48. Amanda lleva la cuenta de sus víctimas… supongo
AMANDA LLEVA LA CUENTA DE SUS VÍCTIMAS… SUPONGO
Cal
Tomo la curva con brusquedad y los neumáticos chirrían cuando salvo el último cruce antes de llegar al almacén. Tengo los nudillos blancos de apretar el volante, el corazón me late con fuerza contra las costillas y en mi mente solo cabe un objetivo: encontrar a Izzy.
Amanda va agarrada al asidero de la puerta y muestra una actitud demasiado serena para lo que está a punto de suceder.
—¿Cómo sabes dónde está? —me pregunta en un tono teñido de suspicacia.
No lo dudo. Ni siquiera intento mentir.
—Hace tiempo que le jaqueé el teléfono. Desde que la conocí, la he tenido localizada en todo momento.
Amanda murmura:
—Ah.
Y nada más.
Solo eso.
La miro.
—¿No tienes nada más que decir?
Se encoge de hombros con absoluta naturalidad.
—A ver, sí, es un poco locura y tremendamente posesivo, pero hablemos claro: no he dejado de preguntarme si no serías algún tipo de acosador desde el día en que llegaste. Acabas de demostrar que tenía razón. Me encanta tener razón.
Pongo los ojos en blanco.
Entre dientes, susurra:
—Por otro lado, también me pone un poco cachonda.
Hago caso omiso del comentario.
Llegamos al almacén, un edificio industrial viejo situado en el extremo más alejado de los muelles. La zona está desierta: es el lugar perfecto para que los delincuentes hagan negocios sin que nadie los moleste.
Amanda hace ademán de abrir la puerta del coche.
Le pongo una mano en el brazo.
—Espera.
Se queda inmóvil.
—¿Qué?
—No podemos entrar de cualquier manera. No sabemos dónde está. Ir a ciegas es la mejor manera de conseguir que nos maten.
Es obvio que está impaciente por pasar a la acción, pero asiente.
Respiro hondo, cojo mi móvil y abro la única función que me prometí que no usaría nunca.
La transmisión de audio y vídeo en directo del teléfono de Izzy.
Amanda abre los ojos como platos cuando me ve conectarme a ella.
—Vale, no le habías jaqueado el móvil sin más. —Silba—. Le habías JAQUEADO el móvil de verdad.
No respondo.
Pulso «Reproducir».
Al principio solo se oyen ruidos amortiguados. El crujir de una tela. Voces lejanas.
Pero entonces una de ellas se torna nítida.
Es una voz masculina.
Conocida.
Frunzo el ceño y subo el volumen.
Una mueca de desprecio le deforma el rostro a Amanda.
—Es Evan —gruñe.
Giro la cabeza de golpe hacia ella.
—¿Estás segura?
Suelta un bufido.
—He oído hablar de sobra a ese gilipollas para saber que sí, no hay duda de que es él.
Joder.
Escucho con más atención, pero sigo sin poder localizar la ubicación exacta de Izzy. ¿Algún tipo de despacho, tal vez? Un lugar cerrado.
Suficiente para orientar nuestra búsqueda.
Saco mi pistola de la funda y compruebo el cargador. Amanda hace lo mismo.
La miro.
—¿Has despejado un edificio alguna vez?
Me lanza una mirada de «¿En serio?» mientras carga una bala en la recámara.
—Sí.
Arqueo una ceja.
—Eres una caja de sorpresas.
—Confía en mí, Callahan —dice con voz arrogante—. Tengo muchas facetas.
Asiento una sola vez.
—Yo voy delante —digo—. Tú me cubres. Vamos despejando a medida que avanzamos. Dispara a las piernas. Es más fácil de manejar a nivel legal y así no pueden seguirnos.
Hace un gesto de asentimiento.
Me vuelvo hacia el almacén.
Es hora de ir a por mi chica.
—Vamos.
El almacén está inquietantemente vacío.
No hay centinelas. No hay guardias. Solo filas de cajas, estanterías repletas de artículos robados: bolsos de lujo, aparatos electrónicos de alta gama, joyas. Hace tiempo que dirigen esta operación.
Amanda se adelanta y cubre el flanco izquierdo mientras yo me encargo del derecho.
Es silenciosa. Eficiente. Tranquila.
Y, joder, sabe muy bien lo que está haciendo.
No sé qué tipo de pasado tiene, pero empiezo a pensar que la he subestimado muchísimo. Se mueve como una persona que ha recibido formación, acostumbrada a despejar espacios y manejar armas.
Agente durmiente.
Cojonudo, tomo nota.
Avanzamos registrando todas las secciones del almacén. En cada giro, en cada esquina sin visibilidad, espero toparnos con alguien, pero no hay nada. Solo silencio.
Hasta que lo oímos.
Voces.
Amanda me hace una señal y apunta hacia una puerta situada al fondo del almacén. Asiento con la cabeza y me encamino hacia allí.
A medida que nos acercamos, las voces se tornan más nítidas.
No es solo Evan.
También está Izzy.
Mi chica le está gritando con la voz teñida de fuego. Pinta mal. Joder, Izzy. No debería hacer eso. No debería provocarlo. Pero, por supuesto, no puede contenerse. Es valiente, audaz. Es la mujer más fuerte que conozco. Y ahora mismo…
Corre un peligro de cojones.
Llegamos a la puerta y nos pegamos a la pared, uno a cada lado.
Ahora lo oímos todo.
—No voy a ayudarte, Evan —le espeta Izzy con voz firme—. Me da igual lo que me hagas. Prefiero morir a dejar que me utilices para esto.
Un silencio prolongado.
Luego, la voz de Evan, más oscura y cruel que nunca.
—O haces lo que te pido —gruñe— o mueres ahora mismo.
Amanda me mira a los ojos y asiente una sola vez con la cabeza.
No esperamos.
No dudamos.
Actuamos.
Levanto una bota y derribo la puta puerta de una patada.
En cuanto se abre, se desata el caos.
Izzy está atada a una silla en el centro de la habitación, con las manos sujetas con bridas a la espalda.
Evan está delante de ella con una pistola en una mano y la otra apretada en un puño, como si estuviera a punto de pegarla.
Ni de puta coña.
Pero, antes de que me dé tiempo a moverme…
Amanda se adelanta.
Se abalanza sobre Evan como una puñetera pantera, le agarra el brazo y le retuerce la muñeca con tanta fuerza y rapidez que la pistola cae al suelo con un estrépito metálico. Luego, con un movimiento sacado directamente de una puta película de kung-fu, lo derriba.
Un giro. Una patada. Una vuelta.
Y lo tiene inmovilizado: le ha rodeado el cuello y los hombros con los muslos y le ha atrapado los brazos de tal manera que es incapaz de zafarse por mucho que forcejee.
Y, por si fuera poco…
Le está apuntando a la sien con su pistola de color rosa chillón.
Me impresionaría si no estuviera tan concentrado en Izzy.
Saco una navaja y corto las bridas que le rodean las muñecas.
Ella coge una bocanada de aire y flexiona los dedos en cuanto la libero. Le agarro las manos con suavidad, les doy la vuelta y se las inspecciono.
Cortes.
Moratones.
Marcas que no le corresponden.
Marcas que no he podido impedir que le hicieran porque no estaba con ella.
Un alud de rabia me brota por dentro, pero lo reprimo, porque ahora mismo lo único que importa es ella.
—Izzy —le digo con cautela—, ¿estás bien?
Me mira a los ojos, y joder.
No solo está bien.
También está furiosa.
Una ira profunda y visceral le arde en los ojos.
—Estoy bien —dice, pero su tono es homicida.
La creo.
La creo sin reservas.
Aun así, la cojo por la barbilla, le levanto la cara y se la escudriño. Solo para asegurarme, para ver si hay algún indicio de miedo.
No lo hay.
Le aprieto la mano y luego me vuelvo hacia Evan, que sigue forcejeando debajo de Amanda.
Agarro la cuerda que ha utilizado para atar a Izzy y tiro de ella.
—Suéltalo —le digo a Amanda—. Yo me encargo.
Ella asiente y le presiona el cráneo con el cañón de la pistola antes de apartarse al fin de él.
Le rodeo las muñecas con la cuerda y lo ato a uno de los postes metálicos y oxidados que hay en el centro de la sala. Gime cuando tiro con un poco más de fuerza de la necesaria.
—No te muevas —le gruño.
Me vuelvo hacia Amanda, que ahora está frente a Izzy.
Y es entonces cuando esta cae en la cuenta.
Agranda los ojos al asimilar la presencia de Amanda.
Con el rímel ligeramente corrido. La expresión de absoluta seriedad en la cara. Y, aún más importante…
Todavía empuñando la puta pistola rosa.
—Espera… ¿QUÉ? —balbucea Izzy mientras nos mira por turnos—. ¿Qué haces aquí? ¿Y por qué cojones tienes una pistola rosa?
Amanda ladea una cadera.
—¿Por qué no iba a tener una pistola rosa?
Izzy la mira de hito en hito. Parpadea. Luego se frota las sienes.
—¿Sabes qué? La verdad es que, por extraño que parezca, me cuadra.
Amanda sonríe con ganas y vuelve a guardarse la pistola en el bolso.
Niego con la cabeza y me paso la mano por el pelo.
—Amanda, lleva a Izzy al coche. Llama a emergencias. Necesito un minuto a solas con nuestro amigo.
Pero esta vez no es Amanda quien discute.
Es Izzy.
Se pone de pie y se acerca. Todavía tiene la respiración acelerada y sigue irradiando una rabia pura y sin filtros.
—Espera. Antes tengo que hacer una cosa. —Lo dice con una voz tranquila pero mortal.
Amanda y yo intercambiamos una mirada.
Asiento, me aparto y observo.
Izzy se vuelve hacia Evan. Parece relajada, pero yo sé que no es así.
No está tranquila.
Es peligrosa.
Evan se dirige a ella con desprecio:
—¿Qué cojones te…?
Izzy le pega un puñetazo.
Fuerte.
La cabeza de él se vuelve de golpe hacia un lado y le sale un chorro de sangre por la nariz.
Evan gruñe, gime de dolor, pero Izzy no ha terminado.
Ni mucho menos.
Se inclina hacia él.
—¿Creías que ibas a hundirme? —susurra en un tono que es puro veneno—. ¿Que podías controlarme y manipularme hasta convertirme en una puta herramienta de tu patética banda criminal?
Ahora es a Evan a quien le cuesta respirar; se revuelve contra las cuerdas, pero Izzy no se detiene.
—Te has pasado años preparándome para esto, intentando quebrarme, intentando moldearme para convertirme en un peón perfecto. —Se le escapa una risa suave y seca—. Y te creías la hostia de listo. —Se acerca aún más a él—. Pero mírate ahora.
Evan gruñe y tira de las cuerdas.
E Izzy…
Ella se limita a dar un paso atrás.
Se vuelve hacia mí.
Y levanta la barbilla.
—Ahora ya puedo marcharme.
Si no amara ya a esta mujer, empezaría a hacerlo ahora.
Amanda la agarra por la muñeca.
—Vamos, reina de la ira.
Las observo mientras se alejan, con el pecho rebosante de orgullo.
Y después…
Después me quedo a solas con Evan.
Está a punto de experimentar una faceta mía muy distinta.