Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 50. Resulta que caleb era de verdad desde el principio
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50. Resulta que caleb era de verdad desde el principio

RESULTA QUE CALEB ERA DE VERDAD DESDE EL PRINCIPIO

Izzy

Hay policías por todas partes.

Luces intermitentes, voces en las radios, agentes que entran y salen del almacén.

Es una escena sacada directamente de una serie policiaca, solo que esta vez yo formo parte del elenco.

El aire frío de la noche me pellizca la piel expuesta y arrastra el olor del cercano río Hudson mezclado con el del diésel de los vehículos policiales.

Estoy sentada en la parte trasera de una ambulancia con una manta de lana áspera echada sobre los hombros —cosa de Amanda—.

Me la ha tirado encima casi de cualquier manera antes de salir pitando a discutir con un policía sobre la jurisdicción, solo por el gusto de convertirse en una molestia.

La manta huele un poco a antiséptico y pesa bastante, pero agradezco su calor.

Miro a Cal. Hace un rato que me ha propuesto que nos vayamos, puesto que él ya ha hablado con los agentes y le han tomado declaración.

Solo estamos esperando a que saquen a Evan esposado.

Me ha dicho que no tenía por qué verlo, pero yo he insistido en lo contrario.

Y él ha asentido, como si entendiera mi necesidad de darle carpetazo al asunto.

Así que aquí estamos, esperando bajo el intenso resplandor de las luces de emergencia.

Está sentado mi lado, inmóvil, con las manos entrelazadas, los nudillos arañados y magullados, y los dedos apretados. Tiene la camisa salpicada de manchas oscuras en las que intento no pensar demasiado.

Pero le tiemblan un poco las manos.

Entrelazo los dedos con los suyos y siento la fuerza texturizada, el calor que me penetra en la piel fría.

Vuelve la cabeza hacia mí de inmediato y se le calman al instante.

Se las aprieto con suavidad.

—Gracias —le susurro.

Veo la culpa que se le refleja en los ojos mientras exhala por la nariz justo antes de apartar la mirada.

—Tendría que haberme dado cuenta antes —murmura—. No debería haberme distraído. Te han secuestrado por mi culpa. Te dije que te estaría vigilando siempre y no lo cumplí.

Niego despacio con la cabeza y rozo la manta de lana con el pelo.

—Pero has venido. Eso es lo que importa.

Me mira de hito en hito un momento largo, claramente deseoso de llevarme la contraria. El fuego que le veo en los ojos me acelera el corazón, a pesar del cansancio que me lastra los miembros.

Al final exhala y me frota la parte interior de la muñeca con el pulgar. El delicado movimiento circular me provoca una oleada de bienestar que me recorre el cuerpo entero.

Con aire distraído, me llevo la otra mano a las chapas de identificación que llevo colgadas debajo de la camisa. Enredo los dedos con la cadena.

Se percata del movimiento.

—¿Las llevas puestas?

Asiento, incapaz de mirarlo a los ojos.

—Todos los días.

Se queda callado un instante; luego se mueve y se mete la mano en el bolsillo de la chaqueta. Cuando la saca, capto un destello de cristales azules entre los dedos.

—Lo llevo siempre encima como un lunático.

Un agente echa a andar hacia nosotros libreta en mano, pero Amanda lo intercepta de inmediato, con los brazos en jarra, y empieza a soltarle un discurso rápido sobre el procedimiento adecuado y los derechos de las víctimas. El pobre hombre no tiene ni la menor oportunidad.

Cal y yo la observamos unos segundos y luego niego con la cabeza.

—¿Quién cojones es Amanda? —farfullo, y se me dibuja una pequeña sonrisa en los labios.

Él se ríe casi para sus adentros mientras se frota la nuca.

—No tengo ni idea.

Exhalo, me apoyo en él y me sumerjo en la calidez de su costado y en el latido estable del corazón que noto bajo la mejilla.

Mi cuerpo se amolda de forma fácil y natural a su enorme constitución.

Cuando la adrenalina se desvanece, solo me queda un agotamiento intenso y un alivio tan profundo que pienso que se me han licuado los músculos.

Entonces levanto la cabeza, vencida por la curiosidad. El pelo me cae sobre la cara y me lo meto detrás de la oreja.

—¿Cómo has sabido dónde estaba?

Se tensa al instante y los músculos se le agarrotan. Medio espero que no me responda.

—Tenía acceso a tu teléfono —reconoce al final con voz áspera, como si decirlo le resultara casi doloroso—. Te lo jaqueé el día que empecé a trabajar en la tienda. Una enorme violación de la confianza. No debería haberlo hecho…

Le pongo los dedos en los labios para que se calle. Me resultan sorprendentemente suaves al tocarlos con las yemas.

Parpadea.

—Cal —digo con calma—, me alegro de que lo hicieras.

Frunce el ceño, confuso.

—¿Qué?

Me encojo de hombros y la manta se me desliza un poco.

—Sé que es una locura, pero menos mal que lo hiciste. Me has salvado.

Se relaja un poco y la tensión se le desvanece de los hombros.

Apoyo la cabeza contra él.

—En cierto sentido, es bonito, ¿sabes? —murmuro con suavidad—. Tener a alguien que te protege con total dedicación hace que te sientas valorada.

Una risa grave le retumba en el pecho mientras me rodea los hombros con el brazo y me acerca más hacia él. Su calor se filtra a través de la manta y de mi camisa y ahuyenta el frío que me había llegado hasta los huesos.

La tensión que me invade por dentro se esfuma cuando me acurruco entre los brazos de Cal.

Por primera vez desde que me desperté en el almacén, con sus suelos de hormigón y su aire cargado, me siento a salvo.

Cierro los ojos un segundo y luego giro la cara hacia él hasta rozarle la barba incipiente de la mandíbula con la nariz.

—Por cierto, lo sé.

Su abrazo se torna un poco más tirante.

—¿Qué sabes, preciosa?

Sonrío.

—Sé que eres Caleb.

Se tensa entero de nuevo. Se gira por completo hacia mí con los ojos abiertos como platos y vulnerables, reflejando las luces azules y rojas que parpadean alrededor.

—Izzy…, ¿qué? —Se le quiebra la voz.

Le aprieto la mano y siento la aspereza de su palma.

—Empecé a sospechar cuando Caleb me llamaba «Izzy» de vez en cuando.

—Ahogo una carcajada—. El historial del chat no desapareció y, cuando recuperé la sobriedad, volví atrás y releí nuestras conversaciones.

Al principio pensé que a lo mejor la aplicación había sacado mi nombre de la tarjeta de crédito o algo así, así que no estaba segura del todo.

Pero ayer, cuando me llamaste «preciosa» en el coche, lo supe con certeza.

Frunce el ceño, pero sigo adelante y me fijo en cómo le va cambiando la expresión bajo las luces intermitentes.

—En ese momento desaparecieron las dudas —le explico con delicadeza—. Titubeaste un instante. Tú no titubeas, pero ahí sí y me di cuenta.

Abre la boca, la cierra y vuelve a abrirla.

—Entonces ¿por qué seguiste…?

Me encojo de hombros.

—Era divertido.

Se queda totalmente boquiabierto y agranda los ojos.

Me muerdo el labio para no reírme de su expresión.

—Me gustaba hablar con Caleb —admito en voz baja—. Mi relación con él se desarrolló de una manera diferente a la nuestra. Me hacía sentir cómoda. Además, como sospechaba que eras tú desde el principio, no me lo he tomado a mal. Me imaginé que ya me lo dirías cuando estuvieras preparado.

Le cambia la cara: la confusión se transforma en alivio y se le suaviza el ceño.

—¿No estás… enfadada?

Sacudo un par de veces la cabeza y le rozo el hombro con el pelo.

—No me gusta que me hayas ocultado algo así —reconozco mientras le hago un dibujo en la palma de la mano con el dedo índice—, pero no lo utilizaste de una forma negativa, así que… te perdono.

Cal vuelve a fruncir el ceño con intensidad.

—Pero te he manipulado. Te he animado a romper con Evan, a admitir tus sentimientos hacia mí.

Levanto la vista hacia él y lo miro a los ojos.

—Creo que es distinto. Jamás me has acorralado ni me has hecho sentir que no tenía otra opción.

Solo… has creído en mí. Me has alentado a hacer lo mejor para mí.

Evan me manipulaba utilizando el control para que me sintiera peor conmigo misma.

Pero tú… Tú me has dado la confianza que necesitaba para tomar mis propias decisiones.

La expresión de Cal se relaja y un destello de alivio le atraviesa las facciones.

—Nunca he querido quitarte la posibilidad de decidir. Solo buscaba apoyarte para que eligieras lo que más te convenía.

Me inclino hacia él de nuevo y apoyo la cabeza en su pecho. El ritmo constante de los latidos de su corazón me palpita en el oído, una cadencia tranquilizadora que ahoga el caos que nos rodea.

Deja escapar una exhalación lenta, temblorosa.

—¿Por eso no querías acostarte conmigo? —Levanto la cabeza y me fijo en cómo le cambia la expresión: junta las cejas y entreabre los labios—. Era por eso, ¿verdad? —murmuro, ahora con la voz más tierna.

Me aprieta el hombro y veo que una única lágrima le resbala por la mejilla. Alzo la mano y se la enjugo con el pulgar. Se me encoge el corazón al verlo: este hombre fuerte y poderoso me está mostrando algo que no le muestra a nadie más. Noto su piel cálida, la lágrima fría en el pulgar.

Él asiente y traga saliva.

—No me parecía que estuviera bien ocultarte algo así. Cuando te tomara por primera vez, quería que fuera real. Puro. Que no estuviese contaminado con una mentira.

Una calidez se me extiende por el pecho e irradia hacia los dedos. Sonrío.

—Bueno —digo en voz baja mientras observo cómo le tiembla la respiración—, menos mal que ya nos lo hemos quitado de encima.

La conversación se interrumpe cuando vemos que sacan a Evan a rastras del almacén, esposado.

Cal se pone tenso y no le quita ojo mientras lo conducen hacia uno de los coches de policía.

Le corren regueros de sangre por la cara hinchada, tiene los ojos llenos de rabia…

y de derrota. Lleva la camisa rota y manchada, arrastra los zapatos de diseño por el pavimento mientras los agentes lo guían hacia delante.

Siento que el alivio me inunda.

Se va.

Se va de verdad.

Dicho alivio me recorre de arriba abajo: relajo los hombros, aflojo la mandíbula y, por primera vez desde lo que me parecen años, soy capaz de respirar hondo.

Ya no estoy a la espera del impacto. Levanto la vista hacia Cal.

Me está observando con detenimiento, como si intentara evaluar mi reacción, como si estuviese listo para sostenerme si empiezo a derrumbarme.

La preocupación que le veo en los ojos me hincha el corazón.

Pero no tengo ganas de derrumbarme. Tengo ganas de luchar. Porque Evan no tiene derecho a controlar esta historia ni a adueñarse de esta parte de mi vida. No voy a dejar que se vaya creyendo que me ha derrotado.

—Voy a llamar al fiscal del distrito por la mañana —digo en voz alta y con más fuerza que en toda la noche—. Voy a testificar.

Cal me pasa un brazo por los hombros y me da un apretón delicado. Su contacto me da seguridad, es como si me estuviera diciendo sin palabras que está orgulloso de mí.

—¡Eh!

La voz de Amanda perfora el aire nocturno.

Se acerca con un agente de policía detrás de ella.

Un agente de policía muy atractivo de sonrisa fácil y con los hombros tan anchos que parecen recién sacados de un calendario de tíos de uniforme.

Su placa resplandece bajo las luces de emergencia y lleva el uniforme impoluto y sin arrugas a pesar de lo tarde que es.

—Este es Chad el Policía —anuncia Amanda al mismo tiempo que hace un gesto teatral.

Me cuesta contener la risa que lucha por escapárseme de la garganta. Alzo la vista hacia Cal y veo que arquea una ceja solitaria y que los labios se le crispan un poco.

Amanda me lanza una mirada que dice: «No se te ocurra».

Me aclaro la garganta y trato de controlar la expresión, haciendo un esfuerzo por mantener los músculos de la cara en un rictus neutro.

—Chad el Policía —repito al tenderle la mano.

Él asiente y me la estrecha con firmeza.

—Señora.

Amanda sonríe, radiante, y se echa el brillante cabello hacia atrás por encima del hombro.

—Chad va a llevarme a casa. Ha sido un día muy difícil. —Se recoloca el bolso de diseño sobre hombro.

Cal murmura algo ininteligible entre dientes y noto que el pecho le retumba contra mi costado.

Amanda vuelve a echarse el pelo hacia atrás y se sube al coche patrulla de Chad el Policía con una elegancia experta. Después se aleja a toda velocidad hacia la noche, como si ella misma acabara de resolver el caso; las luces traseras desaparecen a la vuelta de la esquina.

Cal y yo nos quedamos mirándola antes de estallar en carcajadas.

El sonido me brota desde lo más profundo del pecho, inesperado pero bienvenido.

Porque era de esperar que Amanda hiciera algo así.

Sigo sonriendo, sintiendo un dolor agradable en los músculos de las mejillas, cuando, de pronto, Cal me levanta del suelo con un único movimiento fluido.

—¿Qué narices…? —La manta se me resbala de los hombros y aterriza en el suelo hecha un gurruño.

Callahan me lleva sin esfuerzo hacia el coche sujetándome por la espalda con un brazo y por detrás de las rodillas con el otro.

—Nos vamos a casa —murmura con firmeza.

El corazón se me acelera al oír esas palabras y una oleada de calor se me extiende por el pecho, a pesar de que el aire frío de la noche me eriza la piel.

A casa.

Me derrito entre sus brazos mientras apoyo la cara en el cuello e inhalo su aroma. Noto su pulso regular con los labios.

Sí.

Nos vamos a casa.