Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 47. Ya no lloro por monstruos
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47. Ya no lloro por monstruos

YA NO LLORO POR MONSTRUOS

Izzy

Me despierto aturdida, con el cerebro luchando por comprender dónde estoy y cómo he llegado hasta aquí.

Es como nadar en una niebla espesa, entre pensamientos fragmentados y resbaladizos.

La cabeza me palpita con un dolor sordo e insistente que me impide concentrarme, como la peor resaca que he tenido en la vida, salvo que no recuerdo haber bebido.

Noto el cuerpo increíblemente pesado, las extremidades me lastran, como si la gravedad se hubiera duplicado de la noche a la mañana.

Todo está… mal. No solo es desconocido, sino que me resulta inquietante a un nivel profundo y fundamental, como si hubiera entrado en la pesadilla de otra persona.

El aire estancado y espeso que me llena los pulmones está cargado de polvo.

Noto su sabor en la lengua, metálico y extraño.

Debajo de mí no hay un colchón blando y suave, sino un metal frío e inflexible que me succiona el calor del cuerpo.

Las muñecas me laten por las bridas de plástico que se me clavan en la piel, ya irritada e inflamada.

El sonido de mi propia respiración es demasiado estruendoso, me retumba en los oídos: jadeos superficiales y rápidos que delatan el pánico que intento reprimir con todas mis fuerzas.

¿Dónde narices estoy?

Intento cambiar de postura para aliviar la incomodidad de la silla dura, pero el cuerpo me protesta con una lentitud que me provoca una nueva oleada de alarma.

La cabeza se me va de inmediato a la peor posibilidad.

¿Me han drogado? Estoy desorientada, sí, pero no desconectada. Siento todos los dolores y sensaciones.

Entonces oigo voces masculinas que rompen el silencio.

No están hablando sin más. Están discutiendo.

Me esfuerzo por distinguir las palabras, pero tengo la cabeza embotada y se superponen, suben y bajan mientras discuten sobre algo. Sobre mí.

—Es un lastre…

—Deberíamos…

—¿Estás loco? Ese no era el trato…

Trago saliva con dificultad —tengo la garganta tan seca que parece papel de lija— y me obligo a abrir los ojos para ver…

nada. Durante un segundo aterrador creo que me he quedado ciega, hasta que consigo asimilar la realidad: tengo algo en la cabeza.

Una bolsa. Una tela áspera que me roza la cara cada vez que respiro y que huele a arpillera y a algo más que no logro identificar.

El pánico me inunda, pero lo reprimo.

Si me derrumbo ahora, se acabó. Tengo que escuchar. Pensar. Aprovechar este momento para dar con cualquier cosa que me resulte útil. Ahora mismo no puedo permitirme sentir, solo puedo ganar.

Me muevo un poco y tanteo lo que me rodea en busca de algo que me sirva. El movimiento, a pesar de lo discreto que es, atrae su atención.

—Se está despertando —murmura uno de ellos.

Oigo unos pasos que se acercan: lentos, deliberados, mesurados. El ruido de unos zapatos caros retumba sobre el cemento, los andares pausados de alguien que siente que lo tiene todo bajo control.

—Dejadme a solas con ella.

Me paralizo.

Esa voz…

Conozco esa voz mejor de lo que quisiera, mejor de lo que debería. Es la voz que me susurró falsas promesas, que me hirió con una crueldad fácil disfrazada de preocupación, que de alguna manera consiguió convencerme de que no era suficiente y, al mismo tiempo, de que jamás encontraría nada mejor.

Me arrancan la bolsa con brusquedad, sin previo aviso, y el movimiento repentino me provoca un escalofrío.

Parpadeo rápido mientras mis ojos se esfuerzan por adaptarse a la luz.

El espacio que me rodea va tomando forma lentamente: techos altos, suelos de hormigón, vigas metálicas que desaparecen en las sombras.

Un almacén.

Estoy en un almacén.

Pero no está abandonado. Está lleno de mercancía: bolsos de diseño apilados en montones ordenados, cajas de aparatos electrónicos selladas y etiquetadas, percheros con prendas que aún llevan la etiqueta.

Si no fuera porque es evidente que todo es robado, parecería la trastienda de unos grandes almacenes de lujo.

Y entonces lo veo.

Evan.

Está a pocos metros de distancia y parece relajado, casi aburrido.

Se ha aflojado la corbata y se ha remangado la camisa blanca impecable, que deja al descubierto unos antebrazos que una vez me parecieron sexis.

Lleva el pelo rubio algo despeinado, como si la frustración lo hubiera empujado a pasarse las manos varias veces por él.

Me mira como si fuera algo que se ha olvidado de tirar a la basura, un inconveniente, una tarea de la que tiene que ocuparse antes de pasar a cosas más importantes.

Y así, sin más, cualquier posible rastro de confusión o desorientación se desvanece al instante, consumido por la claridad incandescente de la ira. Mi mente se concentra en el hombre que tengo delante.

Porque tendría que haberlo sabido.

Pues claro que es él.

Evan se acerca y sus mocasines de cuero italiano —esos de los que una vez presumió porque costaban más que mi alquiler mensual— repiquetean sobre el cemento.

Las luces parpadeantes del almacén le proyectan sombras intermitentes sobre el rostro, pero, aun así, distingo la diversión que le curva las comisuras de la boca.

Qué puto engreído.

Como si ya hubiera ganado, como si esto fuera inevitable y tuviera que haberlo visto venir.

Y quizá tenga razón en esto último.

No me muevo. No me encojo ni me vuelvo ni suplico. Me niego a darle la satisfacción de ver que me dejo llevar por el pánico, de confirmarle lo que siempre ha creído: que soy débil, que lo necesito, que sin él no soy nada.

Cuando los matones que lo acompañan salen del almacén, Evan se acuclilla delante de mí y estira la mano para agarrarme la barbilla.

Su tacto me resulta familiar de la peor manera posible.

Me clava los dedos en la piel para levantarme la cara y obligarme a mirarlo a los ojos, para imponer su control, como hacía siempre.

Incluso ahora, me toca como si le perteneciera.

—Me has jodido mucho las cosas, Izzy —murmura en un tono casi desenfadado y con un trasfondo de diversión que me pone los pelos de punta.

Lo fulmino con la mirada; me niego a desviarla de él, a estremecerme.

Chasquea la lengua —ese ruido condescendiente que empezó a hacer después de que todo cambiara— y sacude la cabeza, como si yo fuera una niña que no entiende las consecuencias de sus actos.

—Iba a dejarte, ¿lo sabías? Lo tenía todo planeado.

Me suelta la barbilla dándome un empujón que está a punto de partirme el cuello, se pone de nuevo en pie y empieza a dar vueltas lentas y metódicas a mi alrededor.

—Pero entonces perdí el trabajo. Seis meses en paro.

No me salían entrevistas. Empezaba a quedarme sin ahorros —continúa con un dejo amargo en la voz—.

Entonces me ofrecieron un trabajo de «consultoría».

—Marca las comillas en el aire con los dedos y su sonrisa se torna cruel—.

Resulta que necesitaban a alguien que entendiera la cadena de suministro de los comercios de productos de lujo.

Alguien que los ayudara a identificar qué artículos elegir y cómo moverlos sin que los pillaran.

Hace un gesto que abarca el enorme almacén lleno de mercancía robada.

—Prendas de diseño, aparatos electrónicos, relojes de lujo… Ocupan poco y valen mucho. Desviamos envíos, falsificamos inventarios y luego vendemos todo en el extranjero con un beneficio enorme. Es maravilloso, de verdad.

Entorna los ojos al bajar la mirada hacia mí.

—Estaba listo para empezar de cero. Trabajo nuevo, chica nueva…

Una novia que no me recordara mi fracaso.

—Hace una mueca de desprecio—. Pero entonces conseguiste que te ascendieran a subgerente en Monarch y, de repente, te volviste útil.

«No te alejes de ella. Es nuestra forma de entrar», me dijeron.

Y tuve que fingir que seguía queriendo estar contigo.

»Dos años más —escupe con un desdén evidente en cada sílaba—.

Dos años fingiendo ser el novio comprensivo mientras tú ascendías en la empresa.

Escuchándote quejarte del día a día. Fingiendo que me importaban tus patéticos sueños.

Y, encima, te descuidaste. Engordaste mucho.

Empezaste a ocupar espacio. Dios, era repugnante.

—Se pasa la mano por el pelo en un gesto que antes me resultaba atractivo.

Ahora solo me parece ensayado—. ¿Sabes cómo es tener que tocar a alguien que te da asco?

¿Fingir que esa persona todavía te parece atractiva?

Se acuclilla de nuevo y se acerca más, tanto que capto el olor de su colonia, la que le compré las navidades pasadas pensando que lo haría feliz, que me querría más. Ahora ese aroma me da náuseas.

—Y, por fin, te dieron el puesto de gerente. —Vuelve a poner cara de desprecio—. Acceso al sistema de inventario, códigos de seguridad, formularios de pedido. Una marioneta perfecta que podía empezar a pedir mercancía extra por valor de miles de dólares, quizá millones, sin levantar sospechas.

Pienso en todas las noches que he llorado hasta quedarme dormida porque pensaba que no era suficiente para él, en todas las veces que me he disculpado por cosas que no eran culpa mía, en todos los kilos que he intentado perder porque él hacía que me sintiera demasiado grande, demasiado todo.

—Pero entonces no se te ocurrió otra puta cosa que empezar a echarle valor a la vida.

—Los labios se le crispan y me rodea la garganta con la mano, no con tanta fuerza como para dejarme sin aire, pero sí lo justo para recordarme que podría hacerlo—.

Tenías que hacerte la heroína. Y ahora… Todo ese trabajo para nada.

Se acerca tanto que noto su aliento en la oreja y baja la voz, como si estuviéramos compartiendo un secreto.

—Pero no puede ser para nada.

Se lleva la mano libre a la chaqueta con una facilidad experta y noto el acero frío presionándome la mejilla. La impresión de lo que acaba de hacer me hiela las venas, me paraliza con mayor eficacia que cualquier atadura.

Me pongo rígida cuando me desliza el cañón de la pistola por la curva de la cara casi con ternura. Se detiene a la altura de la mandíbula y me levanta la barbilla con él. Noto el metal frío, inflexible, una promesa mortal pegada a la piel.

—Vas a arreglar esto, Izzy. —Lo dice con una voz casi suave, la que solía utilizar cuando se disculpaba después de hacerme llorar, cuando me prometía que las cosas serían diferentes, mejores.

Nunca lo fueron—. Vas a darme toda la información que te pida.

Vas a ser una buena chica y a abrir todas las puertas que te diga.

Y, si después de eso decido dejarte vivir, mantendrás esa preciosa boquita cerrada.

La furia me abrasa las venas como un incendio forestal, arrasa con cualquier tipo de miedo que pudieran albergar.

Ahora veo a Evan, lo veo de verdad, despojado de los espejismos que yo misma construí a su alrededor.

Veo la frialdad de su mirada, el vacío que se oculta detrás de su sonrisa perfecta y la completa falta de humanidad que subyace a su pulcro exterior.

Sonríe de oreja a oreja, enseñando los dientes, tan blancos y perfectos como todo lo que forma parte de su apariencia, una fachada que mantiene con meticulosidad para esconder al monstruo que hay debajo.

—Porque, si le dices una sola palabra de todo esto a alguien… —dice, agarrándome la garganta con más fuerza, lo justo como para que me cueste respirar, para recordarme mi vulnerabilidad—, mato a tu familia.

No lo pienso.

No dudo.

No sopeso las consecuencias ni calculo los riesgos ni conjeturo las represalias.

Le escupo en la puta cara.

El salivazo le aterriza en un pómulo perfectamente esculpido y le resbala poco a poco hacia los labios: una victoria pequeña e insignificante que en este momento me parece monumental.

—No pienso ayudarte, pedazo de mierda —gruño, y mis palabras rezuman el veneno que llevo años tragándome.

Se queda paralizado.

No dice nada y me pregunto si se debe a que no esperaba que le plantara cara; a que, a lo largo de toda su cuidadosa planificación, nunca se le ocurrió pensar que yo pudiera encontrar mi voz, mi rabia, mi autoestima.

Gruñe, un sonido más animal que humano, y se limpia la mejilla con el dorso de la mano, como si mi contacto lo hubiera contaminado. Aprieta el arma hasta que se le emblanquecen los nudillos.

—Pues yo creo que sí.

Me clava la pistola en la sien con tanta fuerza que me la deja marcada.

Pero, aun con la muerte pegada a la piel, algo dentro de mí por fin se ha liberado, y no voy a volver a ser la mujer que pensaba que no se merecía nada mejor que Evan.