46. Amanda lleva una glock en el Gucci
AMANDA LLEVA UNA GLOCK EN EL GUCCI
Cal
Lo único que quiero es llevarme a Izzy arriba, empujarla contra la pared más cercana y, por fin, darle lo que no para de suplicarme que le dé.
Pero no es eso en lo que tengo que centrarme.
Ahora no.
Porque esta noche voy a contárselo.
Lo de Caleb.
Todo.
Esta mentira —o como cojones quieras llamarlo— tiene que acabar. Nuestra relación se está volviendo demasiado intensa como para que siga fingiendo.
Me paso la mano por el pelo, exhalo y estudio la tienda. Izzy maneja a los clientes vip con elegancia, a pesar de que son unos capullos engreídos.
—¡Callahan! —Uno de mis hombres me llama por el intercomunicador—. Hay revuelo en la entrada. Un tío le está montando un pollo a una de las dependientas.
Joder.
Aprieto los dientes. No tengo tiempo para esto, pero soy el que se encarga de estas mierdas.
Así que, tras echarle un último vistazo a Izzy —perfecta, serena, bella en su elemento—, me dirijo a la entrada.
Empiezo a oírla antes de doblar la esquina: una voz de hombre fuerte, beligerante, retumbando en toda la tienda.
En cuanto lo veo, sé exactamente a qué tipo de gilipollas me estoy enfrentando: de mediana edad, con un traje demasiado ajustado —como si se negara a reconocer que ha engordado en la última década— y la cara roja.
Se le escapan gotas de saliva con cada una de las acusaciones que le lanza a la pobre chica de detrás del mostrador.
Es joven. Debe de tener poco más de veinte años e intenta satisfacer las exigencias del hombre con los hombros encorvados y la cara pálida. Me acerco lo más rápido posible y me interpongo para formar una barrera física.
—Señor —digo con la voz tranquila, estable y controlada—, ¿en qué puedo ayudarlo?
Desvía su atención hacia mí; tiene las fosas nasales dilatadas.
—¡Mi pedido ha desaparecido! —ladra mientras me agita un recibo arrugado delante de la cara como si fuera una puñetera orden judicial—. Esta incompetente de…
No. Por ahí no.
—Señor —repito, calmado pero firme—, vamos a respirar hondo, ¿de acuerdo? Estoy seguro de que lo solucionaremos.
Le arden los ojos, como si estuviera buscando pelea, pero no muerdo el anzuelo. La gente como él busca una reacción. Se alimenta del caos. Pero no le doy lo que quiere.
Al contrario, ladeo un poco la cabeza. Neutral. Evitando la confrontación. Pero no me muevo ni un milímetro.
—Esto es inaceptable —espeta bajando un poco la voz. La ira aún no ha desaparecido, pero ahora ya no va tan dirigida a la chica que tengo detrás—. Hace una semana que encargué estos artículos. He recibido un correo electrónico de confirmación y ahora, de repente, ¿mi pedido no existe?
—Lo arreglaremos —le digo, y señalo con la cabeza a la empleada de la caja registradora—. Busca su nombre, vamos a ver qué pasa.
Ella se apresura a cumplir la orden y teclea rápidamente en el ordenador.
El hombre refunfuña y cambia el peso de pie, todavía deseoso de encontrar una excusa para continuar con la escena.
—Tenéis que aprender a llevar un negocio —murmura, y se cruza de brazos—. En mis tiempos…
Dejo de escuchar.
Porque esta situación es rara.
He lidiado con cientos de confrontaciones de este tipo. Sé cómo van. Esta no encaja en el patrón.
El hombre se muestra hostil, pero no se pone violento. Camina de un lado a otro, pero no se marcha hecho una furia.
La dependienta levanta la mirada desde detrás de la caja registradora.
—Señor —dice en tono vacilante, con el ceño fruncido—, lo siento, pero no hay ningún registro con ese nombre.
Me tenso.
El hombre se queda paralizado. Me preparo para que explote de nuevo, pero, de repente, mira su reloj de pulsera.
Y su actitud cambia de golpe. De una forma anormalmente rápida.
—Ah —dice con aire indiferente…, demasiado, como si no estuviera a punto de reventarle una vena—. Bueno. Supongo que tendré que buscar mi otro recibo en casa. No pasa nada —dice con una voz tan tranquila que resulta siniestra antes de largarse a toda prisa de la tienda.
Siento que se me encoge el estómago.
Esto no ha sido una queja real. No ha tenido nada que ver con un pedido perdido.
Era una distracción. Para mí.
Acaba de ocurrir algo que yo no debía ver.
Saco el móvil.
Las cámaras.
Necesito las putas cámaras.
Abro las imágenes de la sala vip.
Izzy estaba ahí. Estaba justo ahí.
Pero ahora…
Ahora…
Se ha ido.
No.
No, no, no, no.
Salgo corriendo a toda velocidad.
Cuando llego a la sala vip, ya estoy dando órdenes a gritos a través de los auriculares para que mis chicos se dispersen.
—¿Dónde está Izzy? —pregunto.
Daniel se da la vuelta, sobresaltado.
—Se… Eh… Ha ido al almacén a buscar una talla.
El almacén.
El más cercano es el mismo en el que estaban tan interesados los dos mierdas que capturamos.
No.
Me abro paso con brusquedad junto a Daniel y corro hacia la parte de atrás con el corazón tan desbocado que lo oigo palpitarme en los oídos. Mi cerebro repite una y otra vez un mantra desesperado: «Ella no. Por favor, ella no».
Irrumpo en el almacén…
Y está vacío.
No.
Vuelvo a sacar el teléfono, rebobino las imágenes, las escudriño con nerviosismo.
Lo veo.
Izzy entrando en el almacén.
Unos segundos después, dos hombres la siguen.
Ella se vuelve, confundida. Dice algo que no alcanzo a distinguir.
Le cubren la cabeza con una bolsa.
Se revuelve.
Uno de ellos le pega un codazo tremendo en las costillas e Izzy se desploma.
Los veo arrastrar su cuerpo inerte hacia la parte trasera de la tienda, donde ya sé que hay una puta salida. Una puerta de servicio que da al muelle de carga.
Corro.
Todas y cada una de las fibras de mi ser gritan.
Golpeo la puerta con tanta fuerza que se abre al instante y, justo cuando salgo, la veo…
Una furgoneta blanca que se aleja a toda velocidad.
Me tiemblan las manos.
Demasiado tarde.
He llegado demasiado tarde, joder.
La tienen.
Subo corriendo las escaleras hasta la sala de seguridad con el corazón latiéndome a mil por hora y los puños apretados a los lados. No me molesto en saludar a los demás cuando entro como una exhalación y me dirijo en línea recta hacia el armero cerrado con llave.
Armas.
Necesito armas.
Muchas.
Tengo localizada la señal GPS de Izzy. Los idiotas que la han secuestrado no han comprobado si llevaba algún móvil encima, lo cual significa que no son profesionales.
Son unos aficionados, y de los tontos. Gracias a Dios, porque, si sumaran medio puto cerebro entre todos, ahora mismo estaría perdido.
Abro el armario de un tirón, cojo un rifle táctico, dos pistolas y cargadores extra, y los embuto en mi mochila con movimientos rápidos y expertos.
Estoy saliendo por la puerta cuando…
—¡Callahan!
Estoy a punto de chocarme con Amanda, que frena en seco delante de mí. Veo que tiene el rostro tenso, está confusa y preocupada.
—¿Qué cojones está pasando? —pregunta—. No encuentro a Izzy.
No tengo tiempo para esto.
—La han secuestrado.
Se queda de piedra.
—¿Qué?
Intento pasar a su lado corriendo, camino del garaje, pero me agarra del brazo y tira de mí con una fuerza sorprendente.
—Cal, ¿qué cojones quieres decir con que la han secuestrado?
La miro con rabia y me zafo de su presa.
—Quiero decir exactamente eso. Y voy a ir por ella.
Me mira sin dar crédito y su expresión cambia a toda velocidad de la sorpresa a la furia.
—Entonces voy contigo.
—No, ni de puta coña. —Sigo avanzando—. No tengo tiempo para hacerte de niñera.
Suelta una carcajada y, antes de procesar lo que está pasando, mete una mano en su bolso de marca y saca una puta pistola rosa.
Me detengo.
Parpadeo.
—¿Qué coño…?
Curva los labios en esa sonrisa que dice: «Uf, no tienes ni idea».
—Llevo mucho tiempo cuidándome sola —dice mientras le da vueltas a la pistola con la mano como si fuera un accesorio—. Tengo un pasado que nadie conoce. Y, si no me llevas por voluntad propia, te seguiré de todos modos.
La miro de hito en hito.
De todas las personas que hay en esta dichosa tienda, Amanda era de la que menos esperaba que se sacara una puta pistola del bolso.
Me pellizco el puente de la nariz.
—Vale, pero la prioridad es Izzy.
Asiente.
—Por supuesto.
Le pongo un cargador extra en la mano.
—No falles.
Me guiña un ojo.
—Nunca fallo.
No tengo tiempo para procesar esto.
Así que echo a correr a toda velocidad hacia el aparcamiento y lo meto todo en el coche de Izzy, porque es el que está más cerca. Amanda se sube al asiento del copiloto sin dudarlo.
Ni siquiera la miro mientras arranco el motor, busco las coordenadas del GPS y piso el acelerador a fondo.
«Ya vamos, Izzy».
«Aguanta».