Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 49. Lo dejo hablar luego lo hago sangrar
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49. Lo dejo hablar luego lo hago sangrar

LO DEJO HABLAR; LUEGO LO HAGO SANGRAR

Cal

Desato la cuerda.

Evan se desploma hacia delante, gruñendo, sacudiendo las muñecas mientras escupe sangre hacia el suelo de hormigón. Tose y levanta la mirada: tiene los ojos hinchados.

—¿Qué coño está pasando?

Me meto las manos en los bolsillos y, a través de la tela vaquera, noto el metal frío de la navaja que me presiona el muslo. Ladeo un poco la cabeza.

—Muy fácil. Estoy aquí para arreglar tu cagada.

Frunce el ceño.

—¿Qué?

Niego con la cabeza, como si estuviera decepcionado. La luz fluorescente del techo parpadea y le proyecta sombras momentáneas sobre el rostro magullado.

—Me han mandado ellos —digo.

Se le crispa la cara y la confusión da paso a un destello de… esperanza.

—¿Quiénes?

—Ya sabes que no podemos decirlo.

Veo el momento exacto en el que empieza a creerme.

Relaja los hombros levemente y se libra de parte de la tensión de la postura. Quiere creerme. Necesita creerme, porque eso significa que no estoy aquí para vengarme, que no estoy aquí por ella.

Es casi demasiado fácil.

Roto los hombros y me acerco golpeando el suelo de hormigón, frío y duro, con las botas.

—Se suponía que tenías que someterla, Evan. Esa era tu función. Tenías que encontrar a alguien que nos sirviera, infiltrarte y ganarte su confianza. Hacer que te necesitara. Y, durante un tiempo, funcionó.

Se limpia la sangre de la nariz y me fijo en que le tiemblan los labios. El cuello de la camisa, antes impoluta, ahora está manchado de rojo.

—Es dura —admite—. Me costó más de lo que esperaba, pero la tenía. La tenía. Solo necesitaba un poco más de tiempo.

Mantengo una expresión neutra y asiento con la cabeza, como si de verdad estuviera sopesando sus palabras. Como si no estuviera pensando en arrancarle la garganta con mis propias manos.

—Entonces ¿qué pasó? —insisto.

Evan exhala, se frota la cara dolorida y se revuelve un poco en su frío asiento de cemento. El olor de su sudor surca el aire estancado.

—Empezó a hacerse más fuerte. No sé qué cambió, pero comenzó a… defenderse. Se distanció. Empezó a alejarse. Y eso no estaba previsto.

Se me crispan los dedos dentro de los bolsillos. El esfuerzo que me supone no sacar la navaja que llevo en la cadera es formidable.

—¿Y luego?

Frunce el ceño.

—Luego me dejó, joder —replica con la voz amarga, impregnada de rencor—. Y tuve que actuar con rapidez. Intenté que volviera conmigo, pero no cedió.

Aprieto los labios y suelto el aire por la nariz.

—Qué mala suerte.

Niega con la cabeza y hace una mueca de dolor al moverse.

—Habría sido perfecta. Una gerente de Monarch…

Tendría acceso a todos los documentos de inventario, a los calendarios de envíos semanales, los códigos de seguridad…

La operación entera. El equipo directivo de la empresa no presta demasiada atención a ciertas cosas.

Izzy se quejaba de eso a todas horas. La cantidad de inventario que podríamos haber movido…

—Vuelve a fruncir el ceño—. Pero no, empezó a tener agallas.

La rabia me invade por completo.

Pero no me muevo.

Todavía no.

Dejo que siga hablando, porque, cuanto más dice, más se hunde.

Evan suelta una carcajada seca y vuelve a negar.

—Da igual. Ahora ya no importa. Hará lo que yo le diga, de una forma u otra.

Ladeo la cabeza.

—¿Y si no es así?

Sonríe de oreja a oreja y un hilillo de sangre le baja por la comisura de los labios.

—Entonces la obligaré a ver cómo mato a los miembros de su familia uno por uno.

Ese es.

Ese es el momento en el que pierdo toda la razón.

Sonrío y dejo que el silencio se alargue, denso y peligroso.

A Evan se le desfigura el rostro.

—¿Qué?

Niego con la cabeza y me río con suavidad.

—Eres un idiota de tres pares de cojones.

Le cambia la expresión.

Empieza a darse cuenta.

Y entonces saco el móvil y vuelvo la pantalla hacia él.

Reproduzco la grabación, alta y clara.

Condenado por su propia voz.

Se le agarrota el cuerpo entero. Clava la mirada en el teléfono, después en mí y luego otra vez en el móvil. Ya estaba pálido, pero ahora pierde el poco color que le quedaba.

—No. —Niega con la cabeza—. No habrás…

—Ya lo creo que sí.

Me guardo el teléfono en el bolsillo y me crujo los nudillos mientras doy un paso adelante, y el ruido retumba en el espacio cerrado.

Y ahora…

Ahora por fin puedo hacerle daño.

Cada insulto. Cada momento de tortura emocional al que ha sometido a Izzy…

Estoy a punto de devolvérselo todo multiplicado por diez.

Evan escupe en el suelo y se endereza a pesar del evidente dolor que siente en las costillas.

—¿No vas a volver a atarme o a inmovilizarme?

—Qué va —murmuro—. Quiero que sea una pelea justa.

Se pone rígido.

—Quiero sentir que luchas contra mí. Quiero que sepas que has perdido. Que no puedes vencerme.

En cuanto termino de pronunciar esas palabras, arremete contra mí.

Se lo permito.

Porque es lo que quiero.

Quiero que él lance ese primer puñetazo.

Quiero que piense, durante un estúpido segundo de mierda, que tiene una oportunidad.

Y entonces…

Entonces acabaré con él.

Falla, cómo no, y yo no me contengo.

El primer puñetazo que le pego le vuelve la cabeza hacia un lado: un crujido brutal de nudillos contra hueso que proyecta una lluvia de saliva y sangre hacia el suelo de hormigón. El impacto me reverbera por el brazo y siento un dolor satisfactorio en los nudillos.

—Esto es por cuando le dijiste que no era suficiente.

Gruñe, se tambalea, pero no lo dejo caer. Lo agarro por la pechera de la camisa y lo atraigo para estamparle la rodilla en las costillas.

Una vez.

Dos veces.

Se oye un crujido —nítido, definitivo— y tose mientras se dobla sobre sí mismo. El ruido rebota en las estanterías metálicas, frías e implacables, y se niega a dejarme olvidarlo.

—Esto es por todas las veces que la hiciste dudar de sí misma.

Intenta lanzarme un puñetazo. Un golpe desesperado y salvaje que apenas me roza la mandíbula.

Patético.

Le permito asestarme ese golpe.

Y luego se lo arrebato.

Me muevo, tenso los músculos y, entonces, le atizo el siguiente puñetazo en la boca del estómago.

Lo dejo sin una puta gota de aire. El impacto lo recorre de arriba abajo y lo sacude hacia delante.

Se ahoga, se balancea, jadea, se agarra el vientre con las manos.

Su carísimo reloj de pulsera destella bajo la luz intensa cuando intenta protegerse.

Apenas tiene tiempo de reaccionar antes de que lo agarre por el pelo y lo obligue a incorporarse… para estamparle la rodilla en la cara.

Otro chorro de sangre y un crujido repugnante que resuena cuando se le rompe la nariz. Unas gotitas calientes me salpican los vaqueros. A Evan se le escapa un grito gutural mientras retrocede tambaleándose, tapándose las manos con la cara, pero no permito que se desplome.

Todavía no.

Me precipito hacia él, lo agarro por el cuello y lo empujo contra la pared.

El impacto sacude las estanterías metálicas de tal manera que se caen varias cajas de cartón y su contenido se esparce por el suelo.

Evan ruge, intenta empujarme, pero le estampo el antebrazo en la garganta y aprieto lo justo para que le cueste respirar. Su pulso me aporrea con fuerza.

—Esto es por todas las veces que la hiciste disculparse por situaciones que no eran culpa suya.

Respira de forma irregular y tiene los ojos inyectados en sangre, pero el puto idiota se ríe a pesar del dolor.

—Estás… —Tose y me escupe sangre en las botas—. Estás loco.

Esbozo una sonrisa. Una sonrisa lenta y peligrosa que siento que me estira el rostro.

—Por ella, sí.

Lo suelto.

Se desliza por la pared, tosiendo, luchando por respirar.

Y luego…

Doy un paso atrás para tener espacio y darle una patada en las costillas.

El impacto es tan violento que rueda por el cemento.

El golpe sordo de su cuerpo al rebotar contra el suelo retumba en el almacén.

Gime y se hace un ovillo, pero no dejo que se recupere.

Me acerco, lo agarro por la camisa y lo levanto de nuevo.

La tela se desgarra. Evan se tambalea, a duras penas consciente; la sangre comienza a coagulársele alrededor de las fosas nasales y de la boca, pero aún no he terminado.

Todavía no.

Le asesto un puñetazo en el estómago y, luego, un codazo en la nuca que lo tira de rodillas al suelo. Se balancea, le cuesta mantenerse derecho aun apoyándose en las manos. Su respiración agitada interrumpe el silencio.

Sabe que ha perdido.

Pero quiero que lo sienta.

Despacio, me llevo la mano al bolsillo, saco la navaja y la abro con un suave clic metálico. La hoja refleja la luz y lanza destellos plateados.

Evan se queda paralizado de pies a cabeza.

Me acuclillo a su lado y le pongo el filo frío de la hoja en la mejilla.

Da un respingo.

El sudor y la sangre le gotean por la cara. Le tiembla el cuerpo entero.

—¿Sabes a cuántos hombres he matado? —le pregunto en un susurro tranquilo.

Casi no respira, el pecho apenas se le mueve bajo la camisa manchada.

—¿Cuántos cadáveres he enterrado?

Aprieto la hoja lo justo para romperle la piel: una única línea fina de gotas rojas a lo largo de la mejilla.

—Pero tú… —murmuro mientras le recorro la barbilla con la punta de la navaja hasta llegar a la garganta, donde siento el pulso acelerado que le late justo debajo—. Tú serías el primero con el que disfrutaría de verdad.

Exhala soltando bocanadas de aire temblorosas y aterrorizadas. De repente, un olor a orina impregna el aire mientras una mancha oscura se le extiende por los pantalones.

Empuño la navaja con más fuerza, a punto de acabar con esto.

Y entonces…

—Cal.

La voz es suave.

Familiar.

Me quedo de piedra.

Vuelvo la cabeza.

Izzy está de pie junto a la puerta. Las suaves curvas de su figura se recortan contra la luz del pasillo. El cabello oscuro le cae en ondas alrededor del rostro; no desvía los ojos marrones cuando se encuentran con los míos.

Me está observando.

No con miedo.

Ni con repugnancia.

Sino con comprensión.

Con certeza.

—No pasa nada —dice al mismo tiempo que da un paso adelante.

No me muevo.

Agarro la navaja con más fuerza, tengo todo el cuerpo tenso, la furia me nubla la mirada.

Quiero acabar con esto.

Necesito hacerlo.

Pero, entonces…

Ella estira la mano.

Me roza la muñeca y me devuelve a la realidad.

Y así, sin más…

La rabia se hace añicos.

Dejo escapar el aliento contenido.

Relajo los músculos.

Bajo la mirada hacia Evan: está ensangrentado, destrozado, apenas respira.

Y tomo mi decisión.

Suelto la navaja, que repiquetea sobre el cemento.

Me pongo de pie.

La agarro de la mano. Noto la suavidad de su palma contra mis callos.

Y nos vamos.

Juntos.