Amor al primer susto
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R osemary tenía diez años la primera vez que vio un fantasma.
Pasó en la cálida cocina empapelada de la casa de su abuela, mientras tomaba un refresco de vainilla y el ventilador del techo apenas lograba crear una brisa débil bajo el calor sofocante de Georgia.
Sus padres nunca le permitían tomar refrescos, y justamente por eso Rosemary supo, al recorrer con los dedos el dibujo de fresas del mantel, que lo que todos temían al fin había ocurrido: su abuela había muerto.
No es que entendiera del todo qué quería decir eso en realidad. En los libros siempre había personajes que morían, pero eso no contaba porque bastaba con volver a empezar el libro y estaban vivos otra vez. Suponía que en la vida real tenía que ser distinto.
Pero entonces la abuela de Rosemary entró en la cocina.
Rosemary levantó la vista; no parecía estar muriéndose.
De hecho, tenía más color en las mejillas, y su pelo ya no era blanco como el pergamino, sino de un rojo encendido, igual que el de ella.
Incluso las arrugas que tenía alrededor de los ojos parecían haberse suavizado y alisado.
Tampoco se veía como los fantasmas de los cuentos que leía Rosemary —no había ninguna sábana blanca a la vista—, pero el aire a su alrededor se había vuelto más suave y, cuando la abuela extendió una mano y le revolvió las ondas rojizas del pelo a su nieta, parecía estar envuelta en una especie de bruma luminosa.
—Hola, mi tesoro —dijo la abuela.
—¿Eres un fantasma? —soltó Rosemary—. ¿O un ángel? —Le habían hablado de los ángeles en la escuela dominical, pero leía libros sobre fantasmas y monstruos a escondidas.
La abuela soltó una risita, mirándose a sí misma.
—Bueno, no tengo alas, así que digamos que soy un fantasma. Pero escúchame, cielo, no me queda mucho tiempo antes de irme.
—¿Irte a dónde?
—A algún lugar bonito y en paz, creo. ¿Quieres que cocinemos algo antes de que me vaya? Podríamos hacerle a tu mamá un poco de mi mermelada de fresa para animarla.
Con unos brazos mucho más fuertes de lo que Rosemary recordaba, la levantó de la silla. Años más tarde —y tras muchas experiencias con fantasmas—, Rosemary entendería que eso era porque su abuela había muerto apenas unos momentos antes.
Luego le ató un delantal y le indicó que buscara unos recipientes medidores en los armarios y que sacara una cajita de fresas frescas del refrigerador.
—Estas todavía tienen pequeños insectos; eso indica que son frescas —le dijo la abuela, señalándolas, y luego le mostró a Rosemary cómo lavarlas y cortarlas bien.
Pasaron la siguiente hora preparando una tanda de la mermelada de fresa de su abuela. El aire de la cocina se llenó del aroma dulce del azúcar y el toque ácido de la fruta, y Rosemary se lamió de los dedos el jugo dulce de las fresas.
—Mitad de azúcar, mitad de fruta y un poquito de jugo de limón para intensificar el sabor —le explicó la abuela, apoyada en la encimera mientras Rosemary removía la mezcla burbujeante.
—Siempre he amado esta cocina —dijo, pasando la mano por la encimera de madera—. Cocinaba aquí con tu mamá todo el tiempo cuando era pequeña como tú.
—No soy tan pequeña.
—Claro que no, tesoro. —La abuela miró con nostalgia por la ventana hacia el jardín cubierto de maleza—. ¿Ves aquel árbol? ¿El árbol bajo y achaparrado que está allá?
—Ajá.
—Todas las primaveras venían mirlos de alas rojas a visitarnos y se pasaban la mañana entera cantando en ese árbol. Puedes distinguirlos de los mirlos normales porque tienen una mancha roja y dorada en el pecho. Son aves preciosas. Dile a tu mamá que ahí es donde quiero estar.
La abuela de Rosemary había sido una especie de ornitóloga aficionada en su época, un pasatiempo que a la mamá de Rosemary le parecía un poco tonto, pero que a Rosemary le encantaba en secreto.
—¿Vamos a poder seguir visitándote? —preguntó Rosemary. Su abuela frunció el ceño.
—Puedes visitarme en ese árbol o en mi tumba, pero ya no voy a estar aquí. Al menos, no así —dijo, dejando escapar un suspiro.
—¿Qué pasa, abuela?
—Acabo de darme cuenta de que es la última vez que veo todo esto. Alguien va a tener que regar mis rosales.
La abuela le dio un beso, ligero como una pluma, en la mejilla.
—Ojalá hubiera podido quedarme más tiempo para verte convertida en una mujer, pero vas a estar bien, ¿no es cierto? —le dijo con una mirada cómplice—. Y escucha, tesoro, es mejor que no le cuentes a nadie sobre esto.
—¿Que hago mermelada?
—No, de la mermelada sí puedes hablar. Pero la mayoría de las personas no puede ver fantasmas, y algunos no van a entender. Puede que no te crean cuando les digas que te ayudé. No quiero que te metas en problemas, ¿entiendes?
Rosemary asintió y luego preguntó:
—¿Tú también podías ver fantasmas?
—Sí. Por eso quise venir a verte antes de irme.
No mucha gente tiene este don, así que, a menos que le digas a un fantasma que puedes verlo, no lo sabrá.
Pero muchos tienen historias interesantes, sobre todo los muy viejos.
Esta receta de mermelada me la dio un pastelero que vivía en Keller.
—Sonrió, y Rosemary le devolvió la sonrisa.
Con la cabeza inclinada sobre la cacerola, olieron la dulzura casi cremosa de la mermelada.
—Un toque final para que quede perfecta —dijo la abuela, sacando un frasquito de vidrio marrón de un armario—. El secreto de la mermelada de fresa perfecta es una cucharadita de agua de rosas.
Un aroma intenso a rosas llenó la cocina. Entonces, Rosemary lo sintió: un apretón en el estómago y luego una ligera sensación de ausencia. A pesar del calor del verano, de pronto la cocina estaba más fría. Su abuela se había ido.
—Rosemary, ¿qué estás haciendo? —Su madre irrumpió en la cocina, la bajó del taburete en el que estaba subida y apagó el gas. Su papá se quedó en la puerta, pasándose las manos por las mejillas con fuerza para borrar las lágrimas.
—¿Qué estabas...? ¿Estabas haciendo mermelada? —Su mamá miró la cacerola y la pila de tallos de fresa en la encimera. Olfateó el aire.
—¿Le pusiste agua de rosas? —Miró a su hija con expresión de confusión e incredulidad.
—Era la receta secreta de la abuela.
Al oír mencionar a su madre, la mamá de Rosemary se derrumbó y abrazó a su hija.
—Mi amor, no estoy enojada por la mermelada. Pero hay algo que necesito decirte, ¿sí? ¿Por qué no vienes conmigo y nos sentamos un rato en el columpio del jardín de la abuela?
Al salir, Rosemary echó un vistazo por encima del hombro a la cocina vacía, al vapor que subía de la cacerola, que ya empezaba a enfriarse, y supo que acababa de heredar un secreto extraño pero emocionante.
***
El fantasma que Rosemary estaba mirando ahora era mucho más joven de lo que había sido el fantasma de su abuela diecinueve años atrás. A diferencia de aquel, este tenía los bordes grisáceos y un aire semitransparente. Estaba claro que hacía rato que rondaba por ahí.
Llevaba un cárdigan de lana gruesa que a Rosemary le sonaba característico de los 80, aunque no podía asegurarlo, y estaba leyendo una novela romántica situada en la época de la Regencia, bien subidita de tono, por encima del hombro de otro cliente de la librería.
La mayoría de los fantasmas podían sostener objetos físicos, pero trataban de evitar asustar a los vivos que tenían cerca (aunque no siempre lo lograban).
Mostrarte sin querer podía dar lugar a programas de televisión de cazafantasmas pidiéndote que golpearas tres veces si estabas presente, cuando lo único que querías era que te dejaran en paz.
Rosemary habría apostado a que, cuando cerrara la tienda, ese fantasma se quedaría toda la noche hojeando libros. En lo que respecta a vidas después de la muerte, no estaba nada mal.
—Creo que ya podemos abrir la ronda de preguntas.
¿Alguien quiere preguntarle algo a nuestro aterrador trío aquí presente?
—dijo Max, librero extraordinario y moderador del panel, dirigiéndose al público sentado en la sección de terror de la librería Tickled Ink.
La voz de Max devolvió de golpe a Rosemary a la realidad y aspiró hondo, lo bastante bajo como para que el micrófono no lo captara.
Se recordó a sí misma que se había preparado; sabía que habría una sesión de preguntas y respuestas.
Repasó mentalmente su lista de posibles preguntas: todo iba a salir bien.
La parte racional de su cerebro sabía que solo estaba esperando que la ansiedad la alcanzara.
Otra respiración, y exhaló despacio. Miró el reloj.
Probablemente faltaban menos de diez minutos para que terminara el evento, tal vez nueve. Podía soportar nueve minutos.
Max le había pedido a Rosemary que participara en el panel para, en sus propias palabras, «traer la conversación al siglo veintiuno», algo que ella entendía perfectamente.
Tickled Ink era su librería preferida en Brooklyn y quizá su lugar favorito en el mundo, sin contar el puf donde escribía. Gracias a Max, tanto la sección de terror como la de romance —las dos secciones más importantes de cualquier librería, según Rosemary— eran impecables.
Sus compañeros de panel, James Butler y David Marsh —dos nombres fuertes en el género de terror— iban a publicar libros ese mes, a pocas semanas de Halloween, y habían insistido en hacer un evento en la librería para aprovechar su popularidad.
Max aceptó organizarlo solo si Rosemary también participaba, convencido de que ella atraería a clientes nuevos y habituales, a diferencia de James y David, cuyos lectores eran en su mayoría hombres blancos de mediana edad.
Las mujeres de sus libros tendían a bajar las escaleras «contoneándose» o a caer al agua vestidas apenas con un camisón transparente.
Rosemary no estaba segura de estar preparada para el panel, pero sus amigas Immy y Dina terminaron convenciéndola.
—Me gustaría preguntarles un poco sobre su proceso de escritura. ¿Escriben todos los días? ¿Se ponen una meta de palabras? —preguntó alguien del público.