Amor al primer susto 1 #3
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Lo frustrante era que, al ver su rostro, casi podía entender la decisión del reparto.

Había perfeccionado un tipo de expresión pícara que habría sido ideal si lo hubieran elegido como Wickham en una adaptación de Orgullo y prejuicio .

O tal vez como Willoughby. Tenía algo que hacía que las mujeres de la ficción histórica se volvieran locas y cayeran de rodillas.

Pero no tenía el mismo efecto en ella. Cuando se enteró de que lo habían elegido, Dina e Immy tuvieron que soportar una perorata de casi una hora sobre lo terrible que era esa elección.

Era un tipo conocido por actuar en películas en las que los únicos personajes femeninos eran objetos de amor sin profundidad, los autos corrían a toda velocidad, las explosiones eran enormes (pero jamás mataban al héroe) y del argumento mejor ni hablar, porque simplemente no existía.

Eso era lo que Ellis Finch sabía hacer, y ojalá se hubiera quedado en su terreno.

Una vez, después de unas cuantas copas de vino blanco tibio en un evento literario, Rosemary le había mandado un correo a su agente para exponerle las razones por las que debían sacarlo del reparto.

Recibió una respuesta amable pero firme: no. Ellis iba a ser su Alfred.

Lo cierto era que no encajaba para nada en el papel, y nada iba a hacerla cambiar de opinión.

***

Rosemary abrió la puerta del edificio y sacó de su bolsillo un pequeño frasco de vidrio con sal.

Había un fantasma que a veces veía ir y venir del apartamento frente al suyo.

Gruñía cada vez que alguien pasaba a su lado, y en una o dos ocasiones Rosemary lo había visto sacar una pierna como si quisiera hacer tropezar a alguien.

Por suerte, estaba tan desvanecido que ya no era corpóreo.

Rosemary no lo vio al entrar a su apartamento, pero justo antes de cerrar la puerta esparció una fina línea de sal sobre el umbral, solo para asegurarse de que no pudiera entrar.

Sal, lavanda, romero, salvia. Todas tenían la propiedad de calmar o ahuyentar a los fantasmas.

En su investigación para una novela de terror folclórico anterior, Rosemary había hablado con un guardaparques indígena estadounidense que aseguraba que la obsidiana también tenía ese efecto.

Por eso, Rosemary llenaba todos los cajones donde guardaba la ropa con pequeños atados de hierbas secas, casi siempre regalos de su amiga Dina, que era una bruja de la cocina.

Le daban a su ropa un aroma agradable y además servían para mantener lejos a los espíritus indeseados.

Pero la mayoría de los fantasmas que Rosemary había visto no eran malignos; casi siempre eran personas que habían muerto antes de tiempo y querían quedarse un poco más en este mundo, junto a los que amaban.

Rosemary observó su apartamento vacío. Hasta ayer, había estado lleno de cajas que había llevado a un depósito hasta encontrar un nuevo lugar.

No había planeado mudarse justo durante el rodaje de la película, pero el universo se alineó cuando se dio cuenta de que su contrato de alquiler vencía una semana después de que empezaran las filmaciones.

Conseguir un buen apartamento en Brooklyn era una hazaña, y ni siquiera un fantasma cascarrabias era motivo suficiente para abandonar un lugar con lavadora y secadora incluidas y ventanas del piso al techo.

Pero Rosemary se iba a Inglaterra y se quedaría allí hasta que terminara el rodaje, dentro de unos meses.

No podía pagar el alquiler de un apartamento que no iba a usar.

Era raro ver las paredes vacías, con esos rectángulos un poco desteñidos donde antes colgaban sus pósteres retro de películas de terror. Toda su vida en Nueva York se había reducido a quince cajas medianas y un depósito de un metro cuadrado. No sabía si reírse o ponerse a llorar.

Mientras se cambiaba y se ponía el cómodo pantalón deportivo que estaba sobre la maleta abierta, esperó a que la invadiera la tristeza.

Se suponía que debía sentirse mal por irse de Nueva York, ¿no?

Había construido una vida allí durante tres años.

Había hecho amigos, había escrito tres novelas.

Se había mudado allí porque Nueva York era, o al menos eso creía, el lugar donde los escritores se forjaban a sí mismos.

Estaba segura de que iba a extrañar a algunas personas y que recordaría ciertos momentos con cariño.

Pero la ciudad también la había asfixiado.

Algunos días se sentía encerrada, y solo podía respirar cuando salía a caminar al parque y veía un poco de cielo que no estuviera partido por los rascacielos.

El cielo del lugar donde había crecido era tan amplio que podía tragarte entera, y extrañaba esa sensación de ser pequeña, pero sin sentirse sola.

Un pensamiento le cruzó por la mente: no tenía por qué buscar otro apartamento cuando terminara el rodaje.

Podía encontrar otro lugar, tal vez más cerca de la naturaleza, y empezar de nuevo.

Ya no sentía que Georgia fuera su hogar, aunque su padre siguiera ahí.

No había sido más su hogar desde que su madre muriera.

Rosemary lo había intentado con Nueva York, de verdad.

Había estado desesperada por hacer de ese lugar su casa, pero nunca lo logró del todo.

Para ella, su hogar era estar con sus amigos.

¿Cómo podía sentirse en casa cuando ellos estaban al otro lado del océano?

Se metió en la cama y bajó las persianas, cerrando lo que podría ser su última noche en Nueva York.

Abrió la computadora y se obligó a escribir unos párrafos.

Esa noche, como en los últimos meses, escribir era como ordeñar una cerda.

Su próxima novela, una historia de posesión sobre un monje en un monasterio rural que vivía en completo silencio, debía estar lista en dos meses, y Rosemary estaba muy atrasada.

A esas alturas, ya debería haber llegado al momento culminante de la novela, pero seguía atascada en el primer tercio.

No tenía valor para decírselo a su agente ni a su editora, aunque le mandaran esos correos amables solo para «saber cómo vas».

Siempre había escrito un libro por año, y eso era lo que esperaban de ella. No podía decepcionarlos ahora.

Antes escribir le divertía, pero ahora era sinónimo de estrés.

Tenía que escribir este libro, pero el anterior seguía en la etapa de corrección, mientras que para el siguiente necesitaba investigación y planificación.

Se sentía como una cinta transportadora, produciendo palabras sin parar, sin tiempo para respirar.

Ya pensaría en respirar cuando terminara con esta historia.

Su teléfono vibró.

En la pantalla apareció la foto de Immy y Dina, sus dos mejores amigas, que casualmente vivían a una distancia inabarcable, en Inglaterra. Rosemary atendió la llamada grupal.

—Despiertas a estas horas —dijo a modo de saludo.

—Es por los gemelos, les cuesta dormir de noche y hoy me toca a mí ver cómo están —dijo Immy entre bostezos.

Había abrazado la maternidad como pez en el agua, y Rosemary se alegraba de que tuviera a alguien como Eric, su esposo, que veía la crianza como una tarea compartida al cincuenta por ciento, y además la mandaba a un spa una vez al mes.

—Y como hay luna llena, voy a esperar hasta medianoche para tomar un baño de luna en el balcón —dijo Dina. Al fondo, Rosemary oyó la voz de Scott, su prometido: —¿El baño de luna va a ser desnuda? —preguntó ilusionado.

Dina soltó una carcajada. Dios, cómo las extrañaba.

No las había visto desde que nacieron los gemelos, hacía casi un año.

Había querido volver a Inglaterra, pero entre las giras de presentación de sus libros, las firmas y el nuevo borrador, el año se le había escapado.

No veía la hora de reencontrarse con ellas.

—En fin, queríamos saber cómo estás —agregó Dina—. ¿Cómo salió el evento?

—Bien, los otros tipos eran justo como me los esperaba...

—¿Como un par de bolas arrugadas de misoginia? —murmuró Immy.

—Que se jodan, tú eres más exitosa que los dos juntos —dijo Dina—. ¿Dónde está su película?

—Gracias por el ánimo, chicas, pero estoy bien, de verdad. Ya terminé de despedirme de este viejo apartamento y estoy preparándome mentalmente para conocer al que no vamos a nombrar.

—Ah, sí, ese actor horrible y tremendamente atractivo. Creo que ya leí un fanfiction que empieza así —dijo Immy.

—Bueno, este no es uno de tus fanfictions , no voy a desmayarme en cuanto lo vea —respondió Rosemary, quitándose una pelusa del pantalón para evitar hacer contacto visual, incluso a través de la pantalla.

—Ajá.

—Claro.

—Parece que están tratando de encontrarme pareja. Les recuerdo que no me interesa ese tipo de cosas. Además, no creo ser precisamente el tipo de mujer que le interese al galán de las películas de acción.

—¡Pero soy tan buena como casamentera! —se quejó Immy—. Mira cómo salió la última vez.

Dina se echó a reír: su anillo de compromiso relucía mientras se pasaba una mano por los rizos.

—Te propongo algo —insistió Immy—. Mira este video, lo voy a mandar al chat, y si honestamente me dices que no te parece atractivo, cierro la boca y no vuelvo a mencionarlo. ¿Trato?

—Trato —respondió Rosemary. ¿Qué tan difícil podía ser?

Su teléfono sonó y, un segundo después, ya tenía el video cargado en la pantalla y compartido entre las tres. Incluso con sus rostros diminutos en una esquina, Rosemary sintió esa alegría que solo los amigos pueden darte; una alegría que le entraba por los brazos y le burbujeaba en el pecho.

—Uy, ya vi este video —chilló Dina.

Scott asomó la cabeza en la videollamada y saludó con la mano.

—¿Es el video en el que besa a la lechera hasta dejarla sin aliento? —preguntó riendo.

—El mismo —respondió Dina con una sonrisa, y le dio un beso en la sien antes de que Scott desapareciera de la pantalla.