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—Ustedes dos me hacen poner sentimental. —Immy bostezó. Rosemary puso los ojos en blanco y presionó el botón de reproducción.
Por lo que se veía, el video era de ese drama de época en el que él había actuado hacía unos años.
Rosemary nunca lo había visto, por miedo a odiar su interpretación del personaje.
El video se había compartido millones de veces en línea con el título «Ellis Finch: los mejores besos del cine, parte 1».
—¿Cuántas partes hay? —preguntó Rosemary, preocupada.
—Al menos diez —dijo Immy, sonriendo.
El clip estaba editado de tal forma que casi todo el diálogo había sido eliminado.
Comenzaba con Ellis Finch, con una camisa blanca abotonada que ondeaba en el viento y dejaba entrever sus músculos y el vello oscuro debajo, avanzando con paso decidido por una pradera bajo el sol.
Con un brazo firme y bronceado rodeaba la cintura de la heroína y la atraía hacia él.
Rosemary pensó que la besaría enseguida, pero eso sería demasiado básico para Ellis Finch o, mejor dicho, para su personaje.
En cambio, le apartaba un rizo suelto detrás de la oreja, y con el pulgar le acariciaba una ceja, la mejilla, los labios, antes de deslizarse por su cuello y, por fin —por fin— besarla.
La besaba como un hombre hambriento de contacto; como si ese fuera el último beso antes de una ejecución (no había visto la película, así que tal vez lo era); como si no hubiera conocido el amor hasta tenerla entre sus brazos.
Rosemary sintió una oleada de calor recorrerle el cuerpo hasta instalarse en su vientre mientras miraba el video, hipnotizada.
Era plenamente consciente de cada pequeño movimiento del beso, del agarre brusco de Ellis alrededor del cuello de la lechera, no agresivo, pero sí carnal, con una mezcla de posesión y ternura.
La hizo estremecerse. Por un instante se permitió imaginar lo que sería recibir un beso así.
Sentir esas manos presionando suavemente su cuello. Enfrentarse a tanta necesidad.
—Bueno, ¿qué opinas? —preguntó Immy, interrumpiendo sus pensamientos.
Rosemary tuvo que tragar saliva; de pronto tenía la boca seca.
—Ni siquiera puede contestar, así que claramente está de acuerdo con nosotras —bromeó Dina.
—Está bien, está bien —balbuceó Rosemary—. Admito que es algo atractivo, si te gusta ese tipo de hombre rústico, de aire salvaje.
—Rústico. Me sirve —dijo Immy, con una risa que se transformó en un bostezo—. Creo que voy a intentar dormir un poco. Dormir mientras los bebés duermen, es decir —agregó con una sonrisa.
Las tres se despidieron entre «las quiero» y «nos vemos pronto». Faltaba poco para reencontrarse en persona; Rosemary pasaría por la cafetería mágica de Dina en Londres apenas llegara y se instalara. Dina tenía un té de hierbas encantado que curaba el jet lag .
Esa noche, recostada en la cama, con la habitación vacía a su alrededor y las maletas por fin cerradas, Rosemary fue consciente de que estaba viviendo uno de esos Grandes Momentos de la Vida ® .
Igual que cuando dejó Georgia para ir a Nueva York, diciéndose que ese era el lugar donde vivían los autores exitosos, ahora dejaba atrás esa vida para volar al otro lado del mundo y ayudar a producir la adaptación cinematográfica de su propio libro.
Mudarse a Nueva York había sido su sueño de la infancia; quería triunfar en el mundo editorial o morir en el intento.
Lo había deseado tanto que en su anuario de la escuela la habían votado como «la candidata más probable a mudarse a la Gran Manzana».
Conseguir que hicieran una película de un libro suyo —y antes de cumplir los treinta— era definitivamente uno de esos sueños imposibles de los escritores.
Igual que cuando vio su libro en la lista de los más vendidos del New York Times , todavía no le parecía real.
Se preguntó cuándo se lo creería. ¿Tal vez cuando leyeran el guion en el estudio?
¿O tal vez cuando llegara a esa vieja mansión inglesa donde filmarían?
Apagó la luz y se hundió entre las sábanas con olor a lavanda.
—Por favor, que esta película sea un éxito —susurró a quien fuera que pudiera estar escuchando.
No era solo la fecha de entrega de la novela lo que la mantenía despierta.
Muy pocos libros que vendían sus derechos cinematográficos llegaban a convertirse en películas; el estudio estaba apostando por su trabajo.
¿Y si los fanáticos del terror la odiaban?
¿O si los lectores pensaban que era una adaptación horrible y la cancelaban para siempre?
Si quería tener la oportunidad de que otros libros suyos se convirtieran en películas y así impulsar su carrera en Hollywood, La posesión del mal tenía que ser un éxito de taquilla.
Todo debía salir perfecto, y precisamente por eso Ellis Finch la atormentaba.
No era el actor adecuado, y le aterraba que él fuera la razón por la que la película fracasara.
El peso de toda esa preocupación la estaba hundiendo.
Aún con los pensamientos ansiosos burbujeando en su cabeza, Rosemary se quedó dormida, y sus sueños se poblaron con el rostro de Ellis Finch, la fuerza de sus brazos rodeando su cintura, besándola en el cuello... y más abajo.