Amor al primer susto 1 #2
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James carraspeó.

—Me gusta empezar el día corriendo; me despeja mucho la mente. Después escribo de nueve de la mañana a una de la tarde, y luego paro a almorzar. En un buen día escribo seis mil palabras. —Sonrió con suficiencia.

—En mi caso es distinto. Como muchos de ustedes saben, no sigo una rutina estricta —dijo David con una sonrisa, pasándose la mano por el cabello canoso y ralo—.

Soy más bien un hombre de inspiración, así que espero a que me lleguen las ideas y después escribo como loco hasta que todo queda en la página. No suelo hacer investigación previa.

Rosemary sabía que no investigaba: había leído un borrador preliminar de su nuevo libro cuando su editor le pidió que le hiciera una reseña.

Si vas a escribir una novela de terror ambientada en la gran matanza de búfalos de la década de 1870, lo lógico sería leer un poco de historia de la época en vez de mirar unas cuantas pelis sobre la Guerra Civil.

No había podido darle ninguna cita que la editorial pudiera usar para promocionar el libro.

Finalmente, llegó el turno de Rosemary. Siete minutos o menos. Podía hacerlo.

—Como la mayoría de lo que escribo es terror histórico, con alguna que otra incursión por el terror de las profundidades marinas.

.. —Una pequeña ovación sonó entre el público, de un admirador que agitaba un ejemplar de Julia , su primera novela, publicada cinco años atrás.

Era una historia de terror situada en las profundidades del mar, inspirada en el sonido Julia, grabado por la Marina de EE.

UU. en 1999—, y necesito investigar muchísimo para asegurarme de que retrato cada época de la forma más auténtica posible.

Como la mayoría de mis libros tratan temas sensibles como el racismo, la transfobia y la histeria femenina, me gusta hacerme el tiempo para entrevistar personas que me ayuden a que mis personajes se sientan genuinos.

La semana pasada, por ejemplo, hablé por teléfono con una archivista académica encantadora sobre la extraña obsesión victoriana con las momias egipcias.

Una de las cosas más fascinantes que me contó fue que organizaban fiestas en las que desenvolvían las momias: ponían un cuerpo momificado sobre la mesa del comedor y lo desenvolvían como si fuera un juego.

Los detalles pueden ser tremendamente perturbadores, pero son una fuente de inspiración fantástica para escribir historias de terror.

—Se rio, y de pronto se dio cuenta de que se había ido por las ramas y que debía volver al punto—.

Así que empiezo las mañanas investigando y por la tarde escribo, porque soy muy afortunada de que todos ustedes lean mis libros lo suficiente como para que pueda dedicarme a esto a tiempo completo. Así que gracias.

El público hizo algunas preguntas más y, cuando el panel llegaba a su fin, un aplauso colmó los oídos de Rosemary.

Agradeció a James y David por la maravillosa charla, aunque no lo sentía de corazón.

Ellos le estrecharon la mano, pero casi sin mirarla a los ojos.

Una versión más joven de sí misma se habría sentido herida, pero, a los veintinueve años, Rosemary ya estaba acostumbrada a que cierto tipo de autores de terror se comportara así.

Como había llegado antes para firmar ejemplares para Max, había escuchado a James y David —que claramente no la habían visto entrar en el depósito de la librería— hablar sobre su contrato para una película.

—Es el mismo estudio que compró los derechos de mi novela, pero adivina por qué se decidieron por la de ella —dijo David riendo, y Rosemary lo vio a través de las estanterías simulando sujetarse unos pechos invisibles.

Claro, sus pechos fabulosos eran la razón de su contrato cinematográfico, y no tenía nada que ver con el hecho de que La posesión del mal , su novela de terror gótico victoriano, fuera uno de los libros de terror más vendidos de la última década.

—Nunca se sabe —agregó James—, quizá hasta encontró otra manera de convencer a los ejecutivos del estudio para que aceptaran el proyecto.

Rosemary puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi se le fueron para atrás.

Esos supuestos hombres hechos y derechos se escondían en un rincón, riéndose como idiotas de que ella aparentemente había vendido su cuerpo con pechos enormes a cambio de un contrato cinematográfico.

Al final, tuvieron su merecido cuando la gran mayoría de los asistentes apareció con ejemplares de los libros de Rosemary para firmar.

Con el evento terminado, Rosemary miró a su alrededor y buscó al fantasma de antes.

Pero ya había desaparecido, probablemente a un rincón más tranquilo de la librería para leer en paz.

Rosemary estuvo tentada de perderse entre los pasillos del fondo para charlar con el fantasma —sobre todo porque no lo había visto antes en Tickled Ink—, pero se recordó a sí misma que la gente normal no hablaba con seres invisibles en público.

Max se acercó con una sonrisa de oreja a oreja.

—Estuviste brillante, como era de esperar. —Se rieron, y Max la abrazó con tanta fuerza que la levantó del suelo.

—¿Quieres esperar un rato? Podemos salir a tomar algo cuando cierre... —le propuso con expresión esperanzada.

Unas semanas atrás habían salido a cenar.

Rosemary no se había dado cuenta de que era una cita hasta que Max apareció con un ramo de flores.

Y no es que le molestara; Max era atractivo con ese aire de surfista californiano, la piel dorada y el cabello aclarado por el sol.

Además, la hacía reír. Se habían besado al final de la cita, pero Rosemary se dio cuenta de que, con la inminencia de su viaje, no era el mejor momento para empezar una relación.

Le parecía atractivo, sí, pero había faltado algo en ese beso: una chispa vital.

No era el tipo de beso que te desvela de noche, aunque ojalá lo hubiera sido.

—Me encantaría, pero mañana vuelo a Londres y todavía tengo que empacar mi maleta de libros.

—¿Tu maleta de libros?

—Sí, la maleta donde pongo todos los libros que me quiero llevar.

—Estás impidiendo que los libros electrónicos dominen el mundo tú sola, espero que lo sepas. Pero bueno, quizá cenemos cuando vuelvas. —Se sonrieron, y había en su sonrisa una ternura tan conmovedora que Rosemary deseó sentir otra cosa.

—Por supuesto, me encantaría —respondió. Max parecía estar a punto de decir algo más, pero en ese momento sonó la campanilla de la caja registradora, y ambos miraron hacia la fila de lectores que esperaban ansiosos para comprar ejemplares firmados.

—Bueno, el deber me llama —dijo Max—. Nos vemos cuando vuelvas de Inglaterra. Pásala increíble y no mates a los actores. —Sonrió con picardía antes de alejarse.

Ah, sí, los actores. Uno en particular. El actor que había sido una espina en la vida de Rosemary desde que supo que lo habían elegido para la adaptación cinematográfica de su libro, hacía ya varios meses. El galán de Hollywood y, según un tuit muy viral, un «papi» ejemplar: Ellis Finch.

Cuando Rosemary se enteró de que lo habían elegido para interpretar a Alfred Parlow, el protagonista masculino de su historia, se enfureció.

Claro que había escuchado hablar de Ellis Finch, y su agente le había asegurado que era el actor más brillante de Hollywood, pero no se parecía en nada a su personaje.

Alfred era un caballero victoriano debilucho —ordenado, flaco, tímido— y las imágenes de Ellis que había visto en Google mostraban que era alto y ancho de hombros, con un físico musculoso, pero no de esos que parecían matarse en el gimnasio.

Tendría unos cuarenta años, un hombre de sonrisa seductora y unos ojos de un gris azulado tan intenso que parecían perforar la pantalla del teléfono.

En algunas fotos aparecía afeitado, con una mandíbula tan perfecta que rozaba la provocación; en otras tenía una sombra de barba grisácea de cinco días.

Su pelo castaño oscuro se ondulaba en las puntas y parecía tener algunas canas en las sienes.

Según su página de Wikipedia, había nacido en Escocia y había vivido la mayor parte de su vida en el Reino Unido.

Rosemary se preguntaba si tendría acento.

Había bastantes fotos suyas en internet, la mayoría tomadas por paparazis, a veces en un café o en una librería, y verlo cargando una pila enorme de libros, con la camisa arremangada y dejando a la vista esos antebrazos musculosos, no le había provocado a Rosemary ninguna sensación extraña. Ninguna.

En realidad, se le había hecho un nudo en el estómago, producto, sin un rastro de duda, del rechazo profundo que le generaba.

Por no hablar de las fotos en las que desfilaba con sus últimas novias por la alfombra roja: una colección entera de modelos espectaculares, bronceadas, que sonreían mostrando unos dientes perfectamente blancos.

Aunque tenía que admitir que todas parecían ser de hacía más o menos una década, y no había nada reciente sobre él saliendo con nadie.

Cuando buscó en internet «novia actual de Ellis Finch», se dijo para sus adentros que solo era parte de su investigación profesional sobre él.

Aun así, no era famoso por los dramas de época, aunque había actuado en uno años atrás. Al mirar la lista de películas que había protagonizado, quedaba claro que Ellis encajaba mucho mejor en los grandes éxitos llenos de acción.