Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 51. Yo la amo ella ama a su acosador
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51. Yo la amo ella ama a su acosador

YO LA AMO; ELLA AMA A SU ACOSADOR

Cal

Izzy lo sabía.

Desde el puto principio.

Sabía que yo era Caleb y no está enfadada.

No soy capaz de entenderlo. Todas las situaciones hipotéticas que me había imaginado terminaban con ella furiosa lanzándome lámparas y libros, llamándome de todo. Y, sin embargo…, lo ha aceptado sin más.

Me ha dicho que le gustaba hablar con Caleb.

Que se lo pasaba bien.

Y eso… Eso me destroza por completo.

Porque la amo. La amo tanto que me estoy volviendo loco.

Y eso también tengo que decírselo. Debe saberlo.

Sin secretos. Ya no puede haber nada que se interponga entre nosotros.

Pero ahora mismo… Ahora mismo, tengo que cuidarla.

Y luego, cuando esté lista, voy a tirármela sobre todas las superficies en las que me lo permita.

Va a sentirme tan dentro, durante tanto tiempo, que le resultará físicamente imposible caminar sin recordar todo lo que voy a hacerle.

Ella también lo presiente. Lo veo en cómo cambia el lenguaje corporal cuando aparcamos delante de su apartamento, en cómo se aprieta los dedos sobre el regazo y me mira de reojo, como si estuviera pensando en ello, en mí, en lo que está por venir.

Pero no la dejo entrar a pie.

La llevo en brazos, como la puñetera princesa que es. Resopla en señal de protesta, pero no la suelto; la agarro con más fuerza y le doy un beso en la sien mientras cierro la puerta a nuestras espaldas de una patada.

—Qué dramático eres —murmura, y su aliento suave me calienta el cuello.

Me río entre dientes y no la dejo en el suelo hasta que estamos en la cocina.

—Hidrátate —le digo mientras le pongo un vaso de agua en las manos.

Pone los ojos en blanco, pero bebe un sorbo.

—Más.

Me lanza una mirada.

—Y ahora me dirás que haga estiramientos, ¿no?

—Si quieres caminar mañana, sí.

Se atraganta con el agua y varias gotas salpican la encimera de granito.

Me acerco a ella, le rozo la concha de la oreja con los labios y siento cómo se estremece.

—Bebe, preciosa.

Apura el resto del agua como una buena chica. Luego la agarro de la mano y la llevo hasta el baño. La luz amarilla le confiere a su piel un brillo dorado y resalta las suaves curvas que se ocultan bajo la ropa. Ha sufrido mucho. Tiene que relajarse, dejarme cuidarla.

No se resiste.

Me lo permite.

Quizá se dé cuenta de que yo lo necesito tanto como ella. Le quito la ropa despacio, con cuidado, dándole besos suaves mientras lo hago.

Los moratones que tiene en las muñecas, las leves marcas que le han dejado las bridas allá donde se le clavaban…

Me hierve la sangre.

Pero me concentro en ella, en esto, en el presente.

La guío hasta colocarla bajo el chorro de la ducha, me subo las mangas y cojo mi jabón.

Y luego… la lavo.

Con delicadeza. A fondo. Por completo.

Le recorro la piel con las manos, le limpio hasta el último recuerdo de lo que ha pasado hoy, le masajeo los músculos con los dedos, la calmo hasta que se le ralentiza la respiración, relaja el cuerpo y me mira como si fuera lo único que la mantiene a flote.

Y así es.

Cuando salimos, está suave, calentita, laxa. Tiene gotitas de agua adheridas a las pestañas y sus curvas generosas brillan bajo las luces del baño.

Me deja secarla con la toalla, vestirla con una de mis camisas, llevarla a la cocina y sentarla en la encimera mientras le preparo la cena.

El chisporroteo del ajo y la cebolla invade el aire mientras me muevo por su cocina y corto verduras rítmicamente con el cuchillo.

Ella me observa, con las rodillas pegadas al pecho y el dobladillo de mi camisa cubriéndole los muslos a duras penas.

Sirvo la pasta, sencilla pero sustanciosa, y la llevo al dormitorio.

Ni siquiera protesta cuando pongo Bridgerton .

Se limita a inclinarse hacia mí, a robarme bocados del plato y a acurrucarse cerca mientras vemos la serie sobre las sábanas frescas.

Porque, antes de todo lo demás, de que la reviente como llevo no sé cuántas putas semanas deseando hacer…

Necesita relajarse.

Necesita estar bien.

Y luego…

Luego es mía.

Se toma una infusión en silencio mientras ve las últimas escenas de la segunda temporada en el televisor que tiene colgado en la pared del dormitorio.

Al final me mira como si le estuviera costando la vida contenerse. El pecho se le eleva con demasiada rapidez, algo inexpresado le tiembla en los labios.

—Por favor…

Son dos palabras.

Dos puñeteras palabras de nada.

Pero para mí lo son todo.

Se me pone dura al instante. Dejo el vaso y me vuelvo hacia ella, le rodeo la cara con una mano y se la levanto hacia mí.

—Dilo otra vez —murmuro.

Se le entrecorta la respiración. Aprieta los muslos y oigo el crujido de la tela de mi camisa.

—Por favor —susurra.

Joder.

Pierdo el control.

La agarro, la atrapo debajo de mí y giro con ella para inmovilizarla boca arriba, justo donde debe estar.

Le recorro el rostro con los dedos, le rozo los labios con el pulgar y apoyo la otra mano sobre el colchón, junto a su cabeza, para sostenerme.

La cama se hunde bajo nuestro peso y las sábanas se le enredan alrededor de las piernas desnudas.

—Esto —susurro con la voz teñida de puro deseo—. Esto es lo que estaba esperando.

Tiene el cabello desperdigado sobre la almohada, la respiración agitada, la boca entreabierta a causa de la expectación.

Me mira con los ojos oscuros y hambrientos, noto su cuerpo suave y maleable debajo del mío.

Me lo tomo con calma. Le deslizo los dedos por la piel, le trazo las delicadas líneas de la clavícula, el valle entre los pechos, la curva de la cadera.

Bajo con las manos callosas y su piel me parece de seda.

Se estremece.

Contiene el aliento.

Joder, qué guapa es.

Bajo la cabeza, le paso la nariz por la columna del cuello, la inhalo, me empapo de ella.

Huele a mi jabón. A mi camisa. A mí.

Huele a que es mía.

Le doy besos suaves y con la boca abierta por todo el cuello, despacio, provocándola, sintiendo cómo se arquea contra mí, desesperada por más. Gime y ese sonido… Ese sonido me afecta. La vibración que siento en los labios me irradia calor por el cuerpo.

—Cal —jadea.

Ronroneo pegado a su piel, la mordisqueo, la lamo, la beso, voy bajando poco a poco y le levanto el dobladillo de la camisa para dejar más al descubierto. Le paso la lengua entre los pechos, sobre las costillas y hasta la curva del estómago. Tiene un sabor sutilmente dulce.

Es tan suave, tan perfecta, que quiero devorarla. Le agarro los muslos y se los separo, y ella ahoga un gemido y agarra las sábanas. La tela se arruga entre sus dedos.

—Eres la puta personificación de la perfección —le susurro contra la piel al mismo tiempo que deslizo la boca por la cadera, por ese punto sensible del pliegue del muslo.

Se estremece y las piernas le tiemblan. Le doy un beso ahí.

Lento. Suave.

Una exhalación temblorosa.

—Cal…

Me río en voz baja; la agarro con más fuerza y la mantengo abierta para mí. Su excitación me invade los sentidos, se me hace la boca agua.

—Estás desesperada —murmuro.

Gimotea y, joder, adoro ese puto sonido. Le paso los dedos por la parte interna del muslo, despacio, excitándola, y trazo círculos sutiles sobre la tela de las bragas. Noto el encaje húmedo al tacto.

—¿Quieres que te toque, preciosa?

Asiente con energía y arquea las caderas, buscando más.

No se lo doy.

Todavía no.

Me aparto un poco y la observo. El esternón le sube y le baja a toda velocidad, la fina tela de mi camisa se le tensa sobre los pechos.

—Dime cuánto lo deseas.

Se le sonrojan las mejillas, pero no duda.

—Más que cualquier otra cosa.

Joder.

No me hace falta más.

Le meto los dedos bajo las bragas y al notar lo empapada que está me brota un gruñido del pecho.

—Qué mojada estás por mí —murmuro.

Resuella cuando le aprieto el clítoris con el pulgar; se lo rodeo, la estimulo, la siento temblar. Levanta las caderas de golpe contra mi mano, busca más presión.

Me encanta.

Me encanta hacerla perder el control.

Me encanta saber que es mía y que puedo destrozarla.

La sujeto con más fuerza, le impido moverse.

Está la hostia de sensible.

Me agarra la muñeca.

Me detiene.

Me paralizo al instante, la estudio. No me ha hecho parar porque no quiere que siga. Me ha hecho parar porque quiere más.

—Te necesito —susurra con la voz ronca de deseo.

Joder.

Le agarro la barbilla.

—Ya me tienes —murmuro.

Traga saliva con dificultad, con los ojos muy abiertos, vulnerable y, a la vez, segura de cojones.

—No, Cal. Te necesito dentro de mí. Ya.

La polla me palpita. Exhalo poco a poco mientras intento aferrarme al último vestigio de control que me queda.

—Sabes que no voy a ser delicado, ¿verdad?

—No quiero que lo seas.

Joder.

Le devoro la boca, la poseo, la tomo, la agarro con las manos, la exploro, la reclamo. Ella me gime en la boca, me rodea con las piernas, me atrae más hacia ella, me aprieta más fuerte. Tiene los labios suaves, maleables y exigentes al mismo tiempo.

Entonces me susurra junto a los labios:

—Tomo anticonceptivos.

Guardo silencio un segundo y luego dejo escapar una risita oscura.

—Ya lo sé.

Izzy se ríe, jadeante, y se aparta para mirarme con las mejillas sonrojadas.

—Cómo no —murmura al mismo tiempo que pone los ojos en blanco.

Le recorro las caderas con las manos y la agarro con fuerza. La generosidad de sus curvas me encaja perfectamente en las palmas.

—Tengo que asegurarme de que mi chica preciosa está a salvo.

Se muerde el labio, baja la vista, aprieta los muslos. Me quito los calzoncillos y, cuando libero la polla erecta, se queda sin aliento. Me mira con los ojos oscuros y desesperados.

—Cal —susurra.

Gruño y la agarro por las caderas, la atraigo hacia mí.

Se estremece.

Entonces la penetro con fuerza y los dos nos derrumbamos. Se la meto bien adentro, sin miramientos, e Izzy jadea y me clava las uñas en la espalda, me araña mientras se arquea. El escozor que me provoca no hace sino empujarme a embestirla aún con mayor profundidad.

—Joder, Izzy.