún día, Ellis iba a despedir a ese desgraciado.

Había aguantado demasiada mierda suya durante demasiado tiempo.

O al menos eso se decía a sí mismo. Sabía que nunca lo haría.

Brody sabía demasiado sobre él, y Ellis sabía que, si Brody sospechaba siquiera que pensaba despedirlo, lo mandaría todo a la prensa.

Todo. Y Ellis no estaba listo para eso. Todavía no.

Se enjuagó la tiza de las manos y abrió la puerta del gimnasio.

Caminó por el sendero de adoquines serpenteante que atravesaba su jardín hasta la casa.

Mentalmente anotó que iba a tener que replantar las hierbas y revisar el invernadero antes de irse a filmar.

La parrilla, cubierta de óxido, lo miraba con tristeza desde un rincón junto al cobertizo.

La limpiaría el próximo verano, y por fin haría esa barbacoa con amigos y familia que se venía prometiendo.

Le hubiera gustado pasar más tiempo en el jardín, pero nunca parecía haber suficiente tiempo para las cosas que amaba.

La helada de octubre se había asentado: el suelo estaba cubierto de hojas doradas que crujían al pisarlas.

Había olor a leña quemada en el aire y pronto las tardes empezarían a acortarse cada vez más y habría que atrasar los relojes.

La luz del porche se encendió cuando llegó a la casa, y Fig pasó como una bala a su lado hacia el interior.

Resopló, saltó al sofá y se acurrucó en el lugar más cómodo.

Cuando era cachorra, estaba llena de energía, tanto que él terminaba dando paseos a medianoche solo para cansarla lo suficiente para que se durmiera.

Pero ahora tenía cuatro años y disfrutaba de las cosas buenas de la vida: mantas, zanahorias y hacerles agujeros a todos sus calcetines.

Seguían saliendo a correr todas las mañanas, y Ellis la llevaba al set siempre que podía.

Por las noches se acurrucaban en el sofá, mientras el fuego crepitaba en la chimenea, y miraban una película.

A veces, cuando Fig se quedaba dormida sobre su pierna, pensaba en lo afortunado que había sido con sus dos perros. Y entonces, inevitablemente, su mente se iba a Hank y se le cerraba el pecho. Miraba a Fig dormir tranquila y le prometía en silencio que no permitiría que le pasara lo mismo.

***

Se obligó a entrar en la ducha; el vapor le alivió los músculos doloridos.

El entrenamiento no había logrado calmar del todo su irritación.

¿Qué había hecho para que esa Rosemary Shaw —a quien ni siquiera conocía— lo odiara tanto como para quejarse con su agente?

¿Y qué había dicho exactamente? Que él no era la elección correcta para el papel.

Ella era solo una escritora, no una directora de elenco profesional.

Ellis no se permitió más de diez minutos de quejas silenciosas bajo la ducha; tenía que cambiarse y ponerse algo más presentable y digno de una cita falsa que la ropa vieja y cubierta de tiza que usaba en el gimnasio.

Sabía por qué Brody había elegido Omno para la cita falsa —o, mejor dicho, por qué la asistente de Brody, Melissa, lo había reservado—: era un lugar muy conocido en las redes sociales.

La comida estaba bien, pero la gente iba principalmente para que la vieran allí.

Y ese era todo el plan de Brody; necesitaba que Ellis y Jenna fueran vistos juntos.

No es una táctica nueva , pensó Ellis mientras se afeitaba frente al espejo.

Cada tanto, Brody fichaba a una nueva actriz con talento suficiente para entrar en un par de grandes producciones de Hollywood.

Entonces, obligaba a Ellis a salir con ella en algunas citas, una forma infalible de darle a la actriz la «respetabilidad hollywoodense» que necesitaba para conseguir el papel que Brody le estuviera buscando.

Las mujeres siempre eran un encanto, y Ellis se aseguraba de que supieran que podían llamarlo si alguna vez necesitaban un intermediario con Brody.

También las ponía en contacto con otras actrices que conocía bien y que podían orientarlas mejor sobre cómo sobrevivir en la industria.

Ya era bastante difícil para él; no podía ni imaginar lo que sería para una mujer.

Se miró en el espejo en mitad del afeitado.

Tenía líneas alrededor de los ojos que no estaban ahí hace unos años, y el pelo se le empezaba a encanecer en las sienes, una veta plateada aquí y allá.

Puede que alguna vez hubiera sido un galán rompecorazones de Hollywood, pero esos días habían quedado atrás.

Debajo del lavabo se apilaban cajas sin usar de tintura para el pelo que Brody insistía en mandarle, prueba de la determinación de su agente por exprimir su carrera de héroe de acción hasta que fuera demasiado viejo para hacer de héroe y regresara como villano.

—Estás viejo, Ellis Finch —dijo, y su reflejo le devolvió una mueca.

***

El interior de Omno era todo paneles de madera de caoba pulida y luces vanguardistas; una mezcla de historia y modernidad. Funcionaba bien, aunque Ellis se preguntaba si el restaurante conservaría su glamur con las luces principales encendidas y la luz del día entrando a raudales.

Cuando llegó, Jenna ya estaba sentada.

—Perdón por llegar tarde, tuve que darle de comer a mi perro antes de salir —dijo Ellis sonriendo, y se sentó frente a ella en el reservado semiprivado que Brody había elegido a propósito para la cena.

—No pasa nada, de verdad te agradezco que hagas esto por mí —respondió Jenna, con una voz liviana y alegre. Australiana , advirtió Ellis. Era rubia y estaba bronceada.

—No me cuesta nada —dijo, mirando la carta de tragos—. ¿A qué papel estás apuntando, entonces?

—El del interés romántico en la nueva película de Misión final . Esta transcurre en el espacio.

—¿Y los monstruos qué son esta vez? ¿Alienígenas?

—Dinosaurios —dijo Jenna con una risa seca—. Va a ser una película pésima.

Ellis levantó la vista.

—¿Y aun así quieres estar?

Jenna respondió con una sonrisa que le iluminó el rostro.

—Por supuesto. ¿Has visto lo que recaudan esas películas? Los cines se llenan. Y esta se estrena el año que viene, el Día de la Independencia. Con un par de esas, ya estoy hecha.

—¿Hecha para qué?

—Para mi plan maestro.

Jenna se frotó las manos como una villana de película, y Ellis no pudo evitar reírse.

—Te estás riendo de mí.